jueves, 20 de enero de 2011

Leche, Bisbal, avellanas y azucar...



Cuando veo un anuncio de Nocilla no puedo evitar acordarme de mi amigo Tiberiades que aunque ganó el Premio Escolar Nocilla de Dibujo  no pudo disfrutar de su bien merecida visita a WaltDisneylandia. . 

Las imágenes se pegan a mis párpados como legañas. La música tan pegadiza...la música tan pegadiza me hace mover el cabezón a izquierda y a derecha primero con un tic leve de Parkinson en primer estadio y luego con la energía de un boy scout en su primer día de excursión. 

David Bisbal es la energía pura, el bailoteo y el jipido el "yeah" y el "olé" todo junto. La gente que se mueve demasiado me pone nerviosa y el almeriense no es una excepción. Desde su despertar en OT me ha parecido un artista sospechoso, ya sabes, con tanto volatín y tanto gesto desencajado, con todo ese despliegue tan exagerado, pareciera que quisiera esconder a un vago enorme que vive en su interior y que sería feliz tumbado en el sofá comiendo panchitos. De hecho siempre me imagino que Bisbal gasta tanta energía en sus conciertos que no tiene más remedio que pasarse el día holgazaneando, postrado en una cama, diciendo "me duele todo, dame un Eferalgan a ver si remonto...". 

El caso es que estoy sentado en el sofá holgazaneando, proyectando al Bisbal imaginado por mi en mi mismo, y veo ese anuncio donde sale David, el ex de Chenoa, el tío que fue capaz de cortarse los rizos por una buena causa (las minas antipersona), cantando a un nivelaco de volumen de subwoofer y saludando a todo el mundo como si lo hiciera desde una webcam. Mi primera reacción es mirar a un lado y a otro...¿se estará refiriendo a mi? ¿Me estará hablando a mi? ¿Ya lo he conseguido? ¿Ya han comenzado las aluciones? ¿Era hasta aquí donde quería llegar? ¿A alucinar pensando que me habla Bisbal? ¿No hubiera sido mejor Dios o Elvis Presley? 

Pero no, es todo un jueguecillo, un truco de barraca audiovisual: quieren hacer que mire haciéndome creer que Bisbal me mira, pero nos mira a todos. A todos los holgazanes que estamos en casa acumulando energía inutil en forma de grasa abdominal convirtiéndonos en el manjar preferido para la Invasión Zombi: lentos,  cazables y fanegas. ¡A ver qué zombi le echa huevos y caza a un atleta-cantante como Bisbal! ¿Te imaginas las dotes que tiene para el baile pero puestas en favor del valetudo? 

Bisbal canta por medio de una webcam, acompañado de un coro de jóvenes a la moda que parecen sus colegas. Otro truco. O no. Bisbal es muy de la gente, es percibido como un chico sanote, de esos que todo el mundo quiere tener en casa: le gusta bailar, cantar, apoyar causas nobles y acometer abrazos y muestras de cariño...además no se mete en política, no tiene opinión que se sepa. Y eso gusta mucho, su falta de incomodidad, va a quedar bien lo pongas donde lo pongas porque es cómodo, es un chaval cómodo, seguro que es un trozo de pan. 

El caso es que Bisbal canta: "Nada como una sonrisa para poder soñar/ para que este día vaya genial/porque lo bueno es compartir/disfrutar la vida y ser feliz" (dos veces). Y luego: "Algo único de verdad/Que Nocilla hace realidad/un momento para sonreir/y a tu amigo tu le harás feliz. Y luego al comienzo de la canción otra vez con palmas (dos veces) y luego un emocionante: "¡Leche, Cacao, avellanas y azucar! ¡Nocilla". Esto último dicho con mucho Bisbalismo, con mucho sentimiento. En algunas sectas, para convencerte de que de verdad eres uno de los elegidos para subirte a la nave que viene detrás del cometa Halle Bopp a rescatar a un selecto y exquisito grupo de representantes humanos, se repite menos el mensaje, te obligan a repetir el mantra menos veces pero, bueno, mola. De hecho no es baladí que la marca de la crema de cacao haya elegido a un tío como Bisbal que en su paso por OT se hacía unos mastodónticos bocadillos de Nocilla que deglutía con apetito de colegial hiperactivo. Otro truco de feria catódica: aquella imagen tan simpática trae al espectador a esta otra tan vital. Nostalgia instantánea, ganas de aferrarte al tiempo feliz en que pensábamos que ganar Eurovisión era un reto al alcance del esfuerzo de toda una nación volcada en ese objetivo...

La sensación de estar escuchando no un mensaje publicitario si no, en realidad, una canción de Bisbal me ataca. Es verdad, es un texto sencillo, que habla de amistad, de pasarlo bien, de coleguear, de tomar algo dulce que puedes compartir con un ritmo trillado pero agradable, como de canción de misa. Es decir, si cierras los ojos y dejas de ver los logos que se repiten en el anuncio te parece que estés ante el próximo single, del próximo disco del cantante ¿No? O sea, a ver, que incluso el momento en el que dice lo de "Que Nocilla hace realidad" lo dice como rápido, como para pasar inadvertido en plan truco auditivo. Sí, me imagino al cuentas y al creativo y al compositor del jingle diciendo "esto se dice rápido, como sin sentir, que la gente crea que lo que dice la canción es "Que las ardillas hacen realidad" y que el que no esté viendo la tele, el tontaina que esté haciendo otra cosa con la tele de fondo piense "¿Bisbal ha dicho ARDILLA?...jejjejee...un rollo raro en el que la marca solo la capte un perro o el nivel subconsciente de un ser humano". Gente malvada y ladina. 

El caso es que, todo esto, el anuncio y tal, estos encabezados tan largos, estas curvas tan delirantes que hago para hablar de las cosas me llevan a una reflexión: La ejecución técnica de algo, el modus operandi, la forma de hacer, la forma de comunicar, la composición y todas esas cosas puede estar al servicio de lo que sea, del mensaje que queramos pero lo importante, en realidad, es lo que decimos. Es el mensaje en sí. 

Ahí tienes a Bisbal que es capaz de cantar con el mismo sentimiento, con el mismo canon, con los mismos gestos y con el mismo énfasis al amor, a las minas antipersonas o a la crema de Cacao Nocilla. Da igual, el mensaje es intercambiable para algunos artistas. Miren a Warhol que igual te hacía una campaña de Mercedes que se marcaba unas marilynes estupendas como ensalzamiento de lo popular, del pop elevado a la Alta Cultura siendo colgado en museos y después con las mismas técnicas vendía cuadros parecidos e inmortalizaba a Miguel Bosé o Pitita Ridruejo ¿No? 

