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jueves, 18 de noviembre de 2010

Tontos de pueblo


Un amigo hace tiempo que abrazaba la idea de escribir una guía de "tontos de pueblo". Ya saben, los entrañables y chocantes personajes imprescindibles del mundo rural que igual se encargan de tocar las campanas que de apedrear a los coches que pasan demasiado rápido por la carretera general. 

Hace muchos años, pasaba los veranos en un pueblo de Extremadura, que tenía un "tonto" (un muchacho con Sindrome de Down) que era un verdadero cinéfilo. De hecho las dos personas que no faltábamos ninguna noche (y quiero decir ninguna) a aquellas proyecciones del cine de verano (Carmona, creo que se llamaba el establecimiento) éramos aquel hombre y yo.

Pepsi Cola en botella de 20 centilitros, bolsa de kikos marca KRAZY KORN y a disfrutar de lo que pusieran. Me daba igual "La mujer del Teniente francés" que "Flash Gordon". Así es como se construye a un cinéfago. 

Alrededor de aquel "tonto" del pueblo (apasionado del cine y también de colarse en el campanario a deshora y marcarse un concierto de percusión campanil) siempre se reunía un grupo de chavales dispuestos a que, si la peli no era de su gusto, picar al hombre aquel (pantalón de tergal subido hasta por encima de la tripa, camisa de verano, zapatillas de tela) para que saltara. Lo normal era llamarlo por su apodo (Huevo) y, después, hacerle cosas como taparle los ojos o decirle alguna cosa al oído que le hiciera perder el hilo. Siempre que voy a la filmoteca o a un cine de versión original y veo a alguien pedir silencio a alguien porque está comiéndose unas palomitas o porque hace más comentarios de los oportunos me acuerdo de aquel tonto de pueblo cinéfilo al que desesperaba en sobremanera cualquier cosa que le sacara, aunque fuera, por unos instantes del hilo argumental. 

Cuando las cosas se caldeaban un poco el tonto daba algunas voces y ahuyentaba durante un rato a los pequeños cabroncetes de su alrededor pero, cuando la cosa se ponía fea, perfectamente podía coger una de esas bancadas de metal y levantarlas aunque sobre ellas estuvieran sentadas seis o siete personas dando el esperado "show" y, como no, muchas veces haciendo parar la proyección durante unos instantes. 

Había ocasiones, sin embargo, sobre todo en las proyecciones de películas de acción o en las que salía alguna teta (me acuerdo de una peli de moteros titulada "Hi-Raiders") en la que no hacía falta picar al pobre hombre para que este diera su propio show. Me imagino que aquello de las películas le resultaba tan emocionante que no podía, por más, que intentar imitar los puñetazos de Rocky, animar a Bruce Lee con gritos o hacer comentarios en voz alta sobre aquellos pechos y aquellas desnudeces que se veían en pantalla. Era entonces cuando más risotadas se escuchaban y cuando aquel tonto disfrutaba más de la jarana. Yo creo que, incluso, se gustaba así mismo al verse como el protagonista voluntario de la fiesta. Si salía un escote el tonto no tenía más que exclamar "¡Melones!" o "¡chocho! para que la chavalada se crujiera de la risa y si ya el comentario se acompañaba de un movimiento pélvico la cosa era el despiporre. 

Han pasado 30 años y me imagino que el tonto de pueblo aquel ya habrá fallecido. Yo le tenía cariño por cinéfilo y porque tocaba las campanas a deshoras que es una cosa que siempre me ha apetecido hacer. Pero lo que tengo claro es que el espíritu de ese héroe rural sigue vivo en nuestros corazones y que, en la actualidad, siempre que se percibe la existencia de un tonto le crece un grupo de palmeros a su alrededor, aunque solo sea para intentar comprobar hasta donde es capaz de llegar en sus cucamonas. 

Desgraciadamente ya no se necesita hacer una guía de tontos de pueblo porque son las televisiones las que los contratan para ponerlos debajo de los focos de un plató y, cuando dicen "¡Melones!" o "¡Chocho!" o "¡Polla!" se reproduce ese momento catártico que yo viví en mi niñez y que ahora es retransmitido en riguroso directo.

Un hombre con Síndrome de Down no puede elegir, y menos hace 30 años, pero Salvador Sostres sí debería de demostrar cierto sentido común. A este paso, para llamar nuestra atención, ya no le va a valer con decir paridas y, emulando a otros tontos de pueblo más extremos, va a tener que sacarse la chorra delante de alguna moza porque, cuidadito, que al igual que en el pueblo de "Amanece que no es poco" todos los meses hay elecciones para cubrir su puesto y es posible que otro con menos escrúpulos le gane por la mano. 
  

miércoles, 30 de diciembre de 2009

El perro loco y el abuelo




Yo hoy quería hablar del perro Andy. Andy era un pastor alemán que mi abuelo recogió de casa de una señora. La señora, dueña de una tienda de alimentación, se había enterado de que el abuelo andaba buscando un perro de las mismas características que Tom.

