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jueves, 20 de junio de 2013

El Final de "Los Soprano"



Fui con mi tío Julio a ver “Perdita Durango”. Era lunes y fuimos a un cine que ahora es un gimnasio. A ambos nos gustó pero, sin duda,  lo que más nos gustó a los dos fue aquel actor gordinflas, de aspecto sudoroso y eterna cara de angustia y mosqueo.

Durante toda la película Woody Dumas intenta desentrañar el retorcido caso de secuestro de dos adolescentes en medio de un terreno completamente hostil, un territorio fronterizo donde se mezclan dos culturas que se oponen la una a la otra para no ser absorbidas y acaban por fundar una entidad propia. Por ese nuevo “país” fundado en varias religiones, tendencias musicales, literaturas, sociedades etc. pululan ricos despistados que quieren pasarse al lado salvaje, pobres como ratas que quieren saltar al otro lado para llenarse los bolsillos de dólares, mafiosos, criminales sexuales, traficantes (de drogas, de armas, de almas, de fetos) y, en medio de todo aquello, solo Woody Dumas intenta poner algo de orden enfrentándose a la locura colectiva como un policía tan estéticamente horrible como profesionalmente eficaz.

Bien podría Alex de la Iglesia  haber introducido en aquella historia a un policía de una sola pieza, ya saben, a un héroe. Haber invocado la idea de que el Mal absoluto solo puede combatirse con el Bien absoluto. Por suerte, el binomio De la Iglesia-Guerricaechevarría, ya había escrito “El Día de la Bestia” y ya nos había mostrado a otro antihéroe, el Padre Berriartúa, que había llegado a la conclusión de que el Mal absoluto solo puede combatirse con sus mismas armas.

La diferencia, esta vez, estribaba en que Ángel Berriartúa era un ser inocente introducido en un ambiento completamente hostil (El del Madrid de la crisis económica-ideológica de la primera mitad de la década de los 90 del siglo pasado) que inicia con torpeza pero con decisión el camino de convertirse en un socio de Satán (quizás en uno de nosotros) y aquí Woody Dumas es un policía metódico que busca la raíz del mal (A Perdita y Romeo) conociéndolo a la perfección y cuyo mayor inconveniente acaba siendo su propia mala suerte –acaso las interferencias de los “hechizos” del propio Romeo Dolorosa- y una cierta dosis de estupidez de las personas que, en teoría, tienen que ayudarle a completar su misión. Berriartúa se ve incapaz de entender el mal pese a que viene a desatarlo para hacerlo desaparecer y Woody Dumas, sin embargo, lo entiende a la perfección y quiere acabar con él pese a que entiende perfectamente que no será capaz. 


Durante las cañas posteriores el Tío Julio y yo intentamos recordar donde habíamos visto a ese actor. Recordábamos haberlo visto en “Amor a quemarropa”,  “Marea Roja” (ambas de Tony Scott) y en “Como Conquistar Hollywood” de Barry Sonnenfeld. En dos de ellas haciendo de matón y en una haciendo de oficial de un submarino nuclear. Todos aquellos papeles, que en su momento nos habían parecido tan intensos, nos parecieron demasiado pequeños para un actor con tanto talento.
Meses más tarde, leyendo “Durango Perdido” (el diario que Carlos Bardem hizo de “Perdita Durango”), me enteré de que James Gandolfini había conseguido esa cara de angustia y de cabreo continuo poniéndose trocitos de piedras en los zapatos. Un truco tan del “Actor´s Studio” como los de Hoffman en “Marathon Man” (correr toda una noche antes del rodaje de las escenas finales de la película para parecer cansado, sucio y aturdido) que con tanta sorna criticó Sir Laurence Olivier (“No sabía que NO eras actor” le espetó el actor inglés al norteamericano cuando este le explicó su técnica) y quizás tanto como los de Juan Diego (que vivió durante unos meses en una casa completamente vacía) para interpretar a San Juan de la Cruz en “La Noche Oscura” o los de Jorge Sanz que, y esto es verídico pese a estar recogido como ficción en su serie “¿Qué fue de Jorge Sanz?”, reconocía “pellizcarse un huevo” metiéndose la mano en el bolsillo del pantalón cada vez que tenía que llorar en una secuencia.

La anécdota, la de las chinas en los zapatos, nos habla muy bien de James Gandolfini como de un actor tan metódico (más allá de ser un “actor del método”) que preparaba a conciencia sus papeles. Unos papeles que le fueron cayendo a cuenta gotas durante toda su carrera y que, excepto en el caso de “Los Soprano”, no le permitió más que brillar como brillante secundario. Una pena, un déficit del “mercado audiovisual” que venimos arrastrando desde hace ya unas cuantas décadas, porque sin duda se hubiera merecido un poco más. Gandolfini ha sido tan grande que todo lo que ha hecho nos parece grande pero, a la vez, un poco pequeño, un poco injusto, muy poco acorde con su talento tan empequeñecido por una cuestión ridícula:  ese “déficit” de papeles grandes para gente que no entra en los cánones estéticos adecuados o de esos papeles grandes que serían adecuados pero que, desgraciadamente, acaban cayendo en manos de un actor que decide engordar o afearse con complicadas técnicas de maquillaje para poder hacer un papel de estas características. Ejemplos claros de este hecho los tenemos en  Charlize Theron haciendo de Eileen Wournos en “Monster” hasta Leonardo  Di Caprio interpretando a J. Edgard Hoover en “Hoover”. Me pregunto si no hay actores y actrices que pudieran haber hecho esos papeles sin tener que pasar por sesiones maratonianas de maquillaje.

