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jueves, 27 de enero de 2011

Sobre revoluciones, llamadas a las armas y sistemas


Todo el mundo dice que el cambio es inevitable. Al parecer a la gente le pone palote el hecho de vivir en una situación parecida a estar caminando por el borde del precipicio...nos llegan las imágenes de las revueltas de Túnez que han provocado la caída del presidente y voces, cientos de ellas, se alzan preguntando: ¿A qué estamos esperando? 

La revolución tiene su rollo romántico y atrayente: un día eres un mísero ciudadano anónimo y, zas, por cosas de la historia de pronto te ves enarbolando una bandera elevado sobre una barricada de coches y haciendo algo con tu vida. La revolución huele a caos y el caos a despiporre, a aligeramiento severo de las costumbres a andar por ahí hasta las tantas, a participar en cosas con otra gente, a tórrido romance...

El caso es que la idea de revolución  hace cosas buenas también por el mercado: en tiempos aumentaba las ventas de camisetas del Ché Guevara y ahora todo el mundo se pirra por tener una máscara o cosilla similar del prota de "V de Vendetta". Ese es el signo de los tiempos: un símbolo presuntamente apolítico. Una máscara con una sonrisa sardónica que nos retrotrae a un confuso hecho histórico que...demonios, digamos que a todo el mundo le mola porque sale en una película y punto. ¿Nos hemos enterado de lo que significa la dichosa careta y el cómic escrito por Alan Moore titulado "V de Vendetta"? 

Pues pasa un poco lo mismo que con la palabra "revolución" que sí, que nos suena a algo bueno, a algo molón pero que, en realidad, no acaba de entrarnos bien del todo. 

Las mechas se encienden por las cosas más tontas: Guy Fawkes (el dueño de la cara de V de Vendetta) se metió en un berenjenal severo porque creía que el Parlamento Inglés recortaba las libertades de los católicos y no tuvo mejor idea que intentar tirarlo abajo. Es por eso que su ajusticiamiento, y no su acción, se celebre todavía en Reino Unido. Otra cosa es que Alan Moore le diera sardónicamente la vuelta al asunto. 

Los sistemas corruptos, normalmente, caen por su propio peso: la corruptela comienza siendo algo de unos pocos que, finalmente, acaba creciendo de manera geométrica y afectando a más y más gente que quiere su trozo del pastel. Miren, por ejemplo, lo que ocurrió con Marbella donde, finalmente, se acabó trincando a una alcaldesa que, ya sin orden ni concierto, avisó a un constructor de que la reforma de su casa la iba a cobrar con fondos del ayuntamiento y por medio de la concesión de una obra pública. Eso a nivel doméstico funciona así pero, desgraciadamente, también funciona a nivel nacional. Es el caso de Túnez. Digámoslo para entendernos: llega un momento en que el número de corruptos es tan grande que ya no hay dinero para nadie más o para acometer nada. La gente se da cuenta y nace el mosqueo. Un mosqueo que se larva poco a poco y que acaba por estallar. Otra cosa es que aquí, desde nuestro sillón de Europa del Sur, nos parezca que estas cosas ocurren de un día para otro y sin previo aviso, como si nada. Preferimos pensar que el proceso es espontáneo porque preferimos evitarnos las cifras de asesinados, encarcelados y exiliados que conlleva cualquier revolución. Incluso una revolución tan sencilla como la producida en Portugal en 1973 tuvo una cifra de muertos y, por su puesto, casi todos ellos se produjeron en los años anteriores a que los capitanes decidieran poner punto y final a la dictadura iniciada por Salazar y perpetuada por Marcelo Caetano. 

A lo que voy: El caso tunecino es un caso aislado, un problema de largo recorrido, una situación política enquistada desde hace años que, de pronto, se ha hecho visible en Europa por la sencilla razón de que, en este momento, las inversiones europeas en el país y el terror que provoca que un régimen de corte islamista apareciera en un país tan europeizado como este hacen que, cualquier movimiento en la costa sur del Mediterráneo provoque un interés mediático inmediato. 

La revolución tiene un precio alto de pagar: muchos se dejan la vida en la defensa de sus ideas. ¿Alguien está dispuesto a una revolución real? ¿Hay alguien dispuesto a dar semejante paso? Es más, hay una cierta tendencia a mostrarnos el asunto de Túnez cediendo a la poco informativa tendencia a hacernos creer que es una revolución pacífica y sin violenta: ¿Hay que recordar que todo esto comenzó con la inmolación de un ciudadano? 