Tom, un pastor alemán, había sido adoptado para hacer una labor: cuidar de la fábrica de maderas donde trabajaba el abuelo. Zacarías, que así se llama el buen hombre, se dedicó hasta su jubilación a la madera: primero en talleres y luego comprando pinares y haciendo una cosa que siempre me dejaba flipado: abrazaba un árbol de la hectárea que había ido a comprar y sabía el número casi exacto de metros cúbicos de madera útil que podía extraer de ese y de otros árboles de alrededor. Siempre lo acompañaba un perito agrónomo que flipaba con la maestría del hombre. Por cierto, el abuelo nunca se ha vanagloriado de eso de "haber aprendido en la Universidad de la vida" y más de una vez y más de dos lo escuché decirle a esos tíos con carrera lo mucho que le hubiera gustado saber hacer lo mismo pero con una cinta métrica y una calculador. Con un título colgado en el salón, vaya.

La fábrica donde trabajaba el abuelo tenía una curiosa característica y era que mis abuelos ocupaban una casa dentro de las propias instalaciones. Pese a que estaba un poco retirada del pueblo lo cierto es que una infancia en una fábrica de madera tiene muchas ventajas como, por ejemplo, una enorme montaña de serrín con la que jugar y un número ingente de maderos, tablones, palos etc. además de un agradable número de clavos, martillos, sierras y un largo etcétera de cosas que te permitían construírte un fuerte o diseñar una choza. Como siempre he sido bastante inutil y harta la familia de que cada dos por tres acabara descalabrado tras intentar construírme una caseta -no se pueden imaginar la angustia de una familia que ve como el único niño de la misma se empeña una y otra vez en convertirse en la víctima de un desplome de maderos sobre su cabeza- mi abuelo decidió construírme un auténtico chozo donde pude, durante años, hacer el aborigen que es una cosa recomendable.

Tom, el primer pastor alemán, era bastante noblote pero estaba marcado por la tragedia: fue atropellado como dos veces y, finalmente, murió por intentar nadar dentro de una especie de piscina que la fábrica tenía para adecentar la madera. El agua de la misma contenía una sustancia química que, simplemente, le hizo las tripas papilla.

El abuelo, derrotado por la pérdida que todos seguimos recordando como una tragedia, encontró a Andy. Y sin preguntar lo trasladó a la fábrica. La abuela, más desconfiada, pronto comenzó a preguntarse como era posible que alguien se deshiciera de un pastor alemán aparentemente sano con esa alegría y desapego. Cuando quiso enterarse (una abuela no es la CIA, por Alá) ya era tarde porque el perro estaba ya instalado en la caseta: Andy estaba chiflado. Sí, clínicamente loco, de hecho si hubiera habido en esa época un psicólogo de esos para animales hubiera diagnosticado que ese bicho estaba completamente majareta.

Al parecer un febril sentido de la protección se apoderaba de cuando en cuando del bicho que de animal inofensivo pasaba a convertirse en el puto guardián de las puertas del Infierno. La ex dueña del perro lo notó un buen día en el que detectó que todo el mundo compraba con normalidad en la tienda pero que, curiosamente, algo les impedía traspasar el umbral de la puerta y marcharse a sus casas. En plan "El ángel exterminador" la gente era capaz de entrar pero no de salir. La culpa la tenia Andy que, apostado en la entrada del comercio enseñaba las fauces, babeaba y ladraba como un poseso a cualquier persona que intentara sacar ni un solo producto de la misma aunque, previamente, hubiera pasado por caja.

Si mi abuelo se pasó media vida guerreando contra el Tom para que mostrara su lado más fiero durante las noches, en las que se empeñaba en dormir o en hacerse el tonto para quedarse dentro de la casa y no tener que salir a hacer la guardia, con Andy se pasó media vida procurando que estuviera atado por el día cuando los obreros entraban en el perímetro de seguridad y el perro, ese mismo día, pensaba que estábamos siendo atacados por una horda de desarrapados y ladrones. Ahora que lo pienso que bien le hubiera venido ese chucho a la familia Romanov cuando aquello del asalto a los Palacios de Invierno...

Por las noches, cuando mi abuelo lo desataba, y nos íbamos a dormir desde la casa podíamos ver como incansablemente el perro se pasaba las horas haciendo una maratoniana ronda girando y girando alrededor de la casa y de la nave de la fábrica, con la boca llena de babas y escuchando de tanto en tanto el sonido de su respiración. De pesadilla. No era difícil que, tras una noche muy movida, Andy nos presentara orgulloso una montaña de culebras, ratas gordas, ratones de campo, erizos, zapatillas viejas (¿De donde cojones las sacaría?) y de otros animales que, incautos ellos, pensaron que podrían vivir agazapados entre nosotros.

El caso es que, aunque la familia siempre le decía al abuelo que tenía que deshacerse del perro, él siempre se negó a hacerlo. Hacía oídos sordos y se justificaba diciendo que con la familia era cariñoso y que nunca se le había ocurrido morder a nadie que viviera dentro de la casa. Así era. Pese a los comentarios de su dueño Andy tenía un extraño modo de jugar a eso de lánzame la pelotita: Un día intenté jugar con él a aquello y a la tercera vez que le lancé la pelota de tenis me la devolvió completamente reventada tirándomela a los pies. Me miró durante un segundo y luego salió corriendo para volver a hacer la ronda. No se me volvió a ocurrir nada parecido.

Entre aquel chalado y el abuelo había una especie de conexión que intenté desentrañar durante años. No era posible que un tipo normalmente cariñoso y afable quisiera como mascota a un bicho violento e impredecible.

