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miércoles, 26 de febrero de 2014

Paco de Lucía: la vida, el flamenco y sus dos manos.


La vida tiene dos manos. Con una te acaricia y con la otra te golpea. Drama y comedia. Te mece o te arrea. Unas veces suave y otras con fuerza.

A nosotros, durante un tiempo, la vida nos sacudió con ceguera y rabia.

Para mitigar estas malas circunstancias mi padre nos embarcó en un viaje a Granada a mi hermana y a mi con la intención de que no olvidáramos que, al menos, seguíamos juntos y sobre todo que todo aquello pasaría.

En Granada visitamos a nuestros “titos”, Manolo y Miguel. En realidad ni siquiera son familia nuestra pero los llamamos “titos”, si algo nos ha enseñado padre es que tienes a tu familia impuesta pero que, aleatoriamente, puedes ampliarla incorporando a amigos y personas que te hacen sentir siempre como si estuvieras cerca de casa y que tienes que corresponder abriendo las puertas de la tuya para que todo el que quiera se pueda tomar un respiro y descansar.
Granada para nosotros significa muchas cosas: playas de la infancia, amistades, música…

Los titos nos llevaron un día de cañas. Un recorrido larguísimo de Alhambras en cada bar, de tapas y de flamenco. Acabamos dando con nuestros huesos en un pequeño local regentado por un personaje llamado Antoñito “El Triniá”. Cantaor. Amante ortodoxo del flamenco. Un poco tartamudo.

Era inevitable que, entre cerveza y cerveza, se nos soltara la lengua y por la conversación discurrieran las diferencias entre la forma de entender el flamenco en toda Andalucía, incluso en España. “El Triniá” denostaba el flamenquito y hacía una llamada a “la pureza” mientras que yo me empeñaba en intentar explicarle –maldita cerveza- que el arte (tampoco el flamenco, ningún tipo de arte) puede sobrevivir intacta, suspendida en el tiempo y circunscrita a su espacio geográfico original y que, si bien, las raíces han de ser conservadas y necesitan para ello de la ortodoxia y sus creyentes también es bueno, de cuando en cuando, mezclarlas con otros ingredientes para que puedan así conformar otras formas de expresión artística.

-“A mi es que estos modernos de las lagartijas y los universos…pues que no, no sé qué pensarán en Madrid o en Sevilla”.  

-“¿Y Morente?

-“Morente es caso aparte porque Enrique Morente puede hacer lo que quiera, niño, ese no pierde la raíz”.

-“¿Y Camarón?

-“Ese igual, ese era un cantaor de toda la vida por más que os empeñéis…aunque hiciera sus mezclitas y sus cosas…esos son genios y son casos aparte. Pero lo otro, lo del uyuyuyuy y la guitarrita eléctrica y la rumbita…eso no es de aquí”.

-“¿Entonces?

-“Pues que los experimentos para los que sepan experimentar o que le pongan gaseosa”.

Pensaba yo que Antoñito “El Triniá” era de los que pensaban, erróneamente, que el flamenco partía de un lugar incierto llamado “Duende”. Esa manía de reducir el arte a un asunto de iluminados y elegidos, un tipo de arte que no se puede aprender y para la que tienes que estar predispuesto de una forma mágica.

Entre la ortodoxia se suele pensar así: El flamenco es/existe porque se genera de forma espontánea. Sin aviso, un poco como te golpea o te acaricia la vida.  

El nacimiento de la heterodoxia (el nuevo flamenco) impulsado desde finales de los 60 y conocido como nuevo flamenco, sin embargo, nace del pensamiento contrario: El flamenco es y existe en sus raíces pero puede aprenderse, puede estudiarse y, claro está, puede expresarse y disfrutarse por personas ajenas a sus raíces.

El ortodoxo cree en la pureza y en el linaje mientras que el heterodoxo cree en la mezcla y en la internacionalización. Para el ortodoxo, el más ensimismado, el flamenco no podría contar con cátedras para su estudio o con escuelas para su aprendizaje.  

