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miércoles, 30 de marzo de 2011

James Frey, la incapacidad de hacer nada bien


Oprah Winfrey es un estrellón. Un estrellón enorme que tiene un programa raro que aquí en España todas las grandes damas de la televisión intentan imitar del mismo modo que todos los grandes de la televisión en España quieren ser David Letterman o Jay Leno aunque, en público, muy pocas veces se les escuche hablar de ellos.  

Oprah es una mujer completamente hecha así misma. Aquí desconfiamos automáticamente de cualquier persona que alcance el éxito partiendo de la peor posición posible (a no ser que sea Fernando Alonso) pero en los EE.UU. las historias de superación venden como churros porque forman parte de su imaginería social y de eso que se llama “el sueño americano”.

La afroamericana es algo así como una especie de telepredicadora laica que se dedica a dar consejos para llevar una vida mejor y juega como nadie en el terreno de las entrevistas humanas, esas que hacen llorar a todo el mundo. Los testimonios desgarrados, además, suelen tener una recompensa automática porque Oprah se arremanga en directo y reclama, cuando no pone de su cuenta corriente, todos los medios necesarios para atajar, en vivo y en directo, cualquier injusticia.

Las únicas veces en las que Miss Winfrey ha parecido completamente fuera de juego han sido tres: cuando Tom Cruise se puso a hacer morisquetas y ejercicios gimnásticos en un sofá, cuando accedió a entrevistar a Cormac McCarthy  dando una de las peores entrevistas de la historia reciente al intentar que el esquivo escritor se pusiera tierno y la segunda vez que tuvo a James Frey en el plató de su programa.



En 2003 James Frey publicó “A milion little pieces” ( cuya traducción sería "Un millón de pedazos pequeños". Editado en nuestro país por Taurus con el título "En un millón de pedazos"). Una novela autobiográfica en la que narraba su experiencia con las drogas, sus desastrosas consecuencias y en su caótico proceso de rehabilitación. La narración que fue acogida con cierta frialdad y bastantes malas críticas no dejó indiferente a la presentadora que encontró en el texto una de esas historias que suelen engordar los ratings de audiencia: chico blanco, ex drogadicto, ex delincuente, culpable de la muerte accidental en accidente de tráfico de dos compañeros de instituto que renacía como escritor utilizando la literatura como terapia para la salvación y la restitución pública. ¡Guau!




Dentro del famoso programa existe una sección titulada “Oprah´s Book Club” (se podría traducir como "El club de lectura de Oprah") desde la que la presentadora recomienda libros a su audiencia. Algo que comenzó como una simple labor de apostolado (¡Lean, que no me leen nada! ¡Que leer es precioso!) se convirtió en la rampa de lanzamiento más codiciada por todos los editores del mundo anglosajón: cualquier novela que salía en ese escaparate se convertía, al día siguiente, en un éxito literario. Incluso les ponen una pegatina con el logo de la sección para que sean más reconocibles.
Winfrey dijo de la novela de Frey, que se había vendido bien hasta la fecha,  que la había mantenido en tensión durante toda la lectura, que había perdido horas de sueño con ella, que era la pera limonera, vamos.

Llegó al puesto cuatro de ventas de libros de “no ficción” en cuestión de días y, unas semanas después, Oprah recibió en su programa al escritor que le relató todo su historial delictivo, que estuvo siendo perseguido por la policía en varios estados, que había tenido recaídas en el alcohol y en la merca y cosas así de esas de dar mucho morbo. De hecho, utilizó profusamente la retórica de arrepentido que despliega en su novela y habló de esas cosas tan agradecidas como “la furia” y “la ira” que te llevan a la droga o “el demonio interior” contra el que hay que luchar. Ya saben, ese rollo medio religioso, medio freudiano que tan bien viene para metaforizar sobre el desgarro, el desarraigo y la culpa.  Oprah se sintió encantada de tener a un demonio domesticado, a un ángel caído y rehabilitado en su plató y corrieron lágrimas y todo fue fenomenal para el autor que, ya en junio de ese año, había publicado  “My friend Leonard” la segunda parte de las memorias que tenía como objeto alargar la historia primigenia y ahondar en la terapia y en la recuperación de su vida.

