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miércoles, 12 de octubre de 2011

La muerte de los creadores



En solo ocho días hemos perdido a un poeta y a un escritor. Félix Romeo y Salvador Iborra. A Félix se lo ha llevado la muerte en un infarto de miocardio y a Salvador lo ha arramplado en la punta de una navaja. 

Si a día de hoy es perfectamente posible calcular las pérdidas de la Bolsa de cualquier parte del mundo con milimétrica y apocalíptica exactitud no vamos a ser capaces de calcular con la misma exhaustividad el hueco exacto que ha dejado la desaparición de ambos escritores. Podemos calcularlo en términos simplemente personales (la muerte de Félix Romeo me ha dejado completamente aturdido porque lo conocí un poco y tenemos muchos amigos comunes) pero eso siempre será algo relativo. 

La muerte conlleva siempre un número importante de tragedias pequeñas: la desaparición de una persona, como decía Eastwood en "Sin perdón", es que desaparezca no su pasado si no su futuro. No habrá más artículos de Romeo, ni más poemas de Iborra. Alguien rebuscará entre sus papeles, en su ordenador, entre sus libros pequeños rastros de obras inacabadas pero siempre con la certeza de que estos felices descubrimientos serán finitos y, por otro lado, nos permitirán atisbar eso, ese hueco, dibujar un poco la estructura del vacío que dejan pero poco más. Por encima de eso, claro está, se encuentra el reguero de vidas afectadas por la pérdida de alguien querido y, en el caso de estos dos hombres de letras, de lectores que sin conocerlos de nada habrán disfrutado de su trabajo. 

En medio de estos dos fallecimientos se produjo el del empresario norteamericano Steve Jobs. Jobs ha subido a los altares y pasará a la historia (daño colateral de este histérico mundo de información histérica) como un visionario de poderes infalibles que nos dotó de algunos de los mejores aparatos tecnológicos que hemos podido disfrutar y, claro está, de los Estudios Pixar. No seré yo el que le quite méritos a las actividades de Jobs al que le agradezco el desarrollo de la marca Apple y de haber puesto el dinero para que se creara un personaje como Buzz Lightyear (la creatividad en este caso corría a cargo de otro visionario llamado John Lassetter) pero si me ha sorprendido que la muerte del magnate -o del visionario, o del prócer, o del genio o de lo que ustedes quieran- haya provocado una enorme cantidad de información acerca del dinero que le iba a costar a la economía mundial el hecho de que Jobs (que por otro lado ya estuvo fuera de Apple un tiempo) haya fallecido y, sobre todo, a un montón de exactas predicciones sobre el futuro de la marca que creara (en compañía de otros). 

En general me ha sorprendido la voz de alarma: ¿Nos quedaremos sin un nuevo Ipod? ¿Qué pasará con el nuevo Iphone? ¿Se resentirá la calidad del futuro Ipad? ¿Serán tan buenos los futuros portátiles de Mac?

Es la primera vez que leo a un grupo de consumidores tan apegados a una marca y tan conocedores de la filosofía de la misma, es decir, que han estudiado la personalidad de Jobs y han atisbado sus planes de futuro, que lo consideraban una especie de benefactor (pese al  precio de sus productos) y que temen que otros, unos advenedizos como Gates, se hagan ahora con el control de la compañía de la manzana y su legado. Un legado que, curiosamente, no tiene solo que ver con aparatos para escuchar música, diseñar, escribir o montar películas si no con algo más, con un rollo muy ciencia-ficción que tiene que ver con una tecnología humana aunque solo sea porque es de colores agradables y no parece un cochino mamotreto y, por ende, queda bien en cualquier parte sea el salón, sea la mesa de trabajo. También hay que decir en favor de Jobs y su compañía que consiguen hacer aparatos que funcionan la mar de bien lo que, la verdad, es de agradecer. 

En ocho días nos hemos quedado sin tres creadores: un escritor, un poeta y un empresario. Ya saben, nunca sabremos muy bien que nos hubiera deparado el futuro de los tres porque se han ido antes de tiempo dejándonos esa sensación de que, en realidad, cuando alguien desaparece nada vuelve a la normalidad ni siquiera pasado el tiempo. Siempre queda eso, el agujero ese tan cabrón, el arañazo y la cicatriz, el surco, la certeza de que nada demasiado bueno dura demasiado tiempo.  

miércoles, 22 de junio de 2011

Ryan Dunn (1977-2011)


Hacer reir es, en cierto modo, el arte de hacerse daño, de rascarse por dentro los temores, de sacar punta a tus bajezas, a tus miedos. Hacer reir tiene una gran parte de impostura pero, también, una enorme parte de sacrificio. Es por eso que los chistes más efectivos siempre salen de uno hacia los demás y que el que escribe o actúa echándole un pulso al público al final acaba metido en un bucle de mal rollo, es por eso que el que quiere hacer reir tiene siempre que parecer un poco enano frente al público. 

La explicación más carnal de todo esto se hizo efectiva en "Jackass", la franquicia de la MTV inventada por Johnny Knoxville (un actor que quería hacerse un hueco y no sabía como), un director "indie" de prestigio llamado Spike Jonze que andaba dándole vueltas a nuevos formatos dentro de la cadena musical en calidad de productor ejecutivo  y a Jeff Tremaine, un artista multidisciplinar al que es casi imposible seguirle la pista. La leyenda dice que el primer vídeo para Jackass, el que usaron para convencer a los ejecutivos de la cadena para producir tenía como protagonista a Knoxville que se disparaba en la cara con un spray antivioladores que lanzaba gas de pimienta. 

"Jackass" en definitiva mezclaba los circos de freaks, con las hazañas espectaculares del motociclista Evel Knievel, el skate y la subcultura mostrenca de las bromas pesadas y bastante peligrosas. Ni siquiera se podría decir que fuera algo irreverente o molesto...no, simplemente era un espectáculo del dolor físico y mental extraña y dolorosamente divertido. De hecho que MTV solo censurara algunos programas por el hecho de que los idiotas que se dedicaban a intentar imitar a los actores de Jackass ya eran legión y sus padres quisieran demandarlos es un claro ejemplo de que, el programa en sí, solo era dañino para los participantes en el mismo. Los hemos visto cascándose la entrepierna, golpeándose contra todo tipo de cosas, haciendo "cámaras ocultas extremas", bailando desnudos, haciendo una serie de strip teases vergonzantes y cosas así de esas que, efectivamente, llevaban a los términos de la vergüenza ajena a unos niveles completamente desconocidos. 

Como fan del formato desde su salida diré que me he cuidado muy mucho de intentar rellenar de contenido intelectual al programa con la esperanza de psicoanalizarlo y, de ese modo, darle sentido al hecho de reconocer que me lo paso muy bien viendo a esa gente haciendo el cabra. Para mi supone el mismo placer infantil y estúpido que aquellas carreras en monopatín cuesta abajo de la infancia que acababan con los piños de alguien sobre el asfalto o una especie de justas medievales que celebrábamos en el barrio en el que los caballos eran sustituidos por las bicicletas y sólo podías defenderte con un palo y una especie de escudo de cartón. En cierto modo el programa más descerebrado de la televisión merece sentarse delante de la tele sin ningún prejuicio. 

Siempre pensé que Steve-O o Bam Marguera serían los primeros en abandonar este valle de lágrimas e instalarse al lado de Thor, Nuestro señor. Mucho más después de que ambos alargaran su vida televisiva en los dos notabilísimos (sobre todo el de Steve-O y Chris Pontius) spin off titulados "Wild Boyz" y "Viva la Bam". Este último tenía como protagonista a Marguera que es un tío que, por razones que se me escapan, me  cae mal porque de entre todos los "Jackass" era él el encargado de ser el que gastaba las peores bromas a los otros y, sobre todo, se "clavaba" bastante con Ryan Dunn, una especie de amigo inseparable que se acomodaba, de cuando en cuando, en el sótano de la casa de la estrella del monopatín. 

A mi Dunn siempre me pareció que se tomaba la vida un poco al estilo de John Bonham, sin darse mucha importancia, bebiendo mucho y llevando una mala vida que te cagas. Barbudo, tripón y siempre desaliñado fue el secundario de lujo de "Jackass" protagonizando el escalofriante sketch-acrobático en el que él y Knoxville conducían un carrito de golf hasta un accidente brutal. Una paradoja pues algo pasado de copas y en un Porsche que iba a 208 kilómetros por hora ha fallecido este muchacho sin dar tiempo a que lo viéramos fracasar (o ganar) de nuevo en otros formatos televisivos que, como bien se decía en 30th Rock, "son tan baratos que nos permiten eliminarlos y hacer el siguiente sin que nadie salga dañado". 

Dunn no necesitó nada más que convertirse en un personaje de sí mismo, es decir, no actuar, no interpretar y no impostar. Solo ser él mismo y mostrarse frente a las cámaras con todos sus defectos y todas sus virtudes. Nada más. Solo diré que, al menos, pese a ser una especie de estrella y don nadie a la vez consiguió pasar por este mundo de estrellas que son don nadies sin necesidad de hacerle daño a terceros lo que, teniendo en cuenta el percal de la tele en España, es mucho decir. Siguiendo la máxima de que el mejor chiste no es ya el que sale de uno, si no uno mismo, Dunn se va de este mundo, como bien decía un comentario en youtube, "haciendo lo que más le gustaba: chocar contra cosas". 

Bendito borrico. 

jueves, 16 de diciembre de 2010

De qué postura adoptar ante la cochina muerte...


Han firmado la baja el cantaor (aunque es un término que se queda cortísimo) Enrique Morente y el director de cine Blake Edwards (aunque posiblemente también sea un término que se quede corto). 

Es imposible hacer una semblanza de ambos (y eso que llevo escritas unas cuantas semblanzas mortuorias en este blog...la última la del entrañable Pele, el sheriff de Malasaña) sin caer otra vez en los topicazos propios del género este de las notas laudatorias que se escriben cuando alguien muere. 

