Fui con mi tío Julio a ver “Perdita
Durango”. Era lunes y fuimos a un cine que ahora es un gimnasio. A ambos nos
gustó pero, sin duda, lo que más nos
gustó a los dos fue aquel actor gordinflas, de aspecto sudoroso y eterna cara
de angustia y mosqueo.
Durante toda la película Woody
Dumas intenta desentrañar el retorcido caso de secuestro de dos adolescentes en
medio de un terreno completamente hostil, un territorio fronterizo donde se
mezclan dos culturas que se oponen la una a la otra para no ser absorbidas y
acaban por fundar una entidad propia. Por ese nuevo “país” fundado en varias
religiones, tendencias musicales, literaturas, sociedades etc. pululan ricos
despistados que quieren pasarse al lado salvaje, pobres como ratas que quieren
saltar al otro lado para llenarse los bolsillos de dólares, mafiosos,
criminales sexuales, traficantes (de drogas, de armas, de almas, de fetos) y,
en medio de todo aquello, solo Woody Dumas intenta poner algo de orden
enfrentándose a la locura colectiva como un policía tan estéticamente horrible
como profesionalmente eficaz.
Bien podría Alex de la Iglesia haber introducido en aquella historia a un
policía de una sola pieza, ya saben, a un héroe. Haber invocado la idea de que
el Mal absoluto solo puede combatirse con el Bien absoluto. Por suerte, el
binomio De la Iglesia-Guerricaechevarría, ya había escrito “El Día de la Bestia”
y ya nos había mostrado a otro antihéroe, el Padre Berriartúa, que había
llegado a la conclusión de que el Mal absoluto solo puede combatirse con sus
mismas armas.
La diferencia, esta vez,
estribaba en que Ángel Berriartúa era un ser inocente introducido en un
ambiento completamente hostil (El del Madrid de la crisis económica-ideológica
de la primera mitad de la década de los 90 del siglo pasado) que inicia con
torpeza pero con decisión el camino de convertirse en un socio de Satán (quizás
en uno de nosotros) y aquí Woody Dumas es un policía metódico que busca la raíz
del mal (A Perdita y Romeo) conociéndolo a la perfección y cuyo mayor
inconveniente acaba siendo su propia mala suerte –acaso las interferencias de
los “hechizos” del propio Romeo Dolorosa- y una cierta dosis de estupidez de
las personas que, en teoría, tienen que ayudarle a completar su misión. Berriartúa se ve incapaz de entender el mal pese a que viene a desatarlo para hacerlo desaparecer y Woody Dumas, sin embargo, lo entiende a la perfección y quiere acabar con él pese a que entiende perfectamente que no será capaz.
Durante las cañas posteriores el
Tío Julio y yo intentamos recordar donde habíamos visto a ese actor.
Recordábamos haberlo visto en “Amor a quemarropa”, “Marea Roja” (ambas de Tony Scott) y en “Como
Conquistar Hollywood” de Barry Sonnenfeld. En dos de ellas haciendo de matón y
en una haciendo de oficial de un submarino nuclear. Todos aquellos papeles, que
en su momento nos habían parecido tan intensos, nos parecieron demasiado
pequeños para un actor con tanto talento.
Meses más tarde, leyendo “Durango
Perdido” (el diario que Carlos Bardem hizo de “Perdita Durango”), me enteré de
que James Gandolfini había conseguido esa cara de angustia y de cabreo continuo
poniéndose trocitos de piedras en los zapatos. Un truco tan del “Actor´s Studio”
como los de Hoffman en “Marathon Man” (correr toda una noche antes del rodaje
de las escenas finales de la película para parecer cansado, sucio y aturdido)
que con tanta sorna criticó Sir Laurence Olivier (“No sabía que NO eras actor”
le espetó el actor inglés al norteamericano cuando este le explicó su técnica)
y quizás tanto como los de Juan Diego (que vivió durante unos meses en una casa
completamente vacía) para interpretar a San Juan de la Cruz en “La Noche Oscura”
o los de Jorge Sanz que, y esto es verídico pese a estar recogido como ficción
en su serie “¿Qué fue de Jorge Sanz?”, reconocía “pellizcarse un huevo”
metiéndose la mano en el bolsillo del pantalón cada vez que tenía que llorar en
una secuencia.
