Desgraciadamente ya no se necesita hacer una guía de tontos de pueblo porque son las televisiones las que los contratan para ponerlos debajo de los focos de un plató y, cuando dicen "¡Melones!" o "¡Chocho!" o "¡Polla!" se reproduce ese momento catártico que yo viví en mi niñez y que ahora es retransmitido en riguroso directo.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Tontos de pueblo
Desgraciadamente ya no se necesita hacer una guía de tontos de pueblo porque son las televisiones las que los contratan para ponerlos debajo de los focos de un plató y, cuando dicen "¡Melones!" o "¡Chocho!" o "¡Polla!" se reproduce ese momento catártico que yo viví en mi niñez y que ahora es retransmitido en riguroso directo.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
El perro loco y el abuelo
Yo hoy quería hablar del perro Andy. Andy era un pastor alemán que mi abuelo recogió de casa de una señora. La señora, dueña de una tienda de alimentación, se había enterado de que el abuelo andaba buscando un perro de las mismas características que Tom.
Tom, un pastor alemán, había sido adoptado para hacer una labor: cuidar de la fábrica de maderas donde trabajaba el abuelo. Zacarías, que así se llama el buen hombre, se dedicó hasta su jubilación a la madera: primero en talleres y luego comprando pinares y haciendo una cosa que siempre me dejaba flipado: abrazaba un árbol de la hectárea que había ido a comprar y sabía el número casi exacto de metros cúbicos de madera útil que podía extraer de ese y de otros árboles de alrededor. Siempre lo acompañaba un perito agrónomo que flipaba con la maestría del hombre. Por cierto, el abuelo nunca se ha vanagloriado de eso de "haber aprendido en la Universidad de la vida" y más de una vez y más de dos lo escuché decirle a esos tíos con carrera lo mucho que le hubiera gustado saber hacer lo mismo pero con una cinta métrica y una calculador. Con un título colgado en el salón, vaya.
La fábrica donde trabajaba el abuelo tenía una curiosa característica y era que mis abuelos ocupaban una casa dentro de las propias instalaciones. Pese a que estaba un poco retirada del pueblo lo cierto es que una infancia en una fábrica de madera tiene muchas ventajas como, por ejemplo, una enorme montaña de serrín con la que jugar y un número ingente de maderos, tablones, palos etc. además de un agradable número de clavos, martillos, sierras y un largo etcétera de cosas que te permitían construírte un fuerte o diseñar una choza. Como siempre he sido bastante inutil y harta la familia de que cada dos por tres acabara descalabrado tras intentar construírme una caseta -no se pueden imaginar la angustia de una familia que ve como el único niño de la misma se empeña una y otra vez en convertirse en la víctima de un desplome de maderos sobre su cabeza- mi abuelo decidió construírme un auténtico chozo donde pude, durante años, hacer el aborigen que es una cosa recomendable.
Tom, el primer pastor alemán, era bastante noblote pero estaba marcado por la tragedia: fue atropellado como dos veces y, finalmente, murió por intentar nadar dentro de una especie de piscina que la fábrica tenía para adecentar la madera. El agua de la misma contenía una sustancia química que, simplemente, le hizo las tripas papilla.
El abuelo, derrotado por la pérdida que todos seguimos recordando como una tragedia, encontró a Andy. Y sin preguntar lo trasladó a la fábrica. La abuela, más desconfiada, pronto comenzó a preguntarse como era posible que alguien se deshiciera de un pastor alemán aparentemente sano con esa alegría y desapego. Cuando quiso enterarse (una abuela no es la CIA, por Alá) ya era tarde porque el perro estaba ya instalado en la caseta: Andy estaba chiflado. Sí, clínicamente loco, de hecho si hubiera habido en esa época un psicólogo de esos para animales hubiera diagnosticado que ese bicho estaba completamente majareta.
Al parecer un febril sentido de la protección se apoderaba de cuando en cuando del bicho que de animal inofensivo pasaba a convertirse en el puto guardián de las puertas del Infierno. La ex dueña del perro lo notó un buen día en el que detectó que todo el mundo compraba con normalidad en la tienda pero que, curiosamente, algo les impedía traspasar el umbral de la puerta y marcharse a sus casas. En plan "El ángel exterminador" la gente era capaz de entrar pero no de salir. La culpa la tenia Andy que, apostado en la entrada del comercio enseñaba las fauces, babeaba y ladraba como un poseso a cualquier persona que intentara sacar ni un solo producto de la misma aunque, previamente, hubiera pasado por caja.
Si mi abuelo se pasó media vida guerreando contra el Tom para que mostrara su lado más fiero durante las noches, en las que se empeñaba en dormir o en hacerse el tonto para quedarse dentro de la casa y no tener que salir a hacer la guardia, con Andy se pasó media vida procurando que estuviera atado por el día cuando los obreros entraban en el perímetro de seguridad y el perro, ese mismo día, pensaba que estábamos siendo atacados por una horda de desarrapados y ladrones. Ahora que lo pienso que bien le hubiera venido ese chucho a la familia Romanov cuando aquello del asalto a los Palacios de Invierno...
Por las noches, cuando mi abuelo lo desataba, y nos íbamos a dormir desde la casa podíamos ver como incansablemente el perro se pasaba las horas haciendo una maratoniana ronda girando y girando alrededor de la casa y de la nave de la fábrica, con la boca llena de babas y escuchando de tanto en tanto el sonido de su respiración. De pesadilla. No era difícil que, tras una noche muy movida, Andy nos presentara orgulloso una montaña de culebras, ratas gordas, ratones de campo, erizos, zapatillas viejas (¿De donde cojones las sacaría?) y de otros animales que, incautos ellos, pensaron que podrían vivir agazapados entre nosotros.
