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lunes, 21 de septiembre de 2009

Malditos bastardos


Esperaba que la última película de Tarantino fuera mucho más violenta. En serio. "Malditos bastardos" no es ni de lejos la película más violenta del director texano que no alcanza en ese campo a "Kill Bill" y desgraciadamente tampoco es la más mostrenca. Es violenta a veces y mostrenca a veces y es, en esos mismos instantes, donde la cosa se pone interesante y la película alcanza los objetivos esperados.


El peor lastre de esta película es que Tarantino sigue fiel a la filosofía narrativa que el personaje que él mismo interpretaba en "The man from Rio" (la cuarta historia de "Four Rooms"). En dicha escena QT daba una larga explicación a Tim Roth (que interpretaba al Botones) sobre las razones por las cuales le había pedido subir hasta la suite donde se celebraba la fiesta y que trajera consigo un trinchante, una tabla de cortar carne, dos clavos, una bola de bramante y un martillo. Cuando se estaba alargando demasiado alguien le pide que acelere y él dice: "Es posible que mi explicación de la vuelta al mundo pero llega hasta donde yo quiero que llegue".


Nadie lo ha dicho más claro y nadie ha sido tan fiel a su filosofía desde sus comienzos: las películas de Tarantino, un rasgo compartido con la literatura y el teatro del Siglo de Oro y con Shakespeare curiosamente, parecen perderse en explicaciones pero, al final, vas entendiendo que todo justifica un final épico (cuenten cuantos finales trágicos o abruptos ha generado Tarantino...).


"Malditos bastardos" intenta recuperar la fórmula narrativa de "Pulp Fiction" (¿Que era Pulp Fiction si no una enorme y contínua digresión?) pero sin alcanzar el nivel de los parlamentos que se largan Christopher Walken sobre el reloj que llevó insertado en su ano durante el cautiverio de Vietnam, el de Vingh Rhames en off ante la cara de mármol de Bruce Willis sobre las punzadas de la honradez o el de Samuel L. Jackson ante la jeta de Honey bunny y Pumpkin sobre por qué soltaba aquella cosa de la Biblia y que identificaba como el pasaje de Ezequiel 25:17 (por cierto, inventado y alargado por Tarantino).


Pese a ese fallo los logros de "Malditos bastardos" son tan grandes que hacen olvidar que, en algún momento, la narración te provocó un bostezo. Me tomo este "Malditos bastardos" como la primera parte que dará parte a otra película centrada completamente en las aventuras de los bastardos del Teniente Aldo Rayne.


En la primera posición de los logros de esta película está lo bien que se desenvuelve Tarantino a la hora de manejar los diálogos. En serio, son artificiales e impostados y son la antítesis del naturalismo o el realismo, están llenos de frases guays que sólo eres capaz de reproducir en plan paródico en la vida real pero, coño, funcionan tan bien dentro de las películas de Tarantino...


Después la elección de un tipo como Christoph Waltz para interpretar al que se revela como personaje casi principal de la película: el "caza judíos" Hans Landa. Un tipo vil, malo como el baladre, chungo, inteligente, cursi, refinado y, claro está, violento y amante de la jerarquía. Un mal bicho que representa todas aquellas cosas negativas que uno conferiría al Tercer Reich y a todos los que lo hicieron posible. Sin duda una de las mejores interpretaciones de los últimos años y uno de los personajes más interesantes que se ha visto en el cine de los últimos años. Es tan bueno que es capaz de zamparse a todos los actores con los que comparte secuencia casi sin esfuerzo.


Rinden a gran nivel también los otros actores europeos desde Daniel Brühl, metido en la piel de un personaje con dos caras, hasta Sylvester Groth que se marca un increíble Joseph Goebbels que no te hace olvidar al que interpretó Johannes Silberschneider en "La niña de tus ojos" (Fernando Trueba, 1998).


En el apartado actoral Eli Roth queda algo desdibujado haciendo de Donny "Jüden Bear" Donnowitz al igual que Mike Myers que fue la primera elección de Tarantino para encarnar al jefe de los bastardos, Aldo Rayne, y también al personaje de Hans Landa pero que luego se ha tenido que conformar con una aparición muy pequeña.