La anécdota, la de las chinas en
los zapatos, nos habla muy bien de James Gandolfini como de un actor tan
metódico (más allá de ser un “actor del método”) que preparaba a conciencia sus
papeles. Unos papeles que le fueron cayendo a cuenta gotas durante toda su
carrera y que, excepto en el caso de “Los Soprano”, no le permitió más que
brillar como brillante secundario. Una pena, un déficit del “mercado
audiovisual” que venimos arrastrando desde hace ya unas cuantas décadas, porque
sin duda se hubiera merecido un poco más. Gandolfini ha sido tan grande que
todo lo que ha hecho nos parece grande pero, a la vez, un poco pequeño, un poco
injusto, muy poco acorde con su talento tan empequeñecido por una cuestión
ridícula: ese “déficit” de papeles
grandes para gente que no entra en los cánones estéticos adecuados o de esos
papeles grandes que serían adecuados pero que, desgraciadamente, acaban cayendo
en manos de un actor que decide engordar o afearse con complicadas técnicas de
maquillaje para poder hacer un papel de estas características. Ejemplos claros
de este hecho los tenemos en Charlize
Theron haciendo de Eileen Wournos en “Monster” hasta Leonardo Di Caprio interpretando a J. Edgard Hoover en “Hoover”.
Me pregunto si no hay actores y actrices que pudieran haber hecho esos papeles
sin tener que pasar por sesiones maratonianas de maquillaje.
Pese a todo, no hay ni un papel
de la carrera de James Gandolfini que, simplemente, no haya bordado y no nos
haya permitido retenerlo en la memoria por muy pequeño que fuera. Señal
inequívoca de que algo estaría haciendo bien.
Fue la HBO y su papel de Tony
Soprano por el que será recordado siempre. De 1999 a 2007 dio vida al jefe de
una pequeña familia mafiosa de New Jersey que se pone en manos de una
psicoanalista para intentar sobrellevar los avatares de una vida complicada en
la que ejerce como “cabeza de familia” de dos familias diferentes: la suya, la
que ha formado junto a Carmela, y la otra, el clan mafioso que lidera. Si hay
algo interesante de la serie creada por David Chase es que nos encontramos ante
un personaje que, durante seis temporadas, aparece completamente partido por la
mitad, a veces roto en mil pedazos, un mafioso de poca monta violento y brutal
que, a veces, parecía un tierno padre de familia, que, en otras muchas,
intentaba recuperar el amor de su mujer, que actuaba según un código moral
propio retorcido que, en otras tantas, nos parecía que aceptaba pese a odiar y
que, otras, defendía a capa y espada.
Tony había intentado escapar de
la herencia mafiosa de su familia, de hecho acudió durante un periodo de tiempo
muy corto a la universidad y, sin embargo, como Michael Corleone había tenido
que regresar. La cara de Gandolfini/Tony viendo como Silvio Dante (Steve Van
Zandt) imita al más joven de los Corleone diciendo eso de “Creí que estaba
fuera, y me vuelven a meter dentro” entre los aplausos de los otros mafiosos
es, posiblemente, uno de los momentos más duros y a la vez tiernos de toda la
serie. En definitiva “Los Soprano” no es otra cosa que una lectura más realista
que actualizada de “El Padrino”, una obra cruel con sus personajes y con el
desarrollo de la trama donde Shakespeare se da la mano con Hammet, pero también
con las portadas de los tabloides y, definitivamente, con la realidad. Nadie
duda de que “El Padrino” encierra en su subtexto un discurso completamente
inmoral, una especie de traición del subconsciente de Coppola que los propios
mafiosos americanos (o gente tan dispar como Gil y Gil, amante de la trilogía
hasta el punto de instalar un tríptico de la saga en el centro de negocios de
Marbella) leyeron a la perfección: “Somos así porque éramos pobres y tuvimos
que hacernos ricos saltándonos el sistema porque este no nos daba ninguna
oportunidad”.