Si ustedes les echan un vistazo a todos los procesos revolucionarios se darán ustedes cuenta de que, antes de que alguien se lance siquiera a tirar una piedra contra un escaparate, hay un profundo proceso de reflexión sobre el asunto de la violencia. ¿Se deben pegar tiros o no? 

Se pide con cierta alegría que se monte el pifostio. Es natural. La gente está calentita porque la situación pasa del castaño oscuro: el sistema actual se ha revelado como impotente para atacar retos como el del empleo o, en la misma línea, ponerle un bozal a los mercados. ¿Los responsables? En el fondo, allí en el fondo estamos nosotros. A nadie se le puede escapar que las instituciones que tenemos las votamos nosotros y que, cuando ha habido aires de reforma o se ha levantado una leve brisa que apuntaba hacia una renovación de las mismas, se han atajado con frases tan incomprensibles y tan faltas de lógica como: "La Constitución es intocable". ¿Tiene eso sentido? Bueno, posiblemente como Dogma de Fe pero no como contestación política, es más, piensen ustedes: la democracia se inventó para cambiar las cosas, para eliminar los dogmas sobre los que estaban sustentadas los sistemas monárquicos. 

No se crean, ahí en el fondo, también estamos nosotros como culpables: ¿De verdad pensábamos que podríamos pagar hipotecas millonarias con nuestros sueldos de cuatro cifras? ¿No se sienten ustedes como si hubieran mordido un anzuelo chungo? ¿Como las víctimas de un global tocomocho? ¿Que se dejaron llevar por una situación creada para hacerles sentir seguros y que ahora se mueven en otra en la que pretenden que se sientan como los visitantes de esas casas encantadas de las ferias? 

El último jipido es la Ley Sinde. Les cuento una cosa. Un amigo mío estaba convencido de que no era una buena idea dejar a un montón de gente desempleada sin entretenimiento. Es decir, si cierras las páginas web donde la gente ve sus series preferidas, escucha la música que quiere escuchar y bla, bla, bla...quizás te encuentres con un montón de gente sin nada mejor que hacer que salir a la calle a demostrar su enfado. Al parecer se equivocaba porque, en realidad, las decisiones políticas hace tiempo que dejaron de ser realistas o de tener algún fundamento. El que sea. 

Mucha gente, parapetada tras el ordenador, le pide al personal que haga algo, que boicotee la Gala de los Goya, que boicotee al cine español (como si no estuviera lo suficientemente boicoteado), que no vaya a votar,  y que cargue los cañones contra el que ose decir "a mi esto me parece bien". La gente quiere que otra gente saque a pasear las máscaras de Guy Fawkes y que la líe por nuestro sagrado derecho al infinito entretenimiento...vuelvo a formular la pregunta: ¿Hay alguien dispuesto al gasto humano que supone una revolución? 

Como muchos me acusan de no dar jamás soluciones a las preguntas que propongo y, claro está, a ser parte de la logia de personas que elegimos el disco del año, la película del año y cobramos un sueldo de un megalobby para poder ponerle agua a nuestra piscina de la mansión de Miami dejo aquí dos cosas: creo que la política se ha envilecido porque hemos decidido no participar en ella. Nos han adiestrado suavemente en eso de "pasar" y en eso de cerrar los ojos cada vez que alguien nos planteaba el más suave de los cambios. Desgraciadamente en nuestro imperfecto sistema callarse o no participar significa joderse y apechugar con lo que otros deciden por nosotros. Eso es así. Los que van a votar (esa masa informe de ciudadanos) es la que elige a los representantes y es la que sustenta moralmente y políticamente las decisiones del partido de turno. 

Y económicamente les digo que hagan ustedes examen de conciencia y que antes de meterse en un embolado se asesoren ustedes. Les ahorrará cantidad de problemas. Se que es un consejo asquerosamente impopular pero, sinceramente, es el único que puedo darles. Es más, piensen en una cosa: ¿No estaría bien que se diera una asignatura llamada economía en los colegios e institutos? ¿Saben ustedes si interesaría que la población tuviera un  conocimiento real sobre como funciona el sistema económico? 