No me gustaría tampoco olvidarme de Brad Pitt que borda el papel del chiflado y violento Aldo Rayne, Teniente y al parecer inventor de la operación de los bastardos, en su faceta de paleto sin corazón (en la vida civil se dedicaba al contrabando de alcohol en Tennessee) que consigue el puntito de desmitificación que daban los personajes de "Los Doce del Patíbulo" (Robert Aldrich, 1967) o el de James Coburn en "La Cruz de hierro" (Sam Peckimpah, 1977). Seguramente sin el concurso de Pitt, atentos a la escena en la primera escena en el interior del cine y a los caretos que pone en segundo término, al película hubiera sido otra completamente diferente porque, en el fondo, frente al refinado europeo y cruel que representa Landa está su némesis que no es otra que el cateto americano violento, montaraz y poco educado de Rayne.


Es una pena que el padre de la revisitación de los géneros bastardos (películas de atracos, blaxplotaitions, artes marciales, western, gore, grindhouse etc.) se haya perdido en derroteros más formalistas, más intensos, más de auteur y no haya confiado en lanzarnos a la cara una película totalmente mostrenca porque la ocasión lo merecía. Es una pena que sus ganas por firmar una obra maestra lo hayan alejado de su objetivo.


Los que hemos leído los tebeos de "Hazañas bélicas", leído a Sven Hassel y coleccionado soldaditos de plástico de la marca monta-plex nos sentiremos plenamente identificados con esta película y las razones que ha tenido Tarantino para ofrecernos semejante espectáculo. No se si ustedes serán de esa generación pero a todos los que debajo del árbol de navidad nos encontramos en algún momento una winchester de plástico, una ametralladora dotada de un ingenioso gatillo que la hacía sonar como un arma de verdad (o casi) o un casco de color verde de los Marines comulgaremos perfectamente con las razones que ha tenido Tarantino para jugar así con el género y con las historias de la II Guerra Mundial. En cierto modo ha hecho lo mismo que hacíamos nosotros cuando nos perdíamos por los descampados simulando ser un comando que acababa de saltar de un avión en paracaídas detrás de las líneas enemigas en una zona atestada de malditos nazis: contar nuestras propias historias y echar la tarde. A Tarantino le ha costado unos cuantos millones más de dólares pero, bueno, se trata de lo mismo.
En definitiva: Malditos bastardos es una gran película. Una película de Tarantino en todos los sentidos de la expresión y eso es mucho en un panorama cinematográfico que parece cada vez más condenado a los productos impersonales donde no importan quien se siente en la silla donde pone director. A costa de hacer las cosas medio bien (y nunca medio mal) Tarantino va a pasar a la historia como uno de los grandes del cine por la sencilla fórmula de redescubrirnos a los clásicos y de reinterpretarlos. No está nada, pero nada mal. Ya digo, es casi una obra maestra.

viernes, 29 de mayo de 2009

Sus vidas pueden ser apasionantes


Un día estás con la panda en el bar y se hace el silencio. Ese es tu momento. Pegas un trago a la cerveza, das una calada al cigarro y dices eso de: "¿Os sabéis ese de Jesucristo que va por el desierto y se encuentra a Mahoma llevando una puerta de un 600 y...". Cuentas el chiste esperando la carcajada que inscribirá tu nombre entre el de otros cómicos como Tony Antonio o Mariano 1´85 y, nada, el silencio. Sonrojado por tu falta de capacidades sociales te hundes un poco más en la mugre e, incluso, recibes una colleja. Es más, un tipo sevillano con mucha gracia se entromete en el grupo y dice: "¿Os sabéis ese del mariquita de Huelva que va al Rocío y...". Y él sí sale por la puerta grande y se le apoquinan dos cubatas por saleroso.