Cuando no hay nada que decir, solemos acudir al discurso de lo técnico, de la perfección con la que algo está hecho. No hay nada más falso: recuerden ustedes cuando eran niños, hagan un viaje regresivo en el tiempo y plántense delante de un resplandeciente tiovivo. De esos tiovivos con caballos y coches de carreras con un casco de plástico atado a las barras con una cuerda y camiones de bomberos, dibujen en su mente las luces atrayentes, la música seductora, todo el maldito andamiaje de lo atractivo. ¿Están ahí? Den unos pasos, miren en el bolsillo, extraigan de él una reluciente moneda de 100 pesetas y caminen hacia la taquilla. Sientan la emoción de que, en breves segundos, van a estar cabalgando sobre un corcel magnífico, conduciendo un formula 1 hacia la meta. Lleguen a la taquilla, aúpense sobre las puntas de sus pies y depositen la moneda en el mostrador metálico plateado y reluciente. Miren al taquillero y escuchen decirles: "Es un  tiovivo precioso, pero no funciona, no somos capaces de que funcione, lárgate chaval/a". 

Pues esa es la sensación frustrante que quiero que noten, que sientan. El trabajo bien hecho, el enfoque perfecto, la línea bien rematada la mayoría de las veces (y siempre hay excepciones de canciones y películas que están dirigidas a algo, pretendidamente sin mensaje como es el puro divertimento) no vale absolutamente para nada. 

Ahí está Bisbal  entonando impecablemente, haciendo sus gestos de fuerza juvenil, apuntando a la pantalla, impecablemente desaliñado, la imagen pura y dura de la alegría, del saber estar, de la cosa sana y le canta a la Nocilla. Solo quiere que te comas un bocata de Nocilla o de ardilla...que todavía no lo tengo claro. 

El rostro de Italia


Yo no me imagino lo que tiene que ser levantarse por la mañana y descubrir que te ha cambiado la cara. Fíjate, la que se monta, la pequeña tragedia, que supone mirarte al espejo y ver que te ha crecido un grano, uno de esos granos rojos con una puntita de pus tan asquerosos como para, de pronto, mirarte en un espejo y descubrir que tu cara es completamente diferente a la de hace un mes. 

¿Se acuerdan del síncope nervioso que sufría el Joker interpretado por Jack Nicholson en "Batman" cuando descubría que su cara no era la de Jack Nicholson si no la de un bufón impreso en un naipe? 

Los retoques esos que se han puesto tan de moda quieren pasar desapercibidos. Una chica se pone 200 gramos más en cada pecho y asegura que se ha hecho un retoquito pese a que, maldito machismo, cada vez que pasa por una obra uno o dos simpáticos albañiles operarios regurgiten a corto un intenso "moc-moc" y acompañen el sonido con un mimo perfecto del gesto que hacía Harpo al apretar su bocina. "Moc-Moc",  qué cachondos,  España es un país de cachondos por eso estamos como estamos: a la cabeza de Europa en términos de sandunguerío. 

La duda me recorre el cuerpo cuando se habla de peluquines: un tipo es calvo, al día siguiente aparece con un pelo estupendo, así como si no pasara nada, al bar donde se toma todos los días el café. ¿Espera que el asunto pase igualmente desapercibido? ¿Que la gente no caiga en la cuenta de que esa cabeza está repleta de un pelo vigoroso de sospechoso negror y parecido al de Lorenzo Lamas? ¿No se preguntará el camarero si no es un milagro que algo crezca tan rápido en un terreno, aparentemente, tan baldío? 

Los que se ponen en manos de eso que se llama Centros o Clínicas de estética corren muchos riesgos. Sólo hay que escuchar las cosas que cuenta la gente por ahí, ver uno de esos reportajes donde un tipo dice "hay que cortar este hueso", "hay que limar esa costilla", "hay que poner esa piel de pompis en esa frente" para saber que no nos enfrentamos con un simple: "póngame sobre la cresta del domo un pelucón de Luis XIV, por la sangre de Thor, que quiero estar juvenil". 

Yo me imagino a Don Silvio Berlusconi el día que fue a la Clínica y le dijo al cirujano: "Chapa y pintura, dottore, chapa y pintura". Y ahí va el buen señor a pegar cortes y tijeretazos para...¿para qué? Il Cavaliere apareció como dos meses después con la misma cara que tiene su figura en el Museo de Cera de Madrid, más tensa que la piel del tambor del 1er. Tercio de la Legión, vestido de blanco nuclear y con un pañuelo de piratón ibicenco que le tapaba una nueva mata de pelo negro peinada para atrás con el aspecto elegante que tiene la moqueta recién puesta. En este punto siempre me he preguntado: ¿huele ese pelazo como el interior de los coches nuevos? Me gustaría saberlo. ¿Se han hecho alguna vez un injerto bueno, bueno? infórmenme, por favor, que ardo en deseos de saber. Como siempre. 

Echen cuentas, un hombre que pasa de los 70, que lo tiene todo excepto la juventud, quiero decir el aspecto de la juventud porque la gallardía y el espíritu siguen intactos, se pone en manos de un tío que no le pone su cara sino que prefiere, como si fuera un pintor cubista, interpretar lo que era la cara de Berlusconi y rehacerla según qué cánones de belleza propios...algo inexactos porque la cara, la cara dura de el primer ministro, denotaba todos esos años de galán conquistador, de cantante de cruceros, de productor avispado que no tiene empacho en llevar su sapiencia sobre el espectáculo a la política y nos la devuelve pulida como el mármol, inexacta y como fuera de tiempo. Una cara nueva, dispuesta a ser de nuevo lacerada por los disgustos, redondeada por las alegrías...

Berlusconi ha hecho muchos sacrificios en su vida pero, sin duda, el mayor de ellos ha sido mutar su aspecto para darnos a probar un pequeño bocadito de terror que dice: ¿Quieres que al pasar los 70 tu cara no diga nada o lo que es peor, que todo lo que significa tu cara reaparezca atravesado por la inmovilidad pero denotando que tienes miedo de ti mismo y de lo que eras antes? 

Si alguien ha hecho todos esos sacrificios es normal que se rodee de nuevas amistades, de amistades jóvenes que no tienen quizás el bagaje suficiente para saber con qué se enfrentan. Una nueva cara necesita de un nuevo escenario de otras nuevas caras al igual que un peluquín sorpresivo necesita de un cambio de domicilio,  de ciudad y amistades para que cuele y nadie sospeche que llevamos el pelo de otro pegado a la calva. Cuantas más jóvenes y despreocupadas mucho mejor, cuanto más rápido vivan y más rápido desaparezcan mucho mejor. 

Se habla de "Saló y los 120 días de Sodoma" para intentar explicar todo lo que pasa en Italia. Yo me quedo con Moretti y el neorrealismo que, sin duda, da una perspectiva más cercana, incluso la escena en la que un dirigente italiano se marca una especie de bailecillo estúpido en una de las primeras secuencias de "Il Divo" me parece mucho más cercana. Pero el cine y la literatura se quedan cortas, porque la realidad de lo que pasa en Italia está impreso en esa cara nueva que muestra Berlusconi, en su necesidad de aniquilar al pasado y de mirar al presente con gesto inexpresivo pero sonriente, seguro que el secreto de lo que pasa en Italia está en el material del que está hecha el nuevo rostro de Berlusconi, en la composición química de ese careto y en su enorme resistencia al paso del tiempo, a su incapacidad para cambiar de gesto por muy mal que se pongan las cosas. 