Así, los heterodoxos, se agarraron al flamenco identificando a la música popular andaluza con las mismas virtudes que al “sonido progresivo” (con su poquito de rock y su poquito de psicodelia…a un arte nuevo, en definitiva) y expresaron sus intenciones artísticas en un texto conocido como “Manifiesto de lo borde”. Reproduzco solo sus tres últimos puntos para mejor comprensión:

I. No se trata de hacer “flamenco-pop” ni “blues aflamencado”, sino de corromperse por derecho.

II. Sólo puede uno corromperse por el palo de la belleza.

III. Imagínate a Bob Dylan en un cuarto, con una botella de Tío Pepe, Diego el del Gastor, a la guitarra, y la Fernanda y la Bernarda de Utrera haciendo el compás, y dile: canta ahora tus canciones. ¿Qué le entraría a Dylan por ese cuerpecito? Pues lo mismo que a Manuel [Molina] cuando empieza a cantar por bulerías con sonido eléctrico:

“Aunque digan lo contrario,
yo sé bien que esto es la guerra,
puñalaítas de muerte
me darían si pudieran”.

Desgraciadamente la explosión primera (macarra, viva, sentida, brutal, contradictoria porque era a la vez “universitaria” e “internacionalista” y a la vez callejera) que alumbró a Smash, la figura de Silvio Fernández Melgarejo –y todos sus proyectos musicales-, a Triana, Veneno, Pata Negra, Camarón de la Isla y a toda una serie de virtuosos que añadieron sus raíces flamencas al jazz (Chano Domínguez) o que jugaron con excelencia en los márgenes de la experimentación y de la pura ortodoxia (Enrique Morente o Paco de Lucía) o, incluso, el “arrancón” primero de la misma rumba catalana (El Pescaílla y Bambino) o de la traslación de ese sonido –ya mestizo- a “los Chichos” o a los propios nietos de Porrina de Badajoz (“Los Chunguitos), incluso a los “Medina Azahara” (el flamenco y el rock mezclado con el sinfónico) también ha generado monstruos. Es normal. No hay un estilo musical puro que en el cambio de manos, de tiempo y de lugar no haya sido vejado por la propia industria. Convengamos en que, aunque la raíz sea la misma, no es lo mismo el “Miami Sound” de Emilio Stefan que Ruben Blades o Willy Colón.

¿Es el flamenco algo mágico como sostienen los ortodoxos?

Así le ataqué a Antoñito “El Triniá”. Como dicen los taurinos: por delante y por derecho.

-"¿Entonces esto sale por que sí?".

-"A veces sí y a veces no".

-"¿No se puede aprender?"

-"Mira, cuando tu ves a Tomatito acompañando a Camarón piensas en que ese es un guitarrista para un cantaor. Algo específico. Uno para el otro. Otra cosa es cuando ves a Paco de Lucía. Y tú lo ves tocar y piensas que ese tío tiene algo. Que lo tiene. En la punta de los dedos. Pero también es verdad que cada vez que él pone un traste y saca una nota seguro que no piensa en si eso le sale de dentro o no. Seguro que piensa en las broncas que le echaban por poner mal los dedos y en las horas y horas que hay que dedicarle para tocar así la guitarra. Así de bien. Como todo para esto hay que valer. Hay que sentirlo y hay que tocarlo pero también hay que echarle tiempo y perfeccionarlo porque si no, no vale la pena".

-"¿Entonces?".

-"Pues que unos sí y que otros no…pero un japonés tocando la guitarra, por muy bien que lo haga, nunca va a ser lo mismo. Solo hay que verlo. Eso es un robot. Paco de Lucía es otra cosa, no porque lo digan desde fuera. Aunque tocara todavía de tablao en tablao sería otra cosa. Algo tendrá cuando se lo rifan. Y ahora perdonarme que os voy a preparar una pipirrana y os voy a poner otras cuantas cervecitas. No le demos más vueltas".

Convinimos pues en estar de acuerdo en que estábamos en desacuerdo.

La desaparición de Paco de Lucía se lleva por delante un pellizco importante de nuestra historia musical, posiblemente de la más personal –si es que los países tienen personalidad- y seguramente una de las más atrevidas de este país tan normalmente pacato. Se lleva por delante al hombre que mejor entendió que todo era trabajo y un poquito de inspiración, al talento y al estudio, al tipo que estaba sentado en el punto justo en el que la ortodoxia y la heterodoxia se daban la mano.



Escuchando “Rosa María”, esos tangos tan clásicos y a la vez tan peculiares porque están personalizados en la siempre nueva voz de Camarón y acompañados por una guitarra que siempre suena clásica y, a la vez, vanguardista, me emociono recordando aquella pérdida dolorosa y aquel viaje agridulce, a los titos, a mi hermana y a mi padre acodados ya a unas horas tardías de la sobremesa en la barra de aquel pequeño bar de Granada que ni siquiera sé si sigue en pie.


