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lunes, 18 de enero de 2010

Perdido en Pynchon


Me he vuelto a perder en Thomas Pynchon. Me pasó el año pasado, más o menos por estas fechas, cuando estaba leyendo "El arco iris de gravedad" y, ahora, me ha vuelto a pasar con "V" que es la primera novela que publicó en 1963.

Pynchon es ya el único escritor norteamericano que no concede entrevistas. No se sabe nada de él, ni donde vive, ni si es soltero o está casado y, lo más increíble, es que apenas hay seis o siete fotografías de este buen hombre en sus años mozos (Universidad y ejército). Mucha gente teme que todo lo que se cree saber sobre el escritor es purrela inventada por el mismo Pynchon -o la persona que está detrás de semejante seudónimo- para despistarnos a todos.

Me parece normal que un escritor que suele escribir sobre la chifladura, o que imprime a sus obras una buena dósis de la misma, haya optado por esta sencilla forma de marketing: no hablar de sí mismo para que otros puedan hablar continuamente del misterio que le rodea. Para hablar de Pynchon, por lo tanto, sólo podemos leer sus libros.

Sin el enganche de conocer la ideología, la situación familiar y económica, lo que ve a través de la ventana de su casa o la opinión que tiene sobre la Administración Obama nos encontramos ante unos textos que pueden ser leídos sin los prejuicios propios a los que nos enfrentamos a la hora de leer a otros autores. Cualquier cosa que se sepa sobre el autor lo será a toro pasado cuando este doble la servilleta.

"V" es la historia retorcida de un personaje perdido, de un "yo-yo" humano", que viaja de aquí para allá en pos de una obsesión. Así de sencillo. Por poner un ejemplo: su protagonista, Profane, se emplea como cazador de cocodrilos albinos (entre otras cosas)...cocodrilos albinos que viven en las alcantarillas de Nueva York después de que sus dueños los tiraran por el retrete tras descubrir que se iban a convertir en unas mascotas demasiado molestas. Ahí tienen el germen de una de las leyendas urbanas extendidas por todo el mundo y que tiene su arranque en una novela.

A golpe de pincelada "V" es una novela que recoge, sin empacho, lo mejor de la tradición Beatnik, mordiscos de Steinbeck, O´Henry o Dos Passos o Twain y, sin duda, es uno de los escritores (Junto a McCarthy, De Lillo o Roth) de la nueva novela americana. Es más, se podría decir que el estilo de Pynchon es definitivo para entender a Dave Eggers, Michael Chabon o el fallecido David Foster Wallace por poner tres ejemplos de nuevos grandes escritores.

¿Es un beatnik? ¿Un naturalista? ¿Un escritor de género fantástico? Ni idea, sinceramente. Al igual que los otros tres Popes de la literatura americana ha picoteado en todos los géneros sin que nadie se ponga de acuerdo en saber de qué coño va este tío. Digamos que es simplemente un GRAN ESCRITOR que, gracias a su discreta vida privada, ha permitido que por primera vez en mucho tiempo cualquier estudio sobre su obra no aparezca contaminado por comentarios como "es la obra prototípica de un nuevo marxista norteamericano" o por párrafos que comiencen por frases tan manidas como "Influenciado por una infancia en la que ya se reveló contra el autoritarismo de sus padres...".

En mis años mozos, cuando era un imberbe estudiante, tuve que soportar a muchos "opinadores". Es lo malo que tienen las carreras de letras en nuestro país que, nada más pasar las sagradas arcas de la Facultad, cualquiera se siente en el deber de comportarse como un intelectual. Yo mismo era uno de ellos. El problema no es tener que escuchar durante unos cuantos años a una ingente cantidad de personas mal informadas sus opiniones poco fundadas sobre este o aquel escritor...lo malo es comprobar como muchos de los profesores utilizaban el mismo método "intuitivo" para revelarte las mismas opiniones insulsas y apriorísticas que solía utilizar el alumnado como dividir a los autores por pobres y ricos, modernos o postmodernos...

