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miércoles, 30 de diciembre de 2009

El perro loco y el abuelo




Yo hoy quería hablar del perro Andy. Andy era un pastor alemán que mi abuelo recogió de casa de una señora. La señora, dueña de una tienda de alimentación, se había enterado de que el abuelo andaba buscando un perro de las mismas características que Tom.

Tom, un pastor alemán, había sido adoptado para hacer una labor: cuidar de la fábrica de maderas donde trabajaba el abuelo. Zacarías, que así se llama el buen hombre, se dedicó hasta su jubilación a la madera: primero en talleres y luego comprando pinares y haciendo una cosa que siempre me dejaba flipado: abrazaba un árbol de la hectárea que había ido a comprar y sabía el número casi exacto de metros cúbicos de madera útil que podía extraer de ese y de otros árboles de alrededor. Siempre lo acompañaba un perito agrónomo que flipaba con la maestría del hombre. Por cierto, el abuelo nunca se ha vanagloriado de eso de "haber aprendido en la Universidad de la vida" y más de una vez y más de dos lo escuché decirle a esos tíos con carrera lo mucho que le hubiera gustado saber hacer lo mismo pero con una cinta métrica y una calculador. Con un título colgado en el salón, vaya.

La fábrica donde trabajaba el abuelo tenía una curiosa característica y era que mis abuelos ocupaban una casa dentro de las propias instalaciones. Pese a que estaba un poco retirada del pueblo lo cierto es que una infancia en una fábrica de madera tiene muchas ventajas como, por ejemplo, una enorme montaña de serrín con la que jugar y un número ingente de maderos, tablones, palos etc. además de un agradable número de clavos, martillos, sierras y un largo etcétera de cosas que te permitían construírte un fuerte o diseñar una choza. Como siempre he sido bastante inutil y harta la familia de que cada dos por tres acabara descalabrado tras intentar construírme una caseta -no se pueden imaginar la angustia de una familia que ve como el único niño de la misma se empeña una y otra vez en convertirse en la víctima de un desplome de maderos sobre su cabeza- mi abuelo decidió construírme un auténtico chozo donde pude, durante años, hacer el aborigen que es una cosa recomendable.

Tom, el primer pastor alemán, era bastante noblote pero estaba marcado por la tragedia: fue atropellado como dos veces y, finalmente, murió por intentar nadar dentro de una especie de piscina que la fábrica tenía para adecentar la madera. El agua de la misma contenía una sustancia química que, simplemente, le hizo las tripas papilla.

El abuelo, derrotado por la pérdida que todos seguimos recordando como una tragedia, encontró a Andy. Y sin preguntar lo trasladó a la fábrica. La abuela, más desconfiada, pronto comenzó a preguntarse como era posible que alguien se deshiciera de un pastor alemán aparentemente sano con esa alegría y desapego. Cuando quiso enterarse (una abuela no es la CIA, por Alá) ya era tarde porque el perro estaba ya instalado en la caseta: Andy estaba chiflado. Sí, clínicamente loco, de hecho si hubiera habido en esa época un psicólogo de esos para animales hubiera diagnosticado que ese bicho estaba completamente majareta.

Al parecer un febril sentido de la protección se apoderaba de cuando en cuando del bicho que de animal inofensivo pasaba a convertirse en el puto guardián de las puertas del Infierno. La ex dueña del perro lo notó un buen día en el que detectó que todo el mundo compraba con normalidad en la tienda pero que, curiosamente, algo les impedía traspasar el umbral de la puerta y marcharse a sus casas. En plan "El ángel exterminador" la gente era capaz de entrar pero no de salir. La culpa la tenia Andy que, apostado en la entrada del comercio enseñaba las fauces, babeaba y ladraba como un poseso a cualquier persona que intentara sacar ni un solo producto de la misma aunque, previamente, hubiera pasado por caja.

Si mi abuelo se pasó media vida guerreando contra el Tom para que mostrara su lado más fiero durante las noches, en las que se empeñaba en dormir o en hacerse el tonto para quedarse dentro de la casa y no tener que salir a hacer la guardia, con Andy se pasó media vida procurando que estuviera atado por el día cuando los obreros entraban en el perímetro de seguridad y el perro, ese mismo día, pensaba que estábamos siendo atacados por una horda de desarrapados y ladrones. Ahora que lo pienso que bien le hubiera venido ese chucho a la familia Romanov cuando aquello del asalto a los Palacios de Invierno...