Un día el abuelo se puso muy enfermo. Creo recordar que de los riñones.Una especie de infección o algo peor que lo tuvo postrado en la cama durante cinco días. Tumbado en la cama agarrado al cabecero de metal Zacarías se retorcía de dolor. Cada ocho horas recibía la visita del practicante que le ponía una inyección para mitigarle un poco aquella tortura. El puto perro, que nunca aparecía por la casa, de pronto abandonó sus labores de vigilancia y destrucción para, literalmente, apalancarse en el pasillo, justo a la entrada del dormitorio. El torbellino se apagó y Andy simplemente miraba con ojos tristes hacia la cama del abuelo. La abuela Petra intentó echarlo pero fue incapaz porque, aunque le diera con un periódico en las costillas o el hocico, el animal se empeñaba en hacerse un ovillo y quedarse allí. Aprovechando que, de cuando en cuando, bajaba a mear mi abuela cerró la puerta detrás de él. Cuando después de una hora volvió a abrirla se encontró con que Andy se había agazapado y saltó entre sus piernas para volverse a colar y quedarse en lo que pensaba que era su nuevo puesto.

Cada vez que mi abuelo se dolía de algo o se quejaba Andy daba un aullido que te partía el alma. Ni el practicante se libró de la ira del bicho que, cada vez, que se acercaba al abuelo sufría el gruñido del perro, un gruñido amenazante que, no teníamos duda, significaba "si le haces daño te machaco".

Estuvo cinco días sin comer y apenas bebió. Una mañana que el abuelo se quedó dormido lo encontramos discretamente sentado al lado de la cama lamiéndole la mano como si así quisiera transmitirle algo de su energía, otra vez que se quedó profundamente dormido entró como un rayo en la habitación y ladró hasta que el abuelo se despertó y lo mandó a la mierda. Lejos de enfadarse movió el rabo y se volvió a tumbar en el pasillo. Cuando mi abuelo salió de la habitación por su propio pie se levantó a su paso, andó con él un poco, esperó a que le pasara la mano por la cabeza y se volvió a su caseta. Comió como un puto bestia, se hinchó de agua y aquella misma tarde reventó a dos gatos de la fábrica de al lado me imagino que para demostrarse así mismo que estaba todavía en forma.

El demonio disfrutaba de su status, demasiado diría yo, y sus ataques de cólera se hicieron más constantes hasta que un día, simplemente, no nos dejó salir de casa. Se apostó en el portal y nos ladraba a nosotros para evitar que nos enfrentáramos por nosotros mismos a los peligros del exterior. Aquello fue demasiado y el abuelo decidió, por fin, deshacerse del perro. En el proceso de buscarle una casa o un manicomio Andy tuvo tiempo para su última fechoría. Sin saber por qué atacó a un trabajador de la fábrica, Paco, al que le desgarró el hombro de un bocado. Zacarías lo entregó al veterinario con lágrimas en los ojos.

Hace poco hemos vuelto a recordar al dichoso perro. El abuelo, sentado en el sofá de orejas, me contó que siempre tuvo la impresión de que todas esas ganas de agradarlo se debían a que se había criado sin su madre, por alguna razón el abuelo sigue creyendo que el bicho infernal era así porque su dueña le contó que se lo entregaron siendo menos que un cachorro porque la madre había muerto y que, desde entonces, estuvo buscando una familia a la que contentar. Como nadie se había preocupado por enseñarle que se podía ser igualmente querido por hacer cosas buenas Andy se dedicó a cuidar y nada más que a cuidar del modo extraño en el que él percibía que había que hacerlo: creando una especie de perímetro de protección alrededor de los que quieres sin permitir que nadie los traspasara por miedo a que aquella felicidad desapareciera por completo. Daba igual que la felicidad tuviera el precio terrible de tener que pasarse la noche cazando y masacrando bichos, siendo torturado por la idea de que todo lo que conoces podría desaparecer si no estás todo el tiempo protegiéndolo. Recordó la lealtad a prueba de bombas del perro, la forma en la que le lamía las manos y, sobre todo, la forma en la que Andy se comportaba cada vez que el abuelo se sentaba en algún lado a descansar. El perro estaba allí, silencioso, mirándolo, esperando que Zacarías le pasara la mano por la cabeza y se la acariciara un poco, que le permitiera lamerle la mano. Esa mano a la que le faltan dos dedos volados por una bomba perdida: el abuelo, siendo niño, perdió a sus padres y tuvo que abandonar un hogar cómodo y una vida normal de niño para dedicarse a trabajar como un adulto y a guardar el ganado de otros. Un día, pocos meses después de la Guerra Civil, el abuelo se encontraba con otro niño en el campo. Sintió frío y ambos comenzaron a buscar madera para hacer una hoguera. La hicieron, por desgracia, encima de una granada escondida que estalló con el calor provocando el accidente.

El abuelo había vivido la desintegración de su familia: primero los padres, luego parte de los familiares fusilados en la Guerra, la protección de un hermano fugitivo al que buscaban para darle el paseo y la de una hermana.

Es fácil entender porqué se entendían tan bien o, por qué el abuelo creía entender las motivaciones del chucho. Mi abuela más práctica dijo: "Ese bicho estaba loco y ya está". El abuelo la miró y miró a la ventana sonriendo. Luego cambiamos de tema.

jueves, 30 de julio de 2009

El legado de P.T. Barnum


Hace muchos eones, pasando por Ceuta, convencí a mi padre de que me pagara una entrada a una barraca de la feria. La publicidad decía que dentro me encontraría con la mujera barbuda, con el hombre más pequeño del mundo pero, sobre todo, con un fiero "Canibal del Congo" que había sido recientemente capturado durante un safari. A cambio de la entrada vi a una mujer con una barba postiza, a un enano sentado en un decorado agrandado leyendo un libro y fumando una pipa y...a un señor negro de aspecto aburrido vestido con un taparrabos y atado por el cuello con una cadena sentado dentro de una jaula que a nuestro paso levantó sus manos en forma de garras y nos lanzó una dentellada igualmente desabrida que me dejó con la sensación de que me habían estafado por primera vez en mi vida. Al final de ese verano dicho espectáculo vino al lugar donde vivo y un vecino aseguró haber visto al Canibal del Congo sentado fuera de la barraca comiéndose un bocata y leyendo tranquilamente el Marca sentado en un taburete. Me lo creo.