Pese a todo, no hay ni un papel de la carrera de James Gandolfini que, simplemente, no haya bordado y no nos haya permitido retenerlo en la memoria por muy pequeño que fuera. Señal inequívoca de que algo estaría haciendo bien.

Fue la HBO y su papel de Tony Soprano por el que será recordado siempre. De 1999 a 2007 dio vida al jefe de una pequeña familia mafiosa de New Jersey que se pone en manos de una psicoanalista para intentar sobrellevar los avatares de una vida complicada en la que ejerce como “cabeza de familia” de dos familias diferentes: la suya, la que ha formado junto a Carmela, y la otra, el clan mafioso que lidera. Si hay algo interesante de la serie creada por David Chase es que nos encontramos ante un personaje que, durante seis temporadas, aparece completamente partido por la mitad, a veces roto en mil pedazos, un mafioso de poca monta violento y brutal que, a veces, parecía un tierno padre de familia, que, en otras muchas, intentaba recuperar el amor de su mujer, que actuaba según un código moral propio retorcido que, en otras tantas, nos parecía que aceptaba pese a odiar y que, otras, defendía a capa y espada.


Tony había intentado escapar de la herencia mafiosa de su familia, de hecho acudió durante un periodo de tiempo muy corto a la universidad y, sin embargo, como Michael Corleone había tenido que regresar. La cara de Gandolfini/Tony viendo como Silvio Dante (Steve Van Zandt) imita al más joven de los Corleone diciendo eso de “Creí que estaba fuera, y me vuelven a meter dentro” entre los aplausos de los otros mafiosos es, posiblemente, uno de los momentos más duros y a la vez tiernos de toda la serie. En definitiva “Los Soprano” no es otra cosa que una lectura más realista que actualizada de “El Padrino”, una obra cruel con sus personajes y con el desarrollo de la trama donde Shakespeare se da la mano con Hammet, pero también con las portadas de los tabloides y, definitivamente, con la realidad. Nadie duda de que “El Padrino” encierra en su subtexto un discurso completamente inmoral, una especie de traición del subconsciente de Coppola que los propios mafiosos americanos (o gente tan dispar como Gil y Gil, amante de la trilogía hasta el punto de instalar un tríptico de la saga en el centro de negocios de Marbella) leyeron a la perfección: “Somos así porque éramos pobres y tuvimos que hacernos ricos saltándonos el sistema porque este no nos daba ninguna oportunidad”.

Frente a la elegancia y al honor que Coppola le supone a los Corleone, no olvidemos que se inicia una guerra contra ellos porque han prohibido a los otros mafiosos traficar con drogas instalándose a ojos del espectador como unos “mafiosos buenos” o “no tan malos”, David Chase se acerca más a la dolorosa realidad de la biografía de gente como John Gotti y, por encima de eso, dibuja a una mafia menor, arrinconada en un territorio pobretón y dominado por las familias de Nueva York que les aprietan las tuercas cada vez más.



En medio de ese territorio hostil y complejo, violento y brutal, Chase dibujó a un personaje normal, a un mafioso normal, nos deja un regalo a modo de moraleja inquietante: El mafioso no tiene más remedio que ser así no porque tenga honor si no porque tiene miedo de que le corten el cuello. Y, por encima de todo eso, ya no puede dar marcha atrás y dedicarse a algo honrado porque no podría pagarse su tren de vida.
Gandolfini creó a un Tony Soprano completamente humano, tan complejo como todos los seres humanos, un personaje dislocado y continuamente dividido entre lo que le dice su cabeza y su corazón que, muy pocas veces, duda de lo que tiene que hacer. Un mafioso metódico que elimina a los que amenazan su reinado o su supervivencia por cuestiones más humanas que instaladas en la leyenda, la tradición o la ficción.


Con su muerte ha llegado el fin definitivo de “Los Soprano” cuyo final abierto no ha hecho otra cosa que alimentar el debate y la leyenda sobre la propia serie. Unos minutos finales que han sido analizados milímetro a milímetro y donde se han dado todas las hipótesis posibles sobre qué es lo que ocurre en ese larguísimo cierre a negro donde se interrumpe la acción y termina de sonar abruptamente “Don´t Stop believing” de Journey. Una canción melosa que habla de una chica de pueblo y de un chico nacido en el sur de Detroit (pobre como una rata si tenemos en cuenta esa obrera localización) que se conocen en un antro. Y luego la cosa se pone poética y todo parece un tanto hostil como la vida misma y luego se nos dice que hay gente que nació para cantar blues, que todo el mundo quiere emoción, que la gente apuesta por ganar y que hay gente que gana y gente que pierde…y también que, pase lo que pase, la “película nunca termina y que la siguen proyectando una y otra vez” y, claro está, que si somos gente de la calle, que pese a ser gente de la calle, esa gente normal que puede ser obrera de la construcción, policía o mafioso no dejemos de creer ni por un instante. Ese es el consejo: “No dejes de creer”. Da igual en qué. Es decir, intencionadamente, la canción tampoco aporta mucha información sobre qué pasa en esos segundos larguísimos en que la pantalla se viene a negro. O quizás sí y todo lo que viene a decirnos David Chase es que la vida de la familia Soprano, de las dos familias Soprano, seguirá su camino y que no dejarán de creer, es decir, que seguirán haciendo las cosas más o menos como hasta ahora, que la serie podría haberse alargado otras 20 temporadas más.