La entrevista, una de las más seguidas de la historia del programa, se cerró con un profundo éxito. Un éxito que no dejó a nadie indiferente pero, sobre todo a los responsables de thesmokinggun.com (TSG). Esta página web, dedicada a escarbar en los archivos policiales, tiene una famosa sección (llamada "Mug shot") en la que muestran las fotos de los famosos que han sido fichados en cualquier comisaría de los Estados Unidos. Gracias a esta página hemos visto a Bill Gates sosteniendo un cartelito con su nombre en una comisaría y cosas así. Como Frey era una nueva estrella, y un ex delincuente, los puso a la búsqueda de la ficha policial del mismo y de la, en ese momento, codiciada fotografía.

Seis semanas de la aparición de James Frey en la televisión nacional los editores de Smokinggun no tenían solo la fotografía si no, además, un artículo demoledor titulado “A million Little lies” ("Un millón de mentiras pequeñas") donde daban pruebas de que el escritor no había sido un delincuente tan peligroso, jamás había sido detenido por los delitos que describía en su biografía y, claro está, que todo lo escrito en sus dos tomos no era más que una invención de Frey.




¿Por qué alguien querría autoinculparse de un montón de delitos y ensuciar así su biografía? Pues muy sencillo: marketing. Durante unos cuantos años Frey estuvo intentando colocar el manuscrito de su novela en varias editoriales sin éxito. En un momento determinado él o una avispada publicista, Nan Talese, decidiera que se podía vender mucho mejor si se cambiaba la etiqueta de “ficción” a “biografía”. Así fue. La traducción de la novela a 29 idiomas y 5.000.000 de ejemplares vendidos avalan que el truco funcionó mucho mejor de lo que hubieran esperado, incluso demasiado bien. Sin duda, la conversión de Frey en un escritor de best-seller impidió que se mantuviera bajo la línea del interés informativo y que su millón de pequeñas trolas pasara desapercibido: de haber vendido una respetable cifra de 400.000 o 500.000 ejemplares y no haber aparecido en el programa de Winfrey hubiera permitido a Frey seguir con el engaño durante toda su vida.

Un engaño que, antes de que el libro fuera un superventas, el propio frey había reconocido a varios periódicos pequeños en diversas entrevistas pero que, poco a poco, fue negando aduciendo a que, en ese momento, quería obviar ese pasado de macarra.

Tras el artículo de TSG que retrataba a Frey como un teen afable que se había metido en dos delitos muy menores en toda su vida (dos fotos de comisaría, nada más) y que explicaba abiertamente las objeciones legales que había puesto a la publicación del artículo y a la exhibición pública de las fichas policiales y judiciales de sus delitos (algo extraño teniendo en cuenta que toda la promoción de sus libros se basaba justamente en el relato de las mismas) llegó el turno de defensa del autor que acudió al programa de Larry King el 11 de enero para declarar que, bueno, que sí, que parte de su libro no era del todo real y que había alterado parte de los mismos. En realidad, hasta ahí, la maniobra de defensa de Frey no podría haber sido más sencilla: todos los que podrían declarar sobre la veracidad de los hechos y hablar en su favor desmintiendo el artículo de TGS estaban muertos (su amigo Leonard de SIDA, su novia Lilly se había suicidado...) y los que estaban vivos eran delincuentes que no darían la cara.



La propia Oprah salió en defensa de Frey en el programa haciendo una sorpresiva y calculada llamada de teléfono que intentaba, claro está, salvar los muebles de su programa y volver a recuperar la confianza de sus espectadores en su "Club de libros".

Sin embargo, como la mentira ya era suficientemente evidente, el  26 del mismo mes Frey reaparece en el programa de Oprah y la entrevista se convierte en un auténtico bombazo porque el autor reconoce que su obra, los dos tomos, son una mera ficción.  La presentadora se deja de enredos y ataca a la yugular del escritor diciendo cosas como que se siente "estafada y, más allá de eso, siente que (Frey) ha estafado a millones de lectores". Si Frey quería jugar, otra vez, al mismo juego promocional de su primera entrevista en la que apareció como un ex adicto redimido para presentarse ahora como un mentiroso decidido a redimirse en público el cálculo le salió mal porque una cosa es jugar con tu propio prestigio y otro, entendería Winfrey, jugar con el de ella que tiene un emporio de varios cientos de millones de dólares que penden, básicamente, del fino hilo de su buena imagen. El comentario general es que destrozó a su entrevistado.

