miércoles, 12 de octubre de 2011
La muerte de los creadores
miércoles, 22 de junio de 2011
Ryan Dunn (1977-2011)
jueves, 16 de diciembre de 2010
De qué postura adoptar ante la cochina muerte...
domingo, 12 de diciembre de 2010
Pele (¿?-2010): De aquellos años...
martes, 30 de noviembre de 2010
Leslie Nielsen (1926-2010) y Mario Monicelli (1915-2010): La risa en dos estados diferentes
Curiosamente Leslie Nielsen siempre tuvo algo de mala suerte. Fue un tío guapo, para los cánones de su época, y siempre destacó en papeles dramáticos. Su familia era, incluso, lo más alejada a un asunto de feriantes que uno pueda imaginar y siempre se postuló para papeles serios. Incluso para papeles de acción como en "Planeta Prohibido" donde interpretó a un intrépido soldado espacial. Por si fuera poco, con la madurez, esa seriedad y ese gusto por el teatro comenzaron a dirigirlo hacia los personajes de terror, dicen que inclusó hizo una audición para el protagonista de "El Resplandor"...y no hay más que verle en "Creepshow" haciendo de marido en pleno ataque de cuernos. Pero nada funcionó y, al final, Nielsen encontró un hueco en la comedia donde, su planta, daba perfectamente el ejemplo de lo que es un actor que no parece un actor de comedia y que, sin embargo, es capaz de cualquier cosa con tal de hacer que la audiencia se tronche. Completamente metido en su papel cómico dio algunas de las entrevistas más locas de promoción que se recuerdan, es más, dio entrevistas de promoción que eran bastante más graciosas que las películas que le tocaron en suerte en muchas ocasiones.
Nota del Insustancial: Pese a no ser una obra ni de Monicelli (ni de Nielsen, evidentemente) he querido pinchar el tema de "Amarcord" (Federico Fellini) por las connotaciones de la misma escena y, sobre todo, por una frase que una vez me dijo alguien: "Si hay un cielo, espero que cuando se abran las puertas suene esta canción". Soy ateo redomado pero la imagen de esa canción recibiendo a la gente en la otra vida me ha hecho siempre bastante gracia.
lunes, 15 de noviembre de 2010
Dino de Laurentiis y Luis García Berlanga
Dino de Laurentiis estaba tan a partir un piñón con David Lynch que, cuando a la hija del productor italiano, le extirparon el útero a ambos le pareció buena idea meterlo en un bote de formol y regalárselo al director norteamericano que, al parecer, lo tiene por su casa aunque, ha desmentido en varias ocasiones, que esté encima de la mesa de su despacho como el productor afirmaba en el documental que se hizo sobre su vida.
martes, 31 de agosto de 2010
Laurent Fignon (1960-2010): el empollón metido a ciclista.
domingo, 18 de julio de 2010
Harvey Pekar (1939-2010)
Además de American Splendor Harvey Pekar deja detrás de él una estupenda carrera como crítico musical (centrada en el jazz) y dos albumes espectaculares: "Our Cancer year" (Premio a la mejor novela gráfica de 1991) y "The quitter", su último gran trabajo. Pero, sobre todo, la gran enseñanza de que cualquier cosa puede ser llevada a un libro, a una canción o a una película sólo hay que tener la maña adecuada para que nos resulte interesante.
Nota del Insustancial: Huddie William Ledbetter, más conocido como Leadbelly, es una de las grandes voces del blues y del flok americano. Guitarrista espectacular y gran intérprete se ganó la vida con la música desde muy joven pero, como también era un poco gambitero, se vio metido en problemas con la ley derivados de su gusto por andar frecuentando camas ajenas y por distintos delitos. Después de pasar quince años en prisión por intento de asesinato su vida delictiva pasó a mejor vida y volvió a centrarse en la música grabando temas como "Tell me where did you sleep last night", "The house of the rising sun" o "Midnight Special" no tengo ni idea de qué dinero le reportaron a Leadbelly pero sólamente esos tres temas, versionados por Nirvana, The Animals y Credence Clearwater revival se hicieron famosísimos. Ahí queda.