Ahora ya no, claro, las noticias desde aquel final han contenido la posibilidad de hacer una película definitiva sobre la saga e, incluso, una nueva tanda de seis o siete episodios más. Una especie de final heroico. Siempre quise que ocurriera pero también temí porque lo que viniera después fuera mucho peor o acabara por darme un final épico (que se hubiera cargado el discurso de la serie) con un Tony Soprano asesinado o un final tranquilizador donde este se hubiera entregado al Programa de Protección de Testigos para intentar vivir como una persona normal. Eso último hubiera sonado tan convencional como creer que todas las películas tienen que tener una final feliz, hubiera acercado a Tony Soprano al Henry Hill interpretado por Ray Liotta en “Uno de los nuestros” quejándose de vivir en una zona residencial donde creen que los macarrones con kétchup son una comida decente.

La muerte de James Gandolfini ha impedido cualquier posibilidad de que “The Sopranos” vuelve a rodarse pero, sobre todo, lo imprevisible de su desaparición viene a refutar la teoría de Chase, y la de los Journey, de que la vida sigue y que las cosas pasan y de que no podemos hacer nada por evitarlo, que la vida no se acoge nunca a las leyes de la ficción, del guión o de la literatura y que las cosas buenas y malas se entremezclan de una manera sorpresiva y absurda formando una cadena de acontecimientos que, en forma de guión, nadie se atrevería a rodar por parecer completamente ridícula proyectada en una pantalla.

La muerte prematura de este enorme actor ha acabado, de una vez, con todas las teorías sobre qué pasa en ese negro alargadísimo del final de “Los Soprano”. 

Ese negro es nuestro siguiente paso en la vida, un paso que daremos pero que no sabremos hacia donde nos lleva en realidad, porque, en realidad, el único final posible es este final. Este final es el que ha acabado de verdad con “The Sopranos” y, por desgracia, es un final que no ha gustado a nadie, como casi todos los finales tristes. Un final inquietante e inesperado que nos deja, como todos los finales de la vida, empantanados en medio de un montón de dudas. 

lunes, 14 de febrero de 2011

¡Es solo cine!...¿No?



El desastre. Otro año más. Este año, posiblemente, un  desastre mayor porque, la que se anunciaba como la Gala de los Goya, de la reconciliación, la que se iba a celebrar en el centro de Madrid e iba a convocar a todos los ciudadanos alrededor de las estrellas del cine español en plan Cannes, en plan Kodak Theater, ha finalizado en medio de una polémica (la enésima en lo que vamos en menos de sesenta días de 2011) con protesta convocada por la red, la aparición de un idiota con barretina ("momenten totalmenten bajoneren" que diría un alemán), lanzamientos de huevos y consignas y una sensación generalizada de celebración familiar que todo el mundo esperaba con ganas pero que, al final, por las circunstancias ha resultado contener todo el catálogo de malas caras, puñaladas y comentarios dañinos de cualquier boda, bautizo, cena de nochevieja o similar donde los invitados compiten no por caerle mejor a los otros invitados si no por llevarse el premio al borde del año. 

El momento más esperado de la noche no fue saber quién se iba a llevar el premio gordo (Agustí Villaronga recogiendo los frutos de una carrera intensa, brutal...) si no del contenido del discurso del Presidente saliente de la Academia Alex de la Iglesia. El hombre, el buen hombre, que llegó hace dos años para hacerse cargo del puesto con una hoja de ruta que pretendía unificar al sector bajo una misma voz y, sobre todo, acercarlo al público limando asperezas con políticos de la derechona y medios tradicionalmente hostiles, es decir, que pretendía hacer todas esas cosas que le faltaban a la industria para volver a refulgir ha leído su propio testamento en un tono grave que me ha recordado al discurso de renuncia de Aldolfo Suarez allá por los 80 y que ha sido leído con amargura y una cierta sensación de haber sido derrotado por las circunstancias políticas, digitales, sociales y la madre que las parió. 