Por las noches, cuando mi abuelo lo desataba, y nos íbamos a dormir desde la casa podíamos ver como incansablemente el perro se pasaba las horas haciendo una maratoniana ronda girando y girando alrededor de la casa y de la nave de la fábrica, con la boca llena de babas y escuchando de tanto en tanto el sonido de su respiración. De pesadilla. No era difícil que, tras una noche muy movida, Andy nos presentara orgulloso una montaña de culebras, ratas gordas, ratones de campo, erizos, zapatillas viejas (¿De donde cojones las sacaría?) y de otros animales que, incautos ellos, pensaron que podrían vivir agazapados entre nosotros.

El caso es que, aunque la familia siempre le decía al abuelo que tenía que deshacerse del perro, él siempre se negó a hacerlo. Hacía oídos sordos y se justificaba diciendo que con la familia era cariñoso y que nunca se le había ocurrido morder a nadie que viviera dentro de la casa. Así era. Pese a los comentarios de su dueño Andy tenía un extraño modo de jugar a eso de lánzame la pelotita: Un día intenté jugar con él a aquello y a la tercera vez que le lancé la pelota de tenis me la devolvió completamente reventada tirándomela a los pies. Me miró durante un segundo y luego salió corriendo para volver a hacer la ronda. No se me volvió a ocurrir nada parecido.

Entre aquel chalado y el abuelo había una especie de conexión que intenté desentrañar durante años. No era posible que un tipo normalmente cariñoso y afable quisiera como mascota a un bicho violento e impredecible.

Un día el abuelo se puso muy enfermo. Creo recordar que de los riñones.Una especie de infección o algo peor que lo tuvo postrado en la cama durante cinco días. Tumbado en la cama agarrado al cabecero de metal Zacarías se retorcía de dolor. Cada ocho horas recibía la visita del practicante que le ponía una inyección para mitigarle un poco aquella tortura. El puto perro, que nunca aparecía por la casa, de pronto abandonó sus labores de vigilancia y destrucción para, literalmente, apalancarse en el pasillo, justo a la entrada del dormitorio. El torbellino se apagó y Andy simplemente miraba con ojos tristes hacia la cama del abuelo. La abuela Petra intentó echarlo pero fue incapaz porque, aunque le diera con un periódico en las costillas o el hocico, el animal se empeñaba en hacerse un ovillo y quedarse allí. Aprovechando que, de cuando en cuando, bajaba a mear mi abuela cerró la puerta detrás de él. Cuando después de una hora volvió a abrirla se encontró con que Andy se había agazapado y saltó entre sus piernas para volverse a colar y quedarse en lo que pensaba que era su nuevo puesto.

Cada vez que mi abuelo se dolía de algo o se quejaba Andy daba un aullido que te partía el alma. Ni el practicante se libró de la ira del bicho que, cada vez, que se acercaba al abuelo sufría el gruñido del perro, un gruñido amenazante que, no teníamos duda, significaba "si le haces daño te machaco".

Estuvo cinco días sin comer y apenas bebió. Una mañana que el abuelo se quedó dormido lo encontramos discretamente sentado al lado de la cama lamiéndole la mano como si así quisiera transmitirle algo de su energía, otra vez que se quedó profundamente dormido entró como un rayo en la habitación y ladró hasta que el abuelo se despertó y lo mandó a la mierda. Lejos de enfadarse movió el rabo y se volvió a tumbar en el pasillo. Cuando mi abuelo salió de la habitación por su propio pie se levantó a su paso, andó con él un poco, esperó a que le pasara la mano por la cabeza y se volvió a su caseta. Comió como un puto bestia, se hinchó de agua y aquella misma tarde reventó a dos gatos de la fábrica de al lado me imagino que para demostrarse así mismo que estaba todavía en forma.

El demonio disfrutaba de su status, demasiado diría yo, y sus ataques de cólera se hicieron más constantes hasta que un día, simplemente, no nos dejó salir de casa. Se apostó en el portal y nos ladraba a nosotros para evitar que nos enfrentáramos por nosotros mismos a los peligros del exterior. Aquello fue demasiado y el abuelo decidió, por fin, deshacerse del perro. En el proceso de buscarle una casa o un manicomio Andy tuvo tiempo para su última fechoría. Sin saber por qué atacó a un trabajador de la fábrica, Paco, al que le desgarró el hombro de un bocado. Zacarías lo entregó al veterinario con lágrimas en los ojos.