Al ser preguntado un profesor sobre las características propias de la obra de Cervantes este contestó sin empacho que "Cervantes olía a Cervantes". Punto pelota. Sin más. Ni estructuras, ni arbolitos, ni estudios...uno podía saber que un texto era de Cervantes porque el Manco de Lepanto cantaba la Traviata. Destripada la biografía de Cervantes, por tanto, se podía hacer un paralelismo entre este incidente o aquella anécdota y clavarla en este o aquel texto. Toma ya. Birli-Birloque. Vudú literario. Ciencia infusa ven a nosotros. ¡Cualquiera, por tanto, podía publicar una edición comentada de lo que le diera la gana! ¡Sólo había que tener olfato!

Gracias a Alá también tuvimos profesores que nos enseñaron a no tener prejuicios.

Por suerte cuando uno se enfrenta a Pynchon no tiene más que agarrarse a lo que lee y perderse en la novela que tiene entre las manos. Ya advierto que no es fácil pero es francamente divertido.

Y todo esto viene a cuento de que estoy leyendo a Pynchon y de que hoy me he topado con un artículo de Elvira Lindo titulado "Lo que vale un pene" en las páginas de El País donde, con muy poco olfato, demostraba orgullosamente no haber entendido nada sobre la última novela de Philip Roth, The Humbling/La Humillación, una historia  sobre un actor teatral viejo y harto que seduce a una jovencita. Y dice que no lo entiende porque no cree que un viejo pueda conseguir semejante hazaña para luego cargar contra Woody Allen por haber jugado al mismo juego en "Si la cosa funciona".

Tan norteamericana y neoyorquina Elvira Lindo se queda patidifusa ante su falta de conexión con las dos obras que, por mor de ser de corazón super yanqui, le deberían de haber pirrado. Pero no. Resulta que no se traga el sapo...que los dos les parecen unos viejos verdes que se creen que por haber leído mucho y haber escrito mucho pueden conquistar a cualquier chavalita impresionable. Dos machistas, vamos.

Es lo que tiene no centrarse en el texto o en la pantalla y llegar a todos sitios cargados de prejuicios pero, bueno, eso como todo es una opinión de lo más personal. Por mi parte, y también personalmente, les recomiendo perderse en Pynchon, seguir viendo películas de Allen y leer The Humbling que, también en mi opinión, es una obra honesta, dura y escrita a cara de perro que va sobre otras cosas que no tienen que ver con perseguir jovencitas como un sátiro.

viernes, 4 de septiembre de 2009

La historia de Claude Eatherly


El día 6 de agosto de 1945 un bombardero B-29 llamado "Enola Gay", y pilotado por Paul Tibbets, despegó de la base de Tinian. Junto a él volaban dos bombarderos auxiliares más bautizados como "Great Artiste" (cargado con material de medición) y "#91" o "Necessary Evil" (cargado con cámaras fotográficas y de cine).


Las tres naves cumplimentaron la primera parte de su misión alcanzando las costas de Iwo Jima y encontrándose a 2440 metros de altura con otros tres bombarderos: el "Straight Flush" comandado por Claude Eatherly y otras dos aeronaves encargadas de darle cobertura a esta.


Si el "Enola Gay" iba a ser el encargado de culminar la misión expulsando de su vientre a Little boy, el inofensivo nombre con el que se bautizó a la primera bomba atómica que se lanzaría sobre población civil, la del "Straight Flush" no era menos importante: Eatherly era el encargado de seleccionar el objetivo sobre el que caería la bomba atómica. Lo encontró en un claro de nubes de dieciseis kilómetros cuadrados que se abría encima de Hiroshima. El Piloto informó a Tibbets de la velocidad del aire en la zona y de la temperatura para que la bomba no fallara su objetivo designado en la ciudad escogida: El puente Aioi.


Eatherly hizo su trabajo y vio como los tres B-29 se elevaban surcando el aire para alcanzar la ciudad. Un poco antes de las 8.15 de la mañana Enola Gay sobrevuela el área urbana de Hiroshima a 8995 metros de altura y suelta la carga que, sólamente media hora antes, había sido cargada para la misión. En menos de 55 alcanza la altura prevista para su explosión, unos 500 metros sobre el cielo de Hiroshima, y estalla produciendo una bola de fuego que eleva la temperatura hasta el millón de grados centrígrados en menos de un segundo. El hongo nuclear se eleva y se eleva y el artillero de cola Bob Caron registra con su cámara el momento temiendo que Little Boy los arrastre con él hacia ese infierno de fuego y humo violaceo que ha desencadenado allí abajo. Exactamente Little Boy ha fisionado un 1.38% del material con la que va cargado, los suficientes para deflagar 13 kilotones de TNT y destruir unos doce kilómetros del área urbana de la ciudad.