Comparar a ambos genios sería absurdo. No tuvieron nada que ver en vida excepto, claro está, el hecho de que ambos fueron unos visionarios en sus respectivos terrenos: Morente se dedicó a sacar el flamenco de las tabernas y de las fiestas de señoritos regalándole al cantaor la etiqueta de artista. Un artista consciente de su arte que conoce al dedillo la tradición y que, al igual que en su momento Camarón de la Isla (o quizás tirando de ese mismo impulso setentero tan vibrante), decidieron instalar el cante flamenco al lado de las otras artes musicales. Morente es indispensable para entender la universalización del flamenco y, sobre todo, para entender la normalización de este y la salida del mismo de esa especie de extraña marginalidad prejuiciosa en la que estaba instalado. 

A Edwards le pasó un poco lo mismo con la comedia. Fue un grande en lo suyo empeñado en utilizar toda la tradición cómica y en revertirla para acomodarla a los tiempos. En Edwards igual te encuentras un gag de una batalla de penes embutidos en condones fluorescentes (Una cana al aire), los problemas de la crisis de los 40 (10), el absurdo llevado al paroxismo (la saga de la Pantera Rosa), la comedia coral...Edwards nos enseñó todas las formas de hacer reir. Por cierto, solo le dieron un Oscar honorífico que sabe a muy poco teniendo en cuenta la enorme trayectoria del director de "El Guateque", "Victor o Victoria", "S.O.B." o la imperdible "Días de vino y rosas". 

Disculpen si no he podido evitar, como siempre, sacar la talega repleta de conocimientos absurdos y de datos que ya manejan. De lo que quería hablarles es de las imagenes del sepelio de Enrique Morente, de esa tradición absurda que se ha instalado entre nosotros...

La primera es no poder encontrar una explicación sensata de quién es el fallecido. Ha pasado con Morente otra vez, todo han sido palabras vacías de reconocimiento sin que nadie haya atinado, ni de lejos, en hacer un círculo rojo alrededor del nombre del fallecido y explicarnos el por qué de su grandeza. Ya ves, todas las explicaciones son completamente emocionales y, por lo tanto subjetivas. Es más, lo más absurdamente repetido ha sido que había mezclado los textos de Lorca y otros poetas con el flamenco...esto...algo que ya había hecho Lauren Postigo y que era juego común entre los flamencos. A nadie se le ha ocurrido hablar de Omega (junto a Lagartija Nick), de la extraña fascinación de la modernez neoyorquina con este cantante plasmada en una rarísima colaboración con Sonic Youth y, ni siquiera, se ha dado la voz a los ortodoxos flamencos granadinos de porqué siendo Enrique Morente un renovador era, sin embargo, aceptado como el cantaor más grande (para muchos, sin permiso de Camarón de la Isla) pese a sus derivas con el arte contemporáneo, con esa manía suya de hacer del flamenco algo que tuviera el mismo respeto que el Jazz. 

Pero más allá de las tristezas informativas a las que se nos viene acostumbrando últimamente nos vamos a centrar en eso del sepelio, en la forma en la que nos enfrentamos a la cochina muerte...

Se me hacen cuesta arriba esas muestras de cariño popular y esa manía de las capillas ardientes públicas por donde desfila el pueblo (soberano dicen unos, cotilla dicen los otros) que convierten cada celebración en una especie de paseo chungo. A mi esas cosas me ponen de los nervios, esas filas de ciudadanos, ese rollo tan poco interesante de pasearse frente a una caja de madera que contiene un cadáver. Es una especie de circo, ¿no? He pasado por eso como dos veces en los últimos cinco años, ya sabes, recibir cientos de pésames mientras estás sentado en una silla o de pie como un pasmarote, aguantándote a duras penas, patinando sobre ese dolor de cabeza, sobre el cansacio de una noche sin dormir, sobre esas ganas de esconderte para echar una sincera lágrima en silencio y, quiero decir, que se agradecen ciertas visitas pero, la verdad, muchas de ellas suelen ser bastante molestas porque, ante algo como la muerte, nunca sabes qué decir. Lo normal es recibir una batería de preguntas absurdas como "¿Qué ha pasado?" (como si no fuera evidente lo que ha pasado, la forma en la que se ha llegado hasta esa capilla ardiente) y otras consideraciones aún más locas como "no somos nadie" (bueno, la gente es algo) , "ahora ya ha descansado" (no parecía que fuera su turno...), "hay que ser fuerte y tener valor" (eso es porque no estás aquí, recibiendo lindezas dialécticas)...

El día que enterramos a mi madre a los operarios del cementerio se les olvidó la escalera. Subieron el féretro hasta el nicho con una improvisada y chusca plataforma hecha con un listón y dos sillas de plástico (una de ellas de color verde, de una famosa marca de cerveza...). Se hizo el silencio, un silencio cómplice, un silencio de pánico, como de esos que se producen cuando el equilibrista está a punto de dar un doble mortal. Un queridísimo amigo me dijo al oído "joder, estamos siempre tan cerca de hacer el ridículo...incluso en los momentos peores...". Era evidente que el silencio respetuoso se estaba mezclando con algo peor: el miedo al patinazo de los operarios. La irresistible posibilidad de que ocurriera algo tremendamente absurdo, doloroso y terrible. Una cosa entre Berlanga y Edwards, si me lo permiten. No pasó, aquella gente ya había improvisado otras veces. Parecía uno de esos trucos de "vamos a rebajar la tensión de estas personas ofreciéndoles algo de suspense...hagamos que olviden su dolor dándoles algo que recordarán forever and ever". Si ya es malo morirte, díganme si un buen golpe del destino no es algo ya completamente definitivo.

Vamos bien, hagamos recapitulación. Recuerden: No molestar con frases idiotas, llevar una escalera o aparato para escalar de confianza.

¿A qué viene eso de aplaudir? Lo hemos visto otra vez en el entierro de Morente. La gente aplaude. Aplaude. Plas, plas, plas. Un plas-plas-plas con pausa, un plas-plas-plas pesado y solemne que siempre va dirigido al muerto pero que, creo yo, también esconde algo de "estamos aquí, lo hemos hecho bien, somos gente sensible con el dolor ajeno, sabemos lo que supone una pérdida...démonos a nosotros mismos un aplauso también. Comienzo yo, yo les aplaudo a ustedes y ustedes a mi, venga que no se diga". 

No entiendo esa moda del aplauso que se escucha también en entierros que no son de artistas o de toreros. ¿Qué leches es eso de aplaudir como si estuvieras en el teatro? 

Y ya el colmo de los colmos son esas manitas con un móvil levantado sobre la multitud...haciendo fotos. Guau. ¿Esas fotos van al facebook directamente con un comentario "en el entierro k pna" o qué? ¿Es que nos hemos vuelto todos gilipollas? 

Y podría seguir con esos altares improvisados que dan miedo que también son para echarles de comer a parte...un desastre, ya les digo...

Nota del Insustancial: Nunca viene mal reir un poco...de ahí el vídeo...

domingo, 12 de diciembre de 2010

Pele (¿?-2010): De aquellos años...


Esta semana pasada Cesar Strawberry me mandó la primera versión de la primera entrega de las memorias de Def Con Dos para el juicio, el datito tonto (tengo memoria estúpida para recordar los cumpleaños de la gente pero, sin embargo, estoy lleno de datos idiotas sobre locales, gentes, libros, discos y películas...) y echarle una mano en un texto de contraportada. 

Esta primera lectura me ha trasladado a un espacio bastante olvidado de la memoria cultural popular de nuestro país, al germen de un lugar espacio temporal sin nombre que, sin embargo, por su actividad debería de merecer más recuerdo. Me refiero a esa antimateria llamada: postmovida. Al fenecimiento oficioso de la misma y al nacimiento de una generación (¿?) de grupos, fanzines y personajes de toda índole que tuvieron que mal resistir los embates furiosos de un Ayuntamiento decidido a acabar con la transigencia de otros años y, claro está, decidido también a darle la espalda a cualquier manifestación cultural (por nimia, ridícula o naïf que esta fuera) que no entrara dentro de estos dos parámetros: procesión o chotis. 

El primer damnificado de ese alcalde llamado Álvarez del Manzano fue, sin duda, la cultura. Ahí estaba ese concejal llamado Matanzo (un señor de voz aguardentosa y vestimenta loquísimamente vintage) que, en plan Elliot Ness castizo igual se hacía fotos para ABC regando una calle que exhortando, megáfono en mano, a las prostitutas y al personal de un centro de salud sito en la Calle Montera y fundado para dar ayuda sanitaria a las lumis a "dar la cara" y a salir del local porque, según sus propias palabras, "el cachondeo se había acabao". 

Manzano, Matanzo y algún otro de estos concejales siempre se rodeaba de una extraña troupe, de una de esas legiones de la decencia alimentada por jubiletas de ropa gris y pin ora del oso y el madroño ora de la Virgen de no se donde, pelos cardados en plan Divine y maquillaje 60´s. Una clac chiflada que hacía daño a la vista y que zarandeaba al personal a la mínima. 

Tras la famosa moción de censura que el grupo popular y el CDS que encumbró a un derechón tradicional y algo manso llamado Rodríguez Sahagún dispuesto a uno de esos mandatos que tenía como fin la "recuperación de un Madrid para todos" (lo que se traduce como un Madrid para los de siempre) comenzaron a enseñar la patita los de la gaviota con sus horas de cierre para los bares, sus medidores de decibelios, sus ordenanzas municipales sobre seguridad y sanidad que se llevaron por delante bares, conciertos, librerías y todo tipo de lugares de reunión de índole sospechosa. Si la alcaldía de Tierno Galván y Barranco se había hecho famosa por el apoyo incondicional a cualquier tontuna que llevara la etiqueta de moderno-cultural (desde la visita de Warhol a título privado y promocionada por la Galería Moriarty para la presentación de "Cuchillos y Pistolas" y, como no, para que la modernez con pasta pudiera colgar un retrato fotopintado del artistón hasta los conciertos de música clásica gratuitos de los ahora olvidados centros culturales) el breve paso de Sahagún y el Castizo Reich de los 1000 años iniciado por ese Álvarez del Manzano de corte andaluz y porte directamente conectado de algún modo estético con la familia Ruiz Mateos  se caracterizó por tener muy en mente a un grupo de fuerza: los jubilados. 