Hace poco hemos vuelto a recordar al dichoso perro. El abuelo, sentado en el sofá de orejas, me contó que siempre tuvo la impresión de que todas esas ganas de agradarlo se debían a que se había criado sin su madre, por alguna razón el abuelo sigue creyendo que el bicho infernal era así porque su dueña le contó que se lo entregaron siendo menos que un cachorro porque la madre había muerto y que, desde entonces, estuvo buscando una familia a la que contentar. Como nadie se había preocupado por enseñarle que se podía ser igualmente querido por hacer cosas buenas Andy se dedicó a cuidar y nada más que a cuidar del modo extraño en el que él percibía que había que hacerlo: creando una especie de perímetro de protección alrededor de los que quieres sin permitir que nadie los traspasara por miedo a que aquella felicidad desapareciera por completo. Daba igual que la felicidad tuviera el precio terrible de tener que pasarse la noche cazando y masacrando bichos, siendo torturado por la idea de que todo lo que conoces podría desaparecer si no estás todo el tiempo protegiéndolo. Recordó la lealtad a prueba de bombas del perro, la forma en la que le lamía las manos y, sobre todo, la forma en la que Andy se comportaba cada vez que el abuelo se sentaba en algún lado a descansar. El perro estaba allí, silencioso, mirándolo, esperando que Zacarías le pasara la mano por la cabeza y se la acariciara un poco, que le permitiera lamerle la mano. Esa mano a la que le faltan dos dedos volados por una bomba perdida: el abuelo, siendo niño, perdió a sus padres y tuvo que abandonar un hogar cómodo y una vida normal de niño para dedicarse a trabajar como un adulto y a guardar el ganado de otros. Un día, pocos meses después de la Guerra Civil, el abuelo se encontraba con otro niño en el campo. Sintió frío y ambos comenzaron a buscar madera para hacer una hoguera. La hicieron, por desgracia, encima de una granada escondida que estalló con el calor provocando el accidente.

El abuelo había vivido la desintegración de su familia: primero los padres, luego parte de los familiares fusilados en la Guerra, la protección de un hermano fugitivo al que buscaban para darle el paseo y la de una hermana.

Es fácil entender porqué se entendían tan bien o, por qué el abuelo creía entender las motivaciones del chucho. Mi abuela más práctica dijo: "Ese bicho estaba loco y ya está". El abuelo la miró y miró a la ventana sonriendo. Luego cambiamos de tema.

lunes, 27 de julio de 2009

El (milagroso) helado de Rafael



Rafael estaba hablando a voz en grito sobre los pormenores de la construcción de la estatua de Pizarro que decora el centro de la plaza de Trujillo (Cáceres). Sentado en la terraza de una heladería su particular clase de historia iba haciéndose cada vez más molesta para los pocos paisanos que, a esas horas, ocupaban las otras terrazas y que no estaban demasiado dispuestos a escuchar como un desmañado anciano, vestido con un traje gris y una corbata a cuarenta grados a la sombra, cargaba contra el conquistador, pese a que en realidad fue uno de los mayores sanguinarios que participaron en la Conquista. Digamos que a nadie le apetece que vengan a su casa a hablar mal de los vecinos.

Comentó que fue un regalo de la familia Rummsey, un norteamericano amigo del Duque de Alba entusiasmado con la Historia de España y estudioso de la conquista del Perú y su esposa ambos bastante ricos, el peso exacto (6500 kilos) y el destino último de la estatua gemela que también pagaron los Rummsey y que el Ayuntamiento de Lima había retirado del centro de la ciudad para colocarla en un parque más recoleto donde seguía recibiendo las mismas muestras de cariño en forma de pedradas, pintadas y bombas de pintura que en el pasado. Luego pegó un garrotazo en el suelo que ahuyentó a las palomas y despertó a algunos vecinos que estarían echando la siesta y dijo: “Las junturas de los adoquines de esta plaza están pringados de sangre india”. En el pasado Rafael había sido muy crítico con los fastos del Quinto Centenario del descubrimiento de América y había escrito algunos artículos francamente combativos contra dichas celebraciones en las que dejaba bastante claro que dicha fecha debería de haber sido aprovechada por parte de Occidente para elevar una queja (y a ser posible una restitución) de los atropellos de la conquista que incluían matanzas y atropellos de toda índole desde Usuahia hasta Alaska.