El visionado de la entrevista me trajo a la memoria una divertida anécdota que me contó el veterano periodista Mariano López de otro reputado periodista del que obviaré el nombre y que tenía una estupenda facultad que explotó en su juventud: siempre tenía a mano la última entrevista concedida por un personaje recientemente fallecido. Si la entrevista era real o ficticia jamás podía comprobarse pero, decía Mariano, que por las hemerotecas españolas debían de estar todas cogiendo polvo y esperando a que alguien pudiera desentrañar el misterio.

La discordia y la revelación de la verdad pusieron en un brete a la editorial Doubleday que anunció el cambio del género de la novela a “ficción” y publicó una nota en la que pedía a los lectores que se hubieran sentido estafados que se pusieran en contacto con ellos para que les fuera devuelto su dinero. En septiembre Frey emitió una nota pública disculpándose por ser un escritor de ficción (muy superventas…por cierto) pero, en el fondo, no por haber desplegado todo un montón de mierda para vender su obra. Obviamente, el hecho de que Frey escriba no es algo malo…lo otro, pues sí.

En el gérmen de todo está una interesante cuestión: ¿Se valora más una obra “basada en hechos reales” que una de ficción? ¿Puede mantenerse la etiqueta de “basado en hechos reales” cuando se incluye una nota que dice “que algunos tramos del relato son ficticios y han sido alterados para mejorar la narración y los nombres cambiados?

Cuando “Soldados de Salamina” se convirtió en un éxito editorial en nuestro país muchos pensaban que estaban comprando, en realidad, las memorias de Javier Cercas y las de todos los implicados en el fusilamiento fallido de Rafael Sánchez Mazas acaecido en los últimos tiempos de la Guerra Civil española. En realidad Cercas no había hecho más que tejer el paño de su novela con hechos reales y muchos ficticios creando lo que él mismo dijo era “una obra de ficción”. Muchos lectores se sintieron estafados valorando mucho más el contenido histórico de un pasaje rocambolesco y la investigación un tanto rocambolesca del mismo frente a algo que es mucho más interesante: Cercas es un gran escritor que cogió una historia complicada y la convirtió en una historia interesante, es más, la extrapoló de toda la contienda para convertirla en una especie de símbolo permanente de la misma. Seguramente Cercas podría haber seguido con el cuento, haber alimentado que todo lo dicho era real pero prefirió contar que era escritor y no periodista. Cercas se convirtió, temporalmente, en personaje literario de la forma en la que todos los que escriben ficción se meten de cuando en cuando como personajes principales o secundarios de sus propias historias.


Normalmente tendemos a pensar que la literatura es un mero entretenimiento, que es algo con lo que perder el tiempo y nos sentimos aliviados y engañados a la vez cuando encontramos entre las páginas de un libro un personaje con el que nos identificamos. La sensación de identificarnos con alguien inexistente no deja de parecernos brutalmente inhumana, como si de pronto, la conexión con los sentimientos y la historia inventada nos desconectara de una manera rara e irracional de la realidad y, seguramente por ello, porque nos aferramos a no dejarnos llevar, a mantenernos con los dos pies en el suelo, sentimos la necesidad de que haya más testimonio que invento en todo. Si alguien te cuenta una historia quieres que la historia sea cierta para que pueda aportarte algo pero si la historia es simplemente mentira nos parece que podemos desconectar de ella, que sea nada más que una banalidad.