Frente a la elegancia y al honor
que Coppola le supone a los Corleone, no olvidemos que se inicia una guerra
contra ellos porque han prohibido a los otros mafiosos traficar con drogas
instalándose a ojos del espectador como unos “mafiosos buenos” o “no tan malos”,
David Chase se acerca más a la dolorosa realidad de la biografía de gente como
John Gotti y, por encima de eso, dibuja a una mafia menor, arrinconada en un
territorio pobretón y dominado por las familias de Nueva York que les aprietan
las tuercas cada vez más.
En medio de ese territorio hostil
y complejo, violento y brutal, Chase dibujó a un personaje normal, a un mafioso
normal, nos deja un regalo a modo de moraleja inquietante: El mafioso no tiene
más remedio que ser así no porque tenga honor si no porque tiene miedo de que
le corten el cuello. Y, por encima de todo eso, ya no puede dar marcha atrás y
dedicarse a algo honrado porque no podría pagarse su tren de vida.
Gandolfini creó a un Tony Soprano
completamente humano, tan complejo como todos los seres humanos, un personaje
dislocado y continuamente dividido entre lo que le dice su cabeza y su corazón
que, muy pocas veces, duda de lo que tiene que hacer. Un mafioso metódico que
elimina a los que amenazan su reinado o su supervivencia por cuestiones más
humanas que instaladas en la leyenda, la tradición o la ficción.
Con su muerte ha llegado el fin
definitivo de “Los Soprano” cuyo final abierto no ha hecho otra cosa que
alimentar el debate y la leyenda sobre la propia serie. Unos minutos finales
que han sido analizados milímetro a milímetro y donde se han dado todas las
hipótesis posibles sobre qué es lo que ocurre en ese larguísimo cierre a negro
donde se interrumpe la acción y termina de sonar abruptamente “Don´t Stop believing” de Journey. Una canción melosa que habla
de una chica de pueblo y de un chico nacido en el sur de Detroit (pobre como
una rata si tenemos en cuenta esa obrera localización) que se conocen en un
antro. Y luego la cosa se pone poética y todo parece un tanto hostil como la
vida misma y luego se nos dice que hay gente que nació para cantar blues, que
todo el mundo quiere emoción, que la gente apuesta por ganar y que hay gente
que gana y gente que pierde…y también que, pase lo que pase, la “película nunca
termina y que la siguen proyectando una y otra vez” y, claro está, que si somos
gente de la calle, que pese a ser gente de la calle, esa gente normal que puede
ser obrera de la construcción, policía o mafioso no dejemos de creer ni por un
instante. Ese es el consejo: “No dejes de creer”. Da igual en qué. Es decir,
intencionadamente, la canción tampoco aporta mucha información sobre qué pasa
en esos segundos larguísimos en que la pantalla se viene a negro. O quizás sí y
todo lo que viene a decirnos David Chase es que la vida de la familia Soprano,
de las dos familias Soprano, seguirá su camino y que no dejarán de creer, es
decir, que seguirán haciendo las cosas más o menos como hasta ahora, que la
serie podría haberse alargado otras 20 temporadas más.
Ahora ya no, claro, las noticias
desde aquel final han contenido la posibilidad de hacer una película definitiva
sobre la saga e, incluso, una nueva tanda de seis o siete episodios más. Una
especie de final heroico. Siempre quise que ocurriera pero también temí porque
lo que viniera después fuera mucho peor o acabara por darme un final épico (que
se hubiera cargado el discurso de la serie) con un Tony Soprano asesinado o un
final tranquilizador donde este se hubiera entregado al Programa de Protección
de Testigos para intentar vivir como una persona normal. Eso último hubiera
sonado tan convencional como creer que todas las películas tienen que tener una
final feliz, hubiera acercado a Tony Soprano al Henry Hill interpretado por Ray
Liotta en “Uno de los nuestros” quejándose de vivir en una zona residencial
donde creen que los macarrones con kétchup son una comida decente.