El flamenco, como la vida, tiene dos manos. Unas veces da palmas por alegrías y otras veces se cierran en un gesto de dolor enorme. Unas veces son unas manos nuevas que se abren paso a través de un camino también nuevo buscando aire y reclamando espacio y otras veces se agarran con fuerza a las raíces como las manos de Paco de Lucía rasgando las cuerdas de la guitarra. Como dice mi amigo Pablo: Hoy este mundo es un poco peor.  

martes, 31 de agosto de 2010

Laurent Fignon (1960-2010): el empollón metido a ciclista.


En un episodio de "The Simpsons" Lisa decide investigar cuál es la razón por la cual los abusones de los colegios la toman siempre con los empollones. Todos los que hemos llevado gafas en el colegio y, más o menos, se nos ha dado bien eso de estudiar hemos sufrido el acoso y derribo de algún cabrón (o un grupo de ellos) que nos ha hecho la vida imposible. A veces ni siquiera es necesario ser un empollón, basta con salirse un poquito de la norma.

Siempre que alguien resalta un poco por algo (ropa, gafas, hierros en las piernas, demasiado gordo, demasiado bajito...desgraciadamente, a veces, todo junto) suele encontrarse con una especie de Frente de la Normalidad Infantil (el temible FNI) que, la mayoría de las veces, encuentra el apoyo en un Frente de Normalidad Adulta (el temible FNA) formado por progenitores y AMPAS que justifica una pedrada o una paliza con un "bueno, son cosas de chavales" que es una forma de decir "no tengo culpa de que tu hijo/a sea tan irritantemente diferente...¿Es que se cree mejor que los demás? ¿No puede hacer como todo el mundo?". 

Los sistemas totalitarios, en todos los niveles de represión posibles, alimentan esa necesidad del ser humano no sólo por formar tribu sino por hacer que la tribu sea lo más uniforme posible. Recuerden ese comentario del comandante de la Guardia Civil en "Amanece que no es poco" (José Luis Cuerda) al argentino que no se comporta como los argentinos: "¿Es que usted no puede andar en bicicleta y oler a lomo de ángel como los demás argentinos?". Antes le echa la bronca por haber llevado durante todo el invierno un sombrero "horroroso" que no le gustaba a nadie. El bueno hombre lo sabía porque "lo tenía hablado con todo el pueblo". 

Difícilmente aceptamos la diferencia. Hagamos, claro está, dos grupos: los hay que son diferentes porque no pueden evitarlo y otros que nos rebozan su forma impostada de ser diferentes. Esos últimos son francamente molestos, es cierto, lo tengo hablado con todo el pueblo. Pero ese es otro cantar. 

En los años 80 hubo un ciclista llamado Laurent Fignon. Era un grande en lo suyo. A mi, francamente, me flipaba. Me flipaba que no pareciera un ciclista: tenía el pelete rubio y gafas redondas de montura dorada. Es más, aunque era delgado (no hay muchos fanegas dedicados al ciclismo) no tenía ese cuerpo de los ciclistas, ya me entienden, ese rollo que comparten los ciclistas y los toreros. A mi padre le sacaba de quicio que me cayera bien Fignon. "¿Cómo puedes animar a ese tío?" me decía. Pero a mi me molaba verlo encima de la bicicleta pedaleando como si no pasara nada, como si los demás estuvieran subiendo el Alpe D´Huez y él estuviera en la etapa prologo...pero, de pronto, se le torcía el gesto, apretaba los dientes, se subía encima del manillar de la bici sacando medio cuerpo hacia adelante y daba un hachazo brutal. "Allez, Allez, Monsier Fignon!". 

¿Por qué lo odiaba mi padre? Primero por ser francés y, después, por no parecer un maldito ciclista. Era, claro está, diferente. 

A los franceses les caía mejor Bernard Hinault. Un héroe del pueblo. Un tío con un bronceado de pastor que parecía el vecino amable del bloque, un tío un pelo chabacano, un pelo francesote, alguien que parecía que sabía contar buenos chistes, parecía llano, sencillo, un poco gañán. El tío perfecto para enardecer a las masas de clase media. Uno de los nuestros. Frente a la humildad un tanto impostada de Hinault y al grupo de calladitos, dignos trabajadores de la rueda (Caritoux, Perico Delgado, Ángel Arroyo, Zoetemelk, Fernández, Dietzen, "Condorito" Corredor, Fernández...), hay estaba Fignon con su carita de estudiante universitario y su rollo un poco burguesito. ¿Qué hacía ahí ese tío? 