Nada de eso hubiera ocurrido si tu vida llevara incorporada unas risas enlatadas. El jajá y el jijí asegurados. Vale que dan mal rollo porque las risas enlatadas pertenecen a gente muerta pero todo buen productor de TV sabe que tienen su aquel y que pueden hacer digerible un mal sketch del mismo modo que un poco de azucar hace digerible cualquier píldora como bien decía esa filósofa del ofuscamiento y la confusión infantil llamada Mary Poppins...¿Habéis pensado alguna vez en la empanada mental que tendrían esos pobres críos yendo del brazo de una niñera que convertía cada paseo por Hyde Park en un número musical de Dick Van Dyke? La única canguro que he conocido en mi vida era una que venía a cuidarnos a mi amigo Pulido y a mi cuando nuestros papás se iban los sábados por la noche a "visitar a un señor enfermo" y su único poder relevante era revolvernos las tripas cuando la veíamos comer sandwiches de jamón de york con tomate frito Orlando. De hecho cuando vi "Halloween" (1978, John Carpenter) no sentí más que afinidad y compasión por Michael Meyers. A saber qué comería su canguro para que el muchacho se pusiera así de nervioso...

Pero me estoy (a)largando de nuevo. A donde yo quería llegar es a que, en realidad, cualquier vida es interesante. Incluso apasionante si se la dota de algunos aderezos técnicos. Los paseos en bicicleta (y digo paseos no esas etapas que se cascan esos vecinos que se compran una bici de montaña y la equipación completa de Alberto Contador) son un coñazo si nadie hace la gracia de silbar la sintonia de "Verano azul" de cuando en cuando o al menos una vez y, leches, haced la prueba, subid las escalinatas de cualquier fachada canturreando el "papapá-papapá" de la BSO de "Rocky" (John G. Avildsen, 1976) y ya veréis qué se hacen menos cortas.

Gracias a los efectos de sonido de la tele, a los "tantarantán" de suspense, a los "po-po-pó" de frustración y al "fiiiiiuuuuuuuuuuuuuuuu....pst" de la caída del Coyote en el abismo del Gran Cañón podemos decir que casi cualquier cosa puede tener interés. Si además agarramos todo eso y le damos un buen montaje, un poco de ritmo...la cosa queda fetén. Con interés.


¿Qué hay vidas que no son interesantes? Todas después de una buena puesta a punto lo son. Bien lo saben en las televisiones donde asistimos todos los días a la retransmisión, en cuasi directo, de la vida de una ciudadana española llamada Belén Esteban. Sí, la vida de una mujer de San Blas que tiene una hija con un nuevo rico andaluz y está casada con un camarero mileurista llamado Fran ocupa más tiempo en antena que la cobertura que las privadas mayoritarias hacen de las elecciones europeas, es más, generan, al parecer mucho debate.

Un debate lleno de preguntas morales interesantes como: ¿Cuanto tiempo debe de permanecer un padre separado/divorciado/desarrejuntado en la boda de su hija? ¿Debe de llevarse 300 gramos de jamón y unos picos de pan para el camino o es más elegante hacer mutis y parar en la primera estación de servicio para comerse un plato combinado?

La vida de Belén Esteban, nuestra "Princesa de los pobres", tiene todos los componentes aburridos y mezquinos de todas las vidas pero, ahhhhhh, tiene efectos de sonido, tienen tantatachanes, cortes a publicidad, tomas cámara en mano, persecuciones, palabras altisonantes sacadas ingeniosamente de contexto, humor plano, comentarios de comentaristas que hacen las veces de los comentarios del director del DVD y un sinfín de trucos hechos para llamar nuestra atención.

Ustedes, mucho más que yo, se merecerían del mismo modo participar de esa cosa llamada fama y de ocupar cientos de minutos de televisión a la semana si un avezado productor le pusiera a sus vidas una buena banda sonora y algo de ritmo. Nada más y nada menos. Al menos podemos afirmar una cosa: La próxima revolución será televisada pero, cuidado, que tengan cuidado donde la emiten porque es posible que en otra cadena esten, en ese mismo instante, retransmitiendo en directo como la Esteban compra unos tomates y nadie se entere del asunto.

martes, 7 de octubre de 2008

¿Es Cocktail la peor película de la historia?