En el fondo si somos capaces de pasar por el calvario de cambiar nuestra cara y de encontrar quien lo haga también encontraremos a quien con un bisturí igualmente efectivo corte, empalme, arregle y ponga a tono la realidad hasta que esta encaje abiertamente con lo que queremos que sea. Jueces, periodistas, abogados, fiscales, senadores, compañeros de partido...un equipo médico y político sin igual al servicio de ese rostro petreo, de esa cara dura, de esa nadería esculpida, de ese pelo bueno y elegante como el interior de cuero de un coche de importación de alta gama. Lo importante es que todo reluzca, que todo brille, que al darle el sol sea imposible aguantar el esplendor porque ese flash instantáneo seguramente esconderá la verdad. 

Una cara nueva, necesita un país nuevo que se acomode a su nueva orografía, una nueva moral y una nueva forma de entender la política y los negocios, las relaciones interpersonales y todo lo demás. Sin duda, Il Cavaliere está cumpliendo perfectamente su doble papel de modelo y artista. Le está quedando fetén ¿No? 


Nota del Insustancial: "Vuelve conmigo a Italia" de Hidrogennesse es una de las grandes canciones del dúo catalán formado por Genís Segarra y Carlos Ballesteros que resume a golpetazos de techno y de poco crípticas imágenes esa mezcla de romanticismo adolescente y de viaje de instituto (¿Crees que podremos encontrar una discoteca cutre/y pasada de moda/donde todavía pongan la canción del verano/de aquel año?). que tan bien define popularmente la relación que mantenemos, en algunos aspectos,  con el país transalpino. Además me gusta muchísimo. 

martes, 18 de enero de 2011

El humor de Ricky Gervais y la mala digestión de Hollywood.


"Tocando el viento" (Mark Herman, 1996) es la historia de la banda de música de una mina del norte de Inglaterra allá por los años en los que Margaret Thatcher decidió deshacerse de todas las explotaciones de carbón inglesas y poner de patitas en la calle a unos cuantos de miles de trabajadores sumiendo en la miseria a gran parte del país. 

¿Las razones? Según en qué sistemas es más rentable destruir empleo que generarlo. La película, agria y tragicómica, repleta de historias sangrantes y verdades como puños pasó casi desapercibida tanto en su país como, un año más tarde, en su explotación extranjera. Más que nada porque ese mismo año, otra película de corte parecido pero de espíritu mucho más amable titulada "Full Monty" (Peter Cattaneo, 1997) estaba arrasando en todo el planeta y, pese a que partía básicamente de la misma sinopsis (la destrucción del tejido industrial por parte de Margaret Thatcher) la historia se hacía cuanto menos mucho más tragable aunque solo fuera porque obviaba explicar la raiz del problema, cosa en la que escarbaba "Tocando el viento", y porque en el fondo "Full Monty" era un canto de esperanza, una especie de cuento de moraleja conformista donde los malos no existían y los buenos se podían ganar el pan desnudándose en un bar-cuchitril de una ciudad industrial comida por la crisis. 

"Full Monty" era una de esas películas que encantan en Hollywood y, por ende, en todo el mundo. Ya sabes, los pobres son simpáticos, de buen corazón y como pobres que son tienen salidas para todo porque, todo el mundo sabe, que la gente que acumula buenos sentimiento acaba, de un modo u otro, saliendo hacia adelante...por lo menos en las películas y porque juguetea con una idea religiosa generalizada: el bien, aunque sea de manera muy loca, siempre acaba triunfando. 

Este espíritu es bastante palpable en los remakes que Hollywood lleva a cabo de cuando en cuando: las versiones originales, normalmente europeas, suelen ser bruscas o contener detalles que a los americanos no suelen gustar. Hace poco se conocía que Will Smith había comprado los derechos de "Bienvenidos al Norte" (Dany Boom, 2008) para hacer un remake americano en el que, me imagino, que Will Smith será destinado a un estado del Sur Profundo o a Alaska donde dará cuenta de que, en el fondo, pese a las diferencias evidentes de civilización lo importante es que todos somos seres humanos y, ya sabes, sangramos, sudamos y lloramos por las mismas cosas que es una forma conciliadora de narración que gusta a todo el mundo porque todo el mundo quiere estar contento con sus cositas: vale, yo soy un cateto de Texas que creo que está bien segregar a negros y blancos en las escuelas y tu eres un neoyorquino estirado que cree que habría que tener más control de armas pero, ey, en el fondo somos iguales porque nos pirramos por las hamburguesas y se nos caen dos lagrimones cuando vemos una bandera con las barras y estrellas. ¿Mola no? Todos diferentes pero, en el fondo, todos iguales. Eso vende mucho más que la cruda realidad. De hecho, la adaptación de los guiones de la original "The office" han ido derivando en su versión norteamericana en otro tipo de producto cómico de gran calidad pero de espíritu francamente diferente. El jefe de la oficina inglesa caía mal y provocaba vergüenza ajena, el de la norteamericana, en la mayoría de los casos, produce una enorme ternura.

Menos mal que, de cuando en cuando, en todo este status quo de buenas intenciones, se cuela alguien que, obcecadamente, prefiere mantener su visión global de las cosas sin tener en cuenta frente a quien o para qué hace las cosas. 

Mi sorpresa fue mayúscula cuando me enteré de que el cómico inglés Ricky Gervais había sido designado para ser el presentador de la Gala de los Globos de Oro. Solo hay que echar un vistazo a su carrera para saber que, a lo mejor, no es el tipo más indicado para dirigir una celebración de algo tan oficial y tan campanudo como la entrega de unos premios de la industria americana (o los críticos de cine...que lo mismo da). Gervais no es uno de esos humoristas cómodos, es más, es uno de esos cómicos que hace chistes de cosas profundamente dolorosas y que se caracteriza por tener un humor vitriólico a prueba de bombas. Por extensión Gervais es un cómico minoritario (pese a que la audiencia global de su producción pueda decir lo contrario) que siempre está más acertado cuando trabaja con su propio material que con material ajeno. 

Ni que decir tiene que, hasta la fecha, Hollywood no ha sabido absorber el talentazo de Gervais, ni mucho menos entender que, por mucho que se empeñe, no va a ser capaz de convertirlo (ni a él, ni tampoco a ese naúfrago llamado Steve Coogan) en una pieza que encaje dentro del Star-system al uso. De hecho la carrera del inglés en tierras americanas ("Me ha caído el muerto", dos pequeños papeles en "Noche en el Museo" y la fallida "Increible pero falso") demuestran la incapacidad de las productoras americanas para encontrar un sitio donde encajar al creador de "The Office" o "Extras" y a su particular forma de entender el ejercicio de hacer reir. 