La conversación giró entonces a los escritores hispanoamericanos que Rafael dividía entre los que habían explotado la herencia criolla y los que, directamente y con el tiempo, habían decidido acercarse a Europa o creerse directamente europeos señalando a algunos de ellos pro salvando a muy pocos. No solía estar Rafael tan parlanchín pero algo, seguramente la presencia de otro gran escritor catalán entre nosotros, le lanzó a una de esas peleas contra la historia (peleas que no se podrán ganar hasta que no podamos enderezar las líneas del espacio-tiempo con la invención de una máquina del tiempo) en la que iba desmenuzando mitos. Luego vino el camarero y Rafael pidió una copa de helado con tres bolas con ración extra de sirope. “Azucar, no debería, pero bueno, qué mas da”. Habíamos estado viajando por una ruta poco conocida de Extremadura que nos había llevado hasta el arco del Templo de Diana, rescatado de la inundación del pantano cercano que ahogó el pueblo de Talaverilla y que fue la única pieza indultada (junto a unos cuadros de El Greco) de un espectacular conjunto artístico que duerme debajo de las aguas, y luego hasta la Encina Terrona de Zarza de Montánchez considerada como la más grande del mundo y mucho más tarde, ya casi para comer, al mirador del Parque Natural de Monfragüe donde el escritor catalán, Rafael y yo nos quedamos charlando y donde Rafael nos enseñó un pequeño cuaderno guardado en el bolsillo de su chaqueta donde con letra prieta iba escribiendo términos perdidos. Los llamó así.

El caso es que la charla se dirigía indefectiblemente hacia un único tema: el desánimo. Participaba yo de la amargura de Rafael por otras razones que no eran las puramente intelectuales. Normalmente eludo las conversaciones amargas que no llevan a ninguna parte pero acababa de perder mi trabajo y estaba KO después de una temporada en la que me había dedicado a darme de puñetazos con todo el mundo y, bueno, en esa situación sueles dejarte llevar y compartir el punto de vista más radicalmente negativo…en esas andaba, despellejando a Tirios y Troyanos, cuando el camarero se acercó hasta la mesa y repartió las consumiciones. Estaba la cosa en su punto álgido y ya había saltado hacia la molesta, pretenciosa y falsa (¡Sobre todo falsa!) asunción por parte de la intelectualidad occidental más cursi de la cultura oriental cuando Rafael hundió con furia la cucharilla sobre las bolas de helado y la sacó de las entrañas de la golosina arrastrando una generosa porción de Stracciatella bañada en sirope hacia su boca para luego como un Saturno que devora a sus hijos meterla en su boca. Y pasó el milagro.

Rafael borró de su cara el gesto adusto, echó la cabeza unos milímetros hacia atrás, dibujó una pequeña sonrisa y saboreó el helado. Luego devolvió su cráneo a la posición normal y se quedó durante unos segundos mirando hacia la estatua de Pizarro. Después comenzó a hablar y dijo: “Mi padre no era muy hablador, pero a mi me encantaba pasear a su lado, paseos largos por Recoletos para terminar sentándonos en cualquier kiosco cercano al Museo del Prado, en verano se podía tomar horchata o agua de cebada”.

Y después de la ensoñación se lanzó sobre su copa de helado y desapareció su humor de perros y comenzó a hablar de que a lo mejor había tiempo para visitar algún sitio cercano a nuestro destino que fuera de interés y después estuvo de un fantástico humor durante toda la tarde.