Sí, queridos amigos, los jubilados se convirtieron en el joie de vivre sentimental de Álvarez del Manzano y la restitución del folclore extinto de la capital en una premisa política: más procesiones, más bailes de salón, subvenciones a chulapos y chulapas, zarzuelonas (pobre Zarzuela...qué daño se le ha hecho) y entrañables y vacías acciones como esa de ponerle a cada árbol de la capital una plaquita de cerámica donde se pondría el nombre de los niños nacidos en la capital que fue abandonada al poco tiempo y que, todavía hoy, resiste al pie de algunos árboles ajadas ya por el tiempo...de hecho...¿A quién coño se le ocurriría que la mejor manera de celebrar el nacimiento de alguien era poniendo su nombre en una placa donde, estrategicamente, sería manchada por la caca y el pis de los perros de los madrileños? 

Matanzo, de hecho, quiso cerrar el Teatro Alfil (y lo consiguió temporalmente) cuando un grupo de teatro (La Compañía Castiza) inició las representaciones de Cabaret Castizo una obra donde el actor Chete Lera hacía una caricatura de su persona. La cosa fue tan descarada que el entonces concejal de cultura Pedro Ortiz del PP pasó por taquilla para solidarizarse con los actores y con el local. 

Poco importaba ya porque desde 1989 hasta 1993 (momento del acoso y derribo) ya estaba la cosa lo suficientemente deteriorada como para que La Legión Manzano se apoderara de las calles y lo más cercano a un acto jolgorioso y popular del que se podía disfrutar en la capital fueran los cada vez menos frecuentes conciertos y exposiciones que fueron siendo sustituidos por el Cocido Más Grande del Mundo ofrecido por Aldeas Infantiles (la visión de jubilados degustando el cocidaco apoyados en los soportales de la Plaza Mayor te hacía pensar en la beneficiencia de la tan añorada dictadura o, en un plano más cercano, a una golosa troupé de zombis deglutiendo su ración de carne humana entre las carcajadas que provoca lo que es gratis). 

No ha habido ningún alcalde de Madrid tan gustoso por los vítores de sus correligionarios ni que, con tanta caradura, haya instaurado la dictadura de lo rancio. Se habla de Gallardón pero, la verdad, este es más o menos un amante del arte sin mensaje, de la cosa rara de diseño, que ni ton ni son. Una maniobra que nos llena la capital de una iluminación navideña que no es navideña (yo soy partidario de cargármela toda) y de unas cosas como de cachondeo (vease las instalaciones que se hacen en la fachada de La Casa de América que llaman a la rebelión). Otros dirán que todo es una maniobra para hacer obras y nada más, como en Valencia, donde los edificios no tienen sentido, ni contenido pero que sirven para dar obras a estos y aquellos...¿Ustedes se lo creen? Pues eso es porque están dominados por los rojos, joder. 

El caso es que esa perspectiva cultural y esos años fueron vibrantes pese a no estar recogidos en ningún libro o manual y, como fueron completamente independientes, pues no salieron en ninguna parte. Malasaña era, por aquel, entonces el escenario perfecto para la eclosión de todo aquello...y el reinado también se alargaba hasta el barrio de Chueca en los días en que los vecinos eran ancianos, el barrio estaba guarrísimo y los yonquis campaban a sus anchas en todas las esquinas. El Norton, que era un local más heavy que el infierno, el Osario, que era siniestro, y tantos y tantos bares de callos pasados de fecha en la barra y camarero con palillo en la boca eran los lugares de peregrinación a Chueca (a precios de coña) antes de que aquello se convirtiera en el Stonewall madrileño. De hecho era más el Bowery...si nos ponemos neoyorquinos. 

El libro de Cesar, bueno el germen de lo que ustedes podrán disfrutar el año que viene, es un repaso a esos años tan cutres y tan brillantes, a los bares desaparecidos, a los grupos, a las personas (ese Alex de la Iglesia delgado recién llegado de Bilbao con aspecto de amish, Mike de Pleasure Fuckers contándote en el Agapo como era eso de tocar en el CBGB y chocarla con Joey Ramone, Carlos "Subterfuge" Galán arrastrando una mochila con su fanzine y sus singles, Strawberry detrás de la barra de La Vaca Austera, el Marx Madera y sus mojitos, el Legado Social, las alegres hornadas de despistados juveniles venidos del extrarradio que bebían minis en el Nueva Visión...). 

Una etapa vibrante que arrastraba el compromiso editorial de La Movida, hecho de radios piratas, organizaciones culturales, grupillos, groupies, músicos venidos de todos los lados...

Si hay un personaje interesante de aquellos años ese es el Pele, el Sheriff de Malasaña, puerta primigenio del King Creole (lo que ahora es el Freeway) local del reunión de rockers y rockabillys y cuartel general oficioso de los temibles "Franceses" aquella banda de rockeros comandados por el "Fransuá" y "Juanma El Terrible" de los que dejó testimonio García Alix antes de que se los llevara por delante la violencia y la delicuencia. Gente hosca que dio mala fama a los que llevaban tupé y que perseguía con la misma saña a mods que a teddys como los "Tennessee" y que daban una amplia panorámica sobre las razones por las cuales no era bueno decir que te habías dejado tupé gracias a que, una vez, viste "Grease". 

El Pele, testimonio de un barrio y de una época, ha fallecido la semana pasada de un ataque al corazón sin que nadie haya podido aclararme cuál era su edad real. Quizás 64, aunque quién sabe. Ha prestado servicio de puerta en King Creole, La Via Lactea y otro montón de garitos teniendo fama de ser el típico enrollado que no pedía el carnet a la juventud aunque se demostraba implacable con aquellos que portaban bebida de otros locales o portaba una petaca. De pocas palabras, Pele era un tipo majete, un personaje de esos extraños que pululó y trabajó en las fronteras de Malasaña entre generaciones y generaciones de muchachada sin inmutarse, como un John Wayne de la vida. Quizás como un sheriff. La última vez que lo vi, fue en la presentación de la última novela de Cesar, "No quiero ser como tu", donde estaba prestándole servicio de escudero a Toño "El guionista sobre ruedas" que es en lo que se entretenía últimamente. 

Si la modernez asquerosa nos ha traido a esos puertas vestidos como mafiosos y a esos colgados de gimnasio incapaces de no provocar todas las noches una bronca arbitraria por razones aún más arbitrarias el Pele parecía imponerse sin mucha violencia, sin palabras demasiado altas y manejando a chuzos y alborotadores con un tino digno de negociador de asalto con rehenes. Cuando los de mi generación comenzamos a pulular por el barrio ya era una institución...y ahora que no está, parece que lo vamos a echar de menos...aunque solo sea por eso de que esta es una señal unívoca de que hay algo que está desapareciendo, algo que no va a volver o, quizás, existe lo mismo pero se producirá de otra manera que no entenderé y a la que no estaré llamado a participar. 

El Pele salía en un clip de DCD y, en uno de sus discos, tuvieron a buenas introducir la críptica frase: "El Pele lo sabe". Y es que, era verdad, El Pele sabía algo de todo aquello, algo de nosotros, sabía flotar por encima de las calles míseras, viviendo con lo puesto, nadando entre las luces de los bares nocturnos y las cañas mañaneras. 

Si hubiera un cielo, que no lo hay, no se me ocurre mejor tipo para echar una mano a San Pedro en eso de abrir la puerta que Pele, con su estrella de sheriff de metal y el corbatín texano de mandamás del Rancho que se gastaba en los 90. Aunque a lo mejor, tendría mejor arte para abrir las puertas del infierno...porque, lo bueno de todo aquello era que, tras la puerta que gobernaba El Pele existía la posibilidad de pecar hasta el amanecer en todos los sentidos y condenarse a la diversión eterna. 

Con la desaparición de Pele algo desaparece, algo importante y anónimo que, sin embargo, tuvo mucha importancia para muchos de nosotros. Se muere un testimonio no escrito de un barrio entero. 

Que el Dios de los bares lo tenga en su gloria y, si puede ser, que le ponga un Johnny Walker con dos hielos. La ronda va de nuestra cuenta. 

martes, 30 de noviembre de 2010

Leslie Nielsen (1926-2010) y Mario Monicelli (1915-2010): La risa en dos estados diferentes


Decía Groucho Marx que Margaret Dumont resultaba tan graciosa porque nadie le decía que lo que se estaba rodando era una comedia. Es decir, mientras que Groucho ejercía de cómico, la Dumont se mantenía en ese papel acaramelado y romanticón como de rollo galante. La mezcla era fantástica y, aunque como siempre me faltan datos, creo que fueron los Marx los primeros en llevar a la pantalla ese gran truco: desubicar a un personaje dentro de una comedia o, mejor aún, introducir un personaje con un registro diferente que sirviera para aumentar el efecto cómico. 

Leslie Nielsen se estrenó en una comedia "Aterriza como puedas" haciendo ese mismo papel: mientras que los demás jugaban al despiporre el bueno de Nielsen hacía el papel de un médico serio. En realidad "Aterriza como puedas" era parte de una enorme desubicación: copiaba casi plano por plano el éxito "Aeropuerto" añadiéndole escenas cómicas. Échenle un vistazo comparativo y verán que hay veces que no pueden diferenciar una película de otra en algunos pasajes. Es decir, los hermanos Zucker y Abrams, tenían bastante claro que "Aeropuerto" era una película tan trágica, donde las desgracias se sucedían con tanta premura, que al final resultaba, en sí, una especie de broma pesada, como un drama al que alguien le había dado la vuelta como si fuera un calcetín. 

Cuando Leslie Nielsen ya se había convertido en un actor de comedia puro, de comedia del disparate y la referencia paródica (hasta darse el mismo la vuelta como un calcetín y convertirse en una referencia autoparódica de todo un género), participó como protagonista en "¡Vaya un fugitivo!" donde Richard Crenna se autoparodiaba en un papel que era un cruce de identidades entre el marshall que interpretó Tommy Lee Jones en "El Fugitivo" (la versión cinematográfica de la serie televisiva protagonizada por Harrison Ford) y, claro está, el personaje del Coronel Trautman que él mismo llevó a la pantalla en "Acorralado". 