Espero que esto de la Ley Sinde nos haga reflexionar a todos un poco sobre el poder real de la política y los políticos, sobre el valor que tiene la papeleta, sobre el poder real que nos permite la participación. Recuerden: la democracia está, justamente, para cambiar las cosas. Otros, que no tienen tanta suerte se ven obligados a recurrir a unas medidas más que desesperadas.

Nota del Insustancial: Allá por los años 80 la canción que encabeza el post titulada "Sidi Mansour" sonaba bastante en las reuniones familiares que hacíamos en casa de mi tío Ridah que es de origen tunecino. Nunca me quedó claro si es una canción popular o si es en realidad de Túnez porque he escuchado versiones de Cheikah Rimiti o de Cheb Khaled que son argelinos pero siempre la he identificado como tunecina. El caso es que yo que no soy muy dado al folk siempre he flipado con el ritmaco de esta canción que venía muy bien para azucarar un poco el post que me ha quedado medio amarguito.Disfruten. 

martes, 25 de enero de 2011

Alex de la Iglesia se marcha


Alex de la Iglesia parece haberse quemado en un tiempo record. Hace como unos dos años que el director vasco aceptó el puesto de Presidente de la Academia de Cine (disculpen si utilizo el término popular para definir a la organización) por razones que siempre se me han antojado más románticas que prácticas. El puesto no es un puesto político, no se recibe remuneración por el mismo y tiene un papel más mediador que realmente ejecutivo teniendo en cuenta que eso que se empeñan en definir con un totémico "cine español" es, en realidad, e ejército de Pancho Villa, un sector desmembrado y que ha perdido casi por completo (si es que alguna vez lo tuvo) un caracter gremial. En el caso del cine los únicos, hasta la fecha, que se han organizado de ese modo han sido los entrañables "eléctricos" (encargados de las luces, de que todo esté a punto, de hacer los mejores chistes de los rodajes, de tener los mejores motes...los currelas) que sí se lo han montado bastante bien. 

Nada más acoger el cargo de Presidente de la Academia a Alex le cayeron los palos. Muchos lo acusaron de tener intereses ocultos, ya sabes, de intentar controlar un poco mejor que el flujo de pasta dirigido a sus proyectos fuera el de siempre y, más allá de ello, de buscarse un puestillo dentro del cine español. Es absurdo  pensar así porque De la Iglesia es uno de los pocos directores de nuestro país que puede levantar un proyecto económicamente y seguir siendo atractivo. Yo mismo pensé, en algún momento, que a lo mejor De la Iglesia iba a dejar de ser ese director de películas que me apetecía ver para tomar el camino de la domesticación. Error mío, sólo hay que ver "Balada triste de trompeta" para saber que, lejos de eso, Alex quiere, con sus errores y sus aciertos, hacer el mismo cine que acostumbraba, incluso, volver a las señas de identidad primitivas. 

Al parecer Alex ha querido ser el "hombre del consenso". Es decir, lo tenía todo para triunfar en ese puesto: lejos de los cubos de agua fría que se ha tirado en el artículo que publica El País y en el que explica las razones para su dimisión (dice de sí mismo que es intransigente, tiene mal genio, que es soberbio...) es un tipo que cae bien, que tiene don de gentes y, sobre todo, que es capaz de discutir con un cortometrajista nobel sobre cine de acción de Hong Kong y sentarse con un director de fotografía de gran trayectoria para charlar sobre la iluminación en las películas de Mornau. Es un tipo diplomático, es agradable, es buena gente y, sobre todo, creo que es el típico tío que tiene las dotes necesarias para remover Roma con Santiago cuando necesita algo.

Desde el momento en el que tomó el cargo Alex de la Iglesia ha querido aunar esfuerzos, conectar a la gente de las películas, ha hecho esfuerzos para que la gente hiciera frente común con las debilidades del sector y, sobre todo, creo que intentó limpiar la imagen que gran parte de la sociedad española tiene de nuestras películas y sus profesionales depués de unos cuantos años de ataques tremendos y de gigantescas campañas de descrédito. Creo que era y es un buen plan eso de acercar a la gente. De la Iglesia ha hecho buenos gestos en esa dirección: ha intentado despolitizar la imagen de la mini industria para hacerla más fiable para los sectores sociales que viven un contínuo enfrentamiento y critican con saña, incluso, que Javier Bardem salga a tomarse una caña por Madrid e intentó generar confianza entre los distribuidores y exhibidores para darle un poco más de caña a la lastimosa política de exhibición de películas nacionales. 

