sábado 5 de diciembre de 2009

20 años después



Belostenny. Creo que era ese jugador ruso el que lloraba, con la cabeza metida entre las manos sentado en el banco del vestuario. Recuerdo mejor a Lolo Sáinz con los ojos llorosos hablando de que el accidente de Fernando Martín era "una tragedia para el baloncesto". A secas: para el baloncesto español y para el mundial.

Se me cayeron dos lagrimones como puños aferrado a la pelota de baloncesto MIKASA tan usada que brillaba en algunas zonas como si fuera un balón de playa. Llevaba esa pelota a todas partes metida en una red: al colegio, a la cancha de arena del barrio, me la llevaba de veraneo. Tenía un significado especial para mi: mi tío Damián me la había regalado dos años tantes para que aprendiera a botar. Para que aprendiera el fundamente básico: botar tan bien que, mientras tanto, puedes estar mirando hacia donde va la jugada. Botar tan bien que te de la sensación de que podrías estar haciendo cualquier cosa mientras botas, botar tan bien que te da la sensación de que la pelota no obedece a las yemas de los dedos si no a una especie de orden telequinética que emana de tu cabeza. Él había aprendido baloncesto en el Joventut de Badalona y estuvo un verano entero detrás de mi diciendo que botara aquella pelota, que me la pasara de mano, un ejercicio tras otro.

La estúpida pelota estaba allí conmigo, en el regazo y no hacía más que agarrarla, que pasarle la mano por encima.

Tenía quince años y se me había muerto el tío que tenía en los posters de la habitación, recortado en fotos, recortado en artículos. Y eso que me traicionó yéndose a Portland Trail Blazers un año. A un equipo de mierda con un entrenador de mierda que no daba nunca jamás oportunidades a los novatos porque él mismo era un novato. Fernando Martín se había largado y la noticia de su muerte la estaba dando un periodista que, años antes, había tenido un accidente de coche con él a bordo de un Mercedes que quedó espachurrado en una cuneta de una carretera comarcal. Aquella vez se escapó por los pelos pero esta vez la velocidad, las ansias por llegar el primero que caracterizaron toda su carrera se lo llevaron por delante. Game Over. Pitido final, sin posibilidad de un último tiro sobre la bocina.

Veo las fotos de Martín ahora y me parece que todavía tendría hueco. Un pivot bajito (no más de 2.10) pero con espíritu, vieja escuela, un tipo que hubiera hecho carrera como reboteador en equipos más guerrilleros como Detroit Pistons, quizás unos años más tarde, con la explosión de los bad boys.

Se me había muerto el primer ídolo y no sabía como reaccionar. La casa olía a café con leche porque se celebraba la visita dominguera de algunos parientes. Yo estaba sentado en el suelo con la pelota agarrada, ni siquiera me había dado tiempo a soltarla porque acabada de llegar de la cancha de arena del barrio de jugar unos cuantos partidos a 21. Invierno significaba tardes domingueras de baloncesto, perneras sucias, botas llenas de barro...épica enana para chavales que crecieron con el triunfo de nuestra selección de baloncesto en las Olimpiadas de Los Angeles 84, "una plata que sabía a oro" arrancada a Yugoslavia en una semifinal en la que Martín estuvo espléndido. En plena forma.

En aquellos años no habíamos oído hablar mucho de Magic Johnson, ni de Kareem, ni de Thomas ni de Earving, Maravich, Bird o English. Todo nos sonaba un poco a chino y nuestras referencias eran europeas porque los americanos, los americanos que jugaban por aquí se quedaban y se nacionalizaban o se largaban en busca de la pasta de la lega italiana. España sólo era un lugar de paso y nuestros ídolos eran de aquí: Llorente, Corbalán, Villacampa, Creus, Martinez, Epi, De la Cruz, Sibilio, Solozabal, Cabrera, Beirán, Rullán, Biriukov, Gil, El "Chinche" Lafuente...lejos de los Madison y los Inglewoods nuestras canchas eran el Pabellón del Real Madrid, el Palau Blaugrana, El Magariños o sea "La nevera"...

¿Quien iba a pensar que de aquella liga todavía casi amateur donde te cruzabas a los jugadores tomando cañas en cualquier bar de al lado de la cancha iba a salir un superclase?

Sería injusto decir que sólo Martín fue un superclase pero, la verdad, fue el primer jugador moderno, tanto que decían que ganaba más dinero por temporada que cualquier jugador de la primera plantilla de fútbol. Todos los años llovían ofertas del Cantú, del Milan, del Bolonia, incluo el Scavolini de Pesaro quiso que Walter Magnifico y él hicieran parejas pero Martín siempre decía que le debía mucho al Madrid y un poco también al Estudiantes donde se hizo como jugador. Los del Magariños jamás le perdonaron la traición y, en cada partido, le recriminaban el cambio de colores incluso cuando los que nos habíamos enganchado más tarde, o veníamos de instituciones educativas menos baloncesteras que el Ramiro de Maeztu, no supiéramos muy bien de donde venía toda aquella mala leche a duras penas retenida.

Martín a su aire se fue haciendo grande, poco a poco, y convertía cada partido en una pelea entre él y todo el equipo contrario. Era así. La escuadra madridista se preciaba de ser risueña. No era menos, grandes cómicos como Fernando Romay o Juanma López Iturriaga estaban en sus filas con tíos de no menos humor como Jose Luis Llorente (jamás le perdonaré que un día, delante de Raül López me dijera, "¿Y quien crees que es mejor base este o yo?") o Corbalán. Me imagino que sólo resaltaban el caracter casi amateur de nuestro baloncesto, crecido en colegios y enseñado por, curiosamente, entrenadores que eran profesores o que tenían una enorme vocación pedagógica. No es de extrañar el aspecto beatífico de Miguel Ángel Martín (apodado "El cura"), las formas de Pepu Hernández (que alguien me diga si ese hombre no tiene pinta de profe de historia) o de Pinedo. Raro eran señores mosqueados como Lolo Sáinz o hombres con aspecto de estrategas fríos y calculadores como Aíto.