Después de asistir a aquel milagro del helado saqué la conclusión de que la vida, normalmente, te depara momentos asquerosos y conversaciones hoscas pero que, de cuando en cuando, también existe la posibilidad de disfrutar de una buena película, de un mejor libro, de una gran canción, de un buen chiste, de una gran historia, de una raja de sandía, de una cerveza helada, de un cocido, de un whiskazo en condiciones o de un helado de tres bolas con una ración extra de sirope y que el truco consiste en pasar lo mejor posible los malos momentos y agarrar con fuerza los instantes en los que podemos sentirnos un poco mejor para extenderlos y disfrutarlos el máximo tiempo posible porque uno no sabe nunca cuando nos van a volver a cortar la digestión. Lo dicho: disfruten.

jueves, 31 de julio de 2008

Al este del Oeste (Queridos camaradas)



Resulta que pensando, pensando, he llegado a la conclusión de que una de las mayores carencias de Extremadura es su incapacidad para exportar ningún tipo de imagen positiva. Nada, cero.

Cuando uno es extremeño (como es mi caso) va por el mundo con su equipaje real y un equipaje imaginario compuesto por una boina, unas alpargatas, una maleta de madera y una caja de cartón con una gallina dentro. Como un Paco Martínez Soria pero con menos gracia aún.



El primer día de Facultad, ese en el que uno piensa que, por fin, está rodeado de una grey de potenciales intelectuales desprejuiciados y modernos nos tocó hacer la típica ronda de presentaciones (lo que ya me olió a que aquello en realidad era un alargamiento en el tiempo del Instituto) donde nos obligaban a decir: 1) Nombre, 2) lugar de procedencia y 3) Las razones por las que habíamos elegido estudiar Filología Hispánica. Cuando me llegó el turno dije: "Me llamo Insustancial y aunque vivo en Madrid nací en Cáceres y...".

Desde el fondo de la clase alguien gritó: "¡Bellotero!". Luego llegaron las carcajadas que no me dejaron explicar las nobles razones que tenía para perder mi tiempo.

Yo pensaba que mis Doc Martins de punta de acero, la camiseta de los Sex Pistols comprada en Londres, el pelo largo y la camisa de leñador les confundirían pero NO. Es posible que me vistiera con los trapajos del grunge pero no era más que otro "bellotero", otro cateto, hablando en plata.
Años más tarde tuve el placer, enorme, de ser uno de los primeros seres en entrevistar a Bebe. La discográfica, EMI, me entregó una bio en la que decía que Bebe era una cantante nacida en Valencia y que su disco tenía todo el sabor del Mediterráneo...nada más sentarse y decir las primeras palabras noté que su acento no era levantino.

-"¿Eres extremeña?". pregunté.

- "Sí, ¿Cómo lo sabes?".

-"Joder, porque yo también soy de allí. ¿Y porqué dices que eres valenciana?".

-"Le he dicho a la discográfica que lo cambie porque yo nací en Valencia por accidente pero me volví a Extremadura a los pocos meses, he vivido toda la vida allí y me siento de allí".




Al parecer a los señores de EMI les parecía mal que su nuevo valor fuera de dicha región. Hay que decir que si el disco de Bebe suena así como internacional es porque está inspirado por el trabajo del cantautor Luis Pastor (otro extremeño nacido en Berzocana, Cáceres) que fue el primero en mezclar música tradicional española con ritmos africanos, magrebíes y que es el papá de lo que se conoce como "mes-ti-za-je" musical.
Cuando Javier Cercas (Soldados de Salamina) se convirtió en un best-seller muchos periodistas insistían en que el escritor era catalán. En realidad Cercas es de un pueblo llamado Ibahernando cercano a Trujillo pero vive en Girona. También ha vivido, por ejemplo, en Illinois pero ha nadie se le hubiera ocurrido decir que era norteamericano.




Si quieren saber algo más sobre literatura extremeña miren lo que cuenta Rafael Reig en esta entrada de su indispensable blog: Blog de Rafael Reig: Far West .

El caso es que, al parecer, Extremadura y los extremeños se ha convertido en la Reserva de los valores de la España Negra y se nos asocia con la pobreza, los crímenes rurales, la violencia, el cerrilismo...¡No diga Extremadura, diga Puerto Urraco! ¡No diga Extremadura, Diga Las Hurdes!

Desde tiempo inmemorial estamos acostumbrados a que diversos personajes de dudosa catadura moral hablen de mi pueblito como de un lugar "secuestrado por el corruPSOE", la ha retradado como "un cortijo dirigido por Ibarra" y cosas como "qué se podía esperar de una región que tiene el PIB más bajo de España" y tal, y tal, y tal...normalmente los insultos de ese tipo vienen de gente a la que le gusta montar a caballo, que recuerda Extremadura como una extensión inmensa de fincas regidas por Señoritos donde se iba a cazar y a zumbarse a las paisanas...¡No diga Extremadura, diga Los Santos Inocentes! ¡No diga extremeño, diga Milana Bonita!