El propio Crenna, un hombre serio y de grandes dotes dramáticas, no tuvo ningún empacho en reconocer que el papel del Coronel Trautman y ese monólogo en el que comentaba aquella frase de "Rambo sería capaz de comer cosas que harían vomitar a una cabra" le pareció en su momento algo desfasado pero que, al repetirlo en un entorno de comedia, le pareció que tenía mucha gracia.


Curiosamente Leslie Nielsen siempre tuvo algo de mala suerte. Fue un tío guapo, para los cánones de su época, y siempre destacó en papeles dramáticos. Su familia era, incluso, lo más alejada a un asunto de feriantes que uno pueda imaginar y siempre se postuló para papeles serios. Incluso para papeles de acción como en "Planeta Prohibido" donde interpretó a un intrépido soldado espacial. Por si fuera poco, con la madurez, esa seriedad y ese gusto por el teatro comenzaron a dirigirlo hacia los personajes de terror, dicen que inclusó hizo una audición para el protagonista de "El Resplandor"...y no hay más que verle en "Creepshow" haciendo de marido en pleno ataque de cuernos. Pero nada funcionó y, al final, Nielsen encontró un hueco en la comedia donde, su planta, daba perfectamente el ejemplo de lo que es un actor que no parece un actor de comedia y que, sin embargo, es capaz de cualquier cosa con tal de hacer que la audiencia se tronche. Completamente metido en su papel cómico dio algunas de las entrevistas más locas de promoción que se recuerdan, es más, dio entrevistas de promoción que eran bastante más graciosas que las películas que le tocaron en suerte en muchas ocasiones. 

Sin duda, en ese sentido, Nielsen se parece bastante a George Peppard cuyos arranques en el cine fueron los de una prometedora estrella del drama y de la acción en la gran pantalla para ir quedando reducidas a un estrellato televisivo intermitente (Banacek en los 70 y El Equipo A en los 80) sin que nadie consiguiera rescatarlo de aquella medianía ("medianía" en el contexto de lo que suponía la producción televisiva en otros tiempos). 

No fue nunca un tipo sin éxito Mario Monicelli, que también se ha largado de esta cochina roca, que frente a todos estos cómicos accidentales siempre quiso hacer reír y está considerado como el papá de la "Comedia alla Italiana". Desde las películas que hizo con Totó hasta obras maestras como "La Gran Guerra",  la saga de "Amici Miei", "La Armada Brancaleone", sus episodios para "¡Viva Italia!"  , "Rufufú", "Mortadela"...es imposible calcular en términos de calidad lo que ha aportado Monicelli y lo mucho que uno se ríe y aprende con sus películas. 

Monicelli es un genio, un genio que no ha tenido tanta repercusión por contar cosas en clave de comedia. Y es que todavía nos resistimos a pensar que lo cómico pueda entrar dentro de esa etiqueta, cada vez más vacua y manoseada, de "obra maestra".
El director y guionista italiano fue, sin duda, un taquígrafo de su tiempo y nadie como él ha sabido interpretar a su país (ni siquiera Moretti, que tanto le debe) con la carcajada amarga de Monicelli que era capaz de convertir cualquier drama en una comedia y a personajes tan miserables como humanos en los protagonistas de comedias descarnadas que, como dicen algunos por ahí, eran la vida misma. 

Si Nielsen fue un cómico que representó los valores de una comedia ligera y de consumo rápido condenada al arduo trabajo de generar dos gags cada treinta segundos (lo que hace de cada película una acumulación imposible de chistes reguleros, rematadamente malos y divertidos) lo de Monicelli fue siempre el trabajo de un tipo condenado a representarnos a todos en plan guiñol, siendo dibujados siempre con la sombra de la burla, creando chistes a costa de la decepción, la infidelidad, la envidia, la avaricia y, sobre todo, la pobreza. La de verdad, la de pasar hambre, y la otra, la de espíritu. 

Si las películas de Nielsen son una burla sobre una burla (comedias que se mofan de películas que aspiran a venderse como verdaderamente heroicas o como verdaderamente dramáticas) el cine de Monicelli siempre fue un análisis cómico de la realidad, es decir, una burla de la burla que supone la vida diaria. 

Groucho Marx decía que Margaret Dumont no sabía que su personaje estaba en otro registro, en un registro antagónico al de la comedia...y los personajes de Monicelli tampoco estuvieron nunca avisados (si quitamos de la lista a los protagonistas de "Amici Miei" que eran unos descreídos como el propio director italiano) de que sus vidas iban a ser objeto de continuas carcajadas, unas carcajadas (y en eso hay una gran lección que aprender) que siempre se establecían de abajo a arriba y nunca de arriba a abajo. En un gag de Monicelli ha habido siempre más verdad, más crítica y más mala hostia que en todo el cine social del siglo XX y, me imagino, que eso es algo que también puede aplicarse a la primera década del XXI. 

Con Monicelli y con Nielsen (entiéndase la diferencia) se nos van dos formas de hacer humor que han marcado una época.  Dos caminos por los que llegar a la carcajada del público, dos formas de entender un mismo oficio y los que acudimos a la sala de butacas como único rito se nos corta la respiración al asistir a la desaparición de una generación completa de peliculeros.

Nota del Insustancial: Pese a no ser una obra ni de Monicelli (ni de Nielsen, evidentemente) he querido pinchar el tema de "Amarcord" (Federico Fellini) por las connotaciones de la misma escena y, sobre todo, por una frase que una vez me dijo alguien: "Si hay un cielo, espero que cuando se abran las puertas suene esta canción". Soy ateo redomado pero la imagen de esa canción recibiendo a la gente en la otra vida me ha hecho siempre bastante gracia. 

lunes, 15 de noviembre de 2010

Dino de Laurentiis y Luis García Berlanga


Dino de Laurentiis estaba tan a partir un piñón con David Lynch que, cuando a la hija del productor italiano, le extirparon el útero a ambos le pareció buena idea meterlo en un bote de formol y regalárselo al director norteamericano que, al parecer, lo tiene por su casa aunque, ha desmentido en varias ocasiones, que esté encima de la mesa de su despacho como el productor afirmaba en el documental que se hizo sobre su vida. 

Es decir, echándole un vistazo a la trayectoria de David Lynch uno bien pudiera pensar que podría ser una de esas personas a las que no le importaría tener un objeto decorativo semejante en su despacho. El asunto encaja. Sumemos: Lynch+fascinación por lo rarito=¿Sabes que tengo el útero de Rafaella de Laurentiis en mi despacho? ¿Quieres verlo?

Si una cosa caracterizó a Dino de Laurentiis en toda su vida fue su innata capacidad para vender historias de este estilo. John Millius contaba que el italiano intentó convencerlo para que se encargara del guión de "Flash Gordon" cosa que a Millius (que andaba intentando sacar para adelante "El gran miércoles") no le hizo mucha gracia. Le dijo muchas veces que no y en todas Don Dino le contestaba de la misma forma. El director y guionista americano lo contaba más o menos así: "Se ponía delante de mi y con su acento italiano me decía va a ser una  gran producción, voy a hacer una gran película de efectos especiales, que será más grande que La Guerra de las Galaxias...luego vi la película, y la verdad, aquello no tenía nada que ver con lo que Dino me había contado pero es que las cosas eran mucho mejores cuando te las contaba él".

Sumen otra vez: ¿No se alimenta mucho mejor la fama de "extraño" de Lynch si se cuenta que tiene un útero sobre la mesa de su despacho? 

Fernando Trueba cuenta, entre carcajadas, que cuando fue a visitar el rodaje de "Conan El Bárbaro" (creo que en calidad de crítico, todavía) que se estaba filmando en España alguien de la película le dijo: "Te voy a llevar a que conozcas al actor principal...va a ser una gran estrella de Hollywood en el futuro". Dice que lo que vio fue a un tío musculoso embutido en un braguero de piel que, a duras penas, se expresaba en un inglés con acentazo alemán. Era Arnold Chuacheneguer, claro. En ese caso, como en tantas otras ocasiones, Dino de Laurentiis acertó (no como con Flash Gordon que se dio el hostión). 

Dicen los titulares de estos días que con la muerte del italiano se cierra una especie de capítulo de la historia de los productores. Dudo mucho que esto sea así teniendo en cuenta que ahí están los hermanos Weinstein que, al igual que De Laurentiis, han dado mucho al cine pero, claro está, también le han quitado mucho. Echen un vistazo, y volvemos a Lynch, de ese crossover de personalidades que se encuentra en "Mullholland Drive" en el que se caricaturiza, con un humor propio de Lynch, a un productor italiano obsesionado por tener un buen café expresso encima de la mesa y al que se añaden también personalidades diversas de otros loquitos del cine como Brian Grazer o los propios Weinstein dibujados a lápiz grueso. Nadie hizo tanto por disimular su desprecio a tantas personas y le quedó tan evidente. 

Y es que la lista de productores que sobreviven en el negocio con las mismas etiquetas que los norteamericanos le colgaron a De Laurentiis es sumamente larga. 

Los productores están todos mal vistos. Fíjense, por ejemplo, en esta descripción del trabajo de producción que se atribuye (si no me equivoco) a Billy Wilder: "Un productor es ese hombre al que llamas desde la habitación de un hotel en la que te has citado con una mujer y, sin querer, has matado. Se presenta allí en mitad de la noche, te entrega dinero en metálico, un pasaporte con una nueva identidad y un billete hacia un país extranjero...pero antes de todo eso se acuesta con la muerta". 

Tacaños, interesados, ventajistas, figurones, desquiciados, analfabetos, ególatras, negreros...todos los productores del mundo comparten una larga lista de adjetivos negativos y, curiosamente, en algún momento de su vida bregarán con  una interesante pregunta muchas veces sin respuesta: ¿Cómo alguien así ha querido dedicarse a hacer películas? 

Una pregunta dolorosa porque, la mayoría de los productores, se consideran así mismos una especie de artistas que disfrutan metiendo mano en el guión o dando órdenes sobre montaje y dirección. Sin embargo, ni escriben, ni dirigen, ni actúan...¿Por qué? Porque no tienen tiempo...o, al menos, esa es la sensación que te da cuando hablas con algunos de ellos. Con una pasmosa facilidad De Laurentiis era capaz de atribuirse el éxito de esta o aquella producción (al igual que por ejemplo ese personajazo que es Robert Evans) y, sin embargo, quitarse del medio con la misma elegancia en el caso de que el asunto resultara un fracaso. ¿Por qué? Ya estaba buscando pasta para hacer otra película y nadie quiere tratar con alguien que ha sufrido un severo correctivo. 