No digo que no se lo tomaran en serio, sólo digo que después de Luyk no ha habido un tío más peleón que Fernando Martín. No de aquella época y no militando en el Real Madrid. Serio, blanquecino, sacando brazos aunque ganara por treinta de diferencia...¿De donde había salido esa hambre de ganar? ¿Esas protestas a los árbitros? Martín era carácter y, frente a ello, no había nada que hacer. Los duelos con Audie Norris -un hombre con talento de superestrella pero rodillas de cristal- quedarán para la historia pero no menos escalofriantes fueron las literales palizas que se daba con Meneghin (un criminal en la cancha, un trozo de pan fuera de ella), con brutos mecánicos y brillantes venidos del frío como Sabonis, Iobaisha o Volkov o con Pinone (seguramente el jugador más raro que ha pasado por España del grupo de brillantes).

Martín le dio a nuestro baloncesto otra cara y otra estela. Jugador de equipo, sin embargo, cuando en Madrid aterrizó una estrella de alcance internacional llamado Drazen Petrovic la relación entre ambos no fue fácil. El yugoslavo era una bestia, una maquinita que se quedaba a entrenar después de cada entrenamiento durante tres horas más. Lanzaba 100 balones, 100. Con cada fallo se obligaba a tirar otros dos con lo que las sesiones acababan siendo brutales. Drazen hizo lo suyo y deslumbró a jugadores como Villalobos o Pepe Cargol que crecieron junto a él por una sencilla razón: lo acompañaban en cada entrenamiento. Sólo así es posible que en el   primer Open McDonald que se jugó en Madrid Cargol fuera elogiado internacionalmente como el mejor jugador del torneo, el tío que había puesto patas arriba a los Boston Celtics durante casi dos cuartos. Raro en él Petrovic estuvo todo el partido jugando descentrado y no tan raramente para él y para los ojeadores de la NBA. Fue una triste demostración de que el talento sin control se queda en pura chorrada por más que se empeñara en sacar todas sus artes.


No es de extrañar que en la Recopa del 89 Petrovic se cascara más de sesenta puntos y que, pese a la alegría por el título, Martín se plantara delante de los periodistas y dijera eso de "Esto es un deporte de equipo y tenemos que jugar todos...si hubiéramos jugado como un equipo les hubiéramos ganado igual". La prensa achacó el cabreo personal a una rabieta de estrella, a un jugador que estaba ya en horas bajas y que venía de la NBA con una espalda hecha trizas, que ya no podía rendir como en sus mejores años. Algo absurdo porque Martín tenía sólo 27 años por aquel entonces y le quedaban años y años de baloncesto. de Muy buen baloncesto.

No es de extrañar que el paso de Martín (que mantuvo el número 10 y el acento sobre la I) fuera difícil. Sin casi aclimatarse lo primero que sufrió fueron los rigores de una liga profesionalizada. Acostumbrado a las formas de gallina clueca de los entrenadores europeos Martín llegó a su primer entrenamiento, pasó el examen médico y le dijeron "tienes que coger músculo y kilos. Toma esta es la dieta que tienes que seguir". Dicen que preguntó que cuando empezaba y el médico del equipo le dijo: "Si quieres jugar en el equipo cuanto antes". Después le pasaron el libro de las jugadas para que se las empollara. Su entrada en un equipo ya formado tampoco fue fácil, soportó la etiqueta de "rookie" y las formas chungas de algunos jugadores como Kiki Vandeghe, capitán del equipo y "estrellaza" mediocre, que en cada entrenamiento le tiraba las cestas de los balones para que los recogiera. Martín  lo agarró del cuello y le dijo: "Soy campeón olímpico, de clubes, subcampeón de europa...¿Cuantos títulos tienes tú?". Con otros compañeros no tuvo tanta suerte y uno de ellos, en una trifulca, le rompió la nariz. Encabronado y con malos número regresó a España donde fue recibido como recibimos a la gente que lo pasa mal por culpa de los extranjeros, o sea, guay.

Aquel domingo Fernando Martín se mató en un accidente de coche y yo no podía pensar en nada más que en los posters y en lo raro que me iba a sentir jugado al Fernando Martín Basket Master, chungo juego de baloncesto para Amstrad y Spectrum, por lo que los posters se quedaron pero jamás volví a jugar a aquel juego y eso que me gustaba mucho más que el One on One que enfrentaba a Larry Bird e Isaiah Thomas.

Me acosté tarde y no me perdí el telediario, ni los programas de deportes. Antonio, su hermano, parecía completamente destrozado. El equipo estaba hecho una mierda y el miércoles jugaban partido contra un equipo griego, contra un equipo donde jugaba Fassoulas (¿Olimpiakos?). No me lo podía creer. Me metí en la cama y miré los posters y las fotos recortadas, saqué las revistas de basket de debajo de la cama buscando crónicas de otros partidos, estadísticas, me leí de un tirón la entrevista que había concedido recién llegado a Portland. La había leído otra vez en septiembre, cuando me tocó cambiar de instituto para darme fuerzas y la recordaba bien porque entre las páginas de esa revista estuvo durante muchos años un autógrafo que me firmó en un VIPS donde me lo encontré después de una eliminatoria de copa contra el Tracer. Mi padre me dijo que no lo molestara pero yo me acerqué para decirle que era el mejor. Me agarró del pelo y me contestó que no era para tanto pero yo insistí. "Que sí, que eres el mejor". Y después le dije que no se fuera nunca a la NBA, que les dieran por saco. Se rió y dijo "¿Y a la liga italiana?" y me tuvo que cambiar la cara porque me volvió a agarrar del pelo y me dijo "No, que yo me quedo, de verdad". Fue ese el momento en el que mi padre y mi madre aparecieron para preguntarle "Perdónalo, seguro que te está dando el coñazo, es que no hace otra cosa que hablar de baloncesto...pero es un enano. No vale". Dijo mi padre. Y en ese momento se rió bastante y me dijo "tu sigue jugando que lo importante es divertirse". Y eso me pareció raro en un tío que siempre parecía jugar para ganar pero que no parecía muy divertido sobre la cancha.

