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jueves, 7 de octubre de 2010

La televisión es Palmariana



Les cuento una historia barroco-progre:

Allá por principios de los 70 mi padre daba clase por la provincia de Cádiz. Sobre las razones por las cuales mi padre, extremeño, se vio obligado a estudiar la carrera en la escuela normal de Pontevedra y a luego impartir clases en la otra punta de España es algo que se nos escapa a casi todos sus parientes cercanos pero, ahí está, el afán viajero del Padre Manson.

El caso es que mi padre se lo estaba pasando guay: en Cádiz descubrió el flamenco, el poker, se hizo colega de los Hermanos Rivera (los toreros) y parece ser que se estaba dando a la vida disipada que tanto en el norte como en su procedencia de interior le resultaba tan lejana. De hecho, de todas estas historias de juergas, francachelas y cachondeos no hemos tenido noticias en la familia hasta hace relativamente poco tiempo y siempre por testimonios indirectos de personas que lo conocieron cuando se estaba dando a la masacre festiva. Después ha sido un tipo bastante más muermo con momentos de esplendor como ya les contaré en otra ocasión.

Pues ahí tienen ustedes a mi padre, tan juerguista y tan progre, impartiendo clases en un colegio de Barbate (Cádiz) –Barbate es como nuestro Graceland porque “siempre hay algo que nos llama a ir a Barbate”- y un buen día uno de los compañeros de curro comienza a dar la barrila con el tema de las apariciones marianas de El Palmar de Troya.

Según cuenta mi señor padre en aquellos tiempos el asunto religioso y esotérico se puso de moda además de que comenzaba a notarse ese rollo de atracción inevitable hacia el rollito OVNI…es curioso pero, si lo piensan bien, ese tipo de historias suelen generarse con mucha fuerza en países que están a punto de abandonar un sistema dictatorial o que acaban de dejarlo. Sólo hay que pensar en la cantidad de noticias de carácter “Ikerjimenezco” que nos proporcionó la extinta Unión Soviética y de la rápida caída de los camaradas en las chuminadas del otro mundo amén del sincero estallido de devoción religiosa que les atenazó y que ahora no saben como quitarse de encima.

El caso es que mi padre, tan moderno y tan necesitado de experiencias (y me imagino que tan continuamente resacoso), se vio envuelto en un road trip de proporciones bíblicas: una excursión a la muy noble y muy leal villa de El Palmar de Troya para asistir a esas apariciones que la prensa decía eran una especie de experiencia sorbenatural donde los videntes, aquellos a los que la Virgen Santísima se les colaba dentro del cuerpo, hacían que bailara el Sol (algo que sigue asegurando Pitita Ridruejo sobre las apariciones marianas de El Escorial), tomaban la comunión directamente de las manos de Dios, hacían caminar a los paralíticos, recuperar el sentido a los locos…o sea, la hostia.

Para ya se fueron unos cuantos maestros. Mi padre lo cuenta más o menos así: “Aquello era deprimente, puff, un secarral con una mierda de olivo seco en medio. Una mierda vamos, se te quitaban las ganas…yo quería irme a ver al Cádiz que me había hecho socio y cuanto más rato estaba allí más ganas tenía de irme. Una mierda tú, un asco. Además no hacía más que llegar gente en autobuses, todos rezando y no hacían más que llegar ambulancias con gente con goteros en la nariz (sic) y personas en muy mal estado. Me acuerdo que había hasta un chaval con síndrome de Down. Pobrecito. La gente se arremolinaba al lado de dos crías y de aquel tío, el Clemente que estaba un poco más allá al lado de ese otro, de su novio, de Manolo ¿Te acuerdas que vimos la película? Pues nada, los que estaban haciendo negocio eran aquellos dos y el jeta del cura del pueblo que había puesto una especie de chiringuito donde vendían cerveza y refrescos. Encima todo carísimo. De pronto estabas allí y uno de aquellos decía “mirad para el Sol que baila, que baila”. Coño, como no iba a bailar, si se te estaban desprendiendo las corneas de mirar y, encima, con toda la solanera encima te quedabas gilipollas”.