¿Por qué? Básicamente por algo que repito mucho desde aquí: es un sector que genera empleo y que no necesita de grandes infraestructuras para ser rentable económicamente. Es una industria que, perfectamente, podría ser buena para todos. Calculen no solo cuanta gente trabaja en un rodaje si no, más allá de eso, cuantos profesionales se necesitan para hacer una película (abogados, fontaneros, carpinteros, conductores, cocineros...). Y además, claro está, que Alex de la Iglesia es director y le interesa seguir trabajando en lo suyo. 

¿Ese es todo el interés de Alex de la Iglesia? Pues he de decirles que sí y que es lícito, es más, es lícito que como Presidente de la Academia defienda los intereses de la gente del sector que representa. Todo esto de los "intereses" es como, si por ejemplo, alguien dice que la CEOE defiende los intereses de la patronal porque, claro, su presidente es un empresario. Jamás escucho un comentario tan estúpido y, sin embargo, sí los he escuchado y los he leído de Alex y, por extensión, de cualquiera que haya defendido su postura. 

Es más, un tío interesado, un Maquiavelo de manual, un Fouche de baratillo, jamás se hubiera metido en una pelea como la de la Ley Sinde cuando, curiosamente, su última película está todavía en cartel y corre el riesgo de vivir uno de esos sentidos y silenciosos boicots que, últimamente, tanto se jalean. 

Como Alex de la Iglesia es el "hombre del consenso", o eso pensaba él, decidió participar activamente en el debate sobre la Ley Sinde. Otro gesto, ya sabes, de una Academia que no es más que un órgano consultivo, que no tiene ninguna repercusión política...Alex abrió las puertas de la casa y recibió a unos cuantos internautas. Unos ya conocidos como el abogado David Bravo y otros menos como Francisco George del Partido Pirata. 

Semanas antes de todo el embrollo Alex de la Iglesia irrumpía como un huracán en twitter cayendo rendido a los pies del invento. Y es desde ahí desde donde ha mantenido contactos con la gente y ha recibido toda una guasa de chorreos, insultos y malos humos. Además, por esa obsesión que tenemos con la gente con pocas luces, en cierto modo ha alimentado esa polémica retuiteando (o sea, repitiendo en su propia página y rebotándolo a todos los seguidores) a toda la lista y animando así a otros insultadores a ser compensados con una contestación del insultado. 

Mientras la polémica de la Ley Sinde ha ido envenenando la red y sus aledaños con la carga de mala hostia habitual Alex de la Iglesia ha ido perdiendo fuelle tanto en el debate como en la propia polémica. Impulsó que se escuchara a un bienintencionado abogado llamado David Maeztu que propuso una enmienda a la ley y el tiro le salió por la culata (siendo directamente traicionado por tirios y troyanos) y se ha visto metido en una espiral de descalificaciones y con algo mucho más chocante: el otro lado, la otra parte, no ha participado en el debate salvo para decir: hay que buscar soluciones pero, mientras tanto, por favor, que las cosas sigan como están. Esto se produce porque la situación parece tan irresoluble que, sinceramente, solo hay que adoptar la "Doctrina Rajoy" que no es otra que estarse quieto y dejar que los demás te hagan el trabajo sucio. 

Como el payaso triste o como el Don Tancredo de los antiguos espectáculos taurinos Alex de la Iglesia se ha quedado solo en medio de todo el tostado recibiendo tartazos, bofetones y quieto mientras que un morlaco de seiscientos kilos da vueltas a su alrededor esperando a darle el definitivo topetazo. 

La postura conciliadora de Alex no ha permitido el diálogo si no, directamente, que presuntos amigos y declarados enemigos se crecieran en sus respectivos roles. Finalmente todas las operaciones de Alex, todas las llamadas y todas las reuniones no han servido absolutamente para nada excepto para dañar su imagen pública. No hay manera de decir que no lo ha intentado, ha hecho todos los gestos necesarios, se puso una camiseta donde ponía "piratea mis películas", ha intercambiado e-mails, ha hablado con políticos, con internautas, con sus pretendidos vocales, con sus posibles representantes y, sobre todo, ha conseguido que gente como Campoy o como Pedro Pérez participen en la polémica. Nada ha sido suficiente porque, en realidad, ni los que se sentaron con él (o la mayoría de ellos) estaban dispuestos a moverse un ápice (porque también tienen sus intereses en el asunto) y porque la vida política sigue un camino paralelo a la vida social. 