El paso de Ricky Gervais por el escenario de los Golden Globes se ha solucionado de una forma tajante y algo ridícula: se le ha vetado. Así, directamente. Jamás volverá a presentar dicha gala porque, según los organizadores, muchos agentes de las estrellas presentes a las que hizo alusión (Charlie Sheen, John Travolta, Tom Cruise, Angelina Jolie, Brad Pitt...) han presentado quejas sobre el trato que sus representados recibieron del actor inglés. 

En realidad Gervais solo hizo de Gervais que, hasta ahora mismo, es lo mejor que sabe hacer: sacar colmillo. Bravo por él, aunque solo sea por demostrar que está por encima del bien y del mal y que al star system mundial no le hace ni puta gracia que le anden tocando las narices. Da igual que Robert de Niro o Alec Baldwin tuvieran un ataque de risa público y que, literalmente, se les cayeran los mocos de la risa porque, seguramente, lo que opinen las viejas glorias (que vienen de un sistema donde el humor por muy bajonero que fuera era parte del juego y la crítica feroz era algo con lo que debías desayunar todos los días) porque lo que importa ahora es, básicamente, que nadie moleste a las grandes estrellas. 

Contratar a alguien para hacer algo que no está dispuesto a hacer o, más lejos de ello, que no sabe hacer es una constante en el negocio del show bussiness. Lo que ocurre es que la mayoría de la gente traga o parece tragar con eso de ofrecer la cara más suave y menos afilada de su registro. Solo así se explica que cómicos tan grandes como Eddy Murphy o directores como Pedro Almodovar hayan preferido limarse las uñas a cambio de un puesto en el Olimpo. Es humano y es justificable, otra cosa es que todo el mundo esté dispuesto a jugar a lo mismo. 

Gervais ha dado una lección de saber estar y, sobre todo, de como, a veces, es mejor hacer lo que a uno le de la gana antes de venderle el alma al diablo a cambio de unos réditos que, a la larga, no van a ser ni la mitad de jugosos de lo que uno espera. Si alguien se hubiera permitido perder el tiempo durante unos segundos para ver el pequeño monólogo que el cómico inglés hace en Extras se habría dado cuenta de que era un poco inútil hacer el esfuerzo de contratar a alguien cuyo humor resultará incómodo para una gran mayoría de personas. Los fans del cómico inglés nos quedamos a gusto sabiendo que todavía podemos disfrutar de él y de su forma de entender el humor. Enhorabuena, por la parte que nos toca. 


La frase de Tom Hanks, la contestación de Tom Hanks y Tim Allen desde el escenario fue definitoria de lo que a un tipo de Hollywood le estaba pareciendo todo aquello:

-"¿Recuerdan cuando Ricky Gervais era un cómico algo gordito pero agradable?
-"Pues ya no es ninguna de las dos cosas".

Es posible que solo hubieran visto sus películas americanas. 

domingo, 16 de enero de 2011

Risas en el Circo de Torrebruno.


Los niños gritaban. Era un chillido espantoso y agudo. Si alguien hubiera pasado por la parte de fuera del circo estoy seguro de que hubiera pensado que el sitio estaba ardiendo. Pero no. Era sólamente que Torrebruno había salido a escena. Era normal, porque el circo, aquel circo, anunciaba a bombo y platillo la presencia del héroe de todos los niños. Se hizo de rogar. Tuvimos que ver a unos acróbatas y a unos equilibristas, vimos al domador de los leones e, incluso, un par de números de payasos dándose bofetones pero, al final, el jefe de pista salió al centro de la misma y dijo aquello de "Damas y Caballeros, Niños y niñas..." y antes de decir su nombre el graderío emitió ese sonido agudo, ese pitido brutal emitido por cientos de gargantas infantiles que hacían retumbar las lonas y las gradas metálicas. 

Torrebruno, acompañado por unas azafatas infantiles salió al centro de la pista. Bajito y vestido como en la tele ("¡Igual que en la tele!" pensé) con ese chaquetón largo y rojo y la pajarita de lunares multicolores agarrado a un micrófono y haciendo gracietas con su fuerte acento italiano. Las masas estaban a punto del éxtasis que provoca el entretenimiento, la contemplación de lo sublime, la puñetera risa en estado puro emitida por un famoso entrañable y de buen caracter. Lo íbamos a flipar. 

El payaso, el showman, comenzó cantando su éxito "Rocky Carambola". La guasa. Pidiendo palmas y que lo acompañáramos en los coros mientras que las azafatas se desplegaban estratégicamente como una Guardia de Corps de la diversión sin límites por toda la pista de espaldas al cantante levantando los brazos y haciendo evolucionar una sencilla pero vibrante coreografía que era seguida rítmicamente por el público infantil que, pese a lo seriecitos que éramos los niños en aquella época, erguido sobre el graderío, seguía las más mínimas indicaciones de la estrella que, desde el centro de la pista, miraba aquí y allá ora elevando un poco los bracitos, ora levantando el cuello para alcanzar las notas más difíciles de la canción. 

Al terminarla aquello se vino abajo. Bravos y "jip-jip-hurras" hasta que Torrebruno pidió calma y dio las gracias a los asistentes por haber venido a verlo. "Gracias a ti, amigo, por venir hasta aquí, a este circo gigantesco instalado en medio de un descampado de Plaza de Castilla lleno de charcos y donde apesta a cacas de todo tipo de animales exóticos...gracias por haber salido de Prado del Rey y desplazarte hasta este humedal urbano para entretenernos con tus canciones y compartir tu alegría vital" me hubiera gustado gritarle. 

Cuando todos estuvimos calmados, Torrebruno dijo que lo que más le gustaba en este mundo era jugar y nos preguntó si a nosotros también nos gustaba jugar. ¿Qué pregunta era esa? ¡Pues claro! así que todos contestamos con un "¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!" y el sí sonó como el que emitían esos niños privilegiados que iban a las grabaciones de la TVE para participar como público y, según decían los rumores, comerse un bocata y una coca-cola ¡gratis! en el descanso. 

Torrebruno dijo que había pensado en un juego para todos nosotros. Y pidió voluntarios. Un mar de brazos alzados se elevó hacia la lona rojiblanca del circo y allí estaba yo, en medio de aquella marejada tendente a fuerte marejada de extremidades humanas alzando los propios, sudando como un pollo, con los mofletes colorados, agarrándome a donde podía para no palmar de los propios nervios pensando "no me van a coger, nunca me eligen para nada". Pero, de pronto, una de aquellas azafatas se fijó en mi, me imagino que en esa melena de niña que tantos problemas me daba con las viejas que apestaban a perfume fuerte y a laca y con los viejos del bigotín de Charlot. Me llevaba de cuando en cuando un meneo por aquello, porque si un señor con bigotito me preguntaba que si era niño o niña yo le respondía que era un niño y que él llevaba bigotito de Charlot. 