Esta vez, el tipo que soñó con ser el hombre del consenso, se ha dejado de medias tintas, ha abandonado la carga de diplomacia que conlleva un cargo como el que ha ostentado y ha tirado por la calle de en medio tomando partido no por el sector, no por las gentes del cine si no más bien, por todos aquellos que estaban fuera del Teatro Real con la cara tapada por una máscara de Guy Fawkes (unos con la oficial que se vende bajo licencia de la Major, Universal, y que les está dejando unos dividendos inusitados a la productora y distribuidora internacional y otros, más consecuentes con la naturaleza de la protesta, con una impresa sobre folio tipo careta de clase de manualidades que se podía descargar de manera gratuita en algunas páginas que la han puesto a disposición de los autodenominados Anonymous). 

De la Iglesia, liberado de facto de su papel de Presidente, ha dirigido un discurso a la nación (a la digital y a la  manual) que no ha dejado resquicio de duda sobre el asunto: Internet es el nuevo y único campo de acción posible. Ya está. El que quiera bien y el que no, pues ya sabe donde tiene la puerta. El discurso que no parece haber sentado bien al sector (la cara de Enrique Cerezo, productor, me ha parecido incluso más sintomática que la de la Ministra Ángeles González Sinde más que nada porque Don Enrique es el productor más potente de nuestro país) ha sido recibido con una alegría generalizada por la muchachada internauta que ha visto refutadas, en el discurso, todas sus ideas sobre el asunto. Es más, hasta en un detalle tan nimio como el de la propia nomenclatura de los que usan Internet ha sido tajante: no les llamen Internautas, llámenlos ciudadanos. Esto es lo que se llama una enmienda a la totalidad. 

Alguna vez, seguramente ya demasiadas, les he intentado transmitir lo fragmentado que está el sector audiovisual, lo difícil que es poner a todo el mundo de acuerdo, que en realidad esa idea de que todos vamos debajo de un mismo manto, que somos un gremio, una hermandad, una logia dista muchísimo de ser ni total, ni parcialmente real. Ahí está el discurso de De la Iglesia que ha sido una bofetada sin mano, más bien una paliza sin manos ni piernas, a la ministra González Sinde pero, de algún modo, también a toda la profesión que, imagino, esperaba un discurso mucho más conciliador. Seguramente, los que peor lo hayan recibido, hayan sido los distribuidores y los dueños de las salas de cine. 

Sobre el discurso de Alex de la Iglesia flotaba una tremenda frustración, ya digo, la frustración de alguien que no ha tenido éxito en lo que parecía un proyecto personal, una cabezonería de alguien acostumbrado a llevar sus sueños a la práctica. El testamento no podía ser más desolador y desabrido aunque solo sea por el triste reconocimiento de que, la realidad, con sus intereses y sus vicisitudes, se ha impuesto a una idea cojonuda: hacer rentable y simpática a toda una industra que se basa, para ser viable, en caerle bien a la gente. 

Si las reacciones al discurso de De la Iglesia han quedado para la posteridad recogidas por las cámaras de TVE lo que no está tan claro, a partir de hoy, son las consecuencias de esas palabras. 

Es evidente que la relación del director vasco con la industria no va a ser buena, al menos, no públicamente. Es un riesgo mayúsculo. Un órdago. En los cálculos de Alex, me imagino que coexistirán estas dos hipótesis: 

-Es posible que los productores y los exhibidores me odien a día de hoy, manteniendo este discurso, pero si mi próxima película es rentable seguirán contratándome porque todos han leído a Mao y saben que da igual que el gato sea negro o blanco con tal de que cace ratones. 

-En caso de que, pese a que sea rentable no quieran contratarme, siempre puedo buscarme la vida con productores extranjeros teniendo en cuenta que tengo un curriculum potente y que en Francia o en Estados Unidos o en Inglaterra podría encontrar inversores dispuestos a poner la pasta. 

Estos dos cálculos, claro está, se basan en algo muy sencillo: HAY QUE SER RENTABLE. Lo que nos lleva a una única idea: Si queremos que Alex de la Iglesia siga rodando, y teniendo en cuenta el actual sistema económico por el que nos regimos, no hay que ser muy listo para entender que: si queremos que Alex de la Iglesia siga haciendo películas tendremos que PASAR POR TAQUILLA. Guau. Qué dilema. Enfrentados a la realidad honesta de que Internet es la realidad y no el futuro, me temo que hasta que la cosa no se ponga de otro modo no tendremos más remedio que seguir con el antiguo "deme dos centraditas". 

En estos últimos días, ni dos meses calculo, hemos sido bastante conscientes del poder de la red, de su pawa,  la presión de la misma ha descabezado a Nacho Vigalondo, ha puesto contra las cuerdas a Alejandro Sanz (sorpesivo su abandono de Warner para fichar por Universal) y, en cierto modo, ha descargado su fiereza sobre las espaldas de un profesional que, digámoslo claro y meridiano, vive del taquillaje y las ventas de su obra que no es otro que Alex de la Iglesia. Sin duda Alex le ha visto las orejas al lobo, ha descubierto que detrás de los teclados se encierra un infinito poder de comunicación, una masa nebulosa de personas que solo tienen que apretar un botón donde pone "me gusta" para que moles o decidir no tocarlo y que te vayas al rincón de los castigados junto a Ramoncín. 