Mi padre narra el momento anterior, quizás unos años antes, a que el conocido como Misterio del Palmar de Troya se convirtiera en un escándalo de proporciones bíblicas. Por si ustedes no lo saben, las presuntas apariciones marianas de esta localidad sevillana tienen una historia que, punto por punto, es correlativa con cualquiera de las apariciones marianas que se han sucedido desde finales del siglo XIX hasta nuestros días: niños que encuentran un lugar alejado de un pueblo donde se dan de bruces con la aparición, in person, de la Virgen que les traslada unos cuantos mensajes claramente apocalípticos que tienen que ver con el aligeramiento de las costumbres, la falta de rigor para abrazar los preceptos de la Iglesia, la falta de fe y, claro está, la advertencia de los malos rollos que eso conlleva como la condenación eterna. Comenzaron en 1968 y se extendieron en el tiempo hasta 1975.

Aquellas apariciones fueron aprovechadas por Clemente Domínguez y Gómez y Manuel Alonso Corral, pareja residente en Sevilla (uno cobrador de impuestos y otro abogado, los dos timadores) que urdió el plan de convertir al primero en un místico presentándose como tal en la localidad de El Palmar. Sin duda, la mayor preparación de estos dos individuos y el hecho de que inventaran un genial truco visual les permitió ir expulsando a las primeras videntes y quedarse con todo el negocio. Clemente entraba en trance y al momento la boca se le llenaba de una espuma blanca efervescente. Al abrir la boca se podía ver una hostia consagrada en la lengua…era un alka seltzer que tomaba subrepticiamente. Pero la cosa funcionó.

De hecho les funcionó también que convirtieron aquel pequeño timo en un timo a gran escala: con el tiempo ambos fundaron la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz consiguiendo los fondos de unos cuantos chiflados que consiguieron que el Arzobispo de Hanoi los nombrara obispos. Como el cuento no paraba tuvieron la ocurrencia de provocar un cisma con la Iglesia católica oficial y nombrar a Clemente, Papa. Recibió el nombre de Gregorio XVII. Desde entonces todo tipo de escándalos (curiosamente no tan diferentes de los que atesora la Iglesia de Roma) han acechado a esta simpática orden que tras la muerte del primer Papa nombró a Manuel Alonso como sucesor bajo el rimbombante nombre de Pedro II.

Si les interesa la historia además de mucho material literario les recomiendo la versión cinematográfica de los hechos titulada Manuel y Clemente. Es una gozada.

Sobre literatura sobre el tema vale la pena que intenten retrotraerse a los tiempos en que muchos himbestigadores de lo oculto le dedicaron crónicas francamente creíbles sobre la naturaleza completamente real de estas apariciones y la simpar bonhomía de estos dos personajes y de todos los videntes allí convocados. Luego, como suele ser habitual, ninguno de ellos ha querido retractarse de sus palabras.

El caso es que mi padre, francamente aprensivo, por fin consiguió hacer desistir a sus compañeros de quedarse más tiempo en aquel lugar. Los 120 kilómetros que separan Sevilla de la costa no son los mismos de la actualidad y se podían tardar sus buenas tres horitas en cubrirlos por completo.

Cuando iniciaron la marcha, comenzaron a notar que el conductor se ponía de lo más raro y que estaba todo el rato hablando del tema, de lo mucho que le había impactado, de lo cerca de Dios que se había sentido. Mi padre, que tiene una fe ciega en una estúpida teoría que tiene que ver con los presuntos efectos que el sol tiene sobre la cabeza de las ovejas (aunque ya desconfía un poco sigue pensando, al igual que su tío Juan, que las ovejas no pueden estar demasiado tiempo al sol porque se “amodorran”, es decir, se vuelven gilipollas…lo que es una explicación que ha quedado un poco atrás cuando todos conocemos ya el Síndrome de Creutfelz-Jacob o “Síndrome de las vacas locas”) es el mismo que tiene sobre los humanos achacó durante años lo que ocurrió a continuación con el calor que habían pasado y que estaban pasando todos metidos en un 850 con las ventanillas abiertas….

De pronto el conductor comenzó a aminorar la marcha y a decir “la veo, la veo, la veo…” al principio bajito y despacio y a medida que pisaba el acelerador más alto y más rápido. El caso es que el coche comenzó a salirse de la carretera y a ponerse en dirección a unos árboles que sólo la pericia del copiloto (mi padre, a esas alturas estaba ya intentando abrir a cabezazos el cristal trasero para saltar del coche en marcha) consiguió pisar el freno y que el posible choque mortal quedara en un golpecillo en el parachoques y un susto.