Lo curioso es que, cuando Hinault se retiró, Fignon acarició la idea de reinar en solitario pero...no. Pese al tradicional chauvinismo francés en su país le siguieron negando el saludo y la "grandeur" y prefirieron adoptar a Greg Lemond, un ciclista norteamericano criado en el ciclismo galo, al que Hinault había designado como su digno sucesor. Una sucesión un tanto accidentada porque, en realidad, se llevaban bastante a matar pero, daba igual. El pueblo había hablado y preferían a un californiano (admiro la capacidad que tienen los franceses para hacer a ciertos personajes suyos y tratarlos como si fueran franceses de toda la vida) que a un francés. ¿No era Lemond un rubiales? ¿Un guaperas? Pues sí y no porque, en realidad, parecía también un tipo agradable y campechano. El novio perfecto para la hija solterona...de hecho era tan de campo que un cuñado suyo le disparó sin querer en una cacería. El tío cazaba. ¿Se necesitaban más pruebas?

En el Tour del 89, Lemond y Fignon se vieron las caras (fue el año en que Perico Delgado salió más de un minuto y medio tarde...de no haber perdido ese tiempo seguramente hubiera ganado él pero...) . Ambos volvían a la élite. Fue un Tour a cara de perro, un viaje por el infierno de Fignon que veía como sus compatriotas preferían escribir el nombre de su adversario en la carretera en lugar del suyo. Pese a todo Fignon llegó primero a la última contrarreloj enfundado en el maillot amarillo y con 50 segundos de ventaja. Lemond se presentó con una bicicleta aerodinámica armada con un manillar que, hasta entonces, sólo se había visto en pruebas de Triathlon. Fignon y su equipo protestaron pero, en una decisión inusitada por parte de la organización de la vuelta a Francia, decidieron darle la razón al norteamericano y permitirle competir con su rara bicicleta. Perdió el Tour por 8 segundos. Cruzó la meta, se tiró de la bicicleta y comenzó a llorar. Jamás sería el mismo.

Ese año, además, Fignon se ganó el odio de los españoles y, en general, el de todos los aficionados cuando en un arrebato de mala hostia escupió al objetivo de una cámara de TVE unas horas antes de la última etapa. Al parecer el hombre estaba cansado del agobio que le supuso todo aquello. 

Desde aquel final se convirtió en un tío arisco, en un malhuele, que despotricó contra el mundo del ciclismo y clamó mil veces contra los organizadores. El ciclista parisino (una razón más para ser odiado en su país...se de capital...nos parecemos bastante a Francia) siguió con su vida, visitando librerías de viejo (al parecer era un lector voraz) y haciendo con que la cosa no iba con él, teniendo enfrentamientos con Indurain, Bugno...

El año pasado publicó su biografía ("Èramos jóvenes e inconscientes") demostrando sus dotes para la literatura y, de paso, que no era un deportista al uso o que, al menos, era un empollón metido a ciclista como sospechaba todo el mundo y reconoció que tenía cancer. Ha muerto hoy a los 50 años. Ha muerto el más veloz de los empollones.

martes, 12 de mayo de 2009

El chico de ayer, Antonio Vega (2009-1958)


Hoy me he acordado de una entrevista que Toni Garrido le hizo a Antonio Vega en un programa de madrugada que condujo en la SER en el verano de 1997. Yo tenía que haber hecho la crítica de cine ese día pero, al final, la entrevista con Vega se comió mi sección. Ni que decir tiene que la entrevista fue muy buena y que mi sección era muy mala, tanto, que jamás volvió.


Aquella madrugada pegajosa Antonio Vega estuvo hablando de astronomía. Toni sabía que era astrónomo aficionado o que había intentado estudiar física porque una noche había coincidido con él en un local y cuando intentó hablar de música el compositor salió por peteneras y prefirió hablar de estrellas. Garrido quiso reproducir esa conversación en la radio y descubrirle a los oyentes una faceta diferente.


Desde aquella entrevista siempre he observado a Antonio Vega como un planeta extraño de atmósfera inestable y órbita errática.


Siempre en la cuerda floja, apareciendo y desapareciendo, las malas noticias sobre el cantante que iban desde una precaria situación económica hasta problemas graves de salud han sido algunos de los murmullos más latentes en el universo de la música. Para su desgracia la mayoría eran verdad porque la situación de Vega en muchos momentos ha sido completamente insostenible. Pese a todo ha sobrevivido a todo, incluso a la fama de la que siempre quiso alejarse, incluso a un disco con olor a homenaje mortuorio editado en 1993 y titulado "Ese chico triste y solitario". No comprendo como alguien que decidió vivir como un naúfrago urbano ha tenido tiempo para componer algunos de los mejores temas de las tres últimas décadas sin doblar la rodilla nada más que lo estrictamente necesario.