Alex de la Iglesia ha tomado partido por el público, ni siquiera por un público real, ni siquiera por una cifra concreta de espectadores, es más, lo ha hecho teniendo en cuenta que "Balada triste de trompeta" ha distado bastante de ser un éxito de taquilla. Sin duda, si fue valiente en su día para aceptar el reto de dirigir la Academia de Cine ha demostrado un valor inmenso tomando un camino que, él mismo, no sabe donde le va a llevar porque es un camino que no tiene un destino claro, si no simplemente una enorme interrogante en el horizonte.

Espero, que para agradecerle el gesto y mientras llegan esas páginas de descarga con las que recuperar la inversión que se hace en cada una de sus pelis, todos los que le han aplaudido a rabiar, todos los que han llenado Internet con mensajes de apoyo, todos los que se han mostrado tan agradecidos de que haya defendido sus tesis y su derecho a ver cualquier cosa producida en cualquier lugar del mundo a cambio de lo que cuesta el enganche a una línea ADSL acudan en masa a los cines donde se proyecte su próxima película, que ahorren un poco y vayan al cine más cercano porque, sinceramente, lo que ha hecho este tío, este domingo por la noche es un salto mortal hacia atrás sin red. Si él ha sido capaz de tomar partido por todos ustedes lo mejor que pueden hacer es devolverle a primera línea. Que semejante acto de inmolación no sea en vano. Háganle saber que su esfuerzo merecerá una recompensa. 

Son ustedes los que decidirán si habrá una siguiente película de Alex de la Iglesia o no existirá. Ustedes tienen el poder en sus manos, ya saben un poder que conlleva una enorme responsabilidad. Él ha defendido su derecho al disfrute plenipotenciario de todas las producciones del mundo y ustedes, y solo ustedes, deberían de devolverle el favor de que esta noche les haya servido de portavoz.

Solo diré una cosa: El cine es solo cine y no habría que darle tanta importancia....y, si se la damos, creo que es por algo. Por algo profundo que tiene que ver con todos nosotros. Siempre hemos tenido el poder, lo que ocurre es que ahora lo ejercemos de forma más clara. 

...Y de la Gala no voy a hablar. Solo diré que ha comenzado muy bien y se ha ido muriendo poco a poco...como todos los años. Pero, la verdad, no parecía que el horno estuviera para bollos. 

...Y sobre las pelis de este año: diré que si "Biutiful" no me gustó nada, "Pá negre" me emocionó (soy fans de Villaronga), "También la lluvia" me encantó, "Buried" me parece la hostia, "Todas las canciones hablan de mi" me ha parecido fantástica, no me he recuperado mentalmente de "Habitación en Roma" ni de "A3MSC", que fui con inquina a reirme de "Pájaros de papel" y salí gratamente sorprendido pese a que el final me pareció regulier,que "El Gran Vázquez" me gustó mucho y que no he visto "los ojos de Julia", "Elisa K", "La Mosquitera", "Lope"  y "Chico y Rita" (aunque esa es la que me llama la atención)...

...Me ha gustado mucho que le dieran el Goya a Mario Camus (Además de todas las conocidas me gusta muchísimo una película con baloncesto de fondo titulada "La vieja música" (1985) ) y que me he emocionado con Karra Elejalde y Rodrigo Cortés...

...No me ha gustado que no sepamos hacer una fiesta sin que haya palos, que Jonás Trueba no haya pillado estatuilla, que "Maria y yo" se haya quedado sin Goya, que "Un profeta" tampoco (en las extranjeras) y que Aitana Sánchez Gijón no haya tenido una cobertura más amplia y que la cortometrajista esa tan densa haya cantado tan mal así como que Juanjo Puigcorbé no haga gracia y Andrés Pajares, el hombre, no esté del todo recuperado. Y sobre todas las cosas que Carlos Areces no fuera nominado.

BOLA EXTRA (En forma de rumor)
Hay quien asegura que son muchos los pretendidos profesionales sobre temas de la red que ya se están ofreciendo a productoras y distribuidoras cinematográficas como asesores a cambio de un crujiente cheque. No me extrañaría que esta maldad, de ser cierta, nos revelara la categoría moral de todos los que, con el río revuelto, están intentando sacar estupendas ganancias a costa de las buenas intenciones de unos cuantos. Ya sería el delirio. Permanezcan atentos. Y esperen el mayor de los sonrojos. 

Nota del Insustancial: "Balada de trompeta" es un tema musical que interpreta Raphael en la película "Sin un adiós" (1971) del director Vicente Escrivá. Como todo el mundo sabe es la canción con la que se identifica -y flipa- el payaso triste que interpreta Carlos Areces en "Balada triste de trompeta". Amargo temarraco al que Raphael imprime esa voz suya tan espectacular y, como diría Jordi Costa, tan disfuncionalmente bella. 

martes, 25 de enero de 2011

Alex de la Iglesia se marcha


Alex de la Iglesia parece haberse quemado en un tiempo record. Hace como unos dos años que el director vasco aceptó el puesto de Presidente de la Academia de Cine (disculpen si utilizo el término popular para definir a la organización) por razones que siempre se me han antojado más románticas que prácticas. El puesto no es un puesto político, no se recibe remuneración por el mismo y tiene un papel más mediador que realmente ejecutivo teniendo en cuenta que eso que se empeñan en definir con un totémico "cine español" es, en realidad, e ejército de Pancho Villa, un sector desmembrado y que ha perdido casi por completo (si es que alguna vez lo tuvo) un caracter gremial. En el caso del cine los únicos, hasta la fecha, que se han organizado de ese modo han sido los entrañables "eléctricos" (encargados de las luces, de que todo esté a punto, de hacer los mejores chistes de los rodajes, de tener los mejores motes...los currelas) que sí se lo han montado bastante bien. 

