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miércoles, 18 de marzo de 2015

Los huesos de Cervantes

      Ilustración de @PerracaAbisal                                                         
                                                        


Cuando se cumplen 399 años de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra al ayuntamiento de Madrid le ha entrado muchísima prisa por hallar la localización exacta de la tumba del escritor.

¿Sabíamos hasta ahora donde había sido enterrado Cervantes? Más o menos. Como reza un relieve de la fachada de la Iglesia Conventual de las Trinitarias situada entre la Calle de las Huertas (“Huertas” a secas para madrileños) y la de Lope de Vega fue allí donde fue a parar su cuerpo por “su expreso deseo”.  Lo cierto es que Cervantes no fue enterrado allí en dicho templo si no en la iglesia y el convento que había antes y que su “expreso deseo” bien pudiera ser una exageración ya que, al fallecer, Cervantes no era tan rico como para poder “desear” donde iba a ser enterrado . De hecho, algunos hombres de la época (Lope de Vega) destacan que, muy viejo, andaba de casa en casa de editores y mecenas intentando colocar sus obras para ganarse el pan y se sabe que ingresó en la Cofradía Tercera Franciscana (seglar, pero de peso) por lo mismo que Luis de Góngora tomó los hábitos en su vejez: asegurarse un plato de comida diario.  

Decía un estudioso de Cervantes, allá por los 90, que había casi un Quijote para cada lector y que era posible que fuera una de las pocas obras, tal era su grandeza, capaces de tener casi todas las interpretaciones posibles. El significado de “El Quijote” ha ido cambiando con los siglos. Fue considerada por los contemporáneos como una obra menor de corte cómico sin más grandeza que la de hacer reír al populacho. Así queda registrada en la época y así sabemos de su percepción gracias a toda la producción (una obra de teatro de Lope, de texto perdido actualmente y el romance “El testamento de Don Quijote” de Quevedo entre las notables) que inspiró. Los románticos la leyeron de forma trágica y su percepción mundial la consagró como “universal”. Con los años venideros los estudios y la ampliación del campo del estudio literario ha dado para escudriñar cada palabra del mismo.



La vida de Cervantes también ha sido objeto de estudio y también ha cambiado de significado desde entonces: fue una vida nimia y casi sin importancia de un hombre que comenzó a escribir de forma continuada siendo ya muy mayor y que se sentía frustrado por el éxito de la que consideraba su peor obra (ya le hubiera gustado a él ser más aplaudido por La Galatea) que fue agrandándose hasta el punto de que, ya en la época franquista, no había lameculos oficial que no equiparara “El Quijote” a “Lo Español” y a Cervantes como un  hombre piadoso, defensor de la fe y noble venido a menos por sufrir las enfermedades propias de España: básicamente la envidia. Pueda parecer contradictoria esto de ensalzar a la patria y menospreciarla en la misma línea pero, en realidad, ese es uno de los símbolos de la ideología franquista: señalar que las virtudes no estaban al alcance de cualquiera pues eran propiedad de la dirigencia y que, el resto, el pueblo vivía enfermo de los peores pecados y que, justamente por eso, había que dirigirlos con mano dura.

Para mi fue Cervantes muy español en lo trágico que tiene lo de ser español. También es verdad que fue un macarrilla en la línea de Shakespeare (similar talento para la escritura y el disimulo) y que vivió un poco a salto de mata, que estuvo preso por robar dinero de las recaudaciones de impuestos y que, en su juventud, es muy probable que tuviera que escapar de Madrid y refugiarse en Italia porque había herido gravemente a un tal Antonio Sigura (sic) en un duelo que, en realidad, podría traducirse como “unas puñaladas traperas en un callejón”. Fue muy español Cervantes en “lo chocante” y en “lo contradictorio” que tiene ser español pues acabó siendo enterrado en las propiedades de los Trinitarios.