Mi padre cuenta aquello más o menos así: “Yo lo que tenía ganas en ese momento era de salir de allí atrás como fuera y luego de sacarlo del coche a gorrazos. Qué cabrón. El tío aquel decía que había visto a la Virgen, ¡A la Virgen! Que si XXXXX no da un volantazo claro que vemos a la Virgen, coño, y a San Pedro y a la Corte Celestial porque hubiéramos cascado. Yo tenía ganas de matarlo, de verdad. Pero eso fue culpa del calor, que le dio en la cabeza…y encima me quedé sin ver al Cádiz…que me había hecho socio del Cádiz…para ver fútbol porque yo soy del Madrid pero el Cádiz me cae muy bien…bueno, el caso es que volvimos más tranquilos, paramos en una venta a tomar algo y parece ser que se calmó un poco. Yo no quise volver a un sitio así, en la vida. Había hasta un niño con Síndrome de Down. Pobrecito. ¿A quien se le iba a ocurrir la cabronada de convencer a unos padres analfabetos de que su hijo iba a curarse por irse a un secarral? Qué gentuza, de verdad, qué gentuza. Pero lo mejor no es eso, es que el tío aquel, el de “la veo, la veo, la veo” años después dejó el magisterio y se hizo cura de El Palmar, de los de El Palmar, se metió en el seminario que tenían en Sevilla”.

Desde entonces mi padre no volvió a pisar un lugar así e, incluso, declinó varias ofertas para unirse a varios grupos de avistamiento OVNI que montaban. Es más, cuando vivíamos en Catalunya (Palafrugell, Girona) tampoco quiso unirse a ninguna de esas reuniones hipermodernas de gente que hablaba de chakras y de reyki y de piedritas mágicas y de echarle maldiciones a Franco para que cascara antes.

En lo que siempre hemos estado de acuerdo es en que el caso de Manuel y Clemente, los fundadores de El Palmar, son una prueba inequívoca de que todos somos muy capaces de comernos una mierda enorme aunque el aspecto que tenga por fuera tenga la peor pinta posible. Evidentemente El Palmar de Troya era un timo, incluso antes de que aquellos dos señores sevillanos lo capitalizaran y lo exprimieran ya era un engaño gigantesco. La diferencia es que unos sólo vieron la posibilidad de venderles coca-colas a los incautos mientras que otros supieron maximizarlo hasta poder construir una basílica, la actual, que es más grande que la de San Pedro en Roma. Una inversión alta pero que no tiene más objetivo que el de atraer a más incautos a las cercanías de El Palmar para que sigan llenando las huchas petitorias.

Cada vez que enciendo la tele me acuerdo de Clemente y de los chiflados de El Palmar. A diario, y con más insistencia si cabe en los últimos días, acudimos a un nuevo milagro, un milagro diario más grande aún que darle de comer a una hambrienta multitud con apenas una lata de sardinas y un chusco de pan.

Ese milagro tiene un nombre: Belén Esteban. Dos cadenas nacionales (Telecinco y Antena 3) alimentan sus programas de mayor audiencia gracias a la vida de una mujer completamente vulgar. Y no me refiero a su forma de hablar, a su escasa preparación académica o a lo parvo de sus actividades sociales sino a que Belén Esteban es una persona completamente normal-normalísima (una nomenclatura que usa mucho mi padre).

La fascinación que provoca la vida de la ex novia de un torero no puede nacer más que de la intensa necesidad de las estrellas mediáticas por alejarse todos los días, un centímetro más, de la realidad. Es Rosa Pereda, en El País, la que ayer mismo se unía al carro de los creyentes en este milagro con un artículo en el que describía su fascinación por el personaje con una frase que también se repite mucho “Belén Esteban tiene algo”.

Ese “algo” es la fascinación real o impostada (más bien creo que impostada o autoimpuesta) por lo que muchas personas creen un estilo de vida tremendamente lejano y, por tanto, exótico y excitante.