El caso es que, aunque la familia siempre le decía al abuelo que tenía que deshacerse del perro, él siempre se negó a hacerlo. Hacía oídos sordos y se justificaba diciendo que con la familia era cariñoso y que nunca se le había ocurrido morder a nadie que viviera dentro de la casa. Así era. Pese a los comentarios de su dueño Andy tenía un extraño modo de jugar a eso de lánzame la pelotita: Un día intenté jugar con él a aquello y a la tercera vez que le lancé la pelota de tenis me la devolvió completamente reventada tirándomela a los pies. Me miró durante un segundo y luego salió corriendo para volver a hacer la ronda. No se me volvió a ocurrir nada parecido.
Entre aquel chalado y el abuelo había una especie de conexión que intenté desentrañar durante años. No era posible que un tipo normalmente cariñoso y afable quisiera como mascota a un bicho violento e impredecible.
Un día el abuelo se puso muy enfermo. Creo recordar que de los riñones.Una especie de infección o algo peor que lo tuvo postrado en la cama durante cinco días. Tumbado en la cama agarrado al cabecero de metal Zacarías se retorcía de dolor. Cada ocho horas recibía la visita del practicante que le ponía una inyección para mitigarle un poco aquella tortura. El puto perro, que nunca aparecía por la casa, de pronto abandonó sus labores de vigilancia y destrucción para, literalmente, apalancarse en el pasillo, justo a la entrada del dormitorio. El torbellino se apagó y Andy simplemente miraba con ojos tristes hacia la cama del abuelo. La abuela Petra intentó echarlo pero fue incapaz porque, aunque le diera con un periódico en las costillas o el hocico, el animal se empeñaba en hacerse un ovillo y quedarse allí. Aprovechando que, de cuando en cuando, bajaba a mear mi abuela cerró la puerta detrás de él. Cuando después de una hora volvió a abrirla se encontró con que Andy se había agazapado y saltó entre sus piernas para volverse a colar y quedarse en lo que pensaba que era su nuevo puesto.
Cada vez que mi abuelo se dolía de algo o se quejaba Andy daba un aullido que te partía el alma. Ni el practicante se libró de la ira del bicho que, cada vez, que se acercaba al abuelo sufría el gruñido del perro, un gruñido amenazante que, no teníamos duda, significaba "si le haces daño te machaco".
Estuvo cinco días sin comer y apenas bebió. Una mañana que el abuelo se quedó dormido lo encontramos discretamente sentado al lado de la cama lamiéndole la mano como si así quisiera transmitirle algo de su energía, otra vez que se quedó profundamente dormido entró como un rayo en la habitación y ladró hasta que el abuelo se despertó y lo mandó a la mierda. Lejos de enfadarse movió el rabo y se volvió a tumbar en el pasillo. Cuando mi abuelo salió de la habitación por su propio pie se levantó a su paso, andó con él un poco, esperó a que le pasara la mano por la cabeza y se volvió a su caseta. Comió como un puto bestia, se hinchó de agua y aquella misma tarde reventó a dos gatos de la fábrica de al lado me imagino que para demostrarse así mismo que estaba todavía en forma.
El demonio disfrutaba de su status, demasiado diría yo, y sus ataques de cólera se hicieron más constantes hasta que un día, simplemente, no nos dejó salir de casa. Se apostó en el portal y nos ladraba a nosotros para evitar que nos enfrentáramos por nosotros mismos a los peligros del exterior. Aquello fue demasiado y el abuelo decidió, por fin, deshacerse del perro. En el proceso de buscarle una casa o un manicomio Andy tuvo tiempo para su última fechoría. Sin saber por qué atacó a un trabajador de la fábrica, Paco, al que le desgarró el hombro de un bocado. Zacarías lo entregó al veterinario con lágrimas en los ojos.
Hace poco hemos vuelto a recordar al dichoso perro. El abuelo, sentado en el sofá de orejas, me contó que siempre tuvo la impresión de que todas esas ganas de agradarlo se debían a que se había criado sin su madre, por alguna razón el abuelo sigue creyendo que el bicho infernal era así porque su dueña le contó que se lo entregaron siendo menos que un cachorro porque la madre había muerto y que, desde entonces, estuvo buscando una familia a la que contentar. Como nadie se había preocupado por enseñarle que se podía ser igualmente querido por hacer cosas buenas Andy se dedicó a cuidar y nada más que a cuidar del modo extraño en el que él percibía que había que hacerlo: creando una especie de perímetro de protección alrededor de los que quieres sin permitir que nadie los traspasara por miedo a que aquella felicidad desapareciera por completo. Daba igual que la felicidad tuviera el precio terrible de tener que pasarse la noche cazando y masacrando bichos, siendo torturado por la idea de que todo lo que conoces podría desaparecer si no estás todo el tiempo protegiéndolo. Recordó la lealtad a prueba de bombas del perro, la forma en la que le lamía las manos y, sobre todo, la forma en la que Andy se comportaba cada vez que el abuelo se sentaba en algún lado a descansar. El perro estaba allí, silencioso, mirándolo, esperando que Zacarías le pasara la mano por la cabeza y se la acariciara un poco, que le permitiera lamerle la mano. Esa mano a la que le faltan dos dedos volados por una bomba perdida: el abuelo, siendo niño, perdió a sus padres y tuvo que abandonar un hogar cómodo y una vida normal de niño para dedicarse a trabajar como un adulto y a guardar el ganado de otros. Un día, pocos meses después de la Guerra Civil, el abuelo se encontraba con otro niño en el campo. Sintió frío y ambos comenzaron a buscar madera para hacer una hoguera. La hicieron, por desgracia, encima de una granada escondida que estalló con el calor provocando el accidente.
El abuelo había vivido la desintegración de su familia: primero los padres, luego parte de los familiares fusilados en la Guerra, la protección de un hermano fugitivo al que buscaban para darle el paseo y la de una hermana.
Es fácil entender porqué se entendían tan bien o, por qué el abuelo creía entender las motivaciones del chucho. Mi abuela más práctica dijo: "Ese bicho estaba loco y ya está". El abuelo la miró y miró a la ventana sonriendo. Luego cambiamos de tema.
jueves, 30 de julio de 2009
El legado de P.T. Barnum