El escritor, junto con su hermano Rodrigo, fue apresado por el pirata Dali “El Cojo” Mamí frente a las costas de Gerona cuando regresaba a España en 1575 y fue confinado en la ciudad de Argel al recaudo del Bey de la ciudad, Azán Bajá. Le encontraron unas cartas de recomendación en su poder y sus captores pensaron que eran unas personas valiosas por lo que pidieron un rescate desorbitado: 500 coronas de oro. En 1577 los trinitarios llegaron hasta Argel para liberarlos pero no había dinero suficiente por lo que Miguel decidió que fuera su hermano el que fuera liberado. Durante todo ese tiempo su madre, Leonor de Cortinas, no dejó de buscar la pasta. De hecho se sabe que levantó unos cuantos falsos testimonios delante de la Corona y algunos notarios para recaudar el dinero y que se fingió viuda para que la cuantía  de la ayuda que por ley se entregaba fuera mayor. También, durante ese tiempo, cayó sobre su madre la sospecha de que el cautiverio se alargaba demasiado y que se estaba gastando el dinero en sí misma.  Tuvo varios reclamos de las cantidades que fue hábilmente posponiendo. Por si fuera poco, y hasta en cuatro ocasiones, Cervantes intentó la fuga y fue apresado y torturado en las cuatro recibiendo fuertes castigos físicos y aislamientos más alargados. Una de las veces, de hecho, fue acusado por otro preso: Juan Blanco de Paz, un dominico, que pasó a la historia por ser un pedazo de bandarra.

En 1580 son dos monjes trinitarios los que liberan a Cervantes entregando 250 coronas de oro a Azán Rajá. Al parecer el dinero sale de Leonor de Cortina y un dinero “restante” de una especie de recaudación express hecha casi a pie de obra por los dos monjes. No hay constancia de que se llegara a cerrar la cifra de 500 coronas o si ese dinero restante fue entregado nunca.



¿Podrían haberse quedado con parte de ese dinero? El autor de “El Lazarillo” sostiene que sí denunciando en el capítulo cuarto de su libro, con cuatro trazos, la manera de manejarse de los Monjes de la Merced, la otra orden encargada de rescatar presos:

 “Hube de buscar el cuarto, y este fue un fraile de la Merced, que las mujercillas que digo me encaminaron, al cual ellas le llamaban pariente: gran enemigo del coro y de comer en el convento, perdido por andar fuera, amicísimo de negocios seglares y visitar, tanto que pienso que rompía el más zapatos que todo el convento. Este me dio los primeros zapatos que rompí en mi vida, mas no me duraron ocho días, ni yo pude con su trote durar más. Y por esto y por otras cosillas que no digo, salí del.”.


Son estos comentarios los que hicieron que el autor de la obra haya querido permanecer en el anonimato hasta nuestros días. Al parecer, el sentir general de la época, era que estos monjes andaban un poco a la suya y que parte de las limosnas recibidas para la labor de salvar presos se convertía en negocios de las propias órdenes o iba a parar al bolsillo de los propios recolectores. Recordemos que, en los años 40, todavía se consideraba a “El Lazarillo” como una obra “anticlerical”.

¿Imaginan ser enterrado en la propiedad de unos tipos que te hicieron la puñeta o sospechas que te hicieron la puñeta? Pueda ser posible que Cervantes no tuviera más remedio que ser enterrado entre los Trinitarios porque no tuviera un real para pagarse un entierro digno.

Hay que decir que Cervantes nunca lo tuvo bonito con los poderes políticos. Primero porque, como saben, se apropió de un dinero que no era suyo cuando era recaudador de impuestos (pagó con una pena de cárcel por el asunto) y, después, porque su obra fue más del gusto popular que del gusto nobiliario que preferían cosas que entendían como más elevadas. “El Quijote” fue una obra concebida para gustar al Rey Felipe III que era más tarambana y más juerguista que su padre, Felipe II. Sabemos que su obra gustó pero que no se vivía de las ventas porque no había mucha gente que supiera leer. Se vivía de los mecenas que, como ya digo, se mostraban bastante esquivos y preferían a gente como Quevedo que sí les había pillado el puntito a ese humor de reírse de los desgraciados, o los que han caído en desgracia, y darle betún a los que tienen la sartén por el mango. No es que nadie quisiera comprar la obra de Cervantes, es que se entendía como insignificante para invertir en su autor bien porque era ya muy mayor (que lo era cuando retomó su carrera literaria) bien porque resultaba un tanto incomprensible para sus contemporáneos.