Nada más acoger el cargo de Presidente de la Academia a Alex le cayeron los palos. Muchos lo acusaron de tener intereses ocultos, ya sabes, de intentar controlar un poco mejor que el flujo de pasta dirigido a sus proyectos fuera el de siempre y, más allá de ello, de buscarse un puestillo dentro del cine español. Es absurdo  pensar así porque De la Iglesia es uno de los pocos directores de nuestro país que puede levantar un proyecto económicamente y seguir siendo atractivo. Yo mismo pensé, en algún momento, que a lo mejor De la Iglesia iba a dejar de ser ese director de películas que me apetecía ver para tomar el camino de la domesticación. Error mío, sólo hay que ver "Balada triste de trompeta" para saber que, lejos de eso, Alex quiere, con sus errores y sus aciertos, hacer el mismo cine que acostumbraba, incluso, volver a las señas de identidad primitivas. 

Al parecer Alex ha querido ser el "hombre del consenso". Es decir, lo tenía todo para triunfar en ese puesto: lejos de los cubos de agua fría que se ha tirado en el artículo que publica El País y en el que explica las razones para su dimisión (dice de sí mismo que es intransigente, tiene mal genio, que es soberbio...) es un tipo que cae bien, que tiene don de gentes y, sobre todo, que es capaz de discutir con un cortometrajista nobel sobre cine de acción de Hong Kong y sentarse con un director de fotografía de gran trayectoria para charlar sobre la iluminación en las películas de Mornau. Es un tipo diplomático, es agradable, es buena gente y, sobre todo, creo que es el típico tío que tiene las dotes necesarias para remover Roma con Santiago cuando necesita algo.

Desde el momento en el que tomó el cargo Alex de la Iglesia ha querido aunar esfuerzos, conectar a la gente de las películas, ha hecho esfuerzos para que la gente hiciera frente común con las debilidades del sector y, sobre todo, creo que intentó limpiar la imagen que gran parte de la sociedad española tiene de nuestras películas y sus profesionales depués de unos cuantos años de ataques tremendos y de gigantescas campañas de descrédito. Creo que era y es un buen plan eso de acercar a la gente. De la Iglesia ha hecho buenos gestos en esa dirección: ha intentado despolitizar la imagen de la mini industria para hacerla más fiable para los sectores sociales que viven un contínuo enfrentamiento y critican con saña, incluso, que Javier Bardem salga a tomarse una caña por Madrid e intentó generar confianza entre los distribuidores y exhibidores para darle un poco más de caña a la lastimosa política de exhibición de películas nacionales. 

¿Por qué? Básicamente por algo que repito mucho desde aquí: es un sector que genera empleo y que no necesita de grandes infraestructuras para ser rentable económicamente. Es una industria que, perfectamente, podría ser buena para todos. Calculen no solo cuanta gente trabaja en un rodaje si no, más allá de eso, cuantos profesionales se necesitan para hacer una película (abogados, fontaneros, carpinteros, conductores, cocineros...). Y además, claro está, que Alex de la Iglesia es director y le interesa seguir trabajando en lo suyo. 

¿Ese es todo el interés de Alex de la Iglesia? Pues he de decirles que sí y que es lícito, es más, es lícito que como Presidente de la Academia defienda los intereses de la gente del sector que representa. Todo esto de los "intereses" es como, si por ejemplo, alguien dice que la CEOE defiende los intereses de la patronal porque, claro, su presidente es un empresario. Jamás escucho un comentario tan estúpido y, sin embargo, sí los he escuchado y los he leído de Alex y, por extensión, de cualquiera que haya defendido su postura. 

Es más, un tío interesado, un Maquiavelo de manual, un Fouche de baratillo, jamás se hubiera metido en una pelea como la de la Ley Sinde cuando, curiosamente, su última película está todavía en cartel y corre el riesgo de vivir uno de esos sentidos y silenciosos boicots que, últimamente, tanto se jalean. 

Como Alex de la Iglesia es el "hombre del consenso", o eso pensaba él, decidió participar activamente en el debate sobre la Ley Sinde. Otro gesto, ya sabes, de una Academia que no es más que un órgano consultivo, que no tiene ninguna repercusión política...Alex abrió las puertas de la casa y recibió a unos cuantos internautas. Unos ya conocidos como el abogado David Bravo y otros menos como Francisco George del Partido Pirata. 