Dichos espectáculos se los debemos al empresario americano P.T. Barnum que fue el primero en especializarse en mostrar seres humanos con minusvalías físicas y mentales a los que se conocía genéricamente como "freaks". Con la excusa de hacer un show científico Barnum expuso a enanos, hombres elefantes, mujeres barbudas, siameses y un largo etcétera de seres humanos que eran presentados como fenómenos extraordinarios capturados en expediciones cientíticas o simplemente de gira artística por Estados Unidos, la mayoría eran en realidad contratados por una despiadada red de "ojeadores" a sueldo del magnate por todo el país, y que contaban imposibles historias sobre la naturaleza de sus pecualiaridades físicas frente a una asombrada y morbosa audiencia.
Esta última semana viendo la programación de Telecinco me he dado cuenta de que Vasile debería de homenajear a P.T. Barnum poniéndole una placa en la puerta de uno de los estudios de la cadena para dejar constancia de que es el alumno más aventajado del empresario norteamericano. Sin duda el bochornoso espectáculo que se ofrece en los programas de la cadena no dista mucho de los que tienen como objeto mostrar las minusvalías de un grupo de personas...en este caso la coartada no es la ciencia si no el entretenimiento y, claro está, las taras físicas (tan feas) han sido sustituídas por las taras afectivas o mentales de sus colaboradores estrellas. 
martes, 7 de julio de 2009
Las capas de la ficción