399 años creo que a Cervantes le hubiera sorprendido mucho que andemos con debates sobre el lugar donde ha sido enterrado y, sobre todo, que aquellos que se lo pusieron tan difícil  y que lo comprendieron tan mal se peleen por ponerse la medalla del hallazgo de sus restos mortales. Mucho peor le hubiera sentado que, en realidad, todo huela a maniobra turística a kilómetros y a la necesidad de unos dirigentes del ayuntamiento que necesitan reavivar una zona concreta de la ciudad para poner un museo, vender algunas entradas y baratijas y, claro está, revalorizar el precio del suelo que es en lo único que parece que los españoles de ahora sabemos ver beneficio.  Es mucho más español esto de expoliar la memoria de un convecino que “El Quijote” o Cervantes en sí.

Fuera de toda discusión queda enseñar a Cervantes mejor y que aumente el número de personas que se atreven con un tocho como es “El Quijote” o que se animen a leer alguna de sus obras menores (las que él consideró mayores). Este no es un debate cultural, ni siquiera una reparación histórica de un incidente grave ( En España perdemos a los artistas, no tenemos forma de saber donde están Cervantes, Velázquez o Jorge Manrique entre otros) si no una de esas maniobras para sacar pasta que tanto sonrojo provocan. Ver a la alcaldesa de Madrid sosteniendo un informe de una excavación arqueológica se hace aún más patente que no sabría explicar quién es Cervantes, que no ha leído ni una sola línea de su obra y que no sabe muy bien las razones de este despliegue excepto, claro está, la promesa de que en Londres se recaudan unos 400 millones de euros con la explotación de la figura de William Shakespeare.

Posiblemente la interpretación de la obra cervantina cambie con cada lector, con cada época pero, lo cierto, es que podemos estar seguros de que hay una constante vital en su trayectoria: nunca ha sido muy bien tratado por el poder y siempre será un incomprendido. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

Madrid me mata...de corazón


(El artículo ha sido actualizado con una nota al final del mismo)

Vale, Ana Botella no tiene ni puta idea de inglés. Muy español. En realidad este es un reflejo del poco interés del español medio por aprender cualquier lengua que no sea la suya propia. Y convengamos en decir que Ana Botella, y su famoso consorte, tienen una mentalidad muy de español medio que, por las circunstancias (bien sea haber tenido éxito con un taller de aluminio, bien por haber sido Presidente del Gobierno y Alcaldesa de Madrid) han tenido “éxito en la vida”.

Los Aznar-Botella siempre me han parecido unos paletos. Unos paletos de esos que, cuanto más se han esforzado por dejar de serlo, más se les notaba el pelo de la dehesa. Sin más.

Pese a sus evidentes carencias en términos de gusto, profundidad cultural, conocimiento de la historia de España y, sobre todo, de la división entre lo público y lo privado este tándem político parece sentirse muy a gusto. Es más, demuestra en cada aparición pública que creen estar en otro nivel, en uno altísimo, en uno que ningún mortal sería capaz de apreciar en toda su grandeza.

Lo terrible no es que Ana Botella no sepa inglés, lo terrible es que nadie le haya dicho que no sabe inglés y le haya dejado creer que sí del mismo modo que alguien le hizo creer a su marido que corría los 10.000 metros lisos dos o tres minutos más rápido que el recordman africano de la especialidad. Es más, estaba tan seguro de ello, que poniendo los pies sobre la mesita de café así se lo contó a George W. Bush.




Los Aznar-Botella han venido demostrando en las dos últimas décadas que creen que van “sobraos”. Tanto que Aznar estuvo dando clases en Georgetown y que su esposa decidió que era momento de dedicarse a la política. No desde abajo y tal, no. Bueno, desde lo que Ana Botella considera comenzar desde “abajo”: concejalías fugaces de camino a ser nombrada alcaldesa de una capital europea de más de 3´5 millones de habitantes. Modestia lo llaman. Y sin pasar por un proceso electoral.

Ya digo que no me importa mucho que Ana Botella no sepa inglés. Ahí estuvo Mariano Rajoy hablando en español, diciendo muchos topicazos pero, bueno, al parecer bastante consciente de que no está el patio como para darle más carnaza al populacho. Bien, presi, bien.