La muerte de James Gandolfini ha
impedido cualquier posibilidad de que “The Sopranos” vuelve a rodarse pero,
sobre todo, lo imprevisible de su desaparición viene a refutar la teoría de
Chase, y la de los Journey, de que la vida sigue y que las cosas pasan y de que
no podemos hacer nada por evitarlo, que la vida no se acoge nunca a las leyes
de la ficción, del guión o de la literatura y que las cosas buenas y malas se
entremezclan de una manera sorpresiva y absurda formando una cadena de
acontecimientos que, en forma de guión, nadie se atrevería a rodar por parecer
completamente ridícula proyectada en una pantalla.
La muerte prematura de este
enorme actor ha acabado, de una vez, con todas las teorías sobre qué pasa en
ese negro alargadísimo del final de “Los Soprano”.
Ese negro es nuestro
siguiente paso en la vida, un paso que daremos pero que no sabremos hacia donde
nos lleva en realidad, porque, en realidad, el único final posible es este
final. Este final es el que ha acabado de verdad con “The Sopranos” y, por
desgracia, es un final que no ha gustado a nadie, como casi todos los finales
tristes. Un final inquietante e inesperado que nos deja, como todos los finales de la vida, empantanados en medio de un montón de dudas.
No sé casi nada de Topanga Lawrence excepto que tiene un blog, que está prendada de Eduardo Galán, que ha sido alumna de un amigo mío y que escribe muy bien. Iba a escribir algo sobre la estúpida muerte de Yoshito Usui , creador de Shin Chan personaje del que soy rendido fan, pero se me ha adelantado y al comprender que no podía superar su texto prefiero poneros el enlace y que lo disfrutéis. Aquí.
La muerte de Mr. Usui me ha recordado aquella vez en que le pedí a un amigo que intentara, por todos los medios, que pudiera morir de una forma ridícula, tipo "desaparecido mientras cogía setas" o en cualquiera de los supuestos de los que habla Def Con Dos en "Pánico a una muerte ridícula".
Si malo es irse para el otro mundo, peor es irse de una manera completamente deshonrosa o absurda. En ese caso, y si tiene que ocurrir (que acostumbrado como estoy a atraer el absurdo a mi alrededor es más que posible) ya he dejado dicho que mis herederos se vean "Los Tenenbaums" (Wes Anderson, 2001) y que actúen como lo hace Gene Hackman que, pese a morir de un ataque al corazón que le sobreviene cuando viaja agarrado a la parte trasera de un camión de basura, escribe en su epitafio: "Amante padre que falleció cuando rescataba a toda su familia de un naufragio". Pues a mi más o menos. De todas maneras he confeccionado una lista de gente que murió de una forma absurda:
1. Keith Moon: El genial batería de The Who, no se si uno de los mejores del mundo pero sí uno de mis preferidos de todos los tiempos, nos abandonó el 7 de septiembre de 1978 mientras dormía. Palmó por una sobredósis de pastillas, esta vez no de pastillas ilegales, si no de unas recetadas por un médico y cuyo tratamiento tenían como objetivo que dejara de beber tanto alcohol.