Como los funambulistas o los toreros aficionados a la tauromaquia de la trágico cada paso público de Antonio Vega ha sido catalogado, veladamente, como "el último" desde aquella infausta fecha. Ha sacado discos, ha dado actuaciones y siempre había una parte de sus fans que acudía por verlo pero también azuzados por el pánico de que aquella vez fuera la última en la que podrían reencontrarse con esas canciones y con ese personaje. Seguramente su trabajo cada vez más intimista, su voz cascada y su cuerpo partido, ese aire meditabundo han anunciado demasiadas veces un adiós que ha llegado, al parecer, cuando nadie se lo esperaba. Algo muy propio de un artista que siempre se ha dirigido por una brújula interior indescifrable.


Hoy me acuerdo también de Ignacio Gasca "Poch", fundador de Derribos Arias y de aquella cosa llamada "Hornadas Irritantes" (Derribos Arias, Cavernicolas, fracción del Ejército Rojo...) que en los años 80 le declaró la guerra a "los babosos" (Nacha Pop, Secretos, Objetivo Birmania...). Murió en el año 98 de una rara enfermedad (Huntington) y también sobrevivió siete años a un disco homenaje titulado "el chico más pálido de la Playa de Gros". Eran otros tiempos en que era posible tomar partido por un bando y disfrutar de ello. En la actualidad estamos tan necesitados de buenos compositores que cualquier comparación es completamente ridícula ya que sólo se puede elegir entre lo que es bueno (y hay que rebuscar) y lo que es simplemente una mierda asquerosa.


A estas alturas ya se escuchan cosas como que Antonio Vega podrá tocar la guitarra en el cielo con Enrique Urquijo, ya sólo falta que alguien se atreva a imaginarlos a ambos sentaditos en una nube, con alitas de querubín, eternamente jóvenes...my god...espero que la próxima gala de OT no diga ni una sola palabra de este fallecimiento y que alguien aleje un poco a los buitres del tópico. La muerte siempre es fea y para desgracia de Antonio Vega su vida distaba mucho de estar a la altura del éxito de sus canciones.

La noche en la que el SAMUR descubría el cadaver de Enrique Urquijo en un portal de la Calle Espíritu Santo, Jaime Urrutia y Loquillo bebían unos whiskys en un bar situado unas calles más abajo. Alguien entró en el bar e informó de cómo habían encontrado al cantante de Los Secretos. Dicen unas lenguas que Urrutia miró a Loquillo y le pidió que no permitiera que le ocurriera algo así. El barcelonés hizo lo propio.

Antonio Vega se ha ido hoy y nos deja con la sensación que deben de tener los astrofísicos cuando, desde la Tierra, observan como lentamente se va apagando una estrella que está a varios millones de kilómetros de distancia.

miércoles, 8 de abril de 2009

Una mujer que se pira: Mari Trini (1948-2009)


Una noche estuve en casa de Mari Trini escuchándola cantar canciones de su repertorio con Manuel Alejandro al piano...muchas veces he pensado que todo aquello lo soñé pero, que va, mi madre y Mari Trini ("María para los amigos") se hicieron muy amigas por razones que se le escapan a todo el mundo porque, la verdad, eran dos personas completamente distintas. Aquella noche descubrí que la ginebra inglesa era majestuosa y que bullía en mí, por debajo de mi punkrockerismo, un incipiente flanboyant amante del rollo "Cantantes de casino" más viejuno. Sin duda ha sido la velada mas "Rhinestone" (una cosa entre la bisutería y el lujazo) que he vivido en toda mi vida incluída aquella noche en la que quedé atrapado por las anécdotas de una vieja gloria de la TVE en la barra de un after-after hour...y mira que aquella noche/mañana estuvo llena de anécdotas que valdrían para llenar un par de tomos de un libro que podría titularse "La verdadera historia de Prado del Rey (sexo, drogas y ondas catódicas)". Allí donde quiera que estés, querida, gracias por enriquecer mis conocimientos sobre los años del destape muchos años antes de que a todo el mundo le diera por preparar especiales.