Semanas antes de todo el embrollo Alex de la Iglesia irrumpía como un huracán en twitter cayendo rendido a los pies del invento. Y es desde ahí desde donde ha mantenido contactos con la gente y ha recibido toda una guasa de chorreos, insultos y malos humos. Además, por esa obsesión que tenemos con la gente con pocas luces, en cierto modo ha alimentado esa polémica retuiteando (o sea, repitiendo en su propia página y rebotándolo a todos los seguidores) a toda la lista y animando así a otros insultadores a ser compensados con una contestación del insultado. 

Mientras la polémica de la Ley Sinde ha ido envenenando la red y sus aledaños con la carga de mala hostia habitual Alex de la Iglesia ha ido perdiendo fuelle tanto en el debate como en la propia polémica. Impulsó que se escuchara a un bienintencionado abogado llamado David Maeztu que propuso una enmienda a la ley y el tiro le salió por la culata (siendo directamente traicionado por tirios y troyanos) y se ha visto metido en una espiral de descalificaciones y con algo mucho más chocante: el otro lado, la otra parte, no ha participado en el debate salvo para decir: hay que buscar soluciones pero, mientras tanto, por favor, que las cosas sigan como están. Esto se produce porque la situación parece tan irresoluble que, sinceramente, solo hay que adoptar la "Doctrina Rajoy" que no es otra que estarse quieto y dejar que los demás te hagan el trabajo sucio. 

Como el payaso triste o como el Don Tancredo de los antiguos espectáculos taurinos Alex de la Iglesia se ha quedado solo en medio de todo el tostado recibiendo tartazos, bofetones y quieto mientras que un morlaco de seiscientos kilos da vueltas a su alrededor esperando a darle el definitivo topetazo. 

La postura conciliadora de Alex no ha permitido el diálogo si no, directamente, que presuntos amigos y declarados enemigos se crecieran en sus respectivos roles. Finalmente todas las operaciones de Alex, todas las llamadas y todas las reuniones no han servido absolutamente para nada excepto para dañar su imagen pública. No hay manera de decir que no lo ha intentado, ha hecho todos los gestos necesarios, se puso una camiseta donde ponía "piratea mis películas", ha intercambiado e-mails, ha hablado con políticos, con internautas, con sus pretendidos vocales, con sus posibles representantes y, sobre todo, ha conseguido que gente como Campoy o como Pedro Pérez participen en la polémica. Nada ha sido suficiente porque, en realidad, ni los que se sentaron con él (o la mayoría de ellos) estaban dispuestos a moverse un ápice (porque también tienen sus intereses en el asunto) y porque la vida política sigue un camino paralelo a la vida social. 

Alex de la Iglesia me parecía el tipo perfecto para acabar con la polémica y para redirigirla, para iniciar un nuevo modelo de distribución, para comunicar lo que nos jugamos con la desaparición de la industria cultural, para enmendar la situación. Finalmente se ha quedado en medio, como el niño que atraviesa el "pasillo chino" en el patio del colegio. Le han caído todas las hostias. En un país donde si te quedas en medio lo normal es que te disparen desde las dos trincheras el Presidente de la Academia ha sido el blanco perfecto y, como tantos hombres de consenso de nuestro país ha sido sospechoso de hacer las cosas para su propio interés. Tendría que haber tenido en cuenta este hecho innegable: España es el único país del mundo donde si te cogen dopándote tu barrio se llena de pancartas de apoyo a tu persona, donde te condenan por prevaricación y te sacan de la cárcel para sentarte en una cadena de televisión a hablar de la reforma del Trbunal Constitucional y, sin embargo, si te cogen reciclando lo normal es que alguien diga: "mira, este gilipollas se cree que es mejor que los demás, el puto listo". Vivimos en un país donde ser inocente o parecerlo es un indicador de que eres un cabrón con pintas. 

Ahí tienen a un tipo que dirige películas, acostumbrado a dar órdenes, a imponer su criterio a cientos de personas, a obligar a un actor que cobra tres o cuatro veces más que él a repetir una toma porque no le ha gustado la entonación,  a dar voces por un megáfono, a coger una recortada y disparar munición de coña en medio de la calle Preciados para hacerse mover a decenas de extras tragando quina, intentando ser comprensivo, mordiéndose la lengua, intentando tomar un papel mediador, mordiéndose la lengua ante la avalancha de insultos, poniendo su mejor cara, ofreciendo soluciones, intentando acercar posturas. En definitiva, dando ejemplo. 

Alex de la Iglesia ha comprendido que no podía conseguir ninguno de sus objetivos y, por tanto, ha preferido volverse a hacer películas. Me parece mal lo primero y muy bien lo segundo. Perdemos a un tipo que ha querido hacer del cine y de la cultura una cosa de todos, contentar a todos y esperar que todos cedieran un poco. Al final solo ha cedido él y ha vencido el cerrilismo. Una cosa muy española por otro lado.


BOLA EXTRA: 
¿Debe el artista estar en contínuo contacto con su público real o potencial? ¿Debe exponerse públicamente? Ahí se lo dejo. 

martes, 19 de mayo de 2009

Gordos y sueños


Existe la creencia erronea de que los gordos somos un puñado de indolentes sin voluntad incapaces de controlarnos delante de cualquier cosa comestible. Que nuestro pulso sólamente se aceleraría si andáramos más de quinientos metros seguidos, que somos poco atractivos, que enfermamos con rapidez y que, en líneas generales, estamos así porque queremos.