Vale este post podría comenzar y terminar aquí mismo: "Sí". Y todos a nuestros quehaceres pero, la verdad, es que la cuestión merece un poco más de análisis.

En estos tiempos de crisis económica a la gente de Cuatro se le ocurrió poner esta película que podría catalogarse dentro de esas películas ochenteras con mucho neón rosa y mucha historia estúpida que servía para hacer una intensa loa a eso de "hacerse yuppie" o "hacerse rico". No tendríamos que arriesgarnos mucho para decir que, en realidad, Cocktail es nada más y nada menos que un "Wall Street para adolescentes". ¿Pero puede ser catalogada como la peor película de la historia? Bueno, al menos como, sin duda, una de las más estúpidas del mundo y, sin duda también, como una de las más estereotipadas del universo.

Comencemos por su protagonista: un trepilla. Estudiante de Bussiness (esa carrera a medio camino entre Empresariales y Económicas) y camarero a tiempo parcial. ¡Arf!. Tom Cruise en el mismo papel de "rebelde y complejo héroe juvenil" que ya hiciera en Taps, Rebeldes, Ir a perderlo y perderse, Risky Bussiness (aquí hacía de aprendiz de proxeneta), All the right moves (aquí pasó directamente a vídeo), Top Gun y que, posteriormente a Nacido el 4 de julio y El Color del dinero -sus dos películas serias donde pudo elegir entre hacer buen cine o forrarse- repitió sin empacho en la loquísima Días de Trueno.


Da igual que hiciera de cadete, teen de los años 50, estudiante de los 80, piloto de caza, conductor o jugador de fútbol americano...¡Tom siempre hacía de Tom! ¡Siempre hacía el mismo papel!


Pues eso, aquí tenemos a Tom Cruise encarnando el papel del joven trepa Brian Flanagan que va a NY a comerse el mundo desde la barra de un bareto y hace amistad con Doug Coughlin (Bryan Brown, ese pedazo de actor australiano) un viejuno timador de malos sentimientos al que le va la buena vida y que mantiene una especie de filosofía personal conocida como "las leyes de Coughlin"...en realidad una amalgama de frases hechas y poses de anarquista de salón que harían vomitar a una cabra o a dos.




Los dos se dedican a poner copas y, sobre todo, a ligar. No a ligar con las típicas chuzas de despedida de soltera con dos chupitos de tequila malo en el cuerpo...¡Que va! Los tipos, pese a tener unas personalidades demenciales son capaces de pasarse por la piedra a una lista de señoras "ochenteras que lo flipas" como Gina Gershon, Elizabeth Sue o Kelly Lynch. ¡Toma ya!

Las tres además, y por ese orden, fotógrafa de éxito, rica heredera, simplemente rica...





¿Cómo las conquistan? Muy fácil, haciendo cucamonas detrás de la barra, acrobacias con las botellas, y cosas así. Por Dios, si yo quiero ver a gente haciendo malabares completamente borracha me voy a la puerta de mi facultad a mirar a los perroflautas y ya. No pago diez dólares por un poco de garrafón removido y no agitado.



El caso es que el viejuno y Bryan son tan buenos camareros que un tipo, completamente flipado, los contrata para poner copas en un lugar de mucha alcurnia...y a vivir del pastón y de los ligues que da el local. En este punto es cuando el director, un Roger Donaldson muy despistado o trabajando de encargo, le regala una pedazo de secuencia a Tom en la que lo vemos poniéndose en plan poeta y subiéndose a la barra para ser adorado como un Dios Griego. A ver, hablamos de un Tom Cruise con un pelete imposible (que ha inspirado luego el flequillo Bustamante), unos pantalones de pinzas negros y una camisa a rayas blancas y negras de inspiración "bodas de sangre". ¡Y se las lleva de calle!