La aeronave está completamente en silencio y solo Robert Lewis, copiloto de la nave, dice: "Dios mío ¿Qué hemos hecho?".


El Enola Gay se aleja del lugar mientras que la Cadena Nacional de Radio japonesa, NHK, ha detectado que la ciudad de Hiroshima ha desaparecido de la emisión. Simplemente se ha esfumado.


Días más tarde ya se saben las brutales cifras: 70.000 muertos y otros 100.000 heridos de diferente gravedad que han emergido de las ruinas como muertos vivientes en medio de un paisaje arrasado y por el que son incapaces de orientarse. Muchos de ellos, los que están mejor, buscan el Hospital de Shima, el más grande de la ciudad, sin saber que Eatherly, ha hecho mal los cálculos de viento y la bomba no ha caído sobre el puente de Aioi si no sobre el edificio del hospital que se encuentra a menos de 300 metros. La mayoría de los médicos y enfermeras destacados en la ciudad han muerto, los que están vivos se enfrentan al caos y la falta de medios que ahoga a Japón en las últimas fechas de la guerra pero también al desconocimiento de la naturaleza a la que se enfrentan: la radioactividad liberada por la bomba.


En la base de Tinian Claude Eatherly, el piloto del "Straight Flush" se siente mal y no puede dormir: Es atendido en la enfermería y se le suministran analgésicos porque se queja de que le duele la cabeza.


El 9 de agosto el B-29 bautizado como "Bocks Car" parte hacia Kokura portando consigo una nueva bomba atómica conocida como "Fat man". Kokura está completamente cubierta por las nubes y hay cierto desconcierto en el aire porque uno de los bombarderos de cobertura se retrasa. Cuando la misión lleva ya dos horas de retraso Charles Sweeny, piloto del aparato principal, decide poner rumbo hacia el segundo objetivo: Nagasaki. Antes de las 11 descubren un hueco entre las nubes y a las 11.01 la bomba cae sobre el centro neurálgico de la ciudad liberando, esta vez, una fuerza de 22 kilotones.


Eatherly, a lo lejos, cree sentir la enorme deflagración y, por primera vez, despierta gritando y pensando que el cerebro se le fríe dentro del cráneo. No lo sabe pero a seiscientos kilómetros de distancia de la zona cero un niño llamado J. G. Ballard,prisionero del campo de prisioneros que está pegado al aeródromo de Lunghua, también cree ver dicho destello, una luz blanca iridiscente que lo estremece. Días después alguien le cuenta que aquella es la bomba atómica que los americanos han lanzado sobre dos ciudades. Las define como "dos pedazos de sol". J.G. Ballard sobrevive a la II Guerra Mundial, a su cautiverio, al ejército japonés como niño y, como adolescente, tiene que sobrevivir a la indiferencia de sus padres y al abandono en una institución escolar inglesa que, cuenta, le hubiera recordado al campo de prisioneros si no fuera porque la comida allí era peor. Después se hace aviador y después escritor de éxito de ciencia ficción. Ballard, en 1984, publicaría "El Imperio del Sol" contando su cautiverio y en 1991 la segunda parte titulada "La bondad de las mujeres". Entre tanto Spielberg lo hizo famoso adaptando su novela al cine.


Pero Eatherly murió seis años antes de que todo eso ocurriera y jamás conoció a Ballard.


Eatherly se hace famoso por su conducta errática y abandona el ejército en 1947 con una condecoración, la Air Medal, colgando del pecho. El abandono es forzoso y se le acusa de haber falsificado una prueba escrita. Algo absurdo porque es licenciado con honores.