Curiosamente, los mismos mecanismos que han mantenido vivos los espectáculos de freaks hasta nuestros días, son los que impulsan este milagro mediático. Fíjense si no en la adopción de Joseph Merryll, El hombre Elefante, por parte del doctor Treves en el Siglo XIX. El buen doctor, un hombre compasivo al parecer, se sintió fascinado en primera instancia por la enfermedad (Síndrome de Protheus) de Merryll pero, tanto para él, como para los demás miembros de la alta sociedad inglesa que lo visitaron lo más sobresaliente no es que fuera un ser humano completamente deforme. No. Lo interesante de Merryll es que, pese a ser pobre como una rata y no haber recibido apenas educación, leía y escribía de forma notable y había criado una sensibilidad estética y ética que los dejó completamente atónitos.

En otros términos, y por asuntos mucho más chabacanos y menos de letras, la fascinación que el personaje de Belén Esteban produce sobre sus jefes tiene un carácter francamente parecido pero, en este caso, con haber encontrado a una persona que, casi sin formación y sin haber recibido más que una educación básica, es capaz de conectar con (a su entender) millones de personas todos los días.

Cuando los medios de las tripas y el corazón señalan a Belén Esteban como “La Princesa del Pueblo” lo hacen, claro está, con una medio sonrisa sardónica en la que les blanquea la piñata y, bueno, en cierto modo saben que semejantes epítetos les sirven para vender más coca-colas y más refrescos a los incautos pero también satisfacen la necesidad de los que creen a su altura y que también fingen estar lo suficientemente alejados de las vidas de los extrarradios como para mostrar esa extraña fascinación por un personaje como Belén Esteban.

Como el amigo aquel de mi padre, algo que comenzó como una cuchufleta entre cuatro maestros de provincias que querían emprender un Magical Mistery Tour sureño, poco a poco hemos visto como esta presunta tormenta de verano (la capacidad de resistencia de Belén Esteban en un medio televisivo que necesita devorar historias todos los días es francamente admirable) se iba agrandando, creciendo más y más hasta el punto de poner a luchar a dos cadenas nacionales (aunque las otras se nutren también del milagro en mayor o menos medida) y hasta el punto en el que más de un incrédulo, más de un escéptico y más de un ateo que no cree que la televisión tenga que girar alrededor de un solo personaje comienza a despertar como un absoluto creyente y acelera y acelera contra el árbol de la estupidez diciendo eso de “la veo, la veo, la veo”.

Sin duda este tipo de programación no es más que un cisma de la televisión convencional, una televisión palmariana, un insulto a la inteligencia pero, sin duda, el truco es tan burdo que seduce a cientos de miles todos los días que acuden al milagro de la multiplicación de algo insignificante que les es devuelto en forma de debates, reportajes, comentarios, mesas, charlas, coloquios, imágenes difusas, cotilleos y un sinfín de personajes secundarios que alimentan, como los apostoles, puntos de vista cada vez más sorprendentes, más retorcidos, más milagrosos.

Como la Basílica del Palmar todo parece ser una broma, un pequeño timo, que se ha ido poco a poco descontrolando hasta coger una pendiente peligrosa.

Ahora sólo nos queda saber cuanto más va a durar todo y cuál será la próxima revelación.

Nota del Insustancial: "La televisión es nutritiva" es uno de los himnos a la Tecnología del grupo Aviador Dro que, no sin cierto optimismo, preconizaban desde comienzos de los 80 con un futuro donde los aparatos electrónicos y los avances en el campo de las ciencias nos harían evolucionar hacia otro tipo de especie que fuera mitad máquina y mitad ser humano. Pese a que el cuento sonaba bien lo cierto es que se ha convertido en justamente lo contrario. En todo caso es una gran canción.

viernes, 29 de mayo de 2009

Sus vidas pueden ser apasionantes


Un día estás con la panda en el bar y se hace el silencio. Ese es tu momento. Pegas un trago a la cerveza, das una calada al cigarro y dices eso de: "¿Os sabéis ese de Jesucristo que va por el desierto y se encuentra a Mahoma llevando una puerta de un 600 y...". Cuentas el chiste esperando la carcajada que inscribirá tu nombre entre el de otros cómicos como Tony Antonio o Mariano 1´85 y, nada, el silencio. Sonrojado por tu falta de capacidades sociales te hundes un poco más en la mugre e, incluso, recibes una colleja. Es más, un tipo sevillano con mucha gracia se entromete en el grupo y dice: "¿Os sabéis ese del mariquita de Huelva que va al Rocío y...". Y él sí sale por la puerta grande y se le apoquinan dos cubatas por saleroso.