Es posible que fuera un roñoso italiano que no se enteraba de la misa la media (que no supiera diferenciar entre una obra maestra y un tiro por la culata...lo que dudo porque nadie te asegura una vida tan larga si eres tan tonto)  o que mirara el centavo al peso (tendrían ustedes que saber qué producción española repartía día sí y día también bocadillos de pisto como único cátering por orden de un productor de cuyo nombre nadie quiere acordarse...tampoco de la película...) pero, lo cierto, es que siempre lo estuvo intentando, exagerando las verdaderas posibilidades de la empresa, forzando la máquina, vamos. 

Tanto por bueno como por darle la vuelta al calcetín, es decir, por conseguir que algunas atrocidades se convirtieran en "malas buenas películas" (El remake de King Kong, Flash Gordon, Tai Pan, Huracán...) Dino de Laurentiis pasará a la historia del cine como el arquetipo del productor espabilado que comenzó en la miseria y se alzó a base de echarle morro sobre el común de los mortales. 


Si con Dino de Laurentiis el mundo se ha llenado de titulares sobre ese presunto cierre de un capítulo lo cierto es que la muerte de Luis García Berlanga nos deja a los españoles con el sabor de que se nos ha ido el padre del cine español. No quisiera yo meter el dedo en la herida pero me ha parecido impresionante que el despliegue de noticias haya sido inmenso en comparación con el de la muerte de Azcona al que, y ustedes berlanguianos me perdonarán, considero yo uno de los mejores guionistas del planeta y, arriesgándome a que en Alfa Centauri haya una civilización desconocida, de la Galaxia. 

Lo que me queda claro es que Berlanga era un icono. Mucho me ha sorprendido la confluencia de tirios y troyanos (peperos y socialistas) en los actos fúnebres donde, por desgracia y con la habitual falta de interés por la cultura nuestra clase política se ha retratado en las declaraciones de Doña Dolores de Cospedal a la que no se le ha movido un músculo al afirmar: "Cuando me he enterado de que dirigió Bienvenido Mr. Marshall con 31 años...". Es decir, no parece que Doña Dolores supiera mucho del cineasta más importante (o uno de los más importantes del cine español) hasta que alguien le ha pasado una notita con algunos datos de la Wikipedia. Qué pena, ¿no? 

Y es que, como decía Azcona: "Yo no estaba interesado en hablar de política en las películas y Berlanga bastante menos que yo". Ahí queda eso. 

Me hace gracia la frase, resaltada con malicia por cierto, porque Berlanga pareció demostrar durante toda su vida cierto desprecio por las cosas conservonas y los meapilas, por echar unas risas con eso de la tradición y los curas, por no tener el más mínimo aprecio por las festividades sino era para usarlas como arma arrojadiza y, sin embargo, ahí están todos ellos dando el último adiós con esas palabras solemnes. 

Más de una vez en mi vida me he quedado yo también con esa duda de saber si era un tipo que me caía bien o me caía mal pero, ante la duda, siempre veía Plácido o El verdugo y me volvía a reconciliar con el director y con el personaje que siempre ha vivido como le ha dado la gana, cosa que aprecio bastante. 

Adoro de Berlanga esos planos secuencia largos y esa acidez, la amargura de su humor, su pasión por el exceso y por la plasmación del mismo: las colecciones de velo púbico del marqués, la muñeca de Piccoli, el yerno de El Verdugo, el cojo que iba detrás de la comitiva que cantaba "Americanos", la boda de Plácido, el tontico de "La Vaquilla" diciendo que prefería esperar a "La Mora, que hace el francés", el torero y el toro de Calabuch, Pajares jugando al billar en "Moros y cristianos" o ese cartel del final de "Paris Tombuctú" donde se leía "Tengo miedo"...

Como siempre, corremos el riesgo de que a Berlanga lo despedacen con la intención de repartirse los trozos más jugosos y que, en estos días, escuchemos muchas paridas con respecto a su vida y a su muerte. Tengo claro que la mayoría de la gente que hablará de él, al igual que Doña Dolores, no tendrá ni idea de quién era Berlanga y de lo que ha supuesto para este país porque, sinceramente, si sólo se te ocurre que era joven cuando rodó una de sus películas es porque, posiblemente, no te has interesado ni lo más mínimo por ver una de sus películas.

Es estúpido intentar valorar si Berlanga era un señor de derechas o un señor de izquierdas, algo que está ahí un tanto candente en las crónicas de su fallecimiento, cuando es el autor de algunas de las mejores películas de todos los tiempos. No estoy para nada interesado en saber si tomaba café con unos o con otros porque eso, sinceramente, me parece de muy corto vuelo. Creo que metiéndonos en semejantes berenjenales estaremos haciéndole un flaco favor a la obra de Berlanga y, en cierto modo, dando por buena esa interpretación de la historia de España que, a mi corto entender, es ese plano final de "La Vaquilla" en la que el pobre animal aparece banderilleado y comido por las moscas en medio de las trincheras sin que nadie haya sido capaz de darle ni dos pases de pecho decentes. 

Me quedo con el director de cine, con el tipo que hizo siempre lo que le dio la gana, con el que ni la Censura (esa que está ahora tan de moda de nuevo) pudo batallar. Lo demás es todo pura purrela. 

Esta semana se han ido dos peliculeros...qué penita. 

martes, 31 de agosto de 2010

Laurent Fignon (1960-2010): el empollón metido a ciclista.


En un episodio de "The Simpsons" Lisa decide investigar cuál es la razón por la cual los abusones de los colegios la toman siempre con los empollones. Todos los que hemos llevado gafas en el colegio y, más o menos, se nos ha dado bien eso de estudiar hemos sufrido el acoso y derribo de algún cabrón (o un grupo de ellos) que nos ha hecho la vida imposible. A veces ni siquiera es necesario ser un empollón, basta con salirse un poquito de la norma.

Siempre que alguien resalta un poco por algo (ropa, gafas, hierros en las piernas, demasiado gordo, demasiado bajito...desgraciadamente, a veces, todo junto) suele encontrarse con una especie de Frente de la Normalidad Infantil (el temible FNI) que, la mayoría de las veces, encuentra el apoyo en un Frente de Normalidad Adulta (el temible FNA) formado por progenitores y AMPAS que justifica una pedrada o una paliza con un "bueno, son cosas de chavales" que es una forma de decir "no tengo culpa de que tu hijo/a sea tan irritantemente diferente...¿Es que se cree mejor que los demás? ¿No puede hacer como todo el mundo?". 

Los sistemas totalitarios, en todos los niveles de represión posibles, alimentan esa necesidad del ser humano no sólo por formar tribu sino por hacer que la tribu sea lo más uniforme posible. Recuerden ese comentario del comandante de la Guardia Civil en "Amanece que no es poco" (José Luis Cuerda) al argentino que no se comporta como los argentinos: "¿Es que usted no puede andar en bicicleta y oler a lomo de ángel como los demás argentinos?". Antes le echa la bronca por haber llevado durante todo el invierno un sombrero "horroroso" que no le gustaba a nadie. El bueno hombre lo sabía porque "lo tenía hablado con todo el pueblo". 

Difícilmente aceptamos la diferencia. Hagamos, claro está, dos grupos: los hay que son diferentes porque no pueden evitarlo y otros que nos rebozan su forma impostada de ser diferentes. Esos últimos son francamente molestos, es cierto, lo tengo hablado con todo el pueblo. Pero ese es otro cantar. 

En los años 80 hubo un ciclista llamado Laurent Fignon. Era un grande en lo suyo. A mi, francamente, me flipaba. Me flipaba que no pareciera un ciclista: tenía el pelete rubio y gafas redondas de montura dorada. Es más, aunque era delgado (no hay muchos fanegas dedicados al ciclismo) no tenía ese cuerpo de los ciclistas, ya me entienden, ese rollo que comparten los ciclistas y los toreros. A mi padre le sacaba de quicio que me cayera bien Fignon. "¿Cómo puedes animar a ese tío?" me decía. Pero a mi me molaba verlo encima de la bicicleta pedaleando como si no pasara nada, como si los demás estuvieran subiendo el Alpe D´Huez y él estuviera en la etapa prologo...pero, de pronto, se le torcía el gesto, apretaba los dientes, se subía encima del manillar de la bici sacando medio cuerpo hacia adelante y daba un hachazo brutal. "Allez, Allez, Monsier Fignon!". 

¿Por qué lo odiaba mi padre? Primero por ser francés y, después, por no parecer un maldito ciclista. Era, claro está, diferente. 

A los franceses les caía mejor Bernard Hinault. Un héroe del pueblo. Un tío con un bronceado de pastor que parecía el vecino amable del bloque, un tío un pelo chabacano, un pelo francesote, alguien que parecía que sabía contar buenos chistes, parecía llano, sencillo, un poco gañán. El tío perfecto para enardecer a las masas de clase media. Uno de los nuestros. Frente a la humildad un tanto impostada de Hinault y al grupo de calladitos, dignos trabajadores de la rueda (Caritoux, Perico Delgado, Ángel Arroyo, Zoetemelk, Fernández, Dietzen, "Condorito" Corredor, Fernández...), hay estaba Fignon con su carita de estudiante universitario y su rollo un poco burguesito. ¿Qué hacía ahí ese tío? 

Lo curioso es que, cuando Hinault se retiró, Fignon acarició la idea de reinar en solitario pero...no. Pese al tradicional chauvinismo francés en su país le siguieron negando el saludo y la "grandeur" y prefirieron adoptar a Greg Lemond, un ciclista norteamericano criado en el ciclismo galo, al que Hinault había designado como su digno sucesor. Una sucesión un tanto accidentada porque, en realidad, se llevaban bastante a matar pero, daba igual. El pueblo había hablado y preferían a un californiano (admiro la capacidad que tienen los franceses para hacer a ciertos personajes suyos y tratarlos como si fueran franceses de toda la vida) que a un francés. ¿No era Lemond un rubiales? ¿Un guaperas? Pues sí y no porque, en realidad, parecía también un tipo agradable y campechano. El novio perfecto para la hija solterona...de hecho era tan de campo que un cuñado suyo le disparó sin querer en una cacería. El tío cazaba. ¿Se necesitaban más pruebas?