2. Peter Sellers: El 24 de julio de 1980 abandonaba esta roca el cómico inglés más famoso de todos los tiempos (si exceptuamos a Tony Blair) debido a una estúpida afición: Sellers, desde su infancia, era un conocido amante de todo lo relacionado con las ciencias ocultas y uno de esos ingleses chiflados con el renacimiento de la Golden Dawn. A Sellers se le detectó un cáncer un año antes de que se lanzara al rodaje de "Bienvenido Mr.Chance" (Hal Ashby, 1979) pero decidió no tratárselo por los medios tradicionales ya que uno de sus habituales brujos de cabecera le recomendó no hacerlo y tratarse con piedras captoras de la energía y una dieta a base de vegetales y aguas imantadas (o algo parecido). Como no mejoraba ese mismo brujo, u otro cualquiera, le recomendó que viajara a Filipinas para ser operado por uno de esos santones que dice arrancar tumores sin necesidad de anestesia...fue, se dejó "operar" e, incluso, decidió aceptar un papel en un par de películas que no pudo terminar por razones obvias. ¿Les suena la anécdota? Es porque el cómico americano Andy Kaufman sufrió el mismo timo por parte de otro filipino y la historia quedó documentada en "Man on the Moon" (Milos Forman, 1999).
3. Oliver Reed: El actor inglés se autodenominó así mismo como "Mr. England" pero falleció en La Valetta, capital de Malta. Fue un 2 de mayo de 1999 después de haberse tragado tres botellas de Ron Capitán Morgan, ocho cervezas alemanas y un número indeterminado de chupitos de whisky Famous Grouse. Lo más alucinante es que, pese a todo, Oliver Reed no palmó de la cogorza si no por una apuesta: se jugó el pago de la factura (470 euros) con cinco marineros de la Royal Navy a los que retó a vencerlo en un combate de pulsos. Les ganó pero, poco después, cuando salía del local cayó redondo de un ataque al corazón. ´
4. Tennesse Williams: El dramaturgo norteamericano abandonó este Valle de lágrimas el 25 de febrero de 1983. Intentaba abrir un bote de pastillas con la boca cuando, sin querer, aspiró la tapa del envase que fue a parar a su garganta obstruyéndola y matándolo de asfixia.
5. Shannon Michelle Wilsey (a) "Savannah": La actriz porno que pudo reinar en los 90, o al menor haberle hecho algo de sombra a Jenna Jameson, falleció el 11 de julio de 1994. Fue novia de la también actriz porno Jeanna Fine (única persona que clamaba que la había querído) y del cómico Pauly Shore. La noche de los hechos volvía a casa tras una fiesta conduciendo su deportivo, un Corvette, e iba bastante castaña o, al menos, tan castaña como su acompañante, su novio de aquel entonces, Jason Swing. Cuando sólo les falta una calle para llegar a su casa Savannah pierde el contro del coche y lo estampa contra una verja. Se hace algún corte en la cara y se rompe la nariz pero su novio no es capaz de que vaya al hospital. Ella insiste en volver a casa seguramente con la cara adormecia por la ingesta de farlopa y alcohol y le quita importancia al asunto. Su novio sale a pasear al perro y, cuando vuelve, se encuentra con que su novia se ha intentado volar la tapa de los sesos pero lo ha hecho mal y, pese a la herida, no está muerta todavía. Llama a una ambulancia y se llevan a la actriz a un hospital donde fallece tras permanecer unas diez horas en coma. ¿Qué le ocurrió a Savannah? Pues muy sencillo: la maldita "bajona". Al parecer cuando los efectos de la farlopa y del alcohol fueron disminuyendo se miró a un espejo y pensó que se había desfigurado la cara. Llamó a su ex, Jeanna Fine, histérica y le comunicó que nunca recuperaría su cara, que estaba destrozada...en realidad no es para tanto pero ella se lo cree y cree que se le ha acabado la carrera artística...
Me acuerdo de aquel día en el que un amigo mío se hinchó del valor que son capaces de imprimir dos cubatas y me declamó a una moza un poema de Benedetti. Se lo estaba soplando, en plan Cyrano, otro amigo. Mal comienzo.