Nada de eso hubiera ocurrido si tu vida llevara incorporada unas risas enlatadas. El jajá y el jijí asegurados. Vale que dan mal rollo porque las risas enlatadas pertenecen a gente muerta pero todo buen productor de TV sabe que tienen su aquel y que pueden hacer digerible un mal sketch del mismo modo que un poco de azucar hace digerible cualquier píldora como bien decía esa filósofa del ofuscamiento y la confusión infantil llamada Mary Poppins...¿Habéis pensado alguna vez en la empanada mental que tendrían esos pobres críos yendo del brazo de una niñera que convertía cada paseo por Hyde Park en un número musical de Dick Van Dyke? La única canguro que he conocido en mi vida era una que venía a cuidarnos a mi amigo Pulido y a mi cuando nuestros papás se iban los sábados por la noche a "visitar a un señor enfermo" y su único poder relevante era revolvernos las tripas cuando la veíamos comer sandwiches de jamón de york con tomate frito Orlando. De hecho cuando vi "Halloween" (1978, John Carpenter) no sentí más que afinidad y compasión por Michael Meyers. A saber qué comería su canguro para que el muchacho se pusiera así de nervioso...

Pero me estoy (a)largando de nuevo. A donde yo quería llegar es a que, en realidad, cualquier vida es interesante. Incluso apasionante si se la dota de algunos aderezos técnicos. Los paseos en bicicleta (y digo paseos no esas etapas que se cascan esos vecinos que se compran una bici de montaña y la equipación completa de Alberto Contador) son un coñazo si nadie hace la gracia de silbar la sintonia de "Verano azul" de cuando en cuando o al menos una vez y, leches, haced la prueba, subid las escalinatas de cualquier fachada canturreando el "papapá-papapá" de la BSO de "Rocky" (John G. Avildsen, 1976) y ya veréis qué se hacen menos cortas.

Gracias a los efectos de sonido de la tele, a los "tantarantán" de suspense, a los "po-po-pó" de frustración y al "fiiiiiuuuuuuuuuuuuuuuu....pst" de la caída del Coyote en el abismo del Gran Cañón podemos decir que casi cualquier cosa puede tener interés. Si además agarramos todo eso y le damos un buen montaje, un poco de ritmo...la cosa queda fetén. Con interés.


¿Qué hay vidas que no son interesantes? Todas después de una buena puesta a punto lo son. Bien lo saben en las televisiones donde asistimos todos los días a la retransmisión, en cuasi directo, de la vida de una ciudadana española llamada Belén Esteban. Sí, la vida de una mujer de San Blas que tiene una hija con un nuevo rico andaluz y está casada con un camarero mileurista llamado Fran ocupa más tiempo en antena que la cobertura que las privadas mayoritarias hacen de las elecciones europeas, es más, generan, al parecer mucho debate.

Un debate lleno de preguntas morales interesantes como: ¿Cuanto tiempo debe de permanecer un padre separado/divorciado/desarrejuntado en la boda de su hija? ¿Debe de llevarse 300 gramos de jamón y unos picos de pan para el camino o es más elegante hacer mutis y parar en la primera estación de servicio para comerse un plato combinado?

La vida de Belén Esteban, nuestra "Princesa de los pobres", tiene todos los componentes aburridos y mezquinos de todas las vidas pero, ahhhhhh, tiene efectos de sonido, tienen tantatachanes, cortes a publicidad, tomas cámara en mano, persecuciones, palabras altisonantes sacadas ingeniosamente de contexto, humor plano, comentarios de comentaristas que hacen las veces de los comentarios del director del DVD y un sinfín de trucos hechos para llamar nuestra atención.

Ustedes, mucho más que yo, se merecerían del mismo modo participar de esa cosa llamada fama y de ocupar cientos de minutos de televisión a la semana si un avezado productor le pusiera a sus vidas una buena banda sonora y algo de ritmo. Nada más y nada menos. Al menos podemos afirmar una cosa: La próxima revolución será televisada pero, cuidado, que tengan cuidado donde la emiten porque es posible que en otra cadena esten, en ese mismo instante, retransmitiendo en directo como la Esteban compra unos tomates y nadie se entere del asunto.