Alex de la Iglesia me parecía el tipo perfecto para acabar con la polémica y para redirigirla, para iniciar un nuevo modelo de distribución, para comunicar lo que nos jugamos con la desaparición de la industria cultural, para enmendar la situación. Finalmente se ha quedado en medio, como el niño que atraviesa el "pasillo chino" en el patio del colegio. Le han caído todas las hostias. En un país donde si te quedas en medio lo normal es que te disparen desde las dos trincheras el Presidente de la Academia ha sido el blanco perfecto y, como tantos hombres de consenso de nuestro país ha sido sospechoso de hacer las cosas para su propio interés. Tendría que haber tenido en cuenta este hecho innegable: España es el único país del mundo donde si te cogen dopándote tu barrio se llena de pancartas de apoyo a tu persona, donde te condenan por prevaricación y te sacan de la cárcel para sentarte en una cadena de televisión a hablar de la reforma del Trbunal Constitucional y, sin embargo, si te cogen reciclando lo normal es que alguien diga: "mira, este gilipollas se cree que es mejor que los demás, el puto listo". Vivimos en un país donde ser inocente o parecerlo es un indicador de que eres un cabrón con pintas. 

Ahí tienen a un tipo que dirige películas, acostumbrado a dar órdenes, a imponer su criterio a cientos de personas, a obligar a un actor que cobra tres o cuatro veces más que él a repetir una toma porque no le ha gustado la entonación,  a dar voces por un megáfono, a coger una recortada y disparar munición de coña en medio de la calle Preciados para hacerse mover a decenas de extras tragando quina, intentando ser comprensivo, mordiéndose la lengua, intentando tomar un papel mediador, mordiéndose la lengua ante la avalancha de insultos, poniendo su mejor cara, ofreciendo soluciones, intentando acercar posturas. En definitiva, dando ejemplo. 

Alex de la Iglesia ha comprendido que no podía conseguir ninguno de sus objetivos y, por tanto, ha preferido volverse a hacer películas. Me parece mal lo primero y muy bien lo segundo. Perdemos a un tipo que ha querido hacer del cine y de la cultura una cosa de todos, contentar a todos y esperar que todos cedieran un poco. Al final solo ha cedido él y ha vencido el cerrilismo. Una cosa muy española por otro lado.


BOLA EXTRA: 
¿Debe el artista estar en contínuo contacto con su público real o potencial? ¿Debe exponerse públicamente? Ahí se lo dejo. 

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Los nuevos revolucionarios comen Cheetos y flirtean con el caos desde un sofá de Ikea


Si yo tuviera una compañía de telefonía que diera servicio de acceso a internet, sin duda, mañana haría una campaña a nivel nacional (hoja en prensa, cuña de radio, anuncio, viral, muppy, valla...) con un claro mensaje: "Nuestro servicio le lleva la revolución a su propia casa". 

Hace tiempo, bueno durante el mundial de fútbol, me preguntaba muy seriamente a mi mismo si la gente de Corea del Norte sabría el mal papel que su selección estaba haciendo en la competición. Ya saben, en un país donde todos los medios están controlados por el gobierno y donde la gente tiene cierta dificultad para informarse de otras fuentes es muy fácil generar una noticia falsa como "Corea del Norte arrasa en el Mundial" o "Ganamos pero nos retiramos porque no queríamos participar en una pantomima capitalista". 

Generar esa ilusión es casi tan fácil como generar la ilusión de que, desde nuestras casas y una conexión a internet, podemos cambiar el mundo. Esta ilusión, si se piensa bien, es una de esas cosas que a muchos gobiernos les gustaría extender hasta más allá de lo deseable. Pongamos un ejemplo práctico: No te manifiestes en la calle, es igual de efectivo que te quedes en casa y hagas rular un e-mail con un texto concreto, firmes un e-manifiesto y cambies el aspecto del avatar que te identifica en las redes sociales que visitas. 

Nixon (en el Watergate), Bush Jr. (en su mandato en general), Thatcher (en la huelga de los mineros), Aznar (en los tiempos de la Guerra de Irak), Schmidt (en el asunto Baader-Meihoff) y un largo etcétera de mandatarios seguramente hubieran preferido que las protestas contra sus personas se hubieran circunscrito a la virtualidad de un medio como internet que, claro está, a unas escenas de millones de ciudadanos saliendo a la calle con un mosqueo de narices armados con pancartas y estrangulando el tráfico de las grandes ciudades. 