Recordaba la anécdota y volví a llorar. Guardé el autógrafo y las revistas y puse la radio debajo de la almohada por si acaso, de pronto, a Martín se le ocurría volver de entre los muertos. Negación, ya sabes. Con quince años todo parece posible, incluso que el mundo de pronto se haya puesto en tu contra para gastarte una broma, una broma pesada, una de esas bromas de cámara oculta. Paranoia adolescente lo llaman. Pero no, Martín ya no estaba entre nosotros y solo la tópica catarata de frases hechas, de asuntos cursis acompañaba como un estúpido carrusel funerario a la noticia, todo el circo, los "ahora está jugando en el cielo" o "está descansando para jugar otro partido". Gilipollas, qué sabían ellos.

Enterraron a Fernando Martín Espina rodeado de toda la plantilla del primer equipo, pero también de "enemigos íntimos" como Epi o Audie Norris que parecía también inconsolable. Las imágenes eran duras, frías y llorosas.

Dos días después jugaron en el Pabellón de Deportes, en el grande, en el de Goya y el equipo contrario dejó flores en la silla vacía del banquillo donde descansaba una camiseta con el número 10 que el club acababa de retirar para que nadie pudiera volver a ponerse ese número jamás. Antonio Martín, su hermano, anotó su primera canasta y se agarró la camiseta con fuerza, apretando los tirantes entre los puños, llorando, todos los compañeros, incluso un circunspecto Fredericks que se había incorporado esa misma semana al equipo fueron a abrazarle. Era la imagen de alguien roto, adormilado por el dolor, de alguien al que tampoco le valían todos los baños de azucar que se le dieron a la noticia, todos los símiles idiotas sobre jugar en los campos del señor eternamente y todas las milongas. Pese a que tardaría muchos años en sentir algo similar a lo que sintió él me sentí muy cerca, tanto que dos o tres semanas después me lo crucé después de un partido y aunque di dos pasos para darle el pésame rápidamente me di la vuelta para no molestarlo, para no volver a recordarle el trago, para no decirle eso de que sentía "sinceramente" la pérdida. Me imagino que a lo sabría y, claro está, hubiera sido una estupidez hablarle de los posters, aquello del autógrafo y de que siempre quise ser como su hermano. Seguramente me hubiera respondido que eso hubiera sido tan imposible como que hubiera clavado un mate.

Pese a que es una ñoñez decirlo lo cierto es que cada vez que dan la alineación del Real Madrid por la megafonía del pabellón (ahora por los de la Plaza de Toros de Vistalegre) me acuerdo de él y hay veces en las que me parece oir aquello de "Con el número 10, Fernando Martín". Algo tan tonto como seguir insistiendo en querer botar bien la pelota.

 A Supersalvajuan y Fran que quieren a este deporte.

lunes 30 de noviembre de 2009

Terrores infantiles, terrores adultos.




"¿Oiga, Oiga? ¿Es que hay alguien?"
Monica Randall en "La escopeta nacional" (Luis García Berlanga)

Comentaba con un amigo que nuestra infancia, pese a desarrollarse en lugares alejados, estuvo marcada por la Guerra Nuclear. Más bien por la amenaza de que, en cualquier momento, podríamos ser pulverizados por un pepino atómico "veinticinco veces más potente que la bomba de Hiroshima". Este era uno de los datos morbosos con los que la prensa nos deleitaba de cuando en cuando: el horror se medía por la fuerza en megatones de la Bomba de Hiroshima. Cualquier crisis, por pequeña que fuera, era un aviso de que muy pronto pasaríamos del Defcon 4 al fatídico Defcon 1 y, durante la invasión militar de la pequeña isla de Granada (Reagan no estaba muy contento con el tío que habían elegido como Presidente y llegó a decir que era como "una minúscula Cuba en potencia") Diario 16 sacó un titular donde nos informaban de que un misil estratégico de largo alcance que dormía en un silo de la alejada República Soviética de Ucrania había sido programado con las coordenadas de la Plaza de Colón de Madrid. Con semejante asunto a mi amigo y a mi nos costaba mucho dormir por las noches.

La música y la cultura no eran refractarias a esta cultura del Apocalipsis nuclear con las que, paradójicamente, se nos bombardeaba y recuerdo ciclos de películas en el colegio sobre el asunto, jornadas de pánico revestidas con nombres orwellianos como "Día Internacional de la Paz" pero donde se mostraban cosas como "Cuando el viento sopla" (1986, Jimmy T. Murakami)  película producida por Paul McCartney que contaba la historia de como dos viejitos se preparaban para el estallido de la bomba y las deprimentes jornadas tras la deflagración de las mismas. En casa arrasaba "Juegos de Guerra" (John Badham, 1983) donde un hacker adolescente volvía loca a una computadora gigante que no sabia diferenciar entre la realidad y la ficción y estaba al cargo del sistema de defensa nuclear de Norteamérica o el telefilm estrenado en pantalla grande titulado "El día después" (Nicholas Meyer, 1983). Ni acordarme quiero de los tintes apocalípticos de "Mad Max 2" (George Miller, 1981) donde los tarados por las bombas tomaban el poder y se hacían punkis y malvados (¡El gran Hummungus!) o de la tercera parte de la saga donde la única vida posible estaba amarrada a la supervivencia de los restos del capitalismo emergente de Negociudad, población dirigida con mano de hierro por la alcaldesa Tina Turner.