Dichos espectáculos se los debemos al empresario americano P.T. Barnum que fue el primero en especializarse en mostrar seres humanos con minusvalías físicas y mentales a los que se conocía genéricamente como "freaks". Con la excusa de hacer un show científico Barnum expuso a enanos, hombres elefantes, mujeres barbudas, siameses y un largo etcétera de seres humanos que eran presentados como fenómenos extraordinarios capturados en expediciones cientíticas o simplemente de gira artística por Estados Unidos, la mayoría eran en realidad contratados por una despiadada red de "ojeadores" a sueldo del magnate por todo el país, y que contaban imposibles historias sobre la naturaleza de sus pecualiaridades físicas frente a una asombrada y morbosa audiencia.
Con una genuína mezcla de horror, falsedades, miserias y patriotismo desmesurado (que ya Barnum explotó en su primer negocio, un periódico sensacionalista llamado "The Herald of Freedom"), el empresario americano asombró al mundo y reunió un espectáculo ambulante que se complementaba con el Museo ambulante Barnum donde se exponían 500 piezas tan dispares como la calavera de John Wilkes Booth, asesino de Lincoln, el esqueleto de una sirena, una máquina comprada a Nikola Tesla que lanzaba rayos pero que se aseguraba que era capaz de teletransportar a la gente y un largo etcétera de absurdos que el respetable tragaba sin rechistar.
Esta última semana viendo la programación de Telecinco me he dado cuenta de que Vasile debería de homenajear a P.T. Barnum poniéndole una placa en la puerta de uno de los estudios de la cadena para dejar constancia de que es el alumno más aventajado del empresario norteamericano. Sin duda el bochornoso espectáculo que se ofrece en los programas de la cadena no dista mucho de los que tienen como objeto mostrar las minusvalías de un grupo de personas...en este caso la coartada no es la ciencia si no el entretenimiento y, claro está, las taras físicas (tan feas) han sido sustituídas por las taras afectivas o mentales de sus colaboradores estrellas.
Si los ingenuos espectadores del siglo XIX eran incapaces de no sucumbir ante la publicidad engañosa de Barnum y acudían en masa a sus shows a sabiendas de que sentirían rechazo, miedo o repugnancia ante lo que iban a ver pero superados por las ansias de colmar su morbo (un sentimiento mucho más fuerte) la cadena de Fuencarral ha conseguido, sin duda, el mismo efecto en sus espectadores ofreciendo dósis tremendas de ruido, violencia y enfrentamiento que deja un sabor malo en la boca y legañas en los ojos.

Si el Hombre Elefante fue retratado por Lynch como un espíritu humano sensible encerrado en un cuerpo monstruoso y Todd Browning retrató de forma entrañable a los "freaks" de su "Parada de los monstruos" (nada dífícil teniendo en cuenta que Johnny Eck, Medio hombre, era artista profesional, ilusionista, ilustrador y un gran fotógrafo y Angelo Rossitto, Angeleno, era matemático, jugador de ajedrez y tuvo una enorme carrera en Hollywood como actor donde se hizo más famoso interpretando al Maestro que iba en los hombros del gigante Golpeador...) Telecinco no cuenta ni de lejos con ese material humano y prefiere, será porque sabe que no podemos dejar de mirar hacia aquello que nos repugna, mantener a malos bichos en antena, dándole voz a chulos de discoteca, bullys mediáticos,maltratadores en potencia, acusicas, analfabetos crónicos, profesionales del amarillismo demandados, condenados o en proceso de ambas cosas y un largo etcétera de monstruos reales que viven entre nosotros y que, tras su aspecto de horteras lamentables, guardan a un monstruíto de la peor ralea dispuesto a apuñalar a su madre a cambio de unos cuantos pavos.

Nada más añadir que Barnum es el dueño de la frase: "Cada segundo nace un nuevo idiota". No me cabe duda que en estos tiempos hubiera aparcado la idea del circo y se hubiera comprado una cadena de televisión.

Nota del Insustancial: Por cierto, si quieren ustedes ver un Museo de rarezas similar al que mostraba Barnum en sus espectáculos no dejen de visitar el "Museo de Brujería" de Segovia. Canelita fina, lo aseguro. El original, el de Barnum, se encuentra en Newport (Connecticutt).

martes, 7 de julio de 2009

Las capas de la ficción



La nostalgia es esa cosa pegajosa que garrapiña los recuerdos para hacerlos más digeribles. Con el tiempo, incluso algunas de las más traumáticas experiencias, pueden ser recordadas con cierta alegría. Como si la tragedia, para ser real, tuviera necesariamente que tener algunas vetas de comicidad.