Y entonces la mano de la azafata cogió la mía y me sentí decaer, ya sabes, de esas cosas de los niños, que cuando les das una alegría parece que les flojean las piernas. Ahí estaba yo, emocionado, agarrado a la mano de la azafata que me arrastraba hacia la pista, próxima estación conocer en persona a Torrebruno. Pero algo iba mal, o la azafata era muy débil o una fuerza tractora tiraba de mi hacia atrás incapacitando el movimiento, devolviéndome a la grada con los desafortunados. Miré hacia atrás y vi a mi madre, con la cabeza metida en las solapas del abrigo de mutón, tirando de mi y haciendo un gesto negativo con la cabeza. En mi cabeza aquel forcejeo azafata vs. Madre debió durar como dos años vividos en cámara lenta. La jovencita con su traje de circense televisiva mirando con cara rara a mi madre de "señora, suelte a su hijo, que se lo devuelvo en un rato" y mi madre con cara de circunstancia diciendo "no se de que me estás hablando, mona, pero no tengo la culpa de que la sangre de mis entretelas esté unida a mi a través de mi brazo que ha adquirido, de pronto, una fuerza sobrehumana". Mi padre, entró al trapo, y cortó el brazo de mi padre mirándola con cara de "déjalo, que se divierta". Se miraron un momento, la mano aflojó y la azafata me levantó sobre su hombro un poco dejándome luego sobre las escaleras. Mientras bajaba, vi a mis padres con cara algo seria. Pero me centré en bajar las escaleras y en seguir como un tonto la canción de "Rocky Carambola" que, ahora por megafonía sonaba a toda hostia para entretener la caza y captura de voluntarios. 

Finalmente llegamos a la pista donde un ayudante me ayudó a saltar la pequeña valla que diferencia a la escena del graderío y comencé a caminar hacia el lugar donde Torrebruno se encontraba. De pronto, se hizo un pequeño silencio. Después se propagó una especie de ola y más tarde una carcajada enorme. Y un aplauso, todo a la vez. Saludé un poco al graderío como lo había visto hacer a la gente que, de pronto, se ve en medio de algo en lo que es protagonista. Torrebruno me miró con cara de "¿Quién ha elegido a este niño?". 

¿Están ustedes familiarizados con las palabras "Piartros traumático"? Es una enfermedad muy chunga que me quedó completamente cojo de los 3 hasta casi los 5 años en los que me vi obligado a arrastrar con una pierna izquierda completamente inutil casi sin capacidad para doblarse atravesada por dos feas cicatrices. Tuve que aprender a caminar dos veces en mi vida: la normal y la otra, la más dolorosa, después de una larga operación y una interminable recuperación. Pasaba yo las tardes, por aquel entonces, metido en la unidad de rehabilitación del Hospital de La Paz, con un fisio tartamudo, unas enfermeras que me ponían cables en la articulación para darme descargas eléctricas y un médico que me hacía trucos de magia y que una vez me sacó de la oreja un llavero de SEAT. El circo me había costado como una semana de no quejarme y no llorar. No quejarme nada y no llorar nada. Cinco largos días de morderme los labios cada vez que tenía que levantar una pesa con la pierna floja y otros tantos de no derramar ni una sola lágrima cuando el fisio, que se llamaba Paco, me hacía los ejercicios esos de doblarme la rodilla. 

No tenía ni idea de lo que le había costado a los otros niños conocer a Torrebruno pero a mi, sinceramente, me había costado mucho. Había pagado mucho por estar allí y, claro está, iba a cobrarme mi recompensa. 

Las carcajadas de la gente, por tanto, se debían a que debieron pensar que era una especie de niño actor, un sandunguero tipo Ana de Enrique y Ana o un Lolo García de la vida, algo que era parte del espectáculo. Ya saben, el típico niño que hace la gracia de hacerse el cojito delante de las visitas para ganarse el achuchón de los adultos. El caso es que a mi me daba igual porque Torrebruno, the one and only, ya me había estrechado entre sus brazos y podía comprobar el picor del tejido de su chaquetón rojo sobre las mejillas. Me agarré a su pierna como un chiflado, provocando más risas del público. Después, tranquilamente me volví a la fila de los niños que también habían sido elegidos y que no se reían porque, en realidad, ya habían percibido que algo funcionaba mal y que, en realidad, yo era de verdad un cojito con todas las de la ley y no el próximo Joselito. 

Entonces Torrebruno nos pidió que nos colocáramos por parejas, ese momentazo de cierto caos cómico de "elige a alguien de un grupo de desconocidos" que tanto éxito tenía en los programas infantiles. "cada chico que busque a una chica". No lo tenía fácil, enano y cojo no es fácil encontrar a una pareja, es más, estás en las últimas escalas de la especie que diría Darwin y, por tanto, finalmente me tocó hacer pareja con una muchacha poco espabilada con cola de caballo, faldita marrón y jersey de cuello alto que me sacaba como dos cabezas. La muchacha permitió el enlace temporal con desgana y cierto mohín de disgusto. Ya ves, ella que era la imagen viva de la sana infancia emparentada con el Quasimodito del circo. Ni me miraba y, menos, cuando Torrebruno pidió que las parejas se dieran la mano. Que jodía, no quería. Cerraba el puñito con rabia cada vez que le intentaba agarrar la mano, como negando la evidencia de que, maldita sea, le había tocado hacer pareja con una especie de indeseable. También estaba acostumbrado a aquello, así que no le di mucha importancia. Sería que la información no era muy buena o que flotaba todavía el fantasma de la polio entre la población española pero, lo cierto, es que muchos padres ponían mala cara cuando me veían al lado de sus hijos por miedo a que lo que tenía en la pierna fuera una de esas enfermedades contagiosas tan chungas. Imagínate el palo: mandas a tu hijo a un parque, con sus dos piernecitas y sus dos bracitos y vuelve a casa con una enfermedad incurable que lo hace estar postrado para siempre en una cama. 

Otra vez tuvo que venir Torrebruno hasta donde estábamos para mediar en el conflicto y agarrarnos la mano mirando a la niña con gesto grave y diciendo "hay que hacer amiguitos". Finalmente, y con desgana, la niña accedió a cogerme de la mano mientras miraba muy seria hacia el frente y yo intentaba mirarla a ella para decirle "tranquila, que no es contagioso", que era algo que, como ya digo, estaba bastante acostumbrado a decir. De hecho, estando tan cerca como estaba no tuve más remedio que darle las gracias de la única forma en que pensaba que debía dárselas, corrí un poco hacia él y mientras estaba de espaldas comencé a tirarle del chaquetón hasta que conseguí que se diera la vuelta y me preguntó que qué quería y me puso el micrófono en la boca y le solté "¡Que te he visto en la tele!". Joder, qué risas de nuevo. El niño había resultado ser un puto artista. Tranquilamente me devolvió a mi sitio con mucho arte. 