Por si fuera poco, un medio como internet, tiene un acceso que se maneja de manera privada. Una extraña concesión si tenemos en cuenta que, desde la creación de los medios de comunicación masivos, no ha habido gobierno (y solo hablo de los democráticos) que no se haya procurado una parte del acceso a dichos medios y, de un modo u otro, haya garantizado el acceso a los mismos de un modo gratuito. Me imagino que, en la base de todo esto, está el hecho de que nadie (creo decir bien cuando digo nadie) imaginó que Internet podría explotarse de un modo tan lucrativo y que jamás sería algo tan interesante. En realidad, la red, hace tan solo 30 años era vista como una especie de medio que serviría, sobre todo, para conectar universidades, centros de negocios, estamentos gubernamentales...todo muy oficial y, claro está, muy coñazo. 

La Revolución y el pretendido activismo, por tanto, vienen servidos por un aparato que lleva impreso en su carcasa exterior el nombre de una compañía de telecomunicaciones. Paradójicamente es una gran empresa, una de esas diabólicas corporaciones de las que tan mal se habla, las que te sirven la posibilidad de protestar y de movilizarte (virtualmente) en todos y cada uno de los rincones de Internet. ¿Se imaginan que, de pronto, unos cuantos malvados toman el control de estas corporaciones y deciden regalarnos un "ciberapagón"? Ya saben, un sustito, un cachetito en las nalgas, nada serio, 24 horas sin Internet...solo para demostrarnos que están ahí...¿Tendríamos que volver a las viejas estrategias? ¿A las pancartas? ¿A las pintadas? ¿A las octavillas? 

Sin duda, la ciberprotesta contra la Ley Sinde (una ley con la que no puedo estar de acuerdo, por cierto) es, digamos, completamente incalculable en términos de repercusión real. ¿Pueden unos cuantos mozos y mozas armados con una conexión a internet cambiar el destino de una ley? Algunos querrán pensar que sí, que han sido ellos los que, alegremente, han movido la palanca que ha hecho girar la gran piedra rodante hasta hacerla descender por la ladera, los que han empujado la bola por la pista hasta estrellarse victoriosamente contra los bolos y hacer un strike. Como es una cosa que da gustito (sentirse en el rollo, sentirse partícipe, estar en la pomada, sentir que uno está haciendo algo por los demás) dejemos correr la ilusión sin detenernos ni un instante en que, a lo mejor, por detrás bullen otros intereses políticos que se alejan bastante de palabras como "libertad" (ese término tan manoseado) o de algo conocido como "acceso a la cultura". 

Creo que, al igual que en las ciudades medievales se colgaba el cadáver de un ladrón en la puerta de la misma para aviso de otros ladrones, la situación pública de Ramoncín (aunque en la lista ya están la Ministra de Cultura que no va a volver a escribir un guión en su vida, Alejandro Sanz y, en estos momentos, Alex de la Iglesia en twitter...que se está llevando un baño de tres pares de narices, un baño de realidad, no se crean) sirve como ciberaviso a navegantes de los que osen ni siquiera a levantar mínimamente la voz sobre el asunto.  Es decir, me pregunto si ese ejemplo y, claro está, un buen estudio de mercado con sus encuestas y demás encargado por este o el otro partido no han sido las claves para hacer caer la balanza de un lado y no del otro. 

Paradójicamente ahí tienen ustedes a partidos tradicionalmente aliados con los empresarios (que no con los autores...por eso digo lo de la Ley Sinde) votando en contra de los intereses de estos y pensando, me imagino también, como van a justificar en el futuro (si no es tirando de mucho cinismo, demagogia y un buen cúmulo de compensaciones como aumentar nuestros impuestos en estas u otras partidas) su postura en el día de hoy. 