La risa tontorrona del whisky no ayudó nada. Tampoco que la escena se desarrollara al lado de una verbena de pueblo donde un conjunto músico-vocal se desgañitaba cantando los éxitos de ayer y hoy. Es posible también que las musas estuvieran a esas horas de la madrugada despatarradas y ausentes en el asiento trasero de algún coche y no pudieran acudir para provocar el efecto que mi amigo esperaba de aquellos versos...la chica se echó a llorar pensando que mi amigo la estaba, en realida, insultando. Desde entonces, no hemos hecho otra cosa que acordarnos de aquello con el mismo desconcierto con el que nos acordaríamos de una aparición mariana o una abducción extraterrestre...¿Cómo iba Benedetti a provocar semejante reacción en una chica?
Ya terminaba la noche y nos marchábamos cada uno a nuestra casa cuando mi amigo con andares de ave herida por un disparo en un ala y uno de los faldones de la camisa fuera del pantalón se giró hacia todos nosotros y dijo: "¡Me cagüen Benedetti!". La frase ha quedado para los anales y para subrayar cualquier acto fallido, cualquier empresa que comienza mal y termina como el culo. Los versos eran estos...
Tiempo después alguien cayó en la cuenta de que eran, en realidad, de Oliverio Girondo...daba igual porque la expresión ya estaba acuñada y quedaba bien. Y no fue obstáculo para descubrir al verdadero Benedetti y separarlo de Juan Gelman o del propio Girondo. Tampoco para, por nuestra cuenta, buscar a aquella que sí entendiera el puñado de versos, que los apreciara y que, de una vez por todas, no terminara muerta de aburrimiento en nuestros brazos suplicándonos un "¿Quieres besarme ya y dejarte de poesía?". Corazón coraza, que diría el uruguayo...
Desde entonces Uruguay y el tango nos han acompañado en el momento exacto en el que la noche se vuelve para los valientes, para los suicidas o para los idiotas, en el momento de levantar la copa y de bajarla. En el momento de la tristeza pero, también en los buenos momentos. Hoy se ha muerto el tío que escribió "Hagamos un trato":
Compañera usted sabe puede contar conmigo
no hasta dos o hasta diez
sino contar conmigo
Si alguna vez advierte que la miro a los ojos
y una veta de amor reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar conmigo
Si otras veces me encuentra huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar conmigo
Pero hagamos un trato
yo quisiera contar con usted
es tan lindo saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda presurosa en mi auxilio
Sino para saber a ciencia cierta
que usted sabe
que puede contar conmigo.
Hoy me gustaría decir bien alto "¡Mecagüen Benedetti!" porque se ha largado un grande y, es absurdo, pero me da la sensación de que siempre va a quedar un vaso vacío.
Se ha ido Sergio Algora fundador de El Niño Gusano (uno de los mejores grupos que ha salido de Zaragoza, jamás) y La Costa Brava. Con 39 años. Pese a que sus bandas no han sido nunca de las más escuchadas lo cierto es que gracias a El Niño Gusano disfrutamos de la primera entrada del surrealismo en el pop que ahora han recogido grupos como Manos de Topo. Aquí les dejo una versión en directo de una de las canciones que más me han gustado siempre de su primer grupo: "La mujer portuguesa". Valdría la pena que se la descargaran o que corrieran a comprar el disco.
Aquí una de las mejores canciones de La Costa Brava, el extrañísimo proyecto en el que se embarcó con Francisco Fernández (ahora Francisco Nixon) de Australian Blonde: "Adoro a las pijas de mi ciudad".
Se ha muerto uno de los mejores cómicos que ha alumbrado Estados Unidos. Me lo acaba de comentar su fan número 1, Edu Galán, que está triste como si se le hubiera muerto un familiar. Aquí.
Carlin es seguramente uno de los pocos humoristas de la contracultura junto a Lenny Bruce, el último superviviente de un modo de entender el humor que representaron revistas como National lampoon o MAD en sus comienzos y el responsable de que hoy, en los Estados Unidos, sea posible producir cosas como South Park o The Simpsons.