Frey intentó vender su libro como una obra de ficción y no lo consiguió. Pasó por 17 editoriales que se negaron a publicarlo. Ni que decir tiene que el libro es flojo y malo a más no poder. Un tocho de casi 400 páginas (más las 400 de la segunda parte) cocinados entre la chorrada sensacionalista, la baratería insultante, los pasajes arrancados a Hemingway y al realismo sucio…un best seller sin mucho interés que se hubiera quedado en nada si no fuera porque a alguien se le ocurrió decir que todo era real, que todo era cierto. Es entonces cuando el delito literario de ser un escritor mediocre se perdona porque, en el fondo, el que lo escribe ya no tiene que aferrarse a las reglas ortodoxas del buen escritor y puede justificar todos sus fallos diciendo que lo que escribe sale del corazón. Es entonces cuando el engaño y el truco que tiene toda obra literaria deja de tener peso para ceder terreno ante fines mayores. “A million little pieces” ya no es un mal libro y se convierte en mucho más que eso porque atiende a un fin mayor que al del puro entretenimiento: a la salvación de los adictos a las drogas y al alcohol. Al discurso ejemplarizante. Es ahí donde más libros se venden porque lo importante no es escribir bien si no transmitir algo que parece, a primera vista, de mucha más importancia.

Lo contradictorio es que Frey ha seguido moviéndose entre el escándalo y la escritura convirtiéndose en ese autor que demuestra que el bussiness es más importante que lo que se encuaderna.

Harper Collins, nada más y nada menos, publicó su tercera novela en 2008 (ficción, pura ficción) titulada “Bright Shiny Morning” (un rollo macabeo) centrada en la historia de varios personajes de Los Ángeles  que sonaba a un intento por acercarse al Easton Ellis que escribió los cuentos que conformaron “Los confidentes” y más allá de eso en una regurgitación del "Vidas cruzadas" de Raymond Carver. No tuvo mucho éxito y encontró críticas de todo tipo pero, sobre todo, descabelladas y, más recientemente, Frey ha intentado publicar una historia basada en la Biblia con un poco original sinopsis basada en el renacimiento de Jesucristo en Nueva York (¡Ay, Diosito!) y se vio envuelto en un escándalo chocante.

En 2009 fundó Full Fathom Five una editorial nacida para crear pelotazos editoriales en serie. En régimen de colaboración se contrataba a autores muy jóvenes (250 dólares por cabeza) para trabajar en proyectos colaborativos. ¿han oído eso de que una ingente cantidad de monos acabaría por escribir una novela legible? Pues algo así debió de pensar Frey que estaba empeñado no en escribir una buena novela si no un montón (un millón de pequeñas novelas) de libros y dar con el nuevo Harry Potter. La cosa no le fue mal y “I Am number Four” se convirtió en un éxito de ventas juvenil (está a la venta en España) cuyos derechos fueron comprados por Dreamworks que la ha llevado al cine recientemente y que se estrenará en los primeros días de abril en nuestro país. ¿El trasfondo de la historia? Tan chorra y tan manido como la historia que lo hizo famoso.  Los contratos precarios y algunos pequeños escándalos más han puesto el proyecto en la mira de muchos…y no positivamente.

Recientemente ha anunciado que está trabajando en un proyecto para HBO junto a Mark Walhberg que tendría como trasfondo el negocio del porno en Los Ángeles…eh…Mark Wal…¿ese no salía en “Boogie Nights” que iba, justamente, del negocio del porno en Los Ángeles?

James Frey demuestra que no hace falta hacer las cosas bien, ni siquiera ser demasiado original, ni siquiera ser un buen escritor para vender libros. Ha demostrado cierta incapacidad para obrar honestamente, para ejercer su profesión de una forma digna pero, la verdad, nadie puede evitar pensar que conoce bastante bien el negocio en el que está metido y como hacerlo funcionar. Ah...y una absurda tendencia a retratarse haciendo una peineta (el famoso "fokyu") que es lo que hacen los chicos buenos cuando quieren parecer malos malísimos consiguiendo, sin embargo, parecer unos verdaderos gilipollas. En realidad no deja de hacer patente no solo eso último si no también su plena incapacidad para sentir vergüenza propia.

lunes, 22 de febrero de 2010

Ellroy


Leo las diversas entrevistas que James Ellroy ha concedido para promocionar su último libro y pienso que, cuando tenga 61 años, quiero tenerlo tan claro como él. Dice en Rolling Stone, donde parece un poco más sueltico que en su gira europea, que lo único que le ha gustado toda la vida son los perros, la cerveza y hacérselo con mujeres. De esas dos cosas no debería de hablar por lo que cuento a continuación y, de lo primero, si hacemos caso a la leyenda de que mató a uno de sus doberman con sus propias manos (sólo Alá sabe por qué...no tengo más datos) pues tampoco pero él, que pasa bastante, lo dice.