Los norteamericanos han ganado la Gran Guerra, la que parece la guerra definitiva demostrando que lidera el Mundo Libre y que puede manejar con una sola mano al mundo que, al otro lado del charco, se está construyendo Stalin. Los episodios gloriosos se han multiplicado desde Normandía a Guam y los veteranos son recibidos y tratados como héroes, cobran pensiones vitalicias, ventajas a la hora de reiniciar sus estudios, se les da prioridad a la hora de ocupar cualquier puesto de trabajo para el que estén cualificados y todas las empresas del país se pegan, literalmente, por contar con algún héroe condecorado por haber saltado sobre un nido de ametralladoras japonesas o que haya pertenecido a la Compañía Easy.


El subconsciente norteamericano intenta pagar con comodidades el complejo de culpa que siente por haber mandado a una generación de jóvenes al matadero. La visión del horror no mutila miembros pero ha dejado a muchos para el arrastre, al mismo ritmo que avanza la cómoda postguerra se multiplican los episodios de veteranos aquejados por stress postraumático o sentimiento de culpa. Es el caso de Claude Eatherly que no consigue calmar sus demonios interiores.


Muchos veteranos han tomado la carretera, comprado coches viejos o motocicletas Harley y vestidos con la ropa de batalla de sus viejos uniformes, a los que convenientemente han arrancado galones e insignias, y se dedican a recorrer un país que defendieron pero que no conocen. Jack Kerouac inmortaliza a algunos de estos personajes en "El camino", la novela que inauguraría a la generación Beat, algunos de ellos constituirían los primeros club de motos, conocidos como el "1%" por ser los peores pendencieros borrachos y forajidos de las carreteras de la Gran América. Años más tarde aquellos clubes cristalizarían con la fundación en Oakland del primer capítulo del club de motos de los Hells Angels capitaneados por un jovenzuelo Sonny Barger.


Eatherly, nacido en Texas, intenta regresar a casa pero se pierde por el camino. Sólo camina erráticamente buscando acomodo. Reside un tiempo con su hermano y le confiesa que pasa las noches despierto por miedo a que vuelvan las pesadillas en las que el cerebro se le fríe dentro del cráneo. Se siente responsable de la muerte de todas y cada una de las víctimas del bombardeo porque, al fin y al cabo, él fue el que eligió Hiroshima, el que erró en el cálculo del viento para que la bomba cayera sobre el hospital (aunque 300 metros más o menos no hubieran evitado la tragedia) y, lo que es pero, le perturba que la segunda ciudad elegida, Nagasaki, fuera el refugio elegido por las autoridades japonesas para albergar a algunos de los supervivientes de Hiroshima que fallecieron o vieron pasar ante sus ojos el terror nuclear por segunda vez como si el Emperador Hiro Hito estuviera pagando una especie de karma instantáneo por las atrocidades cometidas en el Pacífico.


Eatherly, completamente colgado, comienza a remitir parte de los cheques de sus pagas de veterano a la ciudad de Hiroshima acompañadas por lacrimógenas y desesperadas cartas de disculpa que nadie quiere contestar. Las autoridades militares se enteran de que un héroe condecorado está haciendo mucho escándalo y deciden ingresarlo. Es en el manicomio para veteranos donde cuenta que "ve a todas aquellas personas perecer en un cementerio ardiente". Se le diagnostica "sentimiento de culpa extremo" y "stress de combate". Al parecer la conciencia se le ha despertado por completo. Su actitud no gusta porque cuestiona el ideal del "héroe de guerra".


Liberado y diagnosticado como enferme mental el ejército se encarga de hacer que su vida se olvide y de que pase lo más desapercibo posible. Sus cheques de disculpa son interceptados y devueltos a la familia. Contacta con grupos pacifistas yconsigue colar uno de esos cheques entre la correspondencia internacional y es recibido por una asociación de ayuda a los niños de Hiroshima sita en Tokyo.