jueves, 3 de junio de 2010
Zacarías y Eugenio
sábado, 5 de diciembre de 2009
20 años después
Se me cayeron dos lagrimones como puños aferrado a la pelota de baloncesto MIKASA tan usada que brillaba en algunas zonas como si fuera un balón de playa. Llevaba esa pelota a todas partes metida en una red: al colegio, a la cancha de arena del barrio, me la llevaba de veraneo. Tenía un significado especial para mi: mi tío Damián me la había regalado dos años tantes para que aprendiera a botar. Para que aprendiera el fundamente básico: botar tan bien que, mientras tanto, puedes estar mirando hacia donde va la jugada. Botar tan bien que te de la sensación de que podrías estar haciendo cualquier cosa mientras botas, botar tan bien que te da la sensación de que la pelota no obedece a las yemas de los dedos si no a una especie de orden telequinética que emana de tu cabeza. Él había aprendido baloncesto en el Joventut de Badalona y estuvo un verano entero detrás de mi diciendo que botara aquella pelota, que me la pasara de mano, un ejercicio tras otro.
La estúpida pelota estaba allí conmigo, en el regazo y no hacía más que agarrarla, que pasarle la mano por encima.
Se me había muerto el primer ídolo y no sabía como reaccionar. La casa olía a café con leche porque se celebraba la visita dominguera de algunos parientes. Yo estaba sentado en el suelo con la pelota agarrada, ni siquiera me había dado tiempo a soltarla porque acabada de llegar de la cancha de arena del barrio de jugar unos cuantos partidos a 21. Invierno significaba tardes domingueras de baloncesto, perneras sucias, botas llenas de barro...épica enana para chavales que crecieron con el triunfo de nuestra selección de baloncesto en las Olimpiadas de Los Angeles 84, "una plata que sabía a oro" arrancada a Yugoslavia en una semifinal en la que Martín estuvo espléndido. En plena forma. En aquellos años no habíamos oído hablar mucho de Magic Johnson, ni de Kareem, ni de Thomas ni de Earving, Maravich, Bird o English. Todo nos sonaba un poco a chino y nuestras referencias eran europeas porque los americanos, los americanos que jugaban por aquí se quedaban y se nacionalizaban o se largaban en busca de la pasta de la lega italiana. España sólo era un lugar de paso y nuestros ídolos eran de aquí: Llorente, Corbalán, Villacampa, Creus, Martinez, Epi, De la Cruz, Sibilio, Solozabal, Cabrera, Beirán, Rullán, Biriukov, Gil, El "Chinche" Lafuente...lejos de los Madison y los Inglewoods nuestras canchas eran el Pabellón del Real Madrid, el Palau Blaugrana, El Magariños o sea "La nevera"...
¿Quien iba a pensar que de aquella liga todavía casi amateur donde te cruzabas a los jugadores tomando cañas en cualquier bar de al lado de la cancha iba a salir un superclase?
Sería injusto decir que sólo Martín fue un superclase pero, la verdad, fue el primer jugador moderno, tanto que decían que ganaba más dinero por temporada que cualquier jugador de la primera plantilla de fútbol. Todos los años llovían ofertas del Cantú, del Milan, del Bolonia, incluo el Scavolini de Pesaro quiso que Walter Magnifico y él hicieran parejas pero Martín siempre decía que le debía mucho al Madrid y un poco también al Estudiantes donde se hizo como jugador. Los del Magariños jamás le perdonaron la traición y, en cada partido, le recriminaban el cambio de colores incluso cuando los que nos habíamos enganchado más tarde, o veníamos de instituciones educativas menos baloncesteras que el Ramiro de Maeztu, no supiéramos muy bien de donde venía toda aquella mala leche a duras penas retenida.