La vida de Ellroy no ha sido, digamos, la mejor ni la más cómoda. Se extiende sobre ella en "Mis rincones privados" (1996), una extrañísima autobiografía en la que, como no podía ser de otro modo, Ellroy sigue el camino ya marcado por él mismo de la "metaficción" y entra y sale de su propia vida narrativamente para, de algún modo, retratarse como un personaje de su propia ficción que, por razones absurdas, acaba siendo el protagonista de una especie de "spin off".

Arranca la novela con el asesinato (real) de Geneva Ellroy, su madre. Dibujada sin concesiones Ellroy habla de ella como de una mujer poco preocupada por su hijo; una enfermera rotunda y ligera de cascos que, seguramente, salió a pasear esa noche con su propio asesino que, literalmente, la destripó. Ellroy tenía sólo 10 años cuando ocurrió todo aquello y cuenta como el fotógrafo de un tabloide lo invitó a posar en el banco de carpintería que había en el garaje de la casa. La policía jamás encuentra al asesino que Ellroy, en algún artículo, ha dado a entender que estaba de algún modo relacionado con el de la Dalia Negra. Elizabeth Short, conocida como "La Dalia Negra", era una joven que intentaba triunfar como actriz cuando fue asesinada en rarísimas y espeluznantes circunstancias en enero de 1947. Algunos detalles como las cuchilladas o el especial interés que el asesino o los asesinos de ambas mujeres pusieron en el despiece de sus víctimas así como las circunstancias sexuales que rodeaban a ambos casos fueron determinantes para que Ellroy hiciera los consiguientes paralelismos (no hay que olvidar que este hombre se pasó chuzo y/o colocado como dos décadas).

El chaval, a finales de los 60, va a vivir con un padre alcohólico y medio loco que de algún modo está conectado con el lumpen que hay alrededor de la industria cinematográfica. Habla incesantemente de las muchas actrices famosas que se ha tirado y escupe a la cara de su hijo todo tipo de historias que Ellroy recuerda entre brumas y que, curiosamente, mantienen los rasgos de la ficción creada por Ellroy: puntadas de realidad aderezadas con mucha fantasía. La descripción de su padre, una especie de chiflado obsesionado con su pene, tampoco parece demasiado complaciente.

En la adolescencia James Ellroy ya tiene el título honorífico de "basura blanca". En su instituto de mayoría judía se empeña en portar símbolos nazis, se pelea contínuamente con los vecinos de su barrio que son chicanos y, en general, mantiene una postura racista frente a los negros. Por pobre e idiota, los blancos que conoce tampoco tienen una muy buena opinión de él y, mucho menos, cuando comienza a ser detenido por ebriedad pública, asuntillos de drogas (sobre todo uso ilegal de medicamentos legales) y, claro está, algún turbio asunto de voyeurismo y hurto de prendas femeninas que, al parecer, obsesionan a un tío que, definitivamente, ha hecho "catacroker".

Cuando Ellroy deja de beber, y se emplea como caddie en un club de golf, decide sacar fuera todo lo que tiene y se convierte en escritor debutando con la más que interesante "Requiem por Brown" (1981) que tiene que ver con caddies, campos de golf y, claro está, algo de pornografía cochina y fuera de lugar.

Como no podía ser de otro modo (la obsesión y el catacroker todos juntos) "La Dalia Negra" (1987) es la novela que inaugura "El cuarteto de Los Ángeles" -una cuatrilogía que, además de este título, engloba a L.A. Confidential, El Gran desierto y Jazz Blanco- y la que le hace mundialmente famoso. 

Desde entonces Ellroy no se ha desviado ni de su estilo, ni de sus escenarios habituales, de sus prostitutas retorcidas, de sus policías corruptos y chiflados, de sus asesinatos empujados por las pulsiones más brutales o más absurdas como generoso background de la historia oficial americana y, muchas veces, entrelazada tímida o abiertamente con ella.