En el colmo del pánico alguien me hizo leer "Los últimos niños" una novela de una escritora alemana llamada Gudrun Pausewang que, como no, narraba las vicisitudes de una familia berlinesa que se refugia en el pueblo de los abuelos para descubrir si no hubiera sido mejor haber sido borrado del mapa. Recuerdo con pánico dos escenas: una en la que el niño amyor cae en la cuenta de que todo lo que comen ybeben está contaminado por la radioactividad y otro en el que se contaba como el fotógrafo del pueblo, un playboy en toda regla, trabajaba entusiásticamente en la recogida e escombros y acondicionamiento de las calles porque tenía una misión secreta: tener la suficiente pista libre para poder coger velocidad y estrellarse contra el primer edificio sano. Lo consigue. Perdón por el spoiler.

Mi amigo y yo vivimos aterrorizados por algo que se nos presentaba como la única posibilidad, Sting cantaba aquel estribillo tranquilizador -"Los rusos también aman a sus hijos"- pero aquello sonaba a pelfa ¿No era ese mismo menda el que cantaba "Doo-Doo-Doo-Da-da-da"? ¿Qué crédito podía tener cuando en Informe Semanal un reportaje se encargaba de contarnos la fiebre de muchos españoles por construírse un refugio nuclear propio?

Años después tuve la suerte de conocer uno de esos lugares que, en mi imaginación, pensaba que eran fortalezas indestructibles recubiertas de plomo donde, con tus seres queridos, la vida florecería de nuevo y se abriría paso. Casi me da un ataque de risa histérica cuando, comprobé, que el lugar era un cuchitril asqueroso con un water portátil estéticamente bastante parecido a las celdas de la prisión de Alcatraz (otro de mis traumas...otra historia) que había visto en las películas. Puedo jurar que todas mis esperanzas se desvanecieron al ver los estantes llenos de latas de melocotón en almibar de tamaño industrial a punto de caducar y sentarme en uno de aquellos colchones de campaña polvorientos, el dueño dijo que se lo habían vendido como un refugio "ideal" para una familia de seis miembros pero, en realidad, no me costó imaginarme a aquella gente (o a cualquier otra) decidiendo enfrentarse a los seres deformes que, sin duda, habitarían las ruinas a los tres días de estar allí antes de volver a tener que verse haciendo caca a la vista de los otros ¿Cómo nadie pretendía vivir en una mansión de seiscientos metros cuadrados con dos chachas y tres planchadoras y pensar que podría adapatarse  a hacerlo  en un agujero cerrado a cal y canto durante un año?

Ni Juvenalia, esa feria que acaba de desaparecer por los rigores presupuestarios, se escapaba del pánico nuclear y, entre chorrada y chorrada, o sea tirolinas donde uno podía descolgarse o talleres para pintarse la cara los el ejército tenían la ocurrencia de hacer demostraciones de sus trajes BNQ, o lo que es lo mismo, trajes resistentes a la Guerra Biológica, Nuclear y Química. Durante un pequeño espacio de tiempo uno podía encasquetarse la misma máscara que llevaba Marty McFly en "Regreso al futuro" (1985, Robert Zemeckis) y sentirse poderoso e inmune a los efectos de otros terrores menores como el gas mostaza del que también nos hablaban como al solución rápida y barata a la falta de un arsenal nuclear como era el caso de nuestro país que se encontraba así en inferioridad de condiciones no ya ante los soviéticos si no ante los ladinos franchutes que, tras los Pirineos, guardaban su propio artilugio del que se nos contaba era "sólamente dos veces más potente que la bomba de Hiroshima" pero que, por su potencia, podría destruir una población como Barcelona para siempre. Al parecer no teníamos derecho a tener la bomba atómica y, claro, los franceses (¡esos aprovechones!) nos tiraban los camiones cargados de fruta con total impunidad. Otro gallo nos hubiera cantado de haber contado nuestros camioneros con la fuerza de unos cuantos megatones o, sólamente, de medio.

De aquella época me ha quedado una pesadilla recurrente de la que no puedo escapar: estoy encima de un edificio y veo el hongo nuclear desatándose a una enorme distancia. Pese a todo estoy tranquilo, sentado sobre la cornisa y lo veo avanzar y avanzar destruyendo todo lo que encuentra a su paso, perfecto, blanquecino,  como dijo Ballard "con la luz que utilizaría Dios si nos hiciera una foto" y no puedo hacer nada por detenerlo y me quedo ahí, quieto preguntándome que es lo que hice o hicimos mal para desaparecer en décimas de segundo arrasados por un relámpago gigante. De cuando en cuando alguien se cuela en el sueño y, durante unos segundos nos miramos, veo lágrimas en su cara y también las ve en las mías. No decimos nada y, entonces, todo desaparece y no queda nada.