martes, 17 de junio de 2008
Belle

Hoy me han llamado para contarme que se va a celebrar una misa en su memoria. No voy a ir porque, la verdad, creo que todo lo que tenía que haber hecho por ella tendría que haberlo hecho en vida.
Fuimos juntos al colegio y la recuerdo llorando como una pequeña Dama de las Camelias cuando no le gustaba el menú del comedor; también la forma en la que se miraba las puntas comidas de las botas kickers como si debajo de ellas se abriera un abismo y el gesto que hacía para arreglarse el cuello del Loden antes de meterse debajo de un canalón para mojarse la cabeza. Obstinadamente, y ya como un pollo, caminaba hacia el siguiente canalón y luego hasta el siguiente y luego hasta el siguiente hasta que el profesor de turno salía al patio a recogerla entre zarandeos y reproches. Siempre parecía feliz después de la fechoría.

Años más tarde me contó que lo hacía para que su padre se acercara hasta el colegio a llevarle ropa seca y poder estar un rato más con él. “Me encantaba que me vistiera por las mañanas ¿sabes? No es un tío muy cariñoso y me gustaba que me diera un beso y un abrazo”.
Nos frecuentamos mucho en la adolescencia y tuvimos algún escarceo. Era de esa gente que hacía cualquier cosa o paraba con cualquiera con tal de no tener que hacer el camino de vuelta a casa sola. Se le notaba en la forma en la que te decía eso de “el último cigarrito y luego te vas…bueno, te vas si quieres, que seguro que no quieres ¿no?”. Luego se te pelaba el culo sentado en el portal mientras la escuchabas contarte sus historias con la cabeza echada sobre el hombro.

Excesiva, tremendista, enganchada al malromanticismo, Belle se largó rodeada de todos los tópicos escritos en todas las canciones desde 1950 hasta hoy. Hoy mucha gente dirá que “era demasiado sensible para este mundo”, que “era una persona muy especial”, que “tenía sus cosas pero que era encantadora”…hoy mucha gente dirá muchas cosas y todas buenísimas porque también nosotros somos demasiado sensibles para este mundo e incluso tenemos nuestras cosas como ese detalle sin importancia de ser unos hipócritas. Nada, pelillos a la mar. Vámonos todos a la mierda, un rato. ¡Cuanta compasión! ¡Y qué a destiempo!
Nadie dirá que en los últimos tiempos la incómoda visión de Belle se había convertido en un espejo cóncavo en el que muchos nos miramos previendo el futuro, que llevaba escrito en la frente eso de “echa el freno o acabarás así” y que, joder, era una molestia cruzártela, que se te agarrara al cuello en los bares, que se te adosara a la mínima. Que todo a su alrededor comenzaba a ser demasiado conocido, demasiado siniestro y que no hicimos nada por afearle ninguno de sus demenciales hábitos cuando ya era una broma chunga de sí misma.

Yo sólo quiero acordarme de cuando Belle era pequeña seguramente porque esa bobina en super 8 que es la memoria me devuelve una imagen suya que consigue enjuagarme la conciencia y garrapiñarme los recuerdos.
domingo, 1 de junio de 2008
Curso de 1988


domingo, 10 de febrero de 2008
Un discurso de los que hacen historia
viernes, 7 de diciembre de 2007
El Club de los Cinco

Aquellos ¿maravillosos? 80
¿Jugamos al "teto"?
"¿Quién ha sido el gracioso que se ha llevado las sillas?"miércoles, 28 de noviembre de 2007
Felicidad
martes, 27 de noviembre de 2007
Reconstruyendo el pasado...
¿Le has dicho al Fhurer lo nuestro?
Tengo amigos que despedazan muebles viejos en la misma calle a la búsqueda de dinero escondido o joyas como si los viejos adinerados que mueren solos rodeados de su propia miseria pero con una fortuna bajo el colchón fueran algo habitual.