Viendo "Vals con Bashir" (Ari Folman, 2008) se entiende perfectamente este concepto: es un documental pero, en realidad, se ha optado por tratarlo con una textura de dibujos animados para hacer más entendible la tragedia de su protagonista que no es otra que el haber eliminado, casi por completo, los recuerdos de su tiempo de servicio en el ejército israelí en los días de la matanza de los campos de refugiados de Shabra y Chatila de El Líbano. Sin esa capa de dibujo, de colores primarios y amarillentos, seguramente no se hubiera entendido ni la mitad de bien lo que el director quería narrar: recuerdos. Los recuerdos no son fotos, si acaso son una película muda en super 8 de colores algo viejos porque la memoria, pese a que nuestra vida ya está siendo digitalizada y emitida en todas las redes sociales posibles, parece todavía asociada a la tecnología de las antiguas salas de cine. Pese a vivir en la etapa de los píxeles nuestros recuerdos siguen guardados en las latas rojas de bombones Nestlé o en las de las pastas de mantequilla holandesas en las que las abuelas guardaban las fotos.


La tecnología le suele sentar mal a la narración. Fernando Trueba decía que si rodabas una película cuya historia se desarrollara en nuestros días corrías el riesgo de acabar rodando planos de teléfonos, faxes, fotocopiadoras...no le falta razón pese a que Stieg Larsson consiguió incorporar con toda naturalidad una trama tecnológica (con una hacker como protagonista) a su primera novela "Los hombres que no amaban a las mujeres". Cosa difícil porque, normalmente, los thrillers que necesitan de la tecnología suelen quedarse viejos rápidamente (¿alguien se acuerda de qué le pedía Vingh Rhames a Tom Cruise en Misión Imposible para reventar los ordenadores de la central de la CIA en Langley? Pues nada más y nada menos que un ordenador 586...por aquella época lo más de lo más eran los 486...). Gran novela, por cierto, muy cochina, muy divertida, espero ver pronto la adaptación al cine. Una adaptación sueca de una novela sueca. Que nadie se llame a engaño, ya hay precedentes de grandes películas suecas de género: "El guardián de noche" (Ole Bornedal, 1994). El mismo director rodó un remake casi plano por plano tres años después para más gloria de Ewan McGregor.


Dentro de pocos días se me viene encima un doloroso aniversario, un aniversario que con los años se va haciendo más desdibujado, va limando sus astillas para acomodarse más suavemente en mi memoria hasta ya sólo descubrirme sintiendo latigazos de cuando en cuando. Se me vienen a la cabeza los días anteriores, la llegada a España después de un viaje, un risotto de mariscos compartido en un restaurante italiano, mezclados con dos o tres fundidos a negro, el sonido inconfundible de una carcajada, el olor de un cigarrillo Fortuna a medio consumir, la última celebración de un cumpleaños y luego nada más que una sensación irreal de ser el personaje invitado de una tétrica película de dibujos animados. Más allá no mucho más que esa confusa sensación de no saber a ciencia cierta que pasó en los días posteriores.


Ahora, sentado a la vera del Mediterráneo, construyo otra nueva tanda de recuerdos, que me servirán para pasar todos los aniversarios terribles que tendrán que acontecer. Instantáneas que quedarán guardadas aquí y allá y que me removerán nuevas sensaciones en el futuro. La miro y cojo su mano y pienso que no podría estar mejor y que en realidad no merezco nada de esto...y vuelvo a tener esa sensación de que las cosas buenas pasan incluso a la gente que no se propone en que nada bueno le ocurra.

martes, 17 de junio de 2008

Belle



Me parece que fue hace mil años cuando Belle decidió echarse a dormir y ya no se levantó. No voy a regodearme en los detalles más fatuos del suicidio, ni tampoco en cómo su vida se convirtió en un telefilm malo y repetitivo. No la conocían y yo en los últimos tiempos tampoco, no se crean. Me costaba diferenciar entre la persona que yo conocí y en lo que se había convertido.
Hoy me han llamado para contarme que se va a celebrar una misa en su memoria. No voy a ir porque, la verdad, creo que todo lo que tenía que haber hecho por ella tendría que haberlo hecho en vida.

Fuimos juntos al colegio y la recuerdo llorando como una pequeña Dama de las Camelias cuando no le gustaba el menú del comedor; también la forma en la que se miraba las puntas comidas de las botas kickers como si debajo de ellas se abriera un abismo y el gesto que hacía para arreglarse el cuello del Loden antes de meterse debajo de un canalón para mojarse la cabeza. Obstinadamente, y ya como un pollo, caminaba hacia el siguiente canalón y luego hasta el siguiente y luego hasta el siguiente hasta que el profesor de turno salía al patio a recogerla entre zarandeos y reproches. Siempre parecía feliz después de la fechoría.


Años más tarde me contó que lo hacía para que su padre se acercara hasta el colegio a llevarle ropa seca y poder estar un rato más con él. “Me encantaba que me vistiera por las mañanas ¿sabes? No es un tío muy cariñoso y me gustaba que me diera un beso y un abrazo”.


Nos frecuentamos mucho en la adolescencia y tuvimos algún escarceo. Era de esa gente que hacía cualquier cosa o paraba con cualquiera con tal de no tener que hacer el camino de vuelta a casa sola. Se le notaba en la forma en la que te decía eso de “el último cigarrito y luego te vas…bueno, te vas si quieres, que seguro que no quieres ¿no?”. Luego se te pelaba el culo sentado en el portal mientras la escuchabas contarte sus historias con la cabeza echada sobre el hombro.