No me cabe ninguna duda de que esas historias de destrucción global, el Pánico nuclear se llamaba, fueron acalladas por el fin de la Guerra Fría y los acuerdos sobre recorte de misiles obraron el milagro de que la gente se olvidara de que, con la caída del Telón de acero, nos enfrentábamos a la multiplicación de los frentes y a la amenaza de que algún chiflado con ganas de hacerse un hueco en las páginas de la historia soltara uno de aquellos bichos contra un país vecino. Tampoco tengo ninguna duda de que toda esta fascinación por el "fenómeno zombie" no es más que una reinterpretación postmoderna de una generación que, como mi amigo y yo, creímos vivir al borde del precipicio de la destrucción global. Los zombies se parecen bastante a los seres mutantes que imaginamos saliendo de las cloacas tras los últimos bombazos, fenómenos de ferias, con caras desfiguradas, quizás más fuertes tras la tercera o cuarta generación de comer restos humanos, más resistentes a la crudeza del invierno nuclear, a lo mejor reforzados por alimentarse de latas caducadas de melocotón y eso, la oleada de violencia, de destrucción  y muerte que le persigue a uno sin que pueda escapar tiene un paralelismo directo con la BOMBA. Los último supervivientes, rodeados y faltos de casi lo básico para vivir se enfrentarían a una muerte segura o, lo que es peor, a una victoria pírrica, a una vida desgraciada de sufrimiento, a la imposible reconstrucción de sus vida siempre amenazada por la vuelta de la violencia, la reaparición del brote psicótico.

Quizás nuestra necesidad de digerir un trauma infantil impuesto por el mundo en el que vivimos nos ha atrapado en esa fascinación zombie que nos invade como el último grito de temporada. Pero quizás las razones de la moda sean más cercanas y, en el fondo, nos estemos diciendo que seguimos asustados y fascinados por la posibilidad de desaparecer de un plumazo.

viernes 27 de noviembre de 2009

Francisco Nixon en los conciertos de Radio 3


El amigo Fran y el amigo Richi, o sea Francisco Nixon, grabaron un concierto para la 2 que se emitió anoche. Para deleite de todos los que estábais en ese instante haciendo otra cosa (sólo Alá sabe en qué espirales de sordidez andaban metidos...quizás leyendo a Pérez Reverte) aquí os dejo el miniconcierto. Un saludo.

jueves 26 de noviembre de 2009

Una rutilante estrella de la política extremeña



Por fin España va a conocer lo que es bueno. Al fin el espectáculo en estado puro ha llegado al Congreso de los Diputados y lo ha hecho por la puerta grande. Lo veo y me acuerdo de esa frase de Tim Robbins en "Los Búfalos de Durham" cuando Kevin Costner le pide que no haga el idiota en medio de un partido de baseball y él contesta: "Necesito demostrarle al rival que estoy aquí haciendo una demostración de autoridad". (O algo así).

Se llama Carlos Floriano y es diputado por Cáceres. Se ha hecho famoso recientemente por asegurar junto a otro diputado popular, el valenciano Esteban González Pons, que el vicepresidente Rubalcaba los había amenazado en una sala privada del congreso con "ver y escuchar" todo lo que decían en su vida privada gracias a que tiene el control sobre un ordenador malvado llamado SITEL.

No es la primera vez que el PP acusa a Rubalcaba de ser una especie de Doctor Maligno cañí y de vivir en un laboratorio lleno de instrumental informático de última generación que utiliza para el mal. En los días posteriores al 11-M la cúpula popular acusó al político de tener en Ferraz una "máquina" (confundiendo "máquina" con "ordenador") capaz de mandar 3.000 SMS al minuto y ser el culpable de la campaña viral aquella del "Pásalo".

González Pons, que es el único parlamentario en la historia de nuestro país que mira a las cámaras de televisión como si fuera uno de los personajes de "The Office" (¡fíjense, es acojonante!), acaba de declarar que no se volverá a reunir con Rubalcaba en privado a no ser que esté su abogado delante y ha recomendado a la ciudadanía que haga lo mismo en el caso de que tenga que vérselas en un cara a cada con el político socialista.

Ni que decir tiene que, en lo que a SITEL se refiere, Gonzalez Pons y Carlos Floriano se han convertido en los "Arroyito y Pozuelón" del Congreso de los Diputados. Ya sabíamos de las artes cómicas de Pons pero sólo los extremeños conocíamos de los modos actorales de Carlos Floriano. ¿Quieren conocerle? Pues aquí les explicamos:

Carlos Floriano tiene una de las carreras políticas más melodramáticas de los últimos años. Comenzó como Secretario General de las Nuevas Generaciones del PP y alcanzó la Presidencia del PP de Extremadura. Nada demasiado difícil ya que dicho partido en mi región es más un comando que una rama de un partido nacional no tanto por estar flojillos de militancia como por demostrar que son pocos pero rocosos y muy convencidos. Si cualquier partido con aspiraciones preferiría cuidar bien a sus posibles votantes el PP de Extremadura se ha dedicado, básicamente, a lo contrario. Dar mala prensa, apoyar tésis como que "Extremadura es el voto cautivo", obstaculizar medidas económicas de cualquier pelo y hacer la guerra a los más pobres pensando que son el partido de la oligarquía (y creen que lo son pese a que su número de votos desmentiría entonces el número deoligarcas en Extremadura) ha sido la exitosa catársis ideológica del PP extremeño que se ha centrado básicamente en hacerle la ola al neoliberalismo y al aznarismo pensando que era "lo guay" y que había que quitarse la leyenda negra de encima por la vía de vestirnos a todos de señoritos andaluces recién salidos de misa.

Si digo que Carlos Floriano ha sido desastroso para el PP de Extremadura no es porque me caiga especialmente mal si no porque los números cantan: perdió las elecciones autonómicas frente a un candidato teóricamente "blando" llamado Fernández Vara por una diferencia de votos que fue mayor que la registrada contra un ´"duro" como Rodríguez Ibarra -en el PP se le sigue llamando simpáticamente "El bellotakari"- y cuando se volvió a presentar a las legislativas su candidatura como diputado registró 2000 votos menos que la de su antecesor en el cargo. ¿Cómo es posible que contra viento y marea haya aguantado en su sitio?