El propio escritor pone a sus lectores en la pista del libro que ha sido su inspiración en su éxito: "Libra" de Don Delillo, que es un relato estremecedor sobre la preparación del asesinato de JFK visto desde los ojos de su protagonista: Lee Harvey Oswald. Un Harvey Oswald tan genuínamente literario que, si no fuera porque su autor al comenzar la novela dice eso de "he rellenado los lugares oscuros de la investigación con ficción" creeríamos que, de verdad, es completamente real. Dice Ellroy que le sorprendió que alguien fuera capaz de retratar con tanta justicia a una persona no muy lista, un delincuente común llamado sin saberlo a colarse por la puerta grande en la Historia mundial de un modo que provocara, a veces, compasión y empatía. Una meta para Ellroy que suele ser de los que no deja muñeco con cabeza.

Tras dos décadas de éxito y de violencia explícita e implícita Ellroy ha publicado en nuestro país "Sangre vagabunda", otro relato brutal y fuera del tiempo presente que lejos de devolvernos al género clásico (Dashiell Hammet nunca se hubiera atrevido a tanto) sigue jugando con lo más afilado y sanguinolento del mismo aunando Pulp cincuentero y gore de calidad, siendo más heredero del estilo "serie B" de Himes y, sin embargo, pudiéndose colar en la lista de los 10 mejores escritores norteamericanos actuales.

Intensidad chunga es lo que transmite la nueva novela del americano que cierra su "Trilogía americana" (junto a America y Seis de los grandes) con este título. La historia de una América corrupta, racista y colgada con el rollo del conservadurismo; un retrato que Ellroy considera parcial ya que, quiere pensar, que las cosas malas no se le ocurren, a la vez., a todo el mundo.

En realidad siempre pensé que eso de que estaba considerado como "el perro rabioso" de la literatura americana era una forma más de propaganda para el escritor hasta que, un buen día, escribí un artículo sobre él y a alguien le pareció que Ellroy era un escritor incómodo y antiamericano y pasó, a renglón seguido, a cortar los párrafos más jugosos del mismo en el que, este que escribe, decía del norteamericano "que era el mejor historiador de la trastienda de la América oficialmente feliz y sonriente de la década de los 50". No mantuve el trabajo pero sí mantengo dicha frase. No hay nadie como Ellroy si uno quiere conocer los parajes más absurdos, violentos y criminales de su Norteamérica natal. Háganse con unas cuantas biodraminas si tienen el estómago delicada y ábranse paso hacia  una dimensión desconocida.

lunes, 27 de julio de 2009

El (milagroso) helado de Rafael



Rafael estaba hablando a voz en grito sobre los pormenores de la construcción de la estatua de Pizarro que decora el centro de la plaza de Trujillo (Cáceres). Sentado en la terraza de una heladería su particular clase de historia iba haciéndose cada vez más molesta para los pocos paisanos que, a esas horas, ocupaban las otras terrazas y que no estaban demasiado dispuestos a escuchar como un desmañado anciano, vestido con un traje gris y una corbata a cuarenta grados a la sombra, cargaba contra el conquistador, pese a que en realidad fue uno de los mayores sanguinarios que participaron en la Conquista. Digamos que a nadie le apetece que vengan a su casa a hablar mal de los vecinos.

Comentó que fue un regalo de la familia Rummsey, un norteamericano amigo del Duque de Alba entusiasmado con la Historia de España y estudioso de la conquista del Perú y su esposa ambos bastante ricos, el peso exacto (6500 kilos) y el destino último de la estatua gemela que también pagaron los Rummsey y que el Ayuntamiento de Lima había retirado del centro de la ciudad para colocarla en un parque más recoleto donde seguía recibiendo las mismas muestras de cariño en forma de pedradas, pintadas y bombas de pintura que en el pasado. Luego pegó un garrotazo en el suelo que ahuyentó a las palomas y despertó a algunos vecinos que estarían echando la siesta y dijo: “Las junturas de los adoquines de esta plaza están pringados de sangre india”. En el pasado Rafael había sido muy crítico con los fastos del Quinto Centenario del descubrimiento de América y había escrito algunos artículos francamente combativos contra dichas celebraciones en las que dejaba bastante claro que dicha fecha debería de haber sido aprovechada por parte de Occidente para elevar una queja (y a ser posible una restitución) de los atropellos de la conquista que incluían matanzas y atropellos de toda índole desde Usuahia hasta Alaska.