La última gracieta, el último insulto, la última mofa la ha protagonizado uno de los nuestros, Lluis Suñé, que ocupa además un puesto como concejal en Torredembarra (Tarragona) y eso si que duele. Al buen señor no se la ha ocurrido otra cosa que reproducir esto en su blog personal.

Digamos que, para que una cosa haga gracia, debe de ir de dentro para afuera y de abajo a arriba. Es decir, las cosas hacen más gracia cuando están contadas en primera persona (es decir, "resulta que ayer iba por la calle y me resbalé con una cáscara de plátano") que cuando uno se empeña en que las cosas malas le pasan a otro ("mi hermano es tan idiota que va por ahí resbalándose con cáscaras de plátano") y, por otro lado, los chistes sobre pobres de solemnidad tienen más gracia cuando es el propio pobre el que los cuenta. Es decir, un humorista tiene mucha gracia cuando dice "en mi casa éramos tan pobres que no es que durmiéramos a la intemperie, es que no podíamos permitirnos la intemperie" a cuando dice "Los de Lepe son tan pobres que...".
Este despropósito, que quiere hacer reír, solo produce la sensación de que muchos se ejercitan todavía en las malas artes del "humor de señoritos" y es que no hay nada peor que un orondo ricachón riéndose de las desgracias de un pobre.

El "humor de señoritos" se basa en esta anécdota:


El Marqués de Villaverde, yerno de Franco, organizaba unas interesantes francachelas en las que invitaba a todo el "who´s who?" de la sociedad franquista. Auna de ellas iba a asistir el cantaor flamenco Porrina de Badajoz (sus nietos son Los Chunguitos y las Azucar Moreno) y al compasivo doctor no se le ocurrió una cosa mejor que querer echarse unas risas a costa de su invitado para delicia de los asistentes a su fiestuki. Ordenó a los policías apostados en la puerta que, en cuanto vieran a un gitano que fuera a traspasar las puertas de la casa, le echaran el alto e hicieran una simulación de detención mientras que los divertidos anfitriones y su reata miraban desde una ventana cercana. Entra Porrina por allí vestido como acostumbraba (trajes de tres piezas de colores chillones, abrigo de pieles, pañuelo al cuello, gafas de sol estilo Elvis...un portento) y los polis le echan el alto:



-"¿Es usted Porrina de Badajoz?".

-"No, yo soy el Marqués de Badajoz...el tal Porrina es ese señor que viene detrás de mí".

Y siguió andando. Los policías detuvieron al Embajador de la India que,efectivamente, morenete y chaparrín como era podía ser confundido también con un gitano. La situación le estalló en la jeta al señorito pero, normalmente, los componentes de crueldad de este pretendido humor son sangrantes y dolorosos. Como esos chistes que empiezan por "Van dos mariquitas de Huelva y le dice uno a otro...".

En Extremadura ya somos tristemente conscientes de la mala situación económica, de la pobreza y del hambre que ha azotado a nuestra región producida por un sistema injustos, sustentando en una oligarquía local de terratenientes que se ha postergado desde los tiempos del primer Duque de Alba y que ha producido una de las fracturas sociales más dolorosas de la vieja Europa.





También somos conscientes, claro está, de que las centrales nucleares se han concentrado en nuestra región y no cierran y que, en otro orden de cosas, nuestra materia prima más rica suele viajar a precios miserables para ser manufacturada y revendida a la región a precios exorbitantes gracias a una mala gestión empresarial.



El paro, la emigración (interior y exterior), la falta de recursos educacionales y sanitarios ha sido terrible hasta hace pocas fechas y se ha subsanado gracias a una buena gestión que permite que en una población envejecida (y, por lo tanto más costosa) los hospitales extremeños se puedan permitir tener una cama por enfermo y sus escuelas un ordenador por cada dos alumnos gracias a ideas tan peregrinas como, por ejemplo,permitir la libre circulación de una versión del software Linux (Linex) que ha evitado la utilización del sistema operativo de Microsoft y sus carísimas licencias.