Excesiva, tremendista, enganchada al malromanticismo, Belle se largó rodeada de todos los tópicos escritos en todas las canciones desde 1950 hasta hoy. Hoy mucha gente dirá que “era demasiado sensible para este mundo”, que “era una persona muy especial”, que “tenía sus cosas pero que era encantadora”…hoy mucha gente dirá muchas cosas y todas buenísimas porque también nosotros somos demasiado sensibles para este mundo e incluso tenemos nuestras cosas como ese detalle sin importancia de ser unos hipócritas. Nada, pelillos a la mar. Vámonos todos a la mierda, un rato. ¡Cuanta compasión! ¡Y qué a destiempo!

Nadie dirá que en los últimos tiempos la incómoda visión de Belle se había convertido en un espejo cóncavo en el que muchos nos miramos previendo el futuro, que llevaba escrito en la frente eso de “echa el freno o acabarás así” y que, joder, era una molestia cruzártela, que se te agarrara al cuello en los bares, que se te adosara a la mínima. Que todo a su alrededor comenzaba a ser demasiado conocido, demasiado siniestro y que no hicimos nada por afearle ninguno de sus demenciales hábitos cuando ya era una broma chunga de sí misma.




Al igual que si estuviéramos frente a un edificio en llamas, dejamos que Belle ardiera hasta los cimientos. La destrucción tiene algo de hipnótica y paralizante que te impide dejar de mirar o hacer algo para evitarla.

Yo sólo quiero acordarme de cuando Belle era pequeña seguramente porque esa bobina en super 8 que es la memoria me devuelve una imagen suya que consigue enjuagarme la conciencia y garrapiñarme los recuerdos.

Me gustaría decir eso de "Estés donde estés, que seas feliz" pero prefiero que las paridas las digan otros, si estuvieras viva hoy te pitarían los oídos.

domingo, 1 de junio de 2008

Curso de 1988




Ayer sábado estaba de celebración. Yo y estos de esa foto de ahí arriba que fue tomada hace 20 años. Eran mis compañeros de colegio. Con ellos pasé los cursos de séptimo y octavo e EGB.


Es difícil explicar el cúmulo de sensaciones que se produce cuando te reencuentras con gente a la que no has visto desde 1988. Es imposible explicar la ausencia injusta de José "Yares" que se mató en un accidente de moto cuando sólo tenía 20 años.


Todos estos que ven ahí forman parte de una generación educacional perdida preparada en una pequeña escuela de un pequeño pueblo sin muchos recursos pero dotado de un valor incalculable: unos esforzados maestros de escuela. Muchos de nosotros, entre los que me incluyo, supieron inculcar el amor por cosas tan tontas como la literatura, la música, el cine o las matemáticas.


Imposible también calcular el calado que dejan nuestras huellas al pasar por la vida de otras personas. Imposible calcular el peso de las palabras de afecto, de los abrazos, de los susurros, de las confidencias.


Ah, por cierto, me reencontré con grandes amigos con los que compartí los primeros cigarrillos y las primeras fiestas y, como no, con ella (ella, la más bella, que dirían los Burning...) también retratada aquí cuando ambos teníamos sólo 13 añitos. La historia de siempre, no se crean, el empollón enamorado de la princesa. Me dio corte decírselo pero para ella grabé mi primera cinta de canciones y escribí mi primer relato.





También con ellas...que están así de lozanas...


Han pasado 20 añazos y ayer el corazón volvió a casa dando tumbos...se les quiere...mucho...

domingo, 10 de febrero de 2008

Un discurso de los que hacen historia

Aquí les pongo este enlace del maestro Alex de la Iglesia y su visión sobre los ataques al cine español. Una gran reflexión que me hace recordar lo divertida y vocacional que es esa profesión y lo mucho que la echo de menos ahora que el gusanillo vuelve a picarme con cierta intensidad. También incorporamos su web en nuestra another güebs in the wall!!!!


viernes, 7 de diciembre de 2007

El Club de los Cinco


La primera vez que vi El Club de los cinco (The Breakfast Club, 1985) tenía 12 años y un Sanyo Betamax. Me acuerdo que el catálogo de CIC Columbia era mi preferido: Cazafantasmas, Doctor Detroit, Cuando llega la noche, Fletch, karate kid...era un crío y ya me fijaba en esas cosas. Cada mes llegaba una especie de tríptico con todas las películas con cajita azul y nombres idiotas al videoclub e iba tachando las que iba viendo como, por ejemplo, una absurdez llamada 13 asesinatos y medio que me divirtió de lo lindo pero que nunca he vuelto a ver por estos pagos.

Steve Martin, Richard Pryor, Bill Murray, Dan Aykroyd etc. siguen siendo mis cómicos preferidos y todos ellos hacían aquellas peliculejas. Más tarde descubriría el cine europeo y las cosas de autor pero, desde aquella época de deglución de comedia yanki, lo cierto es que no me puedo resistir a ver todas las chorradas que caen en mis manos.