Uno ve una actuación de George Carlin y se da cuenta de que es posible reírse de cualquier cosa y que, en realidad, la palabra “tabú” solamente es una invitación a la risa.
Casi desconocido en nuestro país, Carlin era grande en su país de origen aunque su vida desordenada (o sea farlopa, alcohol, canutos, pastillas…) le buscó tantos o más problemas que las opiniones que vertía en sus monólogos. Ni que decir tiene que fue arrestado en muchas –demasiadas- ocasiones.
Sobre lo que esperaba de la vida eterna que sea él el que diga la última palabra.
El sábado de madrugada llegué a casa y encendí la tele para amodorrarme definitivamente. Entre tómbolas del 803 y publirreportajes sobre aparatos para convertir cualquier comestible en dados me encontré con Redes, el programa de Punset. Era el famoso programa en el que entrevistaba a su oncólogo y daba un repaso a la enfermedad del cáncer que padece. Se despidió de la audiencia diciendo algo así como “este ha sido un programa sobre el cáncer pero también sobre la vida”.
Punset siempre me ha caído bien, como Senillosa o Calvo Sotelo, que me parecían políticos bastante pachorros...no tengo ni idea de porqué. Me cae bien y me apena que esté tan malito.
¿Se imaginan como sería un programa parecido presentado y dirigido por Iker Jiménez? ¿Esperaría a palmar para emitirlo en plan ouija? ¿Sería Carmen Porter poseída en directo por el espíritu de su marido que nos contaría, en directo, el tiempo que hace en el más allá?
Me ha dado por pensar qué tipo de programa haría yo en caso de que supiera que iba a palmar. Tengo claro el título: “IMPRORROGABLE”. Y tendría un aspecto en plan hortera con una voz en off diciendo..."En directo, desde el Florida Park de Madrid..." (me he empeñado que sea el Florida Park, que es un sitio sin sentido como la existencia).
Tendría una sección en la que entrevistaría a representantes de algunas religiosas donde sólo haría una pregunta: “¿No les da a ustedes vergüenza ajena decir esas cosas que dicen?”. Después intentaría hacer un repaso de todas las cosas que me han hecho feliz en un par de piezas: la risa de este o de aquel, las piernas de aquella, la forma de ser de este, aquel día, aquella anécdota, esa cena, aquel plato, ese paisaje, unas vacaciones concretas… Reuniría a algunas personas que han pasado por mi vida para que se conocieran entre ellas y pudieran recordarme mejor de lo que yo sería capaz.
Me gustaría que se intercalaran textos de escritores leídos por los que me descubrieron sus libros. Pondría actuaciones de grupos que han sido determinantes para mi.
Las escenas preferidas de mis películas preferidas…
Los esketches de mis humoristas preferidos…ilustres muertos como Andy Kauffman, Belushi, Gila...
Encendería, a las afueras del plató, una pira donde iría tirando los peores libros que he leído, los peores discos que he escuchado y pasaría una lista de las instituciones y personas que más me han hecho perder el tiempo para advertir a las generaciones futuras, sobre todo…También daría consejos para que la gente no aplazara las cosas que me quedarían por hacer...
Y pondría un ballet de zombies que bailara el Thriller en plan irónica broma . También creo que me gustaría que bailaran el número final de "All that Jazz"...bye-bye life/bye-bye loneliness...
Ya que no creo en la vida eterna (y eso que cojo todos los días la línea 5 de metro y se que la eternidad, al menos la de los traslados en los transportes públicos, existe…) creo que la tecnología es la mejor manera de quedar, más o menos, en la eternidad aunque sea una eternidad retransmitida a las 5 de la mañana cuando ya, ni los más borrachos, aguantan el último ataque de rayos catódicos en la jeta.
De hecho no me extrañaría que dentro de poco alguien emita en plan reality algo así como una especie de programas protagonizados por moribundos…¿Qué, a nadie le mola? ¿Y como sería el suyo?