Martín a su aire se fue haciendo grande, poco a poco, y convertía cada partido en una pelea entre él y todo el equipo contrario. Era así. La escuadra madridista se preciaba de ser risueña. No era menos, grandes cómicos como Fernando Romay o Juanma López Iturriaga estaban en sus filas con tíos de no menos humor como Jose Luis Llorente (jamás le perdonaré que un día, delante de Raül López me dijera, "¿Y quien crees que es mejor base este o yo?") o Corbalán. Me imagino que sólo resaltaban el caracter casi amateur de nuestro baloncesto, crecido en colegios y enseñado por, curiosamente, entrenadores que eran profesores o que tenían una enorme vocación pedagógica. No es de extrañar el aspecto beatífico de Miguel Ángel Martín (apodado "El cura"), las formas de Pepu Hernández (que alguien me diga si ese hombre no tiene pinta de profe de historia) o de Pinedo. Raro eran señores mosqueados como Lolo Sáinz o hombres con aspecto de estrategas fríos y calculadores como Aíto.
No digo que no se lo tomaran en serio, sólo digo que después de Luyk no ha habido un tío más peleón que Fernando Martín. No de aquella época y no militando en el Real Madrid. Serio, blanquecino, sacando brazos aunque ganara por treinta de diferencia...¿De donde había salido esa hambre de ganar? ¿Esas protestas a los árbitros? Martín era carácter y, frente a ello, no había nada que hacer. Los duelos con Audie Norris -un hombre con talento de superestrella pero rodillas de cristal- quedarán para la historia pero no menos escalofriantes fueron las literales palizas que se daba con Meneghin (un criminal en la cancha, un trozo de pan fuera de ella), con brutos mecánicos y brillantes venidos del frío como Sabonis, Iobaisha o Volkov o con Pinone (seguramente el jugador más raro que ha pasado por España del grupo de brillantes).
Martín le dio a nuestro baloncesto otra cara y otra estela. Jugador de equipo, sin embargo, cuando en Madrid aterrizó una estrella de alcance internacional llamado Drazen Petrovic la relación entre ambos no fue fácil. El yugoslavo era una bestia, una maquinita que se quedaba a entrenar después de cada entrenamiento durante tres horas más. Lanzaba 100 balones, 100. Con cada fallo se obligaba a tirar otros dos con lo que las sesiones acababan siendo brutales. Drazen hizo lo suyo y deslumbró a jugadores como Villalobos o Pepe Cargol que crecieron junto a él por una sencilla razón: lo acompañaban en cada entrenamiento. Sólo así es posible que en el primer Open McDonald que se jugó en Madrid Cargol fuera elogiado internacionalmente como el mejor jugador del torneo, el tío que había puesto patas arriba a los Boston Celtics durante casi dos cuartos. Raro en él Petrovic estuvo todo el partido jugando descentrado y no tan raramente para él y para los ojeadores de la NBA. Fue una triste demostración de que el talento sin control se queda en pura chorrada por más que se empeñara en sacar todas sus artes.
No es de extrañar que en la Recopa del 89 Petrovic se cascara más de sesenta puntos y que, pese a la alegría por el título, Martín se plantara delante de los periodistas y dijera eso de "Esto es un deporte de equipo y tenemos que jugar todos...si hubiéramos jugado como un equipo les hubiéramos ganado igual". La prensa achacó el cabreo personal a una rabieta de estrella, a un jugador que estaba ya en horas bajas y que venía de la NBA con una espalda hecha trizas, que ya no podía rendir como en sus mejores años. Algo absurdo porque Martín tenía sólo 27 años por aquel entonces y le quedaban años y años de baloncesto. de Muy buen baloncesto.
No es de extrañar que el paso de Martín (que mantuvo el número 10 y el acento sobre la I) fuera difícil. Sin casi aclimatarse lo primero que sufrió fueron los rigores de una liga profesionalizada. Acostumbrado a las formas de gallina clueca de los entrenadores europeos Martín llegó a su primer entrenamiento, pasó el examen médico y le dijeron "tienes que coger músculo y kilos. Toma esta es la dieta que tienes que seguir". Dicen que preguntó que cuando empezaba y el médico del equipo le dijo: "Si quieres jugar en el equipo cuanto antes". Después le pasaron el libro de las jugadas para que se las empollara. Su entrada en un equipo ya formado tampoco fue fácil, soportó la etiqueta de "rookie" y las formas chungas de algunos jugadores como Kiki Vandeghe, capitán del equipo y "estrellaza" mediocre, que en cada entrenamiento le tiraba las cestas de los balones para que los recogiera. Martín lo agarró del cuello y le dijo: "Soy campeón olímpico, de clubes, subcampeón de europa...¿Cuantos títulos tienes tú?". Con otros compañeros no tuvo tanta suerte y uno de ellos, en una trifulca, le rompió la nariz. Encabronado y con malos número regresó a España donde fue recibido como recibimos a la gente que lo pasa mal por culpa de los extranjeros, o sea, guay.