Lo que me molestó del discurso del “Relaxing cup of café con leche in la Plaza Mayor” fue el hecho de que la alcaldesa fuera capaz de vender “la noche madrileña” como uno de los atractivos de la candidatura casi por encima del hecho de que tenemos ahí unas infraestructuras criando matojos desde hace seis años y que solo sabe Alá qué pasará ahora con ellas. Es más, el avispadísimo gurú que han contratado por 2 milloncejos de euros para dirigir el cotarro de la candidatura, ha tenido el empeño de vender Madrid como una ciudad alegre y simpática, efervescente cuando se oculta el Sol.

El problema es que desde que el PP apoyó la moción de censura contra Juan Barranco y puso en el poder a Rodríguez Sahagún no ha hecho otra cosa que intentar cargarse toda esa vida nocturna y, con ella, no solo el hecho de tener gente bebiendo a horas intempestivas si no, también, la celebración de cualquier actividad cultural con horario nocturno.

Es posible que a Ana Botella nadie le haya informado de este hecho, de que el ala más rancia y costrosa de aquel Partido Popular (con Álvarez del Manzano como cerebro y el Concejal Matanzo como brazo fuerte) que se oponía a cualquier sala de conciertos, bar, disco pub o sala de exposiciones donde se juntaran más de cinco madrileños para echar el rato.

La excusa del ruido, del sexo con SIDA o embarazo no deseado, de la destrucción de la fibra moral de la juventud, del relajo de las costumbres, de la delincuencia, de la droga y un largo etcétera de tróspidas excusas han servido para acabar con una vida nocturna que jamás volveremos a recuperar.

Es un hecho que la ciudad de Madrid no tiene una buena red de conciertos pequeños y tampoco de grandes conciertos. Esas cosas se hacen en capitales más conscientes de sus fuerzas como Lisboa donde se puede fumar en los bares y se puede beber una cerveza sentado en cualquiera de las escalinatas del Barrio Alto sin temor a ser molestado. El PP llamó a eso “vandalismo”.

¿Qué efecto ha producido esa prohibición? Las “chino latas”. No me llaméis loco, una directiva municipal absurda sobre falta de salubridad ha provocado no la eliminación de la costumbre de beber en la calle si no, más bien, la proliferación de la venta ilegal de alcohol. Estupendo.

Este es un ejemplo pequeño de un problema mucho más grande. La reticencia del Ayuntamiento de Madrid a dar licencias de locales de ocio, su guerra abierta contra todo lo que oliera a entretenimiento y cultura nocturna (insisto, conciertos, exposiciones, representaciones teatrales, ciclos de cine…) provocó la proliferación de locales menos salubres, menos acondicionados y menos seguros y, por tanto, de un enrarecimiento del ambiente nocturno y de una avería general del mismo. Los ejemplos en la capital son enormes.

Esta teórica fortaleza caciquil ha generado casos de corrupción sangrantes y diarios que, si tenemos en cuenta el testimonio por la bajini de algunos propietarios de locales, ha venido en multiplicar la aparición de mafias reconvertidas en “equipos de seguridad” y la solicitud “a calzón quitao” de algunos elementos del funcionariado público de pedir dinero a cambio de, cuando no hacer la vista gorda, dejar de pasarse por el local para ponerse tiquismiquis con el nivel de ruido, las obras de insonorización y tantos y tantos requisitos.
Solo así puede explicarse que haya locales en Madrid que reciban la visita puntual de los municipales todos los días que abren sus puertas y otros tengan camello oficial en la puerta de los lavabos sin que se persone en las instalaciones ni un enano vestido con el uniforme de Prosegur.

El caballo de batalla de los 80 fue el punk, el de los 90 el rock y, en los últimos tiempos, ha sido el tecno y la cultura de las drogas y el desencanto que, teóricamente, arrastran. Menos mal que, para salvarnos de él y para comportarse como la Liga Americana por la Decencia que auspició el Código Hays tengamos a un ayuntamiento que, albricias, con motivo de la posibilidad de darle salida a un montón de obras públicas que se construyeron antes de tiempo y que de habernos designado como sede olímpica habrían sido declaradas como “obsoletas” y vueltas a construir se cae del caballo y hace de algo que se ha intentado cargar (que se ha cargado en gran parte) un “motivo de atracción turística”.