Es curioso porque del mismo modo que se habla de forma despectiva de la obesidad se suele justificar la anorexia como una enfermedad que se produce cuando alguien va a la caza de un ideal de belleza, como si la búsqueda de un ideal de belleza fuera intrínsecamente bueno y francamente parecido a la búsqueda de la sabiduría o algo así.

Menos mal que la profesión cinematográfica está llena de gordos con sueños, de tripones nerviosos que se mueven por obsesiones que no tienen que ver con el paladar, que son insistentes y que se han convertido en motores del cine. Ahí está Francis Ford Coppola enloqueciendo en medio de la selva de Filipinas para reproducir Vietnam o chalándose mientras construía unos decorados que fueran Las Vegas para "Corazonada"; Orson Welles y su búsqueda de un lenguaje nuevo para el cine, ALfred Hitchcock aterrorizando al mundo y asegurando que tenía una extraña enfermedad que consistía en que si alguien se comía una almendra a su lado, él recibía las calorías de la misma en lugar del que se la había comido.


En España tenemos a otro gordo obsesivo cuyo talento es inabarcable incluso para el parámetro de su estomago: Es Alex de la Iglesia. Y una de estas mañanas se levantó con la idea de renovar el cine español desde la Academia del mismo modo que una vez decidió ser director de cine, como si fuera un tío atlético y delgado.


Todavía no entiendo muy bien como lo hará, si será capaz, si los productores le harán caso, si este nombramiento conseguirá que en España llegue el talento a las salas, reverdezca el interés de la gente por nuestras películas, al fin los directores,guionistas, iluminadores, maquilladores, conductores, carpinteros, cocineros y camareros de catering y un largo etcétera de profesionales dejen de ser unos "sinvergüenzas que viven de las subvenciones" para ser reconocidos.


Lo tiene difícil porque el patio está jodido pero, un momento, ese tipo fue el que rodó "Acción Mutante" y dio esperanzas a toda una generación de directores hace ya dos décadas...No tengo muy claro porque alguien que ha conseguido caer tan bien, que siempre recibe buenas críticas y que cuenta con la simpatía de todo el público ha querido meterse en un puesto tan complicado como el de Presidente de la Academia y ponerse en el disparadero de unos y de otros...sus razones tendrá. El tiempo dirá si es una acción kamikaze o si se va a zampar esto con la misma alegría que le he visto comerse un carpaccio de buey. Trabajo tiene por delante. Podremos ser el hazmerreir pero queda demostrado que los gordos también tenemos sueños.

miércoles, 30 de julio de 2008

Definamos "la emoción".


A veces pasan cosas insólitas. Pensé que había perdido mi ejemplar de Payasos en la lavadora, la única novela de Alex de la Iglesia y resulta que, mágicamente, ha aparecido encima de otros libros, en una pila, por cierto, que estaba bastante a la vista.
Lo he vuelto a releer porque me divierte histéricamente (es tan bueno que está incluído en la colección Fábulas de la Editorial Planeta que se inauguró con esa magna novela titulada Perséfone, escrita por Ricardo "Fuck you" Bofill) y he encontrado este párrafo que reproduzco íntegro para todos ustedes y, especialmente, para Miss Kiddo -ideóloga de la cotidianidad, filósofa de las cosas pequeñas, musa de la insustancialidad- con la que mantengo un acalorado debate sobre si es mejor remontar el vuelo que reventarlo o, lo que es lo mismo, sobre quienes son los culpables de tener todo el día esta sensación en la boca de que a uno le han robado la cartera. Ahí va:

"La emoción es ese sentimiento exquisito de plenitud que se siente al descubrir algo pequeño y misterioso, algo oculto, y que al desvelarlo crece y se desborda, te inunda y te sobrecoge, te atrapa y te sumerge en su interior hasta que no puedes más, hasta que te ahogas. Es un misterio tremendo y fascinante y no tiene vuelta de hoja. Si lo has vivido, sabes de qué estoy hablando.

Surge sin avisar, disfrazado de algo banal, incluso cotidiano. De pronto está ahí, delante de tí. Miras a tu alrededor. ¿Seré yo el único que se está dando cuenta? Nadie parece advertirlo. Casi te entra la risa. Pero de pronto sientes miedo, incluso vértigo. No puedo abarcarlo, quiero regresar. Pero ya no es posible, porque está ahí y te ha visto; la emoción te pone los pelos de punta, te hace llorar.

Para sentir la emoción hay que estar en pelotas. No valen coartadas, las excusas. Para disfrutarla tienes que dejarte llevar(...)". (página 135).

Vean este vídeo e imaginen lo que sintió ese crío...y vuelvan ahí.





Por cierto que, si se quieren enterar de lo último de Alex échenle un vistazo al blog en el que recoge los avances de la producción de Plutón BRB Nero. Su primera serie para televisión. Es este: http://plutonbrbnero.blogspot.com/