Deambula por todo el Sur haciendo el papel de forajido. Atraca bancos con pistolas de juguete, coge el botín y lo tira a pocos metros del lugar de los hechos desesperado porque nadie le ha disparado, asalta gasolineras para llevarse algo de comida que devuelve arrepentido y es detenido unas cuantas veces y metido en diferentes celdas de todos los estados del Sur. Paradójicamente su condición de veterano le libera rápidamente de cumplir ni un solo minuto de condena por todos los actos desesperados o chiflados que, nadie tiene duda, son los actos de un pobre loco. Pero la paciencia, incluso la del ejército, tiene un límite y de cuando en cuando lo obliga a pasar unas vacaciones de baños helados y electroshocks a costa de los fondos del Hospital de veteranos de Waco (Texas) donde bien se podría haber desarrollado la acción de "Alguien voló sobre el nido del cuco". Allí se le vuelve a diagnosticar: trastorno ansioso y esquizofrenia.


Ser esquizofrénico y tendente a la ansiedad en unos tiempos como los de la Guerra Fría debió de ser una tortura para Earthley que vio la Guerra de Corea como una nueva señal de un inminete Apocalipsis.


Se lanza de nuevo a la carretera y es pillado por falsificación en Nueva Orleans cuando intenta cobrar un cheque falso muy burdamente manipulado. Le cuesta un año en la cárcel que cumple entre 1954 y 1955. Nada más salir atraca dos tiendas en la zona deprimida de Texas, las tiendas elegidas por Claude son, además, oficinas de correos con lo que su delito se convierte en un delito federal perseguido más duramente por la ley pero su condición clínica de "chiflado" le exime de ir la la cárcel y es declarado culpable en 1957 para volver al hospital de Waco. Sale y sigue dando problemas por lo que en 1961 su mayor aliado, su hermano, lo denuncia ante los tribunales de Texas para que lo inhabiliten y le permitan tener su guardia y custodia pero Eatherly gana de nuevo y se queda en el hospital.


El caso de Eatherly llega a oídos del filósofo austriaco Günther Anders que comienza a cartearse con el ex piloto que le cuenta su caso y le transmite todos su terrores. Anders hace público el caso ante el mundo y, rápidamente, comienza a extenderse por todo Estados Unidos una campaña de descrédito que parece bastante medida: Eatherly es un peligroso elemento, un alcohólico y ludópata que ha enfermado por sus propios vicios. Es más, sus alucinaciones, que son consecuencia de su esquizofrenia tienen su raiz en el rencor que el piloto alimentó contra el ejército después de no ser elegido para pilotar el Enola Gay.


La esquizofrenia de la Guerra Fría se escenifica en el caso de Eatherly, una esquizofrenia dolorosa y grotesca y muy militar que Thomas Pynchon representaría luego en su novela más grande titulada "El Arco Iris de gravedad" y que estuvo a punto de ganar el Pulitzer si no fuera porque todavía en 1973 Estados Unidos era una nación complejosa a la que la obra de Pynchon le pareció demasiado moderna como para convetirse en un clásico. Para limpiar su conciencia le concedieron el otro, el National Book Award. Muy dolido por ese enjuague Pynchon no atracó una tienducha con una pipa de mentira y luego devolvió el botín. No. Contrató a un payaso para ir a recoger su premio.


Eatherly siguio escribiendo cartas respetuosas, pidiendo la atención para explicar por qué detestaba la guerra, procuró mil vces formar parte de algún acto de contricción que le permitiera pedir perdón a los japoneses, a los vecinos de Hiroshima pero siempre se le trató de loco pese a que muchos de los que le conocieron dijeron de él que era "la persona más cuerda y sensible que habían conocido en su vida". Sin embargo el ejército sigue desacreditándole con el testimonio de su primera mujer (que dice que Claude era un bicho raro y vengativo) y con los de algunos ex compañeros de vuelo que sacan pecho diciendo hasta el día de su muerte que ni se arrepienten, ni se arrepentirían jamás de haber lanzado esas bombas y que, si el gobierno se lo pedía, volverían a lanzarlas. Claude Eatherly era un chiflado, un vicioso y ahora, además, un cobarde. Tibbets y Sweeny mantendrían hasta el final de sus vidas la pose de cowboy del cielo que
Slim Pickens, haciendo de Mayor "King" Kong, intepretaba en "Telefono rojo: Volamos hacia Moscú" (1964). Otra obra que reproduce en forma de comedia el terror de morir achicharrado en una guerra nuclear.
Evidentemente nadie mueve un dedo ni pide la liberación de un hombre que es tratado como un preso político y que vive apresado por un sentimiento de culpa enorme, inaprensible, que de liberarse alcanzaría los sesenta o setenta kilotones. Son tiempos dificiles, extraños, de conflagración y la disidencia no está ni siquiera demasiado permitida a la neutral Suiza porque todos los seres humanos, de pronto, tienen que militar en cualquiera de los dos bloques y la guerra soterrada que no se vive en frentes abiertos y que trata de mantener el delicado equilibrio entre dos potencias armadas hasta los dientes con bombas cien veces más potentes que las liberadas en Hiroshima no pueden permitir el crecimiento de disidencias, ni de, claro está, desequilibrados dispuestos a sentir compasión o ser seducidos por algo que no sea el patriotismo y la razón de estado.