El Club de los cinco no es una comedia, es más bien un drama teen. Pero me encantó. Está dirigida y escrita por John Hughes que marcó toda una época estéticamente hablando con sus bandas sonoras ochenteras repletas de sintetizadores tontorrones y escenas de bailoteos. Suyas son dos monumentos a la chorrada llamados La Mujer explosiva y Todo en un día que influyeron para que luego alguien hiciera Parker Lewis nunca pierde por el lado tontorrón e Instituto Degrassi por el lado serio, ambas recomendables series de televisión. Seguramente más Degrassi que se acercaba al fenómeno de ser adolescente con temas como el embarazo a destiempo, el SIDA, la delincuencia, padres cabrones con unos personajes más feos que picio que lo acercaban más todavía a la realidad,



Aquellos ¿maravillosos? 80

El caso es que El Club va de cinco muchachos de los más estereotipados (malote, pija, deportista, raruna y empollón) que tienen que pasarse un sábado metidos en la biblioteca de su instituto bajo la supervisión de un director hortera -uno de ellos, el malote dice "¿Sabe Barry Manilow que le ha cogido su ropa?"-.
Pues, el caso es que como tienen que pasarse el día allí escribiendo una mierda de redacción con el tema "¿Quién creo que soy?" se dedican a conocerse mejor. Al final resulta que, en el fondo, y pese a ser unos estereotipos llegan a la conclusión de que no son tan diferentes y se hacen amigos aunque queda la duda de saber si esa amistad se mantendrá viva cuando llegue el lunes y se reencuentren con sus amigos de verdad.


¿Jugamos al "teto"?

Las razones por las que esa película me gustó en su momento se reducen a que tenía 12 años cuando la vi pero resulta que, por casualidad, anoche me la volví a tragar y me encantó de nuevo.
Reconozco que es tramposa, que los personajes no se sostienen en la mayoría de los casos pero:


A) Creo que Molly Ringwald la pelirroja es una de las tías más guapas que he visto en mi vida y que Ally Sheedy me da morbazo total (algún día alguien hará una tésis de porqué me gustan tías tan raras como ella o Jorja Fox (CSI) etc.)


B) Emilio Estevez me parece un actorazo y un pedacho de director. Si no se lo creen vean Rated X, que aquí se llamó Clasificado X, sobre la vida de los Hermanos Mitchell que fueron los primeros directores porno en hacerse ricos y me cuentan.



"¿Quién ha sido el gracioso que se ha llevado las sillas?"

A parte de estas razones lo cierto es que como película me parece excepcional, quizás a la muchachada actual le podrá parecer naïf, tonta e incluso cursi pero tiene un nosequé...seguramente sea que son las primeras películas (otras del tipo de esta fueron 16 velitas o La Chica de rosa) que trataton a los adolescentes como espectadores inteligentes. Ya saben como hacer una película generacional en el punto y hora en que esa gente iba al cine, sin distancia.
Viéndola te daba la sensación de que la adolescencia era un non plus ultra, que no había nada más allá de lo que tenías ahora. Con un punto algo nihilista la película no te planteaba cosas sobre el futuro, sobre lo que harías con él porque en realidad ya te estabas oliendo que no había mucho futuro y que, lo de hacerte mayor iba a ser un coñazo. Ahora lo soy pero yo ya lo sabía entonces. También lo deben de saber los actores que protagonizaron la película y cuyas carreras fueron más bien fugaces.
Judd Nelson que fue el malote guaperas de los 80 se ha especializado en personajes segundones tras una carrera alcohólica y drogodependiente importante que le robó la guapura. En New Jack City hacía de poli cabrón junto al rapero Ice-T.
Anthony Michael Hall que fue el empollón de los 80 se refugió en la priva y ahora se endereza peor que mejor en cosas como La Zona Muerta. Hizo una pequeña aparición estelar en Seis grados de separación. Se le ha puesto cara de vieja.
Emilio Estevez que fue el guaperas bueno de los 80 se ha hecho director tras Bobby que es peliculón.
Molly Ringwald la pelirroja más famosa de los 80 no levanta cabeza aunque, sorpresa, sorpresa, su último papel en cine se lo dio el coñazo de Peter Greenaway en Las Maletas de Tulse Lemper.
Ally Sheedy que junto a Anthony y Emilio formó parte del originario Brat Pack sigue trabajando para la TV y manteniendo parte de su raro atractivo, al menos para mí.
¿Se puede decir que fuera la primera película grunge? Al menos era menos aburrida que Solteros pero creo que fue un retrato adelantado de lo que luego se llamó Generación X. El Tema final de la película es el tristón "Don´t you (forget about me)" de Simple Minds. Si alguien quiere reivindicar los 80 por favor, que hable menos de los calentadores y más de esta película.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Felicidad


Hay días que vale la pena levantarse de la cama....quizás no estos, pero si otros, aunque lloviera y estuviera a mil millones de kilómetros de casa...lo juro...yo lo he visto y el gordako ese de la foto también.

PD: Hubiera puesto alguna foto mía con F. pero no la tengo...¡Lo siento!

martes, 27 de noviembre de 2007

Reconstruyendo el pasado...

Hace muchos años haciendo un recorrido nocturno por las cercanías de la Plaza de Santa Ana encontramos una caja llena de fotos viejas y unas cuantas películas de super 8 en muy buen estado. A mi eso de ir mirando por los contenedores siempre me ha dado un poco de mal rollo (¡Qué dirán todos esos desconocidos que nos miran atracando un contenedor!) y por otro algo de pudor. No se. Me veo incapaz de coger las cosas de otra persona, aunque ya no las quiera.


¿Le has dicho al Fhurer lo nuestro?


Tengo amigos que despedazan muebles viejos en la misma calle a la búsqueda de dinero escondido o joyas como si los viejos adinerados que mueren solos rodeados de su propia miseria pero con una fortuna bajo el colchón fueran algo habitual.