Y entonces Torrebruno volvió hacia el centro de la pista y anunció el juego, el maravilloso juego que tenía reservada a la audiencia. Un redoble de tambor pregrabado retumbó sobre el público asistente y comencé a sentirme mal, físicamente mal, de esto que no te sujetas y levanté la mano. Y la gente comenzó a reírse de nuevo y entonces, Torrebruno, volvió a parar la actuación y cesó el redoble y, volviendo hacia mi dijo: 

-"¿Qué te pasa, amigo?". 
-"Que me estoy meando, que quiero mear"

Entonces la gente rompió en una nueva ola de risas y en una estupenda carcajada. Así fue la cosa. El payaso, cargado de paciencia, pidió a uno de los ayudantes que me sacara de la pista y con celeridad me metieron detrás del enorme telón de color rojo donde con mucho miramiento el tipo que me llevaba me dijo "Chaval, de estas terminas en el circo, venga que te voy a llevar a mear a un sitio que verás". Y, efectivamente, me llevó a mear a un sitio increíble: al lado de un elefante. Básicamente, entre las piernas de un enorme elefante de los que había visto en la pista hacía un rato. Me bajé los pantalones yo solo y apunté donde pude, extasiado por la contemplación de aquel bicho gigantesco que comía tranquilamente su ración nocturna ante la atenta mirada de aquel asistente de circo vestido con una impresionante levita de botones dorados que me azuzaba a terminar cuanto antes la micción  porque, Torrebruno, al otro lado del telón entretenía al graderío con una serie de chistes de corte "cosas del directo". Antes de marcharme de allí, el tipo quiso redondear el día de por sí redondo levantándome sobre sus hombres y permitiéndome tocar la piel rugosa del bicho gigantesco que sentí fría y extraña. Recuerdo, perfectamente, mi mano pequeña haciendo presión sobre aquellas hendiduras de piel oscura y mis dedos siguiendo una línea que parecía un río seco. Después me bajó y me devolvió a la pista. 

Casi sin tiempo Torrebruno me miró con cara un poco seria y dijo "vamos a continuar porque el tiempo en el mundo del espectáculo es oro". Nuevo redoble. Termina el redoble y Torrebruno anuncia el gran concurso, el gran juego, la leche vamos: Un concurso de baile. 

La carcajada fue entonces monumental. Ya saben. Niño cojo en pista. La niña de la coleta, mi pareja hizo un gesto de evidente disgusto me imagino que pensando "¿Cómo coño voy a ganar nada con aquí el Fred Astaire con la pata de palo?". Y sin tiempo para que el público pudiera expeler si quiera un chorro de aire más anunció el premio: Dos BICICLETAS para los ganadores. 

Entonces fue la debacle. La gente no podía creerlo. Cojera-baile-bicicleta...¿Quién había escrito el chiste? ¿Arevalo? ¿Iban a salir un francés, un inglés y un español a la pista? ¿Qué nos faltaba por ver? ¿Un gangoso contando su vida? ¿Dos mariquitas? 

Como pudo, Torrebruno, el gran Torrebruno salió de aquel embrollo dando inicio al concurso que, evidentemente, no gané. Y eso que puse empeño porque yo era muy de bailar frente a la tele, viendo Aplauso  y flipaba bastante con Grease, de hecho entretenía a mis tías bailando como John Travolta y señalando hacia el horizonte mientras ponían "grease Lightning". La niña, aquella compañera casual, se fue de la pista con un rebote tan grande que mientras caminaba hacia la grada con su kit de premio de consolación (una bola loca de Comansi, un single de Rocky Carambola, una foto firmada por Torrebruno, una enorme piruleta roja y un bolsón de caramelos Sugus) levantaba pequeñas nubes de polvo con los pisotones que daba al suelo. 

Yo me despedí del público asistente dándole un gigante abrazo a Torrebruno que me devolvió con un "muy bien, lo has hecho muy bien, eres muy simpático...pero al circo hay que venir con el pipi hecho de casa". Mi madre, la muy boba, tenía los ojos un poco rojos cuando me devolvieron a su lado y mi padre me revolvió la melena de niña diciendo "muy bien, campeón, los has dejado de piedra, que morro tienes". Una pareja de al lado le dijo a mi madre que yo era un artista. Mi madre dijo "es muy payaso, le gusta mucho hacer tonterías" y, por primera vez, no vi en la gente que le preguntaba a mis padres por mi que se mencionara ni mi pierna, ni la cojera, ni lo dificil que sería criar a un niño enfermo. Y me sentí bastante bien. 

Salíamos del circo pisando el barrizal que lo rodeaba, yo iba sobre los hombros de mi padre, agachándome de cuando en cuando para oler la piel de la pelliza de progre que me encantaba y sintiéndome como tantas otras veces, como todas las veces en las que me sentaba sobre sus hombros como esos tíos del turbante que "conducían" elefantes en las películas esas donde morían cantidad de soldados ingleses. Y le dije lo del elefante, claro. Y entonces nos paramos con la muchedumbre a esperar el último número de la noche. Un tipo embutido en un traje blanco nuclear, tocado con un casco del mismo color se introducía en un cañón de vivos colores. Nos saludó a todos y, de pronto, sonó una explosión y el tipo salió disparado hacia una red dibujando una parábola perfecta, surcando el cielo negro y lo vi colocar los brazos como un perfecto nadador y girar sobre sí mismo en el aire y caer en una red entre un "ohhhhhhhhhhhh" majestuoso y un enorme aplauso. "Mira si lo han aplaudido ¿eh? ¿Has visto? Pues le han aplaudido menos que a ti" dijo mi madre. Y me eché a reir porque pensé que mi madre estaba loca...¿Cómo me iban a aplaudir a mi más que al Hombre Bala?

viernes, 14 de enero de 2011

Somos jóvenes


El País publica una foto de las protestas que se están llevando a cabo en Túnez contra el presidente Ben Ali donde se ve a dos muchachas jóvenes y atractivas subidas sobre los hombros de la multitud. Ambas son atractivas y visten a la occidental. Diversos periódicos hoy hacen lo mismo intentando transmitirnos, o eso creo, que ideológicamente están a favor del asunto. Hoy mismo, los telediarios de La 1 hacían algo parecido detiendo sus cámaras (o la de la agencia ad hoc) en los rostros más guapos de toda la protesta. Frente a ellas, los partidarios de Ben Ali (los pocos que deben quedarle) parecían un grupo de pastores gritones y mal afeitados. 

Con las revueltas en Irán de hace algún tiempo pasó lo mismo. Se retrataba a los rostros más juveniles y bellos, preferentemente mujeres, y no se ahorraba en adjetivos y palabras como "fuerza", "juventud", "estudiantes", "irresistible"...al frente, los partidarios de los mulahs y los Adhmamineyads eran retratados con mucho menos brío y supuraban los objetivos imágenes de barbas y de arrugas. 

La política se ha convertido en algo tan aburrido y ha entroncado tanto con el lenguaje publicitario que ya somos incapaces de explicar nada si no es a través de un código visual, como de spot electoral. Lo joven y lo nuevo es aspiracional e irresistible frente a lo viejo. Ufff....lo viejo, qué mal rollo. 