Acallado y aún más loco Claude Eatherly, piloto condecorado con la Air Medal, parte de la tripulación de la superfortaleza del aire "Straight Flush", que decidió el lugar exacto en el que cayó la primera bomba atómica lanzada sobre población civil y que pasó toda la vida torturado por esa decisión (que costó cerca de 200.000 vidas) muere en el Hospital para veteranos de Waco (Texas). Recibiendo el castigo de morir sin castigo.


Nota del Insustancial: La foto que acompaña esta entrada fue tomada por Richard Avedon en 1963 al propio Claude Eatherly.

sábado, 3 de enero de 2009

Los superjuguetes duran todas las navidades


No soy de navidades, desde chiquillo. Ahora menos porque en el pueblo no tengo internet y me tengo que dar al entretenimiento analógico: leer "El Arco Iris de gravedad" de Thomas Pynchon (un Himalaya literario de 1200 páginas de lo más recomendable), ver pelis y "españolear" mucho.


Se que estamos en navidades porque en la tele ponen muchas pelis infantiles y puedo ver por enésima vez esa cosa loquísima llamada "Los fantasmas atacan al jefe". Una requeteversión del cuento de Navidad de Dickens dirigida por Richar Donner (me temo que puesto de muchos estupefacientes de alta calidad) y protagonizada por ese genio incomprendido llamado Bill Murray. Bill Murray es uno de esos actores que siempre quiso ser un tipo serio. Después de el éxito de los Cazafantasmas se negó a rodar una secuela y se largó a París para estudiar francés prometiendo que sólo comprometería su nombre en películas de alta calidad. Rodó una adaptación de "El filo de la navaja" de Somerset Maughan y se arruinó teniendo que volver a la comedia, cosa que, al parecer, le resulta harto dolorosa. Wes Anderson y Sofia Coppola lo recuperaron para una comedia más inteligente (más rarita, más moderna, más estilizada, más guay...) e, incluso, Tim Burton le dio en Ed Wood uno de esos papeles que vienen ni al pelo para un actor que quiere convertirse en el nuevo Buster Keaton a costa de poner cara seria en cada plano mientras que a su alrededor se desencadena la debacle.


Bill suele renunciar a hablar de sus películas comerciales y tampoco suele ser muy dado a comentar muchos aspectos de su paso por Saturday Night Live donde el elenco original (Chase, Aykroyd, Radner, Belushi, Martin, Kaufman...) le dio bastante mala vida. SNL es otro de esos programas que he podido disfrutar estas navidades encontrándome con la paradoja de pensar que, joder, esta nueva generación de cómicos americanos es bastante inferior a la de temporadas anteriores...una pena, pero es lo que ocurre cuando tienes algo idealizado.


En España tenemos un caso parecido con dos actores de comedia que también se aparecen por estas fechas: Josema Yuste y José Mota.


Ambos siempre se han querido reivindicar como actores serios echándole la culpa al vulgo de su permanencia en sus respectivos dúos cómicos (Martes y 13 & Cruz y Raya) que, en realidad, parecen haberles hecho disfrutar muy poco. Por desgracia, el camino hacia el drama -el que ha hecho Resines, por ejemplo- es difícil en un país donde tendemos a querer siempre mucho más de lo mismo lo que explicaría el por qué los buffets libres de nuestros hoteles presentan esas montañas de patatas fritas precongeladas que son la envidia del mundo civilizado y esclerotizado.