Después por un quítame allá esa Gina Gershon los amigos se separan (el viejuno se la acaba ligando...lo que explica el porqué de la especialización de esta mujer en papeles de lesbiana sexy) y después se reúnen en Jamaica donde Tom ha puesto un chiringuito. Pese a que han pasado tres años los tíos están igual. Se hacen amigotes de nuevo y Tom consigue su objetivo que es ligarse a una rica Elizabeth Sue a la que deja embarazada e imagino, aunque no lo dicen, hará infeliz porque, en el último plano, se la ve con un bombo del quince, en el bar de su marido, entre una considerable nube de humo de nicotina y mirando completamente idiotizada a su esposo que, subido a la barra, comienza un nuevo (y sonrojante) poema. Por cierto, en el camino el amigo viejuno de Tom se suicida en un acto de estupidez aún mayor que el de escribir "las leyes de Coughlin".

Pese a que Cocktail es una película terrible nos dejó algunos interesantes legados como, por ejemplo, que todos los tipos quisieran hacerse camareros, relaciones (públicas) y ellas quisieran echarse un novio camarero. También generó una absoluta fascinación por el camarero que hacía cucamonas con la botella de Dyc y algunos sonrojantes espectáculos como, ops, la rotura, de cientos de botellas, cortes con cristales y otros accidentes menores.

No hay más que irse a De Diego, a Jose Alfredo, al JJ25 o a su vecino el Hudson para saber que un camarero no tiene que hacer tantas tontunicas para servirte un cocktail buenísimo.

Definitivamente, nada más ver la película, te da la sensación de que los 80 fueron horrorosos, horteras, y carentes de toda lógica como la decoración de las casas de los nuevos ricos de la época tipo Donald Trump con sus columnas repujadas en "colorao" de 24 kilates y sus puros y sus yates... pese a la veneración que últimamente despiertan en todas sus vertientes y te hacen formularte esta pregunta: ¿De verdad quiero que vuelva esa década?

Y sobre todo esta: ¿Cómo es que a nadie se le ha ocurrido hacer películas de estas en la bonanza económica anterior con unos cuantos ricos rusos y unas cuantas modelos de trapillo? Me pregunto también si Greek, Gossip Girl, Dirty sexy money, la nueva versión de Sensación de Vivir, 700 euros o algunas cosas parecidas no serán los efectos colaterales de ese oasis de hipotecas de alto riesgo.

lunes, 18 de agosto de 2008

Shake tail feather (Ray Charles & The Blues Brothers)

Venero a John Landis sobre casi todas las cosas. Es el tío que ha dirigido la película de sketches Made in Usa (Kentucky Fried movie, 1977), aquí uno de los mejores "Danger seekers".

Desmadre a la americana (Animal House, 19768), Lobo hombre americano en Londres (An American werewolf in London, 1981), El clip de Thriller de Michael Jackson, Espías como nosotros (Spies Like us, 1985), este sketch para Amazonas en la Luna (Amazon women in the moon, 1987) titulado "negros sin alma".

La historia de Twigtlight Zone (1983) en la que Vic Morrow fue decapitado por las aspas de un helicóptero en una escena que se llevó por delante el prestigio de este gran director que también ha hecho algunas fulañas de las que el fanatismo me impide hablar y entre las que no estaría incluída Entre pillos anda el juego (Trading places , 1983).

También rodó la película de la que he extraído el clip de Ray Charles, Granujas a todo ritmo (The Blues Brothers, 1981) y que es uno de los mejores números musicales jamás rodados.

lunes, 7 de julio de 2008

Insustancial ya surfea...

A veces he tenido la sensación de estar haciendo surf entre una línea de mortero enemiga...

A veces he tenido la sensación de que la victoria sólo era una cuestión de potencia de fuego...

A veces he tenido la sensación de que me mandaban al matadero junto a los demás muchachos...

A veces he tenido la sensación de que me sobraban huevos para hacer surf en esa playa...




A veces he tenido la sensación de que luchaba por un cuenco de arroz frío y un poco de rata...

A veces he tenido la sensación de que el Apocalipsis estaba cayendo sobre mi cabeza...

Pero...

Siempre me ha gustado el olor a napalm por las mañanas...
Siempre he tenido la certeza de que esta guerra terminaría y volveríamos a casa...
Siempre he tenido la certeza de que Charlie no hace surf...

¡Dios Salve a Kilgore!