Ancianos abandonados en una Residencia descubriendo lo fácil que es desheredar a todos esos cabrones desagradecidos.
Tengo amigos que se llevan mesas y sillas para completar el mobiliario de sus casas, de estos cada vez menos, porque ya vamos teniendo edad para poder ir al IKEA.
El caso es que nos quedamos frente a nuestro descubrimiento arqueológico, compramos unas cervezas y nos subimos a casa de uno de ellos que tenía un proyector de super 8 para ver aquellas películas. Colorines estallados sin banda sonora, escenas de los 60 y los 70 con los mismos personajes en diferentes etapas que, en un par de horas vimos hacer la primera comunión, casarse, hacer barbacoas, tener hijos, envejecer...
El romance antes de la Ley de Costas
Llegamos a la conclusión de que eran felices y vascos. Dos términos que si uno escucha mucho la COPE forman un gigantesco oxymoron. También llegamos a la conclusión de que, al no existir la tecnología digital, la gente se cuidaba muy mucho de guardar sólamente aquellos felices, aquellos por los que valió la pena vivir.
lunes, 19 de noviembre de 2007
Tan lejos, tan cerca... (Tu a París y yo a Texas)

Versión Disney de "La Estankera de Vallekas"
Me pasa con F. Somos dos imanes negativos, iguales, condenados a no chocar jamás, a repelerse pese a la atracción.Hemos repasado muchas veces juntos nuestras biografías llegando a la conclusión que hasta nuestro primer encuentro nuestras rutas sobre la geografía humana habían siempre estado a punto de tocarse pero sin hacerlo. Amistades comunes, bares comunes e, incluso, una fiesta en la que ella estuvo pero yo llegué tarde. Tan cerca y tan lejos. Y ahora, tan lejos y tan cerca.
Como dice esa de Tom Waits:

La leyenda del Santo bebedor, in person...
Ya me gustaría a mi atravesar el espejo o surcar el cielo de Berlín como los ángeles de aquella película.
¿Y ahora como cojones me suicido?
Recordatorio: Wenders me parece, normalmente, infumable.
Recordatorio 2: Yo conocía a Tom Waits mucho antes que Marlango.
viernes, 9 de noviembre de 2007
Los Niños Perdidos (The wonder years)


Agentes de tráfico en el post invierno nuclear
Los Niños Perdidos. Tan importantes y tan desconocidos y eso que de sus cabecitas han salido hechos tan importantes como:
1) La Plataforma de Inversión para la tecnología del teletransporte. (En los tiempos en que nuestros medios eran un Opel Corsa blanco sin aire acondicionado ni música).
2) La instalación de una moqueta cómoda en todas las playas del Litoral gaditano. (Por el Poniente o el Levante, que nunca nos aclaramos).
3) El diseño del bocadillo de Kiko (morcilla extremeña) con Mayonesa.
4) La investigación del día más inservible: 17 de noviembre de cualquier año.
5) La Lista de las 100 cosas que dan más bajón.
6) El descubrimiento de la palabra más fea y graciosa del mundo: OJETE. Basándose en la realidad investigada de que, la uses como la uses, siempre hay alguien que se ríe.
7) La lista de "TODOS LOS GRUPOS ESPAÑOLES". Ejecutada por Niño Maestro durante los veranos de 1988, 1989 y 1990.
El punto 5 y 6 los colocarán en la historia como un movimiento paralelo al Chanantismo.
De las fechorías cometidas en todos estos años, del lado oscuro, del insulto a la autoridad, la violación de las más mínimas formas de comportamiento y etiqueta etc. no diré nada porque las he de decir en su (nuestra) defensa que nunca hemos sido condenados o ni siquiera imputados en ninguna de las causas abiertas.
Se jodan los municipales, que decía aquél.