Recuerdo las palabras del actor Alfonso del Real que a mediados de los 90 adquirió un local con el dinero que había ahorrado durante años de duro trabajo para convertirlo en un café-concierto. Ni con él, con aquel inofensivo ancianito, tuvieron piedad y le permitieron hacer todas las obras para luego denegarle los permisos de apertura porque, teóricamente, los vecinos se habían quejado de que el establecimiento iba  a hacer mucho ruido. “Me han arruinado” dijo llorando en una entrevista. Y eso que ni siquiera hablábamos de una juventud despendolada y ye-yé bebiendo, drogándose y fornicando a su libre albedrío; estábamos hablando de un café-concierto donde se ofrecerían actuaciones de música lírica y repertorios de cuplé.

NOTA: Por lo que me cuenta un airado comentarista el local de Alfonso del Real llegó a abrir. Se llamaba "Zarabanda" y tuvo actividad comercial como "café-teatro" hasta que le fue revocada la licencia para horario nocturno y optó por el horario diurno. En el horario diurno funcionó durante un tiempo, corto, como "after hours"...Por ahí decía yo que las ordenanzas municipales habían generado monstruos de este tipo (la conversión de un café-teatro en un after hour...por ejemplo) y habían criminalizado la diversión con actitudes un poco ridículas.


Bien haría este consistorio, si tiene a bien, de dejarse de aventuras olímpicas e invertir un dos o un tres por cierto de ese dinero y esfuerzo en reforzar los lazos de la ciudad con la cultura y la diversión, con el compromiso de volver a ser la ciudad que fue en la década de los 80 y los 90 donde disfrutamos de todo tipo de eventos culturales y lúdicos que poco tenían que ver con esa obsesión por las procesiones garbanceras de Álvarez del Manzano y la restauración chusca e impostada del verbeneo rancio que se confunde con la tradición para que Espe, Alberto o Ana se hagan un publireportaje vestidos de chulapos y se marquen un chotis con algún viejo despistado.



Más les valía estudiar a nuestros gobernantes por qué no hubo banda interesante en aquellas dos décadas que no viniera a Madrid a dejarnos la flor de su gracia y por qué ahora ya no estamos en el mapa y, sobre todo, cuál es la razón para obsesionarse con convertir Madrid en un lugar aburrido.  Si Ana Botella supiera qué ciudad dirige se daría cuenta de que el espíritu de la misma es noctívago, no por Alaska y los Pegamóides y por la promoción que Tierno Galván hizo de Madrid como un destino juvenil si no por gente como Rubén Darío o Valle-Inclán. 

El problema de Ana Botella no es que no sepa inglés, el problema de Ana Botella es que es una completa ignorante que desconoce la historia de la ciudad que gobierna y, más allá de eso, qué narices puede ofertar Madrid que pueda etiquetarse como “noche madrileña”. 

El problema de la alcaldesa de Madrid es que está tan poco acostumbrada a hablarnos como si mereciéramos algo de respeto, está tan poco acostumbrada a no echarnos la bronca, a no respondar a preguntas, a no soportar la más mínima crítica, está tan acostumbrada al tono desafiante y hostil y al "ordeno y mando" y a no tener que pedir nada "por favor" que cuando quiere resultar simpática y cercana parece aún más escalofriante, parece la bruja atrayendo a Hansel y Gretel a la casa de caramelo. Seguramente porque lleva unos años haciéndose a la idea de que los súbditos somos todos tontos y estamos hambrientos y que, por tanto, nos creemos cualquier cosa. Es una pena que no calculara que el COI está lleno de estómagos repletos y de gente que necesita menos a Madrid de lo que ella necesita a la ciudad. 

Como madrileño (madrileño impostado pues no nací aquí...aunque esa es una forma como otra cualquier de ser madrileño llamada "porque yo lo valgo") esta ciudad me mata. Me mata de verdad. La adoro. Será por eso que ese amor a este sitio me haga preguntarme por qué su máxima representante no tiene ni puta idea de como respira y late.