Josema se ha vuelto a la pareja cómica junto a Flo y Mota ha iniciado una carrera en solitario con un humor amable y conservador al que no le faltan los números musicales de musicales de Broadway del pelo de Hair, Cabaret etc. que me imagino que dejarán a nuestros abuelitos con el culo completamente torcido.


La pareja cómica es la gran incógnita de nuestro show bussiness: ¿Por qué cazan nuestros cómicos en pareja? ¿Por qué se rompen en la cima esparciendo un tufillo a mal rollo insoportable? ¿Será que soportamos mal el éxito propio pero mucho peor el éxito ajeno? Haced cuentas, insustanciales, y os daréis cuenta de que el mal rollismo más acojonante se encuentra en las historias de nuestros duets cómicos desde tiempos inmemoriales y que abarca a Lusson y Codeso; Santos y Zori, Juanito Navarro y Doña Cocreta; Esteso y Pajares, Manolo Cal y Eloy Arenas y un largo etcétera que te lleva hasta las puertas mismas del infierno.


Los superjuguetes cómicos son para las navidades, etapa donde los aullidos de alegría y las puñaladas se dan la mano amablemente y donde en cada casa se vive una especie de tragicomedia que va del 24 o el 25 (sea Castilla, sea Cataluña) y se repite en su segundo acto del día 31 donde como el cava y la sidra corren con más alegría pues se espera que llegue el perdón de todos los pecados del año.


No había más que ver el resumen que hizo Está pasando de sus momentos estelares (Paqui Peña destruyendo cosas adrede por toda España para mendigar un zapping, gente abofeteando reporteros, personitas humanas corriendo delante de una cámara de TV, gestos largos, malas caras) para saber que hay cosas que no cambian.


Sin duda, la alegría del año me la ha dado José María Carrascal con este artículo publicado el día 29 en el diario ABC donde confundía a Harry el Sucio con Larry el Sucio. En serio, no era una simpática inocentada del periodista español, no, es que simplemente le falta mazo el riego o algo. Ahí está José María sonriente escribiendo su columnita a una pastufla de vellón por palabra incurriendo en uno de esos errores que también te aseguran que las cosas no cambian. Enhorabuena a ABC (que es el periódico que compra uno de mis abuelos y que devoro en estas fechas) por mantener a semejante momia entre sus firmas.


Como nada podía ser malo del todo en medio de la vorágine del cotillón de Nochevieja (en que me vestí, como mandan los cánones, de comisario de la Brigada Social con una corbata estrecha estilo Kennedy del abuelo) acuñé un nuevo término al ir a saludar a una personita: "Gente patata frita". Así me asaltan a mi los grandes pensamientos filosóficos, en medio del bullicio...y con un Johnny Walker aguado en la mano, claro. Me explico:


Te compras una bolsa de patatas fritas de esas de churrería, que vienen en una bolsa de papel que se va haciendo transparente al ritmo que se pringa de aceite. Llegas a tu casa, te las pones en un bol, te pones a ver la tele tranquilamente, sacas una sin mirar te la metes en la boca y...¡Asco! has cogido la típica papa frita a la que se le ha hecho una especie de verruga rellena de aceitazo y, cuando la muerdes la boca se te llena de ese líquido viscosillo y a duras penas llegas al water para escupirla. Coges el bol de patatas fritas y lo tiras por miedo a que una de esas cabronas esté allí agazapada. Pues hay gente que es así. Parecen patatas fritas normales, agradables y, sin embargo, le crecen las verrugas repletas de aceite por dentro y te dan como cosica.


Quizás Carrascal y la "gente patata frita" hayan sido de las mayores revelaciones de todo este tiempo vacacional excesivamente largo donde, como no, también he visto a las viejas amistades que me han alegrado estas dichosas fechas.


Pronto vuelvo a Madrid, a mi conexión de internet 24 horas, a mis cosas, al día a día...menos mal, el exilio me sienta entre fatal y medio bien. ¡Que voy a contaros! ¡Feliz año nuevo, personas!


Nota del Insustancial: El título de la entrada está fusilado del muy recomendable "Los superjuguetes duran todo el verano", cuento de Brian Aldiss que inspiró a Spielberg y a Kubrick la película "Inteligencia artificial".