Me pregunto si, el día de mañana, ese ciberactivismo comienza, por ejemplo, a derivar hacia una expresa petición hacia los gobiernos del Mundo (yo me lo imagino en plan rollo guay, con declaraciones maravillosas, con gente colgando fotos desde sus casas sosteniendo cosas bellas como conejitos recién nacidos, postales de sitios fantásticos y haciendo la señal de victoria con dos cables USB) de un acceso a internet completament gratuito y libre. Es decir, no se paga por la información pero tampoco se paga por acceder a ella, como bien dicen los gurús, eliminemos a los intermediarios del asunto. Me imagino si los dueños del cable que nos conecta a todos no tirarían de él y nos darían un cachetito en las nalgas haciendo valer todas esas maravillosas clausulas de "términos de uso" que ansiosamente apretamos porque nos impiden acceder aquí o allá. Me imagino, y no lo se con seguridad, que a lo mejor el hecho de perder billones en beneficios les llevaría a tomar una de esas decisiones impopulares pero necesarias. Necesarias para ellos, claro. 

No me quiero ni imaginar la reacción de las telecos, por ejemplo, si alguien desarrollara unos aparatitos que te permitieran acceder a Internet absorbiendo la banda ancha de las propias compañías. No quiero decir uno de esos programas para vampirizarle la wifi al vecino que es como una cosa pequeña, no. Un aparato que sirviera para conectarse en cualquier momento, a cualquier hora y en cualquier lugar a Internet sin necesidad de pagar ni un duro. Nunca. Me temo que se liaría una lucha apasionante en plan "Repo Men" entre usuarios que piratean la señal y una especie de machos y hembras alfa a la caza de los primeros. 

Volvemos a olvidar lo importante: Se habla mucho de que los gobiernos quieren legislar sobre esto y lo otro pero olvidamos, claro está, que las multinacionales de las telecomunicaciones no necesitan legislar, solo tutelar. Es decir, arrogados en una realidad (el negocio es nuestro), solo tienen que dirigir el tráfico y ver como aumentan sus ganancias a costa de nuestro uso. Hubo un tiempo, de hecho, en que las propias empresas de telecomunicación quisieron ser gestoras de la información que volaba por la red, montaron portales gigantes, contrataron periodistas, escritores, realizadores...el fracaso (Navegalia, Terra...) les enseñó que era más fácil permitir el acceso a una información de otros que se sirve de manera gratuita.  De hecho podemos cambiar nuestro gobierno cada cuatro años (Alá mediante) pero es mucho más difícil cambiar los consejos de Administración...

Podría dar razones, argumentar sobre este tema pero, la verdad, creo que sería una necedad meterme en un jardín de estas características porque, en este instante, no se puede sacar nada en claro. Creo que, llegados a este punto, solo cabe encomendarse a Thor y ver como se desarrollan las cosas. El siguiente paso del siempre bienintencionado ciberactivismo será plantearse si no está pagando demasiado por una conexión a Internet que podría conseguir, a lo mejor, de forma gratuita. Quizás para demandarlo haya que volver a las viejas estrategias...una razón buenísima para estirar un poco las piernas y salir de la cibercueva...

Por si acaso les dejo con una clara acción directa que ha llevado a cabo "El Teleoperador". No tiene desperdicio. Es impagable. 


Nota del Insustancial: He elegido la imagen que encabeza la entrada por ser una de esas ciberpegatinas que utilizan  la imagen de V, el personaje principal de "V de Vendetta" que, como ustedes saben está inspirado en la imagen del revolucionario católico Guy Fawkes (1570-1616) que un 5 de noviembre de 1605 fue arrestado por ser el cabecilla de la conocida "Conspiración de la pólvora", una acción que perseguía volar el Parlamento Inglés para protestar por la persecución religiosa contra los católicos. En Reino Unido, todos los 5 de noviembre, se conmemora el día de su detención con una fiesta que es una afirmación de todas las instituciones británicas (Parlamento, Casa Real e Iglesia Anglicana) frente a las "agresiones externas" que representaría la Conspiración urdida por Fawkes. 

Alan Moore, tan chiflado y juguetón, quiso darle la vuelta al personaje y, sobre todo, a su imagen de villano para convertirlo en el héroe que, por fin, libera a una Inglaterra distópica dominada por un partido fascista...cabe preguntarse si en el fondo (o a lo mejo no tan en el fondo) Moore no personifica en ese partido fascista falso a todas las instituciones británicas y si no personifica en V las ansias revolucionarias del movimiento izquierdista inglés (ese que se establecía más allá del partido laborista). 

Por su fuerza icónica, la imagen de V se multiplica en la red  siendo enarbolado para representar a diversas causas de cualquier signo. "We are anonymous" es, al parecer, esto. Ellos también usan la imagen de "V".