Floriano es como el fútbol, así. Es divertido ver como una autonomía que tiene una mala prensa enorme de asalvajamiento, de España negra y de miles de cosas más que no vienen al caso haya castigado en las urnas a un jefe de la oposición que se ha caracterizado por sus malos modos asamblearios (En Extremadura hay asamblea y no Parlamento) y que cuente con una retahíla de episodios chuscos, malos ratos, peores rollos y algunas de las jugadas mas estrambóticas y lamentables de...esperen...¿Se acuerdan de eso que ha hecho con Rubalcaba y Pons y tal? Pues ese es el conocidísimo "Rollo Floriano": generar peleíta como forma imprescindible de ahogar el diálogo. Es curioso que un tipo que ha demostrado no valer para los envites tibios de la política autonómica sirva ahora para ocupar el puesto de Secretario de Comunicación del Partido Popular. Ya les digo: comunicar no es lo suyo pero...

No les extrañe que Floriano sea una de los emergentes valores de la política autonómica pepera, que escale hasta embajador con sus Ferrero Roché y toda la pesca o que, muy pronto, sea nombrado Rey de la Vega izquierda del Guadiana. Está a un sólo fracaso más de copar todas sus aspiraciones políticas porque no hay nadie que haciendo menos haya llegado a más...y encima esta vez viene con pareja cómica.

martes 24 de noviembre de 2009

En España el sol gira alrededor de la Tierra




Las sociedades que tienen como referente filosófico y moral a la gente que sale por la tele están condenadas a parecerse brutalmente a la nuestra.

Mira tú por donde que me entero por Magonia de que un 34.2 de los españoles cree que el Sol gira alrededor de la Tierra. El porcentaje en Canarias se dispara hasta el 60%.

La primera reacción ante semejante barbaridad es pensar que aquí se vive "dabuti" y que, bueno, somos un país de poetas más que de científicos. La ciencia, en este país, siempre ha estado asociada a dos cosas que nos repelen: el frío y el ateísmo. La poesía a dos cosas que nos atraen: tirarnos a la bartola a esperar a que nos visiten las musas (y si puede ser que vengan con papel y boli) y que el sexo opuesto caiga redondo a nuestros pies (y así esperar juntos a las musas). Desgraciadamente aquí, actualmente, no se vive también. 

La segunda reacción ante la cifra no es otra que el muy español (y también muy vasco) "patapum pá arriba". Es decir, echar el balón fuera: los sistemas educativos han sido un desastre. La culpa es de los gobiernos. Cuanto más abstracto sea el objeto de nuestra queja y el culpable de nuestra carencia mucho mejor: diputaciones, consejerías, secretariados, negociados...¿A qué se dedica este gente? ¿Quién los ha puesto ahí? ¿Para qué sirve eso que se llama Administración pública? La democracia es muy nueva en nuestro país (algo que se quitará con el tiempo) pero también carece de lo esencial: nadie nos ha explicado como funciona y, al igual que nos negamos a sentarnos durante cinco minutos para leer un manual de instrucciones del flamante reproductor de DVD que nos hemos comprado tampoco somos muy capaces de pararnos otros cinco para que nos cuenten donde hay que apretar para conseguir ciertas cosas o, por lo menos, entender a donde va nuestro dinero, el dinero de nuestros impuestos.

La Transición tuvo cosas buenas (ni siquiera tan buenas) pero algunas cosas horribles como, por ejemplo, la vieja guardia de intelectuales que han sido incapaces de no convertirse en sus padres y de acabar pensando como falangistas de pluma (siempre mejores que los de pistola) o la creación de una clase política heredada del franquismo que, desde entonces, piensa en nosotros como en frágiles bebés que hay que arrullar tiérnamente para que no se despierten. "Arrorro, Arrorro" debería de ser la frase escrita sobre la piedra de la fachada del Congreso de los Diputados. Los españoles sufren ahora, más que nunca, porque ven que Papá y Mamá (los padres y madres de la patria, los que trajeron consigo la flamígera luz de la libertad y la democracia) discuten y eso nos apena. Nos ponemos nerviosos: "¿Se divorciarán? ¿Nos dejarán en la estacada? ¿Nos dejarán bajo la tutela de un tío gallego lejano?".

Soñamos con que se entiendan y pedimos reconciliación y pacto. Que todo se pacte. Da igual que, en realidad, todo se pacte si nadie discute, si nos podemos sentar todos a la mesa sin que haya caras largas. Que Papá y mamá sean los Alcantara hasta que nosotros podamos serlo.

En la presentación de su último libro Muñoz Molina invocaba un gran pacto para "saber qué pasó en la Guerra Civil e investigar los desmanes de uno y otro bando". Yo pensaba que estaba bastante claro que fue lo que pasó en la Guerra pero, al parecer, no. Hay que pactar primero lo que pasó, que el episodio sea lo más cómodo posible para todos, aunque haya que transformar la realidad hasta el punto de hacernos creer en la lucha de dos fuerzas similares, titánicas, igualmente cargadas de razón. Convocar un "derby" de las ideas, un derby de la historia. No se como no se le ha ocurrido a nadie antes cuando en este país no se habla de otra cosa que de fútbol.  