La captura de la juventud, la caza de la misma se ha convertido en algo capital. Es una pena que en nuestro país se haya establecido, cláramente, que la juventud es el estadio perfecto del consumidor, el nicho a conquistar y que, como grupo consultivo, más o menos no contemos una mierda seca. 

Mientras se nos intenta vender algo (un periódico, nuestra adhesión mediática a un conflicto o unos vaqueros...de un modo indivisible porque vivimos en el mundo de los mercados donde todo es un producto que viene con una etiqueta con un Precio Venta al Público visible) se olvidan, por ejemplo, de que pasamos desapercibidos y de que nadie nos consulta. Envejecen las redacciones y envejece nuestra clase política, envejecen los que aprietan los botones que activan las decisiones y se nos acompaña hasta el acantilado con dos intenciones: lanzarnos al vacío como rehenes prescindibles de un sistema económico que parece que no nos necesita (ni los títulos, ni la preparación nos han servido de salvavidas, desgraciadamente) o, mucho peor, ponernos frente al precipio oteando el horizonte para decirnos eso tan bonito de "cuando yo no esté, todo esto, hasta donde llegan tu vista será tuyo". 

Me pregunto que va a quedar de todo esto cuando estos ya no estén, si habrá algo que arreglar o algo que heredar. 

Nos hemos quedado, ni siquiera todos solamente los más guapos, como la imagen más atractiva del conflicto y, me imagino, que dentro de poco (para vendernos la crisis) alguien no tenga otra idea más feliz que hacer algunos editoriales de moda con parados. Ya saben: "Martín y Ana estudiaron un doctorado, bellos y atractivos posan en la puerta de la oficina de empleo con aire casual con ropa de la colección de David Delfin inspirada en los vagabundos de las películas de Chaplin y de los clochards franceses". En realidad somos maniquíes en todo este asunto ¿no?

Miren ustedes a Aznar o a González hablando despreocupadamente de una crisis que le es completamente ajena (los dos viven jubilados y empleados a la vez) y se darán cuenta de que la vejez no está tan mal.

Nota del Insustancial: Era indispensable una canción como "When you´re young" de The Jam. Que dice:

You're fearless and brave - you can't be stopped when you're young
You swear you're never ever gonna work for someone
No corporations for the new age sons
Tears of rage run down your face
But still you say "it's fun"

jueves, 13 de enero de 2011

Humor español: Todo permanece, nada cambia



Ahí arriba está José Luis López Vázquez disfrutando de los encantos de la noche madrileña y gritando como un loco "¡Beatnik!" en la película de Mariano Ozores "Operación cabaretera" (1967). Las películas españolas de los 60 y los 70 están llenas de títulos y de sketches que tienen que ver con hacer humor de lo modernos desde lo convencional.  Ye-yés de los que se criticaba su pelo largo, su música extranjerizante y a los que se acababa de reconducir con un corte de pelo al cero (Paco Martínez Soria en "¿Qué hacemos con los hijos?", 1967) , Alfredo Landa ejerciendo de hippie en "Una vez al año ser hippy no hace daño" (1968) o el simpar duelo musical que enfrentó a Manolo Escobar (y a la racial copla española) con Concha Velasco (y los ritmos modernos)  en "Pero... ¿En qué país vivimos?" (1967) son solo tres ejemplos de lo mucho que al franquismo sesentero le gustaba sacarle punta y hacer un poco de sangre con la incipiente nueva ola.

Las carcajadas a costa de aquello que no entendemos o, directamente, sobre los usos y costumbres del prójimos son una costante en nuestro humor patrio que, repetidamente, se ha servido no solo de los ciudadanos más modernos si no también de los extranjeros (todos esos chistes que acaban con un español poniendo en evidencia a un francés y a un inglés...) que nos han servido como objeto de mofa tanto en chanzas como a la hora de pasarles facturas exorbitadas por una jarra de sangría (lease vinacho barato, gaseosa y fruta pasada). Ahora los alemanes se vengan de nosotros con este tema de la deuda pública, calculen lo caro que nos ha salido el cachondeo...

Sabiendo que este tipo de humor es tan agradecido y tiene tanta raigambre no me ha extrañado ni un pelo que José Mota hiciera una parodia de los Conciertos de Radio 3 (programa de la 2) donde se dedica básicamente a unir su linaje con el de aquellos grandes cómicos españoles repartiendo cinturonazos y golpes de cachava a un grupo "indie" que canta una canción absurda...una canción que los más cetrinos no tardarían en identificar como "GUACHIGUACHI" que es el descojone como adjetivo y que ha identificado a la discografía de todos los grupos de habla inglesa en nuestro país desde la llegada de The Beatles. Es esta.


Posiblemente lo más revelador de todo es que Juanma Ortega, tan unido a los 40 Principales (tan mainstreams, tan poco dados a la modernez, tan de los éxitos de toda la vida) sea el que propine unos cuantos y, seguramente, merecidos golpes a toda ese grupito de sinvergüenzas y enterados a los que, sin duda y como dice Mota haciendo un humorístico comentario, habría que "poner a zancochar". Que es una opinión que, sin duda, comparten muchos de sus espectadores y fans y que por eso les hace gracia porque, últimamente, todo lo que es verdad hace una gracia tremenda.

Si Jose Luis López Vázquez y Paco Martínez Soria aprendieron a la perfección  que al español medio lo que le gusta es reírse de los demás, es normal que ahora Mota recoja el testigo y en su afán popular copie las artes y usos de toda una tradición tan española. Les dejo con un acertado ejemplo de español de toda la vida y con un grito finisecular.


BOLA EXTRA: 
Aquí tienen el texto de la revista Rolling Stone íntegro y una pequeña reflexión: ¿Cómo es posible que se hable de un sketch que fue emitido el día 31 de diciembre casi quince días después? ¿Es que todo el mundo estaba viendo otra cosa? Y a tenor del texto: ¿Quienes son los círculos indies y quien ha demostrado su malestar? 

miércoles, 12 de enero de 2011

De las ideas prescindibles


Antonio Caño, corresponsal de El Pais en Washington DC, escribía el lunes una rara columna titulada "Sarah Palin no es responsable" en dicho diario en la que, a grandes rasgos y con una sensación de urgencia en el texto un poco extraña se dedicaba básicamente a desautorizar las voces que, desde los propios Estados Unidos, se habían alzado contra la Gobernadora de Alaska desde que se descubriera que, en su página web, tenía alojado un mapa de su país donde, con una serie de dianas, se alertaba de la presencia de los senadores demócratas que habían apoyado la ley sanitaria propulsada por la Administración Obama y, claro está, de la necesidad de derrotarlos en las urnas. 

Como todos sabemos, con suma ligereza, somos capaces de intercambiar los términos bélicos con los políticos a una velocidad de vértigo. "Derrota ejemplar", "Castigo", "Contienda", "batalla", "adversarios", "cautivos", "prisioneros", "frente", "trinchera", "armas", "combate cuerpo a cuerpo", "campaña"...son algunas de las muchas palabras que mezclamos con el normal discurrir democrático (o no tanto) de una votación o referendum cualquiera. 