En el Tour del 89, Lemond y Fignon se vieron las caras (fue el año en que Perico Delgado salió más de un minuto y medio tarde...de no haber perdido ese tiempo seguramente hubiera ganado él pero...) . Ambos volvían a la élite. Fue un Tour a cara de perro, un viaje por el infierno de Fignon que veía como sus compatriotas preferían escribir el nombre de su adversario en la carretera en lugar del suyo. Pese a todo Fignon llegó primero a la última contrarreloj enfundado en el maillot amarillo y con 50 segundos de ventaja. Lemond se presentó con una bicicleta aerodinámica armada con un manillar que, hasta entonces, sólo se había visto en pruebas de Triathlon. Fignon y su equipo protestaron pero, en una decisión inusitada por parte de la organización de la vuelta a Francia, decidieron darle la razón al norteamericano y permitirle competir con su rara bicicleta. Perdió el Tour por 8 segundos. Cruzó la meta, se tiró de la bicicleta y comenzó a llorar. Jamás sería el mismo.

Ese año, además, Fignon se ganó el odio de los españoles y, en general, el de todos los aficionados cuando en un arrebato de mala hostia escupió al objetivo de una cámara de TVE unas horas antes de la última etapa. Al parecer el hombre estaba cansado del agobio que le supuso todo aquello. 

Desde aquel final se convirtió en un tío arisco, en un malhuele, que despotricó contra el mundo del ciclismo y clamó mil veces contra los organizadores. El ciclista parisino (una razón más para ser odiado en su país...se de capital...nos parecemos bastante a Francia) siguió con su vida, visitando librerías de viejo (al parecer era un lector voraz) y haciendo con que la cosa no iba con él, teniendo enfrentamientos con Indurain, Bugno...

El año pasado publicó su biografía ("Èramos jóvenes e inconscientes") demostrando sus dotes para la literatura y, de paso, que no era un deportista al uso o que, al menos, era un empollón metido a ciclista como sospechaba todo el mundo y reconoció que tenía cancer. Ha muerto hoy a los 50 años. Ha muerto el más veloz de los empollones.

domingo, 18 de julio de 2010

Harvey Pekar (1939-2010)




Se ha muerto Harvey Pekar. Era el padre de esa rama autobiográfica del cómic underground que han seguido alimentando autores tan dispares como Robert Crumb, Daniel Clowes, Peter Bagge o, en nuestro país,  Ramón Boldú (en los muy recomendables Bohemio pero abstemio y Memorias de un hombre de segunda mano) o Eduardo "Lalo Kubala" Giménez (Los bonitos recuerdos de Palmiro Capón, por entregas en El Jueves). 

Nacido en Cleveland (Ohio), ciudad donde residió toda la vida, Pekar básicamente descubrió que su vida y sus alrededores eran tan poco interesantes como para pasar a la historia. Tan interesante como para que Robert Crumb, ya toda una eminencia del cómic americano, se decidiera a pasar a limpio su biografía que irónicamente titularon como "American Splendor". Pekar y su primer dibujante se conocían porque ambos eran coleccionistas de discos de pizarra y habían estado frecuentando los mismos círculos, las mismas ferias y las mismas tiendas.

Representando siempre su papel de chiflado Pekar se dejó dibujar por Crumb como un sudoroso y poco amable ser humano obsesionado con ganar dinero y con recordarle a todo el mundo que era molesto e idiota. A pekar no le importó esa fama automática porque, gracias a ella, se convirtió en una especie de personaje público que acudía al programa de David Letterman cada semana a plantearle todo tipo de delirios. Las cosas con Letterman terminaron mal porque Pekar decidió ponerse una camiseta en apoyo de los trabajadores de NBC que estaban en ese momento en huelga y jamás volvió a ser contratado por el programa. Todo esto, y algunas cosas más, se cuentan en la curiosa "American Splendor" (Shari Springer Berman y Robert Pulcini, 2003), adaptación homónima del cómic, en la que se pudo ver a Paul Giamati interpretando a Pekar que, claro está, también salía en la película.

El trabajo de este guionista abrió el campo a otros, como ya he comentado, para contar sus propias vidas y apropiarse de eso que ampulosamente Pekar llamaba "la literatura del yo" y que, de algún modo, enraiza con "Ulises" de James Joyce o, al menos, con ese fascinante experimento de narrar las cosas sencillas como si fueran verdaderas aventuras.

La vida cotidiana de Pekar no tuvo nada de sencillo, en realidad, su trabajo en el archivo de un hospital (donde estaba rodeado de algunos freaks benignos) y sus charlas con los viejos faltos de adecuada medicación le dieron el material idoneo pero, lo interesante de todo, está en el ojo del propio Pekar y en su capacidad para darse de bruces, continuamente, con el absurdo cotidiana para ponerlo delante de nuestros ojos. La realidad, en manos de Pekar, era siempre triste y entrañable a la vez. Comparativamente el trabajo de Pekar siempre será más costumbrista que el de Crumb que, al explotar el mismo filón, se embarcó en un trabajo con el que pretendía exorcizar los muchos demonios que le han perseguido y, sobre todo, de normalizar sus propias chifladuras (las chicas fuertes, la casa familiar con olor a pis de gato, el lado más bajonero de la cultura de los 60...). Si Pekar siempre parece decir que "la vida es así" Crumb parece querernos decir "soy raro, aceptarme" y si no que se lo digan a Terry Zwigoff que dirigió "Crumb" (1994) el documental en el que el propio autor cuenta la historia de su vida.

En realidad había muchas similitudes entre ambos pero también muchas diferencias: Crumb disfruta de su fama hasta la saciedad (o más bien como vehículo para saciarse) y Pekar la utilizó para seguir viviendo en Cleveland con su esposa Joyce. Esplendor americano en estado puro.

Además de American Splendor Harvey Pekar deja detrás de él una estupenda carrera como crítico musical (centrada en el jazz) y dos albumes espectaculares: "Our Cancer year" (Premio a la mejor novela gráfica de 1991) y "The quitter", su último gran trabajo. Pero, sobre todo, la gran enseñanza de que cualquier cosa puede ser llevada a un libro, a una canción  o a una película sólo hay que tener la maña adecuada para que nos resulte interesante.

Nota del Insustancial:  Huddie William Ledbetter, más conocido como Leadbelly, es una de las grandes voces del blues y del flok americano. Guitarrista espectacular y gran intérprete se ganó la vida con la música desde muy joven pero, como también era un poco gambitero, se vio metido en problemas con la ley derivados de su gusto por andar frecuentando camas ajenas y por distintos delitos. Después de pasar quince años en prisión por intento de asesinato su vida delictiva pasó a mejor vida y volvió a centrarse en la música grabando temas como "Tell me where did you sleep last night", "The house of the rising sun" o "Midnight Special" no tengo ni idea de qué dinero le reportaron a Leadbelly pero sólamente esos tres temas, versionados por Nirvana, The Animals y Credence Clearwater revival se hicieron famosísimos. Ahí queda.

jueves, 3 de junio de 2010

Zacarías y Eugenio


Nunca pensé que dos personas a las que quería mucho pudieran morir con menos de quince días de diferencia.

El abuelo Zacarías y el tío Eugenio se han marchado para siempre dejando a todos los que les conocimos con la sensación que, pese a que ya eran bastante mayores, se han marchado cuando todavía tenían muchas cosas por hacer. 

Yo no quisiera ponerme a escribir los versos más tristes esta noche, ni a decir obviedades como que no quiero escribir los versos más tristes esta noche. Líbreme Alá de escribir cosas como que eran buenos o que eran justos, que fueron abnegados, entregados, trabajadores, que quisieron y que fueron queridos. Lo fueron porque, de no ser así, ninguno de los que lo conocimos tendríamos esta sensación de dolor y de tristeza aparcada en el pecho, de estar como partido en dos por dentro. Quizás eso también sería una de esas obviedades que no se deberían de volver a escribir nunca, quizás no deberíamos de volver a escribir sobre la muerte por ser este un tema rematadamente obvio con el que, tarde o temprano (y espero que sea tarde), todos tendremos que bregar.

Por no caer en la obviedad les diré que mi Tío Eugenio tocaba el acordeón, puntualmente, una vez al año durante la festividad de Santiago Apostol. No les diré que, de haber nacido en Europa Central o en una zona del mundo donde se apreciara más ese curioso instrumento, hubiera llegado a ser una leyenda de las teclas y el fuelle pero he de reconocer que no he visto a nadie ponerle tanto empeño en dominar un instrumento. Es fácil eso de la "actitud" cuando tienes una banda de rock and roll detrás llena de toxicómanos y tíos tatuados pero intenten aguantar el tipo  con la simple ayuda de un acordeón en una taberna de un pueblo de Extremadura ante una audiencia formada, básicamente, por parientes con tres vinos de más que te demandan "Los pajaritos" una y otra vez   y una estupefacta cohorte de jovenzuelos (nietos, sobrinos y otros allegados) a los que sólo les va el tema moderno...sinceramente, no me imagino a Loquillo aguantando el tipo en esas circunstancias.  

Por no caer en lo obvio diré que mi abuelo Zacarías se habia convertido en un fan del tenis. Nadie sabe, a ciencia cierta, como es posible que un tipo que nunca había cogido una raqueta se convirtiera en un experto en las lesiones de Del Potro, las posibilidades de Wawrinka para alcanzar el TOP 10 o el saque mortal de Soderling...la última conversación con mi abuelo fue sobre las posibilidades de que Rafa Nadal llegara a la final de Roland Garros ante "ese tío fenómeno" que era la forma en la que mi abuelo hablaba de Roger Federer. 

Les diré que ambos tuvieron una enorme pasión por vivir que es una cosa que, al parecer, arraiga mucho más en el espíritu cuando ha tenido antes que aprender a sobrevivir a unas circunstancias duras pero, sobre todo, cuando uno vive a favor y no en contra de las cosas.  