Desechado todo lo anterior, o teniéndolo todo en cuenta, me temo que sólo tengo una respuesta para saber por qué 34 españoles de cada 100 creen en que el Sol gira alrededor de la Tierra: no se lee nada y se ve mucho la tele. No se lee porque nos falta interés, porque pensamos que somos el ombligo del mundo y que por eso vienen los ingleses a vivir aquí, a chupar de nuestro Sol...o sea, que todos pensamos que el Sol es nuestro y, por lo tanto, es él el que gira alrededor de nosotros (porque lo valemos). Tras esta cifra no faltará el que al ser informado de que es la Tierra la que gira alrededor del Sol diga eso de: "Bueno, eso será fuera, que lo hacen todo mal". Y si no, al tiempo. ¿Y Galileo? Bueno, todo el mundo sabe que los jugadores italianos nunca han dado un buen resultado en nuestra liga o, espera, ¿Ese no era el novio de alguien que salía en Sálvame?

miércoles 18 de noviembre de 2009

Mad about you (Hooverphonics)




Cuando trabajaba para Disney Channel esta canción formaba parte de la programación-carrusel de una cadena de vídeos musicales que teníamos siempre puesta. Una buena canción con un vídeo rarito que cuenta la historia de amor entre una chica y una planta de interior. Cosas más raras se han visto.

PD: Disculpen la sucinta entrada y stay tuned!!!!!!!!

miércoles 11 de noviembre de 2009

There is a light that never goes out


Siempre quise tener este disco de The Smiths, titulado "Best...", completo pero sólo conseguí el segundo volumen que tenía como portada al chico. Ni siquiera me gustaban demasiado "The Smiths" pero me encantaba la foto porque, el tipo de la portada, representaba todo lo que yo quería ser de adolescente: tenía un estupendo tupé, una barba guay y llevaba unos tatuajes patibularios que daban miedo...

Cuando yo era adolescente los tatuajes daban miedo porque sólo los llevaban los padres de mis colegas que habían estado en la Legión...como el chandal abierto sin camiseta y los anillos de oro.

El tipo de la portada del disco representaba, ya me olía yo, a lo que no sería jamás: el guaperas que se las lleva de calle, tan seguro de sí mismo, que no tiene inconveniente en estar sin camiseta en un lugar público. Además tenía novia, una novia guapa que bebía cerveza y fumaba un cigarrillo con indiferencia y tenía esa actitud de "no me importa" pero, en realidad, tiene su codo pegado con el del tipo guaperas para que todas las chicas sepan que estan juntos. El es tan guay que no le está preguntando "¿Estás bien?" cada dos por tres y mira hacia el escaparate de la fachada con indiferencia, como el que mira a los peces en un acuario porque, pensaba yo y no estaba tan desencaminado, que puede pasar la Revolución Bolchevique por delante de tus narices que tu puedes mantenerte tranquilo si a tu lado una chica fuma y bebe mientras se hace la interesante.

Encontré los discos en Galerías Preciados, en la tienda que tenían en el Centro Comercial La Vaguada. Por esos días Galerías Preciados había sido definitivamente comprada por El Corte Inglés y, su nueva dirección, iba a deshacerse de todo lo que hubiera en las tiendas. También de su tienda de discos. Después del instituto me acerqué por allí para olisquear algo que llevarme a la boca. El lugar tenía la pinta desangelada que tienen los Supermercados DIA a diario pero con un poco más de fuste. Grupos de señoras subían y bajaban hiperexcitadas las escaleras mecánicas llevando consigo todo tipo de cosas:alfombras, cubos, trajes de todo tipo, bolsas llenas de bragas. En los saqueos, los legales y los ilegales, siempre se produce esa sensación de algarabía, desorden y se repiten las escenas de gente arrastrando cosas absurdas hacia alguna parte.

Cuando me quise dar cuenta yo ya pertenecía a la masa y arrastraba conmigo unas camisetas surferas muy raras que habían estado de moda tres años antes y que tenían dibujos en la espalda (ahora serían lo más), una bolsa llena de libros (ahí descubrí a Chester Himes) y dos juegos de ordenador que venían con la película en la que estaban inspirados de regalo: "Wayne´s world" y "La mitad Oscura".

Cuando quise llegar a los discos la mayoría de los buenos habían desaparecido. A duras penas, y rebuscando debajo de vinilos de Zarzuela (siempre he creído que alguno de los dependientes los había escondido allí), encontré el "Hell´s Bells" de AC/DC, "Steel Wheels" de The Rolling Stones y el primer disco de Los Coyotes. En otro montón encontré dos discos de sendas bandas rockeras: Montana y 56 hamburguesas. Allá un disco de Johnny Juerga y los que remontan el Pisuerga (luego me he enterado de que mi amigo Iñaki, de la revista QUO, fue el bajista) y en uno de los expositores me di de bruces con la portada del disco de The Smiths. Seguí buscando con el dedo y encontré el volumen I. Ya tenía al tío guay y a su novia. Comprobé que llevaba el dinero en el bolsillo y me dirigí hacia la caja.

Pero he aquí que el destino cambió completamente. Una chica, de más o menos mi edad, me obstaculizaba el paso entre grandes resuellos. "Espera, espera" Me dijo. Me sonrojé. La cercanía de una chica respirando a esa velocidad, hinchando y deshinchando el pecho, me hizo sonrojarme. Siempre he tenido la sensación de ser un sátiro. El caso es que la rubia, un poco rubia nada más, levantó la mano como pidiendo tiempo y volvió a hablar: "¿Te vas a llevar ese disco de los Smith?". "Pues sí" dije. Lo dije en guardia, porque J, mi tío, el hombre que más veces había fracasado y triunfado con las mujeres que yo supiera, ya me había prevenido de las "mujeres que te enredan". "Que mierda, tío, es que vivo aquí cerca, lo he visto, no tenía dinero he ido a casa a por pelas y he vuelto y...jo..." dijo muy triste. "Ya, pero es que...". "No, no, ya, lo entiendo, no pasa nada. Es un disco guay. ¿Eres fan de los Smiths, no?". "Un poco" dije. "Con el tupé y tal te pareces al tío de la foto, tienes ese aire, los rockers me....digo... molan". Pese a que J me había prevenido aquellos halagos me sonaron a gloria y me imagino que me saldría algún ademán torpe.