La conversación giró entonces a los escritores hispanoamericanos que Rafael dividía entre los que habían explotado la herencia criolla y los que, directamente y con el tiempo, habían decidido acercarse a Europa o creerse directamente europeos señalando a algunos de ellos pro salvando a muy pocos. No solía estar Rafael tan parlanchín pero algo, seguramente la presencia de otro gran escritor catalán entre nosotros, le lanzó a una de esas peleas contra la historia (peleas que no se podrán ganar hasta que no podamos enderezar las líneas del espacio-tiempo con la invención de una máquina del tiempo) en la que iba desmenuzando mitos. Luego vino el camarero y Rafael pidió una copa de helado con tres bolas con ración extra de sirope. “Azucar, no debería, pero bueno, qué mas da”. Habíamos estado viajando por una ruta poco conocida de Extremadura que nos había llevado hasta el arco del Templo de Diana, rescatado de la inundación del pantano cercano que ahogó el pueblo de Talaverilla y que fue la única pieza indultada (junto a unos cuadros de El Greco) de un espectacular conjunto artístico que duerme debajo de las aguas, y luego hasta la Encina Terrona de Zarza de Montánchez considerada como la más grande del mundo y mucho más tarde, ya casi para comer, al mirador del Parque Natural de Monfragüe donde el escritor catalán, Rafael y yo nos quedamos charlando y donde Rafael nos enseñó un pequeño cuaderno guardado en el bolsillo de su chaqueta donde con letra prieta iba escribiendo términos perdidos. Los llamó así.

El caso es que la charla se dirigía indefectiblemente hacia un único tema: el desánimo. Participaba yo de la amargura de Rafael por otras razones que no eran las puramente intelectuales. Normalmente eludo las conversaciones amargas que no llevan a ninguna parte pero acababa de perder mi trabajo y estaba KO después de una temporada en la que me había dedicado a darme de puñetazos con todo el mundo y, bueno, en esa situación sueles dejarte llevar y compartir el punto de vista más radicalmente negativo…en esas andaba, despellejando a Tirios y Troyanos, cuando el camarero se acercó hasta la mesa y repartió las consumiciones. Estaba la cosa en su punto álgido y ya había saltado hacia la molesta, pretenciosa y falsa (¡Sobre todo falsa!) asunción por parte de la intelectualidad occidental más cursi de la cultura oriental cuando Rafael hundió con furia la cucharilla sobre las bolas de helado y la sacó de las entrañas de la golosina arrastrando una generosa porción de Stracciatella bañada en sirope hacia su boca para luego como un Saturno que devora a sus hijos meterla en su boca. Y pasó el milagro.

Rafael borró de su cara el gesto adusto, echó la cabeza unos milímetros hacia atrás, dibujó una pequeña sonrisa y saboreó el helado. Luego devolvió su cráneo a la posición normal y se quedó durante unos segundos mirando hacia la estatua de Pizarro. Después comenzó a hablar y dijo: “Mi padre no era muy hablador, pero a mi me encantaba pasear a su lado, paseos largos por Recoletos para terminar sentándonos en cualquier kiosco cercano al Museo del Prado, en verano se podía tomar horchata o agua de cebada”.

Y después de la ensoñación se lanzó sobre su copa de helado y desapareció su humor de perros y comenzó a hablar de que a lo mejor había tiempo para visitar algún sitio cercano a nuestro destino que fuera de interés y después estuvo de un fantástico humor durante toda la tarde.

Después de asistir a aquel milagro del helado saqué la conclusión de que la vida, normalmente, te depara momentos asquerosos y conversaciones hoscas pero que, de cuando en cuando, también existe la posibilidad de disfrutar de una buena película, de un mejor libro, de una gran canción, de un buen chiste, de una gran historia, de una raja de sandía, de una cerveza helada, de un cocido, de un whiskazo en condiciones o de un helado de tres bolas con una ración extra de sirope y que el truco consiste en pasar lo mejor posible los malos momentos y agarrar con fuerza los instantes en los que podemos sentirnos un poco mejor para extenderlos y disfrutarlos el máximo tiempo posible porque uno no sabe nunca cuando nos van a volver a cortar la digestión. Lo dicho: disfruten.