A lo mejor no  debería(mos) de estar tan tristes porque morir de viejo,durmiendo y sin enterarte de que esa hija de puta te está esperando sentada en la esquina de la cama tiene algo de final redondo, de buen final tras una vida plena.

Me quedo con la última frase que mi abuelo Zacarías le regaló a mi abuela Petra antes de irse a dormir mientras le acariciaba la mano: "Mira, así le agarraba la mano yo a mi madre cuando era pequeño...tenía la piel suave como la tienes tú".

Los voy a echar mucho de menos.

sábado, 5 de diciembre de 2009

20 años después



Belostenny. Creo que era ese jugador ruso el que lloraba, con la cabeza metida entre las manos sentado en el banco del vestuario. Recuerdo mejor a Lolo Sáinz con los ojos llorosos hablando de que el accidente de Fernando Martín era "una tragedia para el baloncesto". A secas: para el baloncesto español y para el mundial.

Se me cayeron dos lagrimones como puños aferrado a la pelota de baloncesto MIKASA tan usada que brillaba en algunas zonas como si fuera un balón de playa. Llevaba esa pelota a todas partes metida en una red: al colegio, a la cancha de arena del barrio, me la llevaba de veraneo. Tenía un significado especial para mi: mi tío Damián me la había regalado dos años tantes para que aprendiera a botar. Para que aprendiera el fundamente básico: botar tan bien que, mientras tanto, puedes estar mirando hacia donde va la jugada. Botar tan bien que te de la sensación de que podrías estar haciendo cualquier cosa mientras botas, botar tan bien que te da la sensación de que la pelota no obedece a las yemas de los dedos si no a una especie de orden telequinética que emana de tu cabeza. Él había aprendido baloncesto en el Joventut de Badalona y estuvo un verano entero detrás de mi diciendo que botara aquella pelota, que me la pasara de mano, un ejercicio tras otro.

La estúpida pelota estaba allí conmigo, en el regazo y no hacía más que agarrarla, que pasarle la mano por encima.

Tenía quince años y se me había muerto el tío que tenía en los posters de la habitación, recortado en fotos, recortado en artículos. Y eso que me traicionó yéndose a Portland Trail Blazers un año. A un equipo de mierda con un entrenador de mierda que no daba nunca jamás oportunidades a los novatos porque él mismo era un novato. Fernando Martín se había largado y la noticia de su muerte la estaba dando un periodista que, años antes, había tenido un accidente de coche con él a bordo de un Mercedes que quedó espachurrado en una cuneta de una carretera comarcal. Aquella vez se escapó por los pelos pero esta vez la velocidad, las ansias por llegar el primero que caracterizaron toda su carrera se lo llevaron por delante. Game Over. Pitido final, sin posibilidad de un último tiro sobre la bocina.

Veo las fotos de Martín ahora y me parece que todavía tendría hueco. Un pivot bajito (no más de 2.10) pero con espíritu, vieja escuela, un tipo que hubiera hecho carrera como reboteador en equipos más guerrilleros como Detroit Pistons, quizás unos años más tarde, con la explosión de los bad boys.

Se me había muerto el primer ídolo y no sabía como reaccionar. La casa olía a café con leche porque se celebraba la visita dominguera de algunos parientes. Yo estaba sentado en el suelo con la pelota agarrada, ni siquiera me había dado tiempo a soltarla porque acabada de llegar de la cancha de arena del barrio de jugar unos cuantos partidos a 21. Invierno significaba tardes domingueras de baloncesto, perneras sucias, botas llenas de barro...épica enana para chavales que crecieron con el triunfo de nuestra selección de baloncesto en las Olimpiadas de Los Angeles 84, "una plata que sabía a oro" arrancada a Yugoslavia en una semifinal en la que Martín estuvo espléndido. En plena forma.

En aquellos años no habíamos oído hablar mucho de Magic Johnson, ni de Kareem, ni de Thomas ni de Earving, Maravich, Bird o English. Todo nos sonaba un poco a chino y nuestras referencias eran europeas porque los americanos, los americanos que jugaban por aquí se quedaban y se nacionalizaban o se largaban en busca de la pasta de la lega italiana. España sólo era un lugar de paso y nuestros ídolos eran de aquí: Llorente, Corbalán, Villacampa, Creus, Martinez, Epi, De la Cruz, Sibilio, Solozabal, Cabrera, Beirán, Rullán, Biriukov, Gil, El "Chinche" Lafuente...lejos de los Madison y los Inglewoods nuestras canchas eran el Pabellón del Real Madrid, el Palau Blaugrana, El Magariños o sea "La nevera"...

¿Quien iba a pensar que de aquella liga todavía casi amateur donde te cruzabas a los jugadores tomando cañas en cualquier bar de al lado de la cancha iba a salir un superclase?

Sería injusto decir que sólo Martín fue un superclase pero, la verdad, fue el primer jugador moderno, tanto que decían que ganaba más dinero por temporada que cualquier jugador de la primera plantilla de fútbol. Todos los años llovían ofertas del Cantú, del Milan, del Bolonia, incluo el Scavolini de Pesaro quiso que Walter Magnifico y él hicieran parejas pero Martín siempre decía que le debía mucho al Madrid y un poco también al Estudiantes donde se hizo como jugador. Los del Magariños jamás le perdonaron la traición y, en cada partido, le recriminaban el cambio de colores incluso cuando los que nos habíamos enganchado más tarde, o veníamos de instituciones educativas menos baloncesteras que el Ramiro de Maeztu, no supiéramos muy bien de donde venía toda aquella mala leche a duras penas retenida.

Martín a su aire se fue haciendo grande, poco a poco, y convertía cada partido en una pelea entre él y todo el equipo contrario. Era así. La escuadra madridista se preciaba de ser risueña. No era menos, grandes cómicos como Fernando Romay o Juanma López Iturriaga estaban en sus filas con tíos de no menos humor como Jose Luis Llorente (jamás le perdonaré que un día, delante de Raül López me dijera, "¿Y quien crees que es mejor base este o yo?") o Corbalán. Me imagino que sólo resaltaban el caracter casi amateur de nuestro baloncesto, crecido en colegios y enseñado por, curiosamente, entrenadores que eran profesores o que tenían una enorme vocación pedagógica. No es de extrañar el aspecto beatífico de Miguel Ángel Martín (apodado "El cura"), las formas de Pepu Hernández (que alguien me diga si ese hombre no tiene pinta de profe de historia) o de Pinedo. Raro eran señores mosqueados como Lolo Sáinz o hombres con aspecto de estrategas fríos y calculadores como Aíto.


No digo que no se lo tomaran en serio, sólo digo que después de Luyk no ha habido un tío más peleón que Fernando Martín. No de aquella época y no militando en el Real Madrid. Serio, blanquecino, sacando brazos aunque ganara por treinta de diferencia...¿De donde había salido esa hambre de ganar? ¿Esas protestas a los árbitros? Martín era carácter y, frente a ello, no había nada que hacer. Los duelos con Audie Norris -un hombre con talento de superestrella pero rodillas de cristal- quedarán para la historia pero no menos escalofriantes fueron las literales palizas que se daba con Meneghin (un criminal en la cancha, un trozo de pan fuera de ella), con brutos mecánicos y brillantes venidos del frío como Sabonis, Iobaisha o Volkov o con Pinone (seguramente el jugador más raro que ha pasado por España del grupo de brillantes).

Martín le dio a nuestro baloncesto otra cara y otra estela. Jugador de equipo, sin embargo, cuando en Madrid aterrizó una estrella de alcance internacional llamado Drazen Petrovic la relación entre ambos no fue fácil. El yugoslavo era una bestia, una maquinita que se quedaba a entrenar después de cada entrenamiento durante tres horas más. Lanzaba 100 balones, 100. Con cada fallo se obligaba a tirar otros dos con lo que las sesiones acababan siendo brutales. Drazen hizo lo suyo y deslumbró a jugadores como Villalobos o Pepe Cargol que crecieron junto a él por una sencilla razón: lo acompañaban en cada entrenamiento. Sólo así es posible que en el   primer Open McDonald que se jugó en Madrid Cargol fuera elogiado internacionalmente como el mejor jugador del torneo, el tío que había puesto patas arriba a los Boston Celtics durante casi dos cuartos. Raro en él Petrovic estuvo todo el partido jugando descentrado y no tan raramente para él y para los ojeadores de la NBA. Fue una triste demostración de que el talento sin control se queda en pura chorrada por más que se empeñara en sacar todas sus artes.


No es de extrañar que en la Recopa del 89 Petrovic se cascara más de sesenta puntos y que, pese a la alegría por el título, Martín se plantara delante de los periodistas y dijera eso de "Esto es un deporte de equipo y tenemos que jugar todos...si hubiéramos jugado como un equipo les hubiéramos ganado igual". La prensa achacó el cabreo personal a una rabieta de estrella, a un jugador que estaba ya en horas bajas y que venía de la NBA con una espalda hecha trizas, que ya no podía rendir como en sus mejores años. Algo absurdo porque Martín tenía sólo 27 años por aquel entonces y le quedaban años y años de baloncesto. de Muy buen baloncesto.

No es de extrañar que el paso de Martín (que mantuvo el número 10 y el acento sobre la I) fuera difícil. Sin casi aclimatarse lo primero que sufrió fueron los rigores de una liga profesionalizada. Acostumbrado a las formas de gallina clueca de los entrenadores europeos Martín llegó a su primer entrenamiento, pasó el examen médico y le dijeron "tienes que coger músculo y kilos. Toma esta es la dieta que tienes que seguir". Dicen que preguntó que cuando empezaba y el médico del equipo le dijo: "Si quieres jugar en el equipo cuanto antes". Después le pasaron el libro de las jugadas para que se las empollara. Su entrada en un equipo ya formado tampoco fue fácil, soportó la etiqueta de "rookie" y las formas chungas de algunos jugadores como Kiki Vandeghe, capitán del equipo y "estrellaza" mediocre, que en cada entrenamiento le tiraba las cestas de los balones para que los recogiera. Martín  lo agarró del cuello y le dijo: "Soy campeón olímpico, de clubes, subcampeón de europa...¿Cuantos títulos tienes tú?". Con otros compañeros no tuvo tanta suerte y uno de ellos, en una trifulca, le rompió la nariz. Encabronado y con malos número regresó a España donde fue recibido como recibimos a la gente que lo pasa mal por culpa de los extranjeros, o sea, guay.