Muchas veces, estos términos, son utilizados sin tener mucho en cuenta ni su peso, ni su importancia y, sobre todo, sin entender que su campo semántico o su naturaleza polisémica la mayoría de las veces trasladan un mensaje ambiguo al ciudadano de a pie que, algunas veces, es tranquilo y lee el diccionario y otras, el pobre mío, se halla confuso y quizás un tanto asustado por el nivel del debate que, a sus ojos, se convierte en combate. 

Es decir, como siempre, no tenemos en cuenta el poder inequívoco del lenguaje y, sobre todo, la necesidad de utilizarlo correctamente o, al menos, del modo menos ambiguo posible cuando se trata tanto de informar como de salir a la palestra a contar un programa electoral. 

Pese a lo que diga Caño en su poco meditado artículo, lo cierto es que Sarah Palin sí es culpable de utilizar un lenguaje (y más allá de ello una iconografía) bélica que lleva a algunos a confundir el estado actual de las cosas en los Estados Unidos con una confrontación real, un ambiente bélico. No digo yo que sea Sarah Palin solo, los dirigentes de ese grupo nebuloso que se llama Tea Party y todo un enorme grupo mediático (encabezado por Fox que sigue haciendo caja con la catástrofe) son también culpables de generar un ambiente, cuanto menos, irrespirable. 

Aquí, con el asunto de las dianas, somos mucho más sensibles. De hecho, la afición de la muchachada de la Kale Borroka de escribir el nombre de un político y rodearlo por una diana en esta o en aquella calle o esquina es un delito tipificado por la ley con el ampuloso nombre de "apología del terrorismo". Me pregunto, si el Señor Caño, sería igualmente sensible y comprensivo con estas dianas que se pintaban en nuestro país hace unos pocos años y si la iconografía utilizada le parecería igualmente inocente. Por si la cosa comienza a pintar demagógica (por eso de la comparación que quizás parezca un poco fuera de tono) me gustaría saber si, en realidad, el señor Caño se sentiría tranquilo si, de pronto, su nombre apareciera en un mapa de los Estados Unidos rodeado por una diana bajo este sencillo lema: "Periodistas que no nos gusta como escriben". 

Al azote del tambor, al sonido inconfundible del sable guerrero se apuntan muchos por la inconsciencia pura del calentón o, mucho peor, por saber que es ahí donde pueden rebañar unos buenos dólares (o euros) con esto de la confrontación ciudadana. Lo que es, seguramente mucho peor, es que da igual que uno lo haga porque es un imbécil incosciente y codicioso dispuesto a cualquier cosa con tal de no bajarse del Mercedes o que uno sea un golpista intencionado ávido de darle la vuelta a la tortilla con cualquier pretexto: dichas acciones son igualmente malas. 

Los periodos de preguerra, desde un punto de vista historiográfico (o sea, echándole un vistazo a los periódicos de la época), suelen ser emocionantes porque en ellos se descubre perfectamente como se va estratificando el horror y como este va quemando etapa tras etapa para, finalmente, comerse lo cotidiano. Los editoriales de EL ALCAZAR previos al 23-F no dejan lugar a dudas pero, tampoco es cierto, que los que acompañaban al desayuno de los lectores más moderados de ABC o del Diario Ya tampoco se quedan cojos y que alientan poquito a poco esa mala hostia, esa picada de espuela que se da quizás con la intención de hacer que el caballo corra más deprisa olvidando que, a lo mejor, si se hace demasiada presión  sobre el animal este corre el riesgo de encabritarse, tirarnos de la montura y salir corriendo despendolado llevándose por delante todo lo que encuentra a su paso. Si quieren ustedes jugar a esto consulten los periódicos alemanes previos a la llegada de Adolf Hitler al poder y las abiertas adhesiones que encontró en su camino al Reich desde los puntos de vista más inusitados. Donde unos escriben "se necesita un líder fuerte" otros leen "hay que acabar con todos esos hijos de puta". 

Pero hay otra idea mucho más viscosa dentro del artículo de Caño que me resulta más insoportable, es esta de aquí:"Palin ha contribuido a envenenar el debate político con su estilo, pero también ha contribuido desde su posición al contraste de ideas que mantiene sano este sistema". 
Como pueden ustedes comprobar un despropósito puesto que por un lado reconoce el envenenamiento que Palin ha provocado en el "debate político" para luego aplaudir que "contribuya" al contraste de ideas. 

Lo que yo me pregunto es: ¿A qué debate político se refiere? Con otra carga enorme de ligereza corremos a escondernos en la idea de que la clase política vive en un contínuo enfrentamiento, en una especie de cascada de ideas confrontadas que...¿Cual? El debate es algo puntual. Y nada más. ¿Se refiere a la reforma sanitaria norteamericana? Pues bien, como debate era inexistente hasta que el ala de la extrema derecha norteamericana se ha dedicado a jalearlo con métodos muy simples pero efectivos ergo...¿debate o enfrentamiento abierto? ¿Vale la pena iniciar una campaña a nivel nacional de desprestigio del mismo sistema para defender el derecho de las aseguradoras americanas a mantener su status? ¿Está a favor Palin de la empresa privada o del servicio a los ciudadanos? 


Pero más allá de todo esto yo me pregunto: ¿Es necesaria la existencia de las ideas de Sarah Palin para enriquecer el sistema de valores americano? Pues sinceramente, creo que no. Un no rotundo y gigantesco. El ideario de Palin que parte, por ejemplo, de la NO separación entre Iglesia y Estado o de la desregularización y liberalización de cualquier proceso económico (ya ven en qué situación nos ha puesto esto) hablan claramente en contra del sistema o exigen una serie de cambios en el mismo que lo hacen, simplemente, inviable e irrespirable.


Muchas veces pensamos que todas las ideas, que todos los puntos de vista, que todos los discursos, que todos los idearios (por peregrinos que estos sean) de algún modo nos valen. Yo me pregunto para qué necesita Estados Unidos la irrupción en política de una fuerza bruta e inestable alimentada por los peores miedos que recorren al país más poderoso del mundo, cuál es la razón para azuzar estos abandonados prejuicios, cual es la riqueza que aporta un frente ideológico descabezado y si no es demasiado que unos señores políticos, por puro afan de poder, se dediquen a darle brillo y esplendor y, lo que es peor, a oficializarlos. 


Las consecuencias, un atentado con muertos, es solamente una pequeña ventana abierta al terror real y palpable de que no calculamos la fuerza con la que manejamos el brazo de echar el pulso y que, ahora mismo, no vale ni una sola disculpa. Efectivamente Sarah Palin no es responsable....es una perfecta irresponsable.  


NOTA del Insustancial: "American Idiot" de Green Day...sobran las explicaciones. La letra aquí.