Aquel domingo Fernando Martín se mató en un accidente de coche y yo no podía pensar en nada más que en los posters y en lo raro que me iba a sentir jugado al Fernando Martín Basket Master, chungo juego de baloncesto para Amstrad y Spectrum, por lo que los posters se quedaron pero jamás volví a jugar a aquel juego y eso que me gustaba mucho más que el One on One que enfrentaba a Larry Bird e Isaiah Thomas.
Me acosté tarde y no me perdí el telediario, ni los programas de deportes. Antonio, su hermano, parecía completamente destrozado. El equipo estaba hecho una mierda y el miércoles jugaban partido contra un equipo griego, contra un equipo donde jugaba Fassoulas (¿Olimpiakos?). No me lo podía creer. Me metí en la cama y miré los posters y las fotos recortadas, saqué las revistas de basket de debajo de la cama buscando crónicas de otros partidos, estadísticas, me leí de un tirón la entrevista que había concedido recién llegado a Portland. La había leído otra vez en septiembre, cuando me tocó cambiar de instituto para darme fuerzas y la recordaba bien porque entre las páginas de esa revista estuvo durante muchos años un autógrafo que me firmó en un VIPS donde me lo encontré después de una eliminatoria de copa contra el Tracer. Mi padre me dijo que no lo molestara pero yo me acerqué para decirle que era el mejor. Me agarró del pelo y me contestó que no era para tanto pero yo insistí. "Que sí, que eres el mejor". Y después le dije que no se fuera nunca a la NBA, que les dieran por saco. Se rió y dijo "¿Y a la liga italiana?" y me tuvo que cambiar la cara porque me volvió a agarrar del pelo y me dijo "No, que yo me quedo, de verdad". Fue ese el momento en el que mi padre y mi madre aparecieron para preguntarle "Perdónalo, seguro que te está dando el coñazo, es que no hace otra cosa que hablar de baloncesto...pero es un enano. No vale". Dijo mi padre. Y en ese momento se rió bastante y me dijo "tu sigue jugando que lo importante es divertirse". Y eso me pareció raro en un tío que siempre parecía jugar para ganar pero que no parecía muy divertido sobre la cancha.
Recordaba la anécdota y volví a llorar. Guardé el autógrafo y las revistas y puse la radio debajo de la almohada por si acaso, de pronto, a Martín se le ocurría volver de entre los muertos. Negación, ya sabes. Con quince años todo parece posible, incluso que el mundo de pronto se haya puesto en tu contra para gastarte una broma, una broma pesada, una de esas bromas de cámara oculta. Paranoia adolescente lo llaman. Pero no, Martín ya no estaba entre nosotros y solo la tópica catarata de frases hechas, de asuntos cursis acompañaba como un estúpido carrusel funerario a la noticia, todo el circo, los "ahora está jugando en el cielo" o "está descansando para jugar otro partido". Gilipollas, qué sabían ellos.
Enterraron a Fernando Martín Espina rodeado de toda la plantilla del primer equipo, pero también de "enemigos íntimos" como Epi o Audie Norris que parecía también inconsolable. Las imágenes eran duras, frías y llorosas.