Aquel domingo Fernando Martín se mató en un accidente de coche y yo no podía pensar en nada más que en los posters y en lo raro que me iba a sentir jugado al Fernando Martín Basket Master, chungo juego de baloncesto para Amstrad y Spectrum, por lo que los posters se quedaron pero jamás volví a jugar a aquel juego y eso que me gustaba mucho más que el One on One que enfrentaba a Larry Bird e Isaiah Thomas.

Me acosté tarde y no me perdí el telediario, ni los programas de deportes. Antonio, su hermano, parecía completamente destrozado. El equipo estaba hecho una mierda y el miércoles jugaban partido contra un equipo griego, contra un equipo donde jugaba Fassoulas (¿Olimpiakos?). No me lo podía creer. Me metí en la cama y miré los posters y las fotos recortadas, saqué las revistas de basket de debajo de la cama buscando crónicas de otros partidos, estadísticas, me leí de un tirón la entrevista que había concedido recién llegado a Portland. La había leído otra vez en septiembre, cuando me tocó cambiar de instituto para darme fuerzas y la recordaba bien porque entre las páginas de esa revista estuvo durante muchos años un autógrafo que me firmó en un VIPS donde me lo encontré después de una eliminatoria de copa contra el Tracer. Mi padre me dijo que no lo molestara pero yo me acerqué para decirle que era el mejor. Me agarró del pelo y me contestó que no era para tanto pero yo insistí. "Que sí, que eres el mejor". Y después le dije que no se fuera nunca a la NBA, que les dieran por saco. Se rió y dijo "¿Y a la liga italiana?" y me tuvo que cambiar la cara porque me volvió a agarrar del pelo y me dijo "No, que yo me quedo, de verdad". Fue ese el momento en el que mi padre y mi madre aparecieron para preguntarle "Perdónalo, seguro que te está dando el coñazo, es que no hace otra cosa que hablar de baloncesto...pero es un enano. No vale". Dijo mi padre. Y en ese momento se rió bastante y me dijo "tu sigue jugando que lo importante es divertirse". Y eso me pareció raro en un tío que siempre parecía jugar para ganar pero que no parecía muy divertido sobre la cancha.

Recordaba la anécdota y volví a llorar. Guardé el autógrafo y las revistas y puse la radio debajo de la almohada por si acaso, de pronto, a Martín se le ocurría volver de entre los muertos. Negación, ya sabes. Con quince años todo parece posible, incluso que el mundo de pronto se haya puesto en tu contra para gastarte una broma, una broma pesada, una de esas bromas de cámara oculta. Paranoia adolescente lo llaman. Pero no, Martín ya no estaba entre nosotros y solo la tópica catarata de frases hechas, de asuntos cursis acompañaba como un estúpido carrusel funerario a la noticia, todo el circo, los "ahora está jugando en el cielo" o "está descansando para jugar otro partido". Gilipollas, qué sabían ellos.

Enterraron a Fernando Martín Espina rodeado de toda la plantilla del primer equipo, pero también de "enemigos íntimos" como Epi o Audie Norris que parecía también inconsolable. Las imágenes eran duras, frías y llorosas.

Dos días después jugaron en el Pabellón de Deportes, en el grande, en el de Goya y el equipo contrario dejó flores en la silla vacía del banquillo donde descansaba una camiseta con el número 10 que el club acababa de retirar para que nadie pudiera volver a ponerse ese número jamás. Antonio Martín, su hermano, anotó su primera canasta y se agarró la camiseta con fuerza, apretando los tirantes entre los puños, llorando, todos los compañeros, incluso un circunspecto Fredericks que se había incorporado esa misma semana al equipo fueron a abrazarle. Era la imagen de alguien roto, adormilado por el dolor, de alguien al que tampoco le valían todos los baños de azucar que se le dieron a la noticia, todos los símiles idiotas sobre jugar en los campos del señor eternamente y todas las milongas. Pese a que tardaría muchos años en sentir algo similar a lo que sintió él me sentí muy cerca, tanto que dos o tres semanas después me lo crucé después de un partido y aunque di dos pasos para darle el pésame rápidamente me di la vuelta para no molestarlo, para no volver a recordarle el trago, para no decirle eso de que sentía "sinceramente" la pérdida. Me imagino que a lo sabría y, claro está, hubiera sido una estupidez hablarle de los posters, aquello del autógrafo y de que siempre quise ser como su hermano. Seguramente me hubiera respondido que eso hubiera sido tan imposible como que hubiera clavado un mate.

Pese a que es una ñoñez decirlo lo cierto es que cada vez que dan la alineación del Real Madrid por la megafonía del pabellón (ahora por los de la Plaza de Toros de Vistalegre) me acuerdo de él y hay veces en las que me parece oir aquello de "Con el número 10, Fernando Martín". Algo tan tonto como seguir insistiendo en querer botar bien la pelota.

 A Supersalvajuan y Fran que quieren a este deporte.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Uno que nos deja: José Luis López Vázquez (1922-2009)


Hace unos pocos minutejos que acaba de hacerse pública la noticia de la muerte del actor José Luis López Vázquez. Se van a acabar los adjetivos para intentar captar una carrera que, sólamente en la pantalla, cuenta con 259 apariciones en diferentes papeles y que compaginó con el teatro (hubo un tiempo en que los actores hacían cosas así como dobles sesiones maratonianas en los mismos días...) y, claro está, la publicidad.

López Vázquez fue un actor de esos que no le tienen miedo a nada y se prodigaron en casi todo. Lo mejor que puede decirse es que estaba igualmente brillante en el eterno papel de oficinista con tendencia al calentón, en su faceta de "persigue turistas" (¡Viva Suecia!), en la de apocado y gris ciudadano, en la de bon vivant a la hispana y en otro abanico de personajes que abarcaban señoritos arruinados, travestis de provincias.

Sin duda no ha habido ningún actor en la historia de nuestro cine que haya sido capaz de trasladar con tanto acierto la angustia de ser nadie con tanto acierto desde el punto de vista del drama e, incluso, y lo que es más impresionante desde la misma comedia. Buen Viaje.

domingo, 9 de agosto de 2009

Cumpleaños y funerales.


(Tema: "Cumpleaños total". Los Planetas)

Para mi la mejor cita de mi amigo Cesar Borregón es la siguiente: "Hacerte mayor es comenzar a hacer ruídos". No hay nada más cierto. Te levantas y te crujen huesos en sitios insoslayables, toses, haces gárgaras, te rascas como si tuvieras sarna y carraspeas como de sed. Joder, qué sed más rara, piensas, si yo anoche no bebí. Te haces mayor y empiezas a crujir (crac-crac-crac) y se te mueren los mitos.
En una semana se han largado Willy DeVille y el cineasta John Hughes. Descubrí al cantante de la voz profunda e impostada en un disco que pillé en Discoplay de su banda, Mink Deville, donde tocaba junto a Johnny Thunders. Me gustó la actitud y el disco me dejó completamente sulibeyado. Como tantos otros artistas americanos menores (o incomprendidos) DeVille encontró en Francia, y en los siempre mitómanos franceses, un refugio de fans y de ventas y en Europa un circuíto de conciertos donde cultivó su imagen de chansonnier bizarro con tendencia a bromear sobre su verdadera naturaleza: la de hombre lobo. Para desgracia de DeVille en nuestro país será recordado por ese "jitazo" titulado "Demasiado corazón" (una cosa a medias entre el sonrojante acercamiento a la música latina y los textos a lo Ricky Ricardo) que con asombrosa puntualidad pinchaban todas las noches de sábado en un local de mi pueblo justo después de "Mala vida" de Mano Negra y antes de "El ritmo del garaje" de Loquillo y los Trogloditas. Mi canción preferida de Deville es esta...



Aunque en mi freak-corazón siempre habrá un hueco para esta otra...



que grabó junto a Mark Knopfler (en su versión original) para la película "La princesa prometida".

Y eso, que hablando de películas, se ha marchado también John Hughes el tipo que dirigió "El club de los cinco". El tipo que se sacó de la manga todo el cine adolescente de los años 80 y que ha quedado como la referencia de directores como Kevin Smith (ver homenajes múltiples) y de cualquiera que se plantee hacer una película sobre teens. Me he enterado hoy de que Hughes comenzó su carrera profesional en la revista "National Lampoon´s", de donde salió la ide original para hacer "Desmadre a la americana" (John Landis, 1978) y cualquier referencia al humor USA de la década de los 70 y 80 junto a SNL, y que de ahí dio el salto a un tipo de películas que, por lo menos a mi, me han acompañado durante toda la adolescencia y a la que hago mil y una referencias. Como las películas conocidas de Hughes no hace falta que las enumere os recomiendo "Tu novio huele mal" (1991) una gran película, seguramente de lo mejor de Hughes en la oscuridad profesional que vivió en los años 90, y en la que ejerció sólamente como guionista ya que su última película dirigida ("La pequeña pícara", 1991) fue tal desastre de taquilla (el Belushi tonto la protagonizó) que le impidió volver a acercarse a una cámara ya para siempre...ya que por cuestiones que no se explican permaneció fuera de la luz pública desde 1994.

Pues eso, que dos de mis mitos pre-post adolescentes se han ido casi en la misma semana y yo he cumplido hoy mismo 35 añazos. Casi la mitad estadística de una vida cualquiera y pienso que no ha estado mal del todo. Vale que si tuviera el Delorean de Marty McFly arreglaría algunas cosas y habría leído más libros o me habría parado en algún momento para hacer eso tan cursi de oler las flores pero, bueno, que no se diga que no lo he intentado....mirar atrás es otra de las cosas jodidas de hacerse un poco más mayor y después sobreviene la vanidad (ponerte injertos de pelo de culo, comprarte un coche veloz, hacerte culturista como Aznar...) y después todas esas cosas pero, la verdad, no tengo tiempo de pararme ahora, me quedan muchas cosas por hacer, entre ellas terminar este dichoso texto...ahora mismo...y mandaros un saludo a todos...