Entonces quise mantenerme fuerte y decir: "Pues nada, busca en el Discoplay de la planta de arriba" pero algo me traicionó cuando me dijo como de pasada: "Se que no está pero si me ayudas a buscar un poco...a lo mejor tenemos suerte...¿Puedes?".

No me pareció mal rebuscar entre los discos. "A lo mejor encuentras algo que te gusta más" dije. "Tienes pinta de saber mogollón de música" dijo "A lo mejor me ayudas a encontrarme algo". Y, claro, estuve hablando de música hasta que ella me pregunto: "¿No llevas nada para tu novia?". Y yo le dije que carecía, en ese momento, de ligazón sentimental alguna y, qué cosas, noté como que se alegraba porque ella dijo "ya, tío, yo tampoco tengo novio...mi ex era un cabrón...es que solo me gustan los cabrones".

Me consideraba un especialista en caerle bien a las chicas que les gustan los cabrones o sea, que por mi, perfecto. Parecía que la conocía de toda la vida. E, incluso, me dijo su nombre.

Terminada la búsqueda comenté que "mala suerte" pero que si quería podía acompañarla a unas tiendas de discos del centro que conocía. Me dijo que vale, que guay y yo venga, guay, vamos. Y entonces me dijo: "Es que tengo que estudiar...pero podemos ir mañana si quieres...". Y entonces pensé que, de algún modo absurdo, había tenido suerte. "A la chica le gustan los cabrones pero, a lo mejor, quiere cambiar" pensé.

Pagué los discos y salimos al pasillo central haciendo planes. Ella quería ir con una amiga y yo le dije que iría con un amigo. Yo quería ir después al King Creole y ella dijo que sólamente hasta las 10. Y le dije que si quería, que si tenía miedo, podía acompañarla a casa y me dijo que sí, que no había problema.

La cosa marchaba sobre ruedas y le dije que si le apetecía tomar algo. Dijo que su lugar preferido era una heladería que vendía batido de plátano al lado de un tiovivo enano de la tercera planta. Fuimos hasta allí y ella bebió su batido grande y yo me bebí una coca-cola con mucho hielo y nos fumamos dos cigarrillos arrugados que quedaban dentro de su paquete de Fortuna. Hablamos del BUP, de las vacaciones, mentimos sobre lo mayores que nos sentíamos, exageramos lo maduros que éramos y, sobre todo, nos mostramos el uno al otro con esa pose inequívoca de la adolescencia que representa la falsedad del hastío. Al final de la conversación las pijas como ella no eran tan pijas, los rockeros no eran tan macarras, la música era lo mejor, los viejos lo peor, los 40 una horterada y ambos soñábamos con viajar algún día a Nueva York.

En esa profundidad filosófica estábamos cuando me pidió que le dejara echar un vistazo a los discos. Se prendó de nuevo del volumen I del disco de The Smiths y se quedó mirando fíjamente a la chica de la portada que bebía cerveza y fumaba. "Este disco es la leche...¿Me lo prestas?". No me dio tiempo a contestar. "Como nos vemos mañana me lo grabo en cinta y te lo devuelvo".

No dude y le dije "vale". Éramos amigos ¿No? Ambos pensábamos que los 40 eran una horterada ¿No? Ibamos a ir al día siguiente al King Creole ¿No?

Me lo agradeció mucho y me dio dos besos en la mejilla. Me dio su teléfono que apunté en una de los separadores de la carpeta junto a una foto de The Doors y ella apuntó el mío en una servilleta. "De todas maneras mejor quedamos" Dijo. "¿En la puerta del metro de Sol a las 18:00?". A mi todo me pareció bien. "Si no puedes venir o lo que sea me llamas". Le dije. "No te preocupes, pero iré porque tengo que devolverte el disco...y acuérdate de traerte a tu amigo que yo iré con una amiga".

Al día siguiente, como un clavo, me planté en la Puerta del metro de Sol. Pero no apareció. A las 19:00 horas llamé a mi casa para saber si había llamado pero me dijeron que no y a las 19:10 saqué el teléfono que me había llevado apuntado en un trozo de cartón y desde una cabina llamé. Nadie cogió el teléfono.

Durante años me he hecho muchas preguntas sobre esa anécdota: Si cuando me vio ya sabía que me iba a levantar el disco y estuvo orquestando todo tipo de historietas para sacármelo por saber que yo era un pringado (disco+batido de plátano), si su primera intención fue devolvérmelo pero, luego, cuando se vio en posesión del mismo decidió que no lo compartiría. También he pensado muchas veces que le ocurrió algo esa tarde y que no pudo llegar a tiempo. Que sus padres no le dejaron salir de casa porque tenía que estudiar (¡Dijo que tenía que estudiar!) y que intentó llamarme pero había perdido mi número o, incluso, que había perdido mi número y sin querer me dio el suyo mal...No se, a lo mejor nos hemos vuelto a cruzar ya más mayores y no nos hemos dado cuenta o ella sí y ha salido pitando. Tenía un nombre vulgar, vivía en un barrio normal...sólo se que le gustaban mucho (imposible cuantificar cuanto) The Smiths y que (es posible) hizo todo lo posible para tener ese disco en su colección...

Podría haber bautizado esta entrada como "Hay por hay una zorra que tiene mi disco de The Smiths" pero, ya lo he dicho por ahí, nunca he sido el típico tío duro que no se inmuta ni aunque la Revolución Bolchevique pase por delante de sus narices.

PD: "There is a light that never goes out" es una de las canciones incluídas en el Volumen II de Best... y originalmente fue publicada en el disco "The Queen is dead".



PD2: Mikel Erentxun grabó esta versión y rodó este extraño video clip ante la pasividad de la autoridad competente...