Pensar que los presupuestos extremeños salen, en su totalidad, de las arcas catalanas es casi tan ridículo como pensar que los minibelloteros van por ahí descalzos y sucios como los huerfanitos de Oliver Twist. Ya está bien, joder. Las excusas, camarada Lluis (de rojo a rojo), te las puedes meter por el culo. Un político tiene que saber, normalmente, donde está el límite y pedir excusas luego es una gilipollez. No me extrañan los números de IC en las últimas generales si tiene a gente tan irresponsable en la cabeza de sus listas. ¿A qué viene encender semejante fogata en pleno verano? ¿Cuando todo el mundo está buscando un titular para echarse a la boca? Eres tonto Lluis Suñé. Un "desbocarrao" que decimos los esclavos del PIB catalán...un ximple...que se dice por ti tierra.


Sólo faltaba que al coro de sinvergüenzas que, normalmente, azota a nuestra región desde la derecha se le una también alguna voz pretendidamente de izquierdas.

Y digo pretendidamente porque normalmente los de izquierdas solemos tomar como artículo de fe eso que decía MARX (Karl, no el de los puros y el bigote pintado) de que "las fronteras estan puestas por el capital para separar a los obreros" o eso de ayudarse y tal. No se como nadie que se considere de izquierdas puede olvidar semejantes y, sin embargo, saberse tan al dedillo todos los prejuicios nacionalistas burgueses que sustenta la oligarquía económica desde el siglo XIX. ¿No nació el Marxismo para acabar con la injusticia de la burguesía nacionalista en lo político y económicamente liberal? No entiendo nada.

¿Qué pretendes Lluis? ¿Decir que los extremeños le estamos chupando la sangre a Cataluña y a las comunidades ricas? Eso son pajaritos disparando contra escopetas. Ya sabes. ¿Acaso crees que pagas nuestras boinas, nuestros billetes de segunda (porque no hay tercera), nuestras cajas de cartón llenas de gallinas? ¿Quieres que te demos parte de Extremadura? ¿Un trocito de finca? ¿La quieres con el tonto del pueblo y su cuervo amaestrado incluído? ¿Quieres algunos labradores desdentados que te saluden con la gorrilla entre las manos y que te digan "a mandar señorito que para eso estamos"? ¡Que jodío! llegas tarde, unos 20 o 30 años tarde. Lo siento.

Quizás algo de ese cacareado 8´7% haya algo que hayan aportado muchos emigrantes extremeños que residen por allí y sus hijos o quizás, como me imagino, el mayor porcentaje de ese dinero esté aportado por gente que quiere este sistema fiscal y no otro. Digo yo.

Saludo desde aquí a todos nuestros camaradas catalanes y les pido, que si de verdad quieren hacernos un favor, nos visiten regularmente y se dejen su dinerillo en nuestro hoteles (Rocamador), nuestros restaurantes (El Atrio) y comprueben de primera mano el buen estado de salud de nuestra infancia. Piensen que, cuanto más ricos seamos, menos dineros tendrán que darnos. De paso abrirán horizontes y se darán cuenta de que los vecinos del Oeste, con los que comparten algo más que un par de manidas ideas sobre nación y un trapajo, son mucho más agradable y están más preparados de lo que creen. También echarnos una mano con el tema de la instalación de la Refinería que se va a cargar parte de la ecología de la región aunque, bueno, ya saben más desarrollo industrial, más dinero a repartir. ¿Matamos a los buitres?

Mi idea de cómo era Cataluña y los catalanes se resumía en la frase que Modest Cuixart le garabateó a mi padre en un libro que le regaló cuando vivíamos en Palafrugell (Girona), donde aprendimos catalán y descubrimos el color del mediterráneo que, pensábamos los inocentes de los Manson existentes, era nuestra segunda casa:

"Para mi querido "Prof" (mi padre es profe y todo el mundo lo llamaba así) que nunca se sentirá extranjero en Cataluña".

Hago mías también las palabras de Castelao, egregio galleguista, que de vuelta del exilio y ser preguntado por un entrevistador sobre, cuál era la mejor razón para ser gallego contestó:

-"Lo bueno es que gallego, gallego...puede ser cualquiera".

Sabias palabras.