Dos días después jugaron en el Pabellón de Deportes, en el grande, en el de Goya y el equipo contrario dejó flores en la silla vacía del banquillo donde descansaba una camiseta con el número 10 que el club acababa de retirar para que nadie pudiera volver a ponerse ese número jamás. Antonio Martín, su hermano, anotó su primera canasta y se agarró la camiseta con fuerza, apretando los tirantes entre los puños, llorando, todos los compañeros, incluso un circunspecto Fredericks que se había incorporado esa misma semana al equipo fueron a abrazarle. Era la imagen de alguien roto, adormilado por el dolor, de alguien al que tampoco le valían todos los baños de azucar que se le dieron a la noticia, todos los símiles idiotas sobre jugar en los campos del señor eternamente y todas las milongas. Pese a que tardaría muchos años en sentir algo similar a lo que sintió él me sentí muy cerca, tanto que dos o tres semanas después me lo crucé después de un partido y aunque di dos pasos para darle el pésame rápidamente me di la vuelta para no molestarlo, para no volver a recordarle el trago, para no decirle eso de que sentía "sinceramente" la pérdida. Me imagino que a lo sabría y, claro está, hubiera sido una estupidez hablarle de los posters, aquello del autógrafo y de que siempre quise ser como su hermano. Seguramente me hubiera respondido que eso hubiera sido tan imposible como que hubiera clavado un mate.
Pese a que es una ñoñez decirlo lo cierto es que cada vez que dan la alineación del Real Madrid por la megafonía del pabellón (ahora por los de la Plaza de Toros de Vistalegre) me acuerdo de él y hay veces en las que me parece oir aquello de "Con el número 10, Fernando Martín". Algo tan tonto como seguir insistiendo en querer botar bien la pelota.
A Supersalvajuan y Fran que quieren a este deporte.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Uno que nos deja: José Luis López Vázquez (1922-2009)
domingo, 9 de agosto de 2009
Cumpleaños y funerales.
(Tema: "Cumpleaños total". Los Planetas)
Aunque en mi freak-corazón siempre habrá un hueco para esta otra...
que grabó junto a Mark Knopfler (en su versión original) para la película "La princesa prometida".
Y eso, que hablando de películas, se ha marchado también John Hughes el tipo que dirigió "El club de los cinco". El tipo que se sacó de la manga todo el cine adolescente de los años 80 y que ha quedado como la referencia de directores como Kevin Smith (ver homenajes múltiples) y de cualquiera que se plantee hacer una película sobre teens. Me he enterado hoy de que Hughes comenzó su carrera profesional en la revista "National Lampoon´s", de donde salió la ide original para hacer "Desmadre a la americana" (John Landis, 1978) y cualquier referencia al humor USA de la década de los 70 y 80 junto a SNL, y que de ahí dio el salto a un tipo de películas que, por lo menos a mi, me han acompañado durante toda la adolescencia y a la que hago mil y una referencias. Como las películas conocidas de Hughes no hace falta que las enumere os recomiendo "Tu novio huele mal" (1991) una gran película, seguramente de lo mejor de Hughes en la oscuridad profesional que vivió en los años 90, y en la que ejerció sólamente como guionista ya que su última película dirigida ("La pequeña pícara", 1991) fue tal desastre de taquilla (el Belushi tonto la protagonizó) que le impidió volver a acercarse a una cámara ya para siempre...ya que por cuestiones que no se explican permaneció fuera de la luz pública desde 1994.
Pues eso, que dos de mis mitos pre-post adolescentes se han ido casi en la misma semana y yo he cumplido hoy mismo 35 añazos. Casi la mitad estadística de una vida cualquiera y pienso que no ha estado mal del todo. Vale que si tuviera el Delorean de Marty McFly arreglaría algunas cosas y habría leído más libros o me habría parado en algún momento para hacer eso tan cursi de oler las flores pero, bueno, que no se diga que no lo he intentado....mirar atrás es otra de las cosas jodidas de hacerse un poco más mayor y después sobreviene la vanidad (ponerte injertos de pelo de culo, comprarte un coche veloz, hacerte culturista como Aznar...) y después todas esas cosas pero, la verdad, no tengo tiempo de pararme ahora, me quedan muchas cosas por hacer, entre ellas terminar este dichoso texto...ahora mismo...y mandaros un saludo a todos...