Aquello noche no estaba de humor porque, como buen hijo y algo manitas con los cables, me había tocado ir a casa de Maritrini a instalar un vídeo, dos televisores y un ingenioso aparato llamado "Videosender" que permitía que el VHS o el dichoso canal plus se vieran en todas las televisiones de la casa sin necesidad de cables e, incluso, tal era su diabólica potencia en las casas cercanas. que podían disfrutar de la porno de los viernes (muy de moda en aquellos años en que sólo habíamos visto Internet en "Juegos de Guerra").


Puedo decir que ni siquiera sabía quién era Manuel Alejandro pese a que, poco a poco, me fueron informando de que había compuesto para casi todos los cantantes que yo, por hacer honor a mis Doc Martens (traídas desde Inglaterra por un alma cándida y que me sirvieron para hacerme el más famoso de mi pandilla a la hora de aplastar latas de cerveza y mobiliario urbano feo), jamás tenía en mis oraciones. Por aquel entonces creo que me alimentaba de una mezcla de ska, punk clásico, grunge, rock and roll cincuentero y un largo etcétera de grupos que intenté relatar al propio Manuel Alejandro ("¿Chavos que cantan como Onda vaselina?" dijo el tío sinvergüenza) y que le dejaron tan frío como a mi su curriculum encabezado por ser el compositor de cabecera de Raphael. ¿Qué hacía yo en aquella velada? Pues, después de un rato y tres gin tonics servidos de una jarra tamaño hooligan, emocionarme escuchando tocar el piano a aquel señor tan bien plantado dos o tres clasicotes mexicanos...emocionarme hasta el punto de querer haber llevado pajarita y esmoquin impecable a la cita pese a que me lo hubiera puesto perdido cableando aquella dichosa casa (hogar que luego pertenecería a Pedro Almodovar...esta noche estamos en plan ¡Hola!). Aquella noche descubrí algunas canciones que no había vuelto a escuchar en mi vida como esta:



Cantadas por Mari Trini, sin aderezo, con su aspecto de Edith Piaf, y ese desgarro de persona a la que siempre le falta el aire. Me pareció incluso "punk" la fiereza de la mujer, tan minúscula, cantando cosas que quizás sólo pueden cantarse cuando te han jodido muchas veces. Sin gota de eso que se llama "rock and roll attitude", sin atisbo de amaneramiento, cantando como te sale de las ingles...sin importarte un pijo.

Inevitablemente me he acordado de Mari Trini hoy durante todo el día, de su compañera Claudette la pianista, de esa casa grande y algo desangelada, de su caracter difícil, de ese rollo de que tenía que escapar y esconderse porque le faltaba el aire y no he entendido hasta que me he hecho un poco más mayor (que es cuando la vida deja de acariciarte para darte con un palo) de donde venía todo ese rollo de cantar agarrándose al piano. Algo hay de ella aquí...en esta canción que, durante mucho tiempo, sonó en los templos de "Chochi" patrio (cuando Chueca veneraba a Marisol, Encarnita Polo, Mari Trini y un largo etcétera de cantantes españoles) y en especial en el "Rick´s" que es y seguirá siendo el templo del "gay rhinestone" por excelencia.




El caso es que se ha marchado como se van muchos artistas en nuestro país, sin hacer ruido, despues de haberse pateado honradamente todos los escenarios posibles de nuestra música y nos hemos quedado un poco tristes escuchando el "¡No me jodas!" que mi padre dice cada vez que se entera de que alguien que conoce ha fallecido, con esas ansias suyas de no querer que nunca pase nada malo, como si el telediario se hubiera empeñado en gastarle una broma pesada. Ha sido entonces cuando él se ha acordado de esa noche en la que cantó en su casa y estabamos allí todos para verlo. Cochina nostalgia mezclada con cantantes de casino. Buen viaje.

Nota del Insustancial: Cerramos el chiringuito hasta el domingo o el lunes de esta semana porque allí donde vamos, Es Coria no Korea, no tenemos Internet. Mientras tanto pecad, comed, bebed, vivid, disfrutad no se me ocurre mejor manera que bendecir estas fechas tan señaladas y de molestar un poco a Rouco Varela. ¡Felices mini vacaciones! Y como decía Silvio Fernández (descubierto por la modernité desde J Planetas a Bunbury), cada vez que veía pasar un paso de una procesión de Sevilla: ¡Cuanto daño ha hecho el Imperio Romano! ¡Me cagüen tos los centuriones!". Os dejo uno de sus temazos de bonus track: Sureños.