Ancianos abandonados en una Residencia descubriendo lo fácil que es desheredar a todos esos cabrones desagradecidos.



Tengo amigos que se llevan mesas y sillas para completar el mobiliario de sus casas, de estos cada vez menos, porque ya vamos teniendo edad para poder ir al IKEA.

El caso es que nos quedamos frente a nuestro descubrimiento arqueológico, compramos unas cervezas y nos subimos a casa de uno de ellos que tenía un proyector de super 8 para ver aquellas películas. Colorines estallados sin banda sonora, escenas de los 60 y los 70 con los mismos personajes en diferentes etapas que, en un par de horas vimos hacer la primera comunión, casarse, hacer barbacoas, tener hijos, envejecer...


El romance antes de la Ley de Costas


Llegamos a la conclusión de que eran felices y vascos. Dos términos que si uno escucha mucho la COPE forman un gigantesco oxymoron. También llegamos a la conclusión de que, al no existir la tecnología digital, la gente se cuidaba muy mucho de guardar sólamente aquellos felices, aquellos por los que valió la pena vivir.



Estuvimos obsesionados con aquella familia durante mucho tiempo, mostrándosela a otras personas que pudieran dar su propia teoría sobre aquellos perfectos desconocidos a los que pusimos nombres (Iñaki, Edurne, Maríapilar...)...

Abandonamos el trabajo de campo, incluso habíamos preparado un viaje al País Vasco francés donde alguien dijo que recordaba haber visto la casa que salía en una de las películas, cuando nos dimos cuenta de que todas aquellas personas estaban muertas. Cuando caímos en la cuenta de que, cuando ya hayamos desaparecido, cuando ya no tengamos ni herederos de nosotros sólo quedarán esos trocitos de realidad tirados en cualquier esquina.

En Internet se ha desatado una fiebre por este material viejo e incluso en la revista Ojo de Pez encontré un artículo sobre la Familia Modlin, unos chiflados norteamericanos que vinieron a vivir a España y cuyo material gráfico sirvió para una exposición de la que puedes encontrar más información aquí.

No se, pero a mi, todavía me siguen dando corte estas cosas...pero llevo un noviembre de lo más tétrico, la verdad.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Tan lejos, tan cerca... (Tu a París y yo a Texas)

Soy como Calimero con una sierra mecánica. Entrañable y letal. Convivir conmigo es, casi siempre, una montaña rusa. Te diviertes y vomitas a partes iguales.





Versión Disney de "La Estankera de Vallekas"

Me pasa con F. Somos dos imanes negativos, iguales, condenados a no chocar jamás, a repelerse pese a la atracción.

Hemos repasado muchas veces juntos nuestras biografías llegando a la conclusión que hasta nuestro primer encuentro nuestras rutas sobre la geografía humana habían siempre estado a punto de tocarse pero sin hacerlo. Amistades comunes, bares comunes e, incluso, una fiesta en la que ella estuvo pero yo llegué tarde. Tan cerca y tan lejos. Y ahora, tan lejos y tan cerca.

Como dice esa de Tom Waits:


I disappear in your name
But you must wait for me
Somewhere across the sea
There's a wreck of a ship
Your hair is like meadow grass on the tide
And the raindrops on my window
And the ice in my drink
Baby all I can think of is Alice...


La leyenda del Santo bebedor, in person...


Ya me gustaría a mi atravesar el espejo o surcar el cielo de Berlín como los ángeles de aquella película.


¿Y ahora como cojones me suicido?



Recordatorio: Wenders me parece, normalmente, infumable.
Recordatorio 2: Yo conocía a Tom Waits mucho antes que Marlango.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Los Niños Perdidos (The wonder years)

Hecho de menos a Los Niños Perdidos. Siempre los hecho de menos...


Psico Niño, Doctor niño, Niño Maestro y Ciclo Boy viven cada uno por su cuenta en ZGZ; Plastic Boy y Niño Silencio en el pueblino a poca distancia de Niña Medicina; Pretty Girl en BCN y Niño Marqués en Madrid.



"Venimos a lo del cheque-bebé..."


Yo ando como Capitán Walker (A.K.A. Mad Max) haciendo la guerra por mi cuenta. Con cara de llevar meses tragando comida de perro. Se me pone esa cara cuando no los veo durante mucho tiempo. Necesito a la tribu pero me temo que los buenos tiempos no van a volver jamás.

Agentes de tráfico en el post invierno nuclear


Los Niños Perdidos. Tan importantes y tan desconocidos y eso que de sus cabecitas han salido hechos tan importantes como:

1) La Plataforma de Inversión para la tecnología del teletransporte. (En los tiempos en que nuestros medios eran un Opel Corsa blanco sin aire acondicionado ni música).

2) La instalación de una moqueta cómoda en todas las playas del Litoral gaditano. (Por el Poniente o el Levante, que nunca nos aclaramos).

3) El diseño del bocadillo de Kiko (morcilla extremeña) con Mayonesa.

4) La investigación del día más inservible: 17 de noviembre de cualquier año.

5) La Lista de las 100 cosas que dan más bajón.

6) El descubrimiento de la palabra más fea y graciosa del mundo: OJETE. Basándose en la realidad investigada de que, la uses como la uses, siempre hay alguien que se ríe.

7) La lista de "TODOS LOS GRUPOS ESPAÑOLES". Ejecutada por Niño Maestro durante los veranos de 1988, 1989 y 1990.

El punto 5 y 6 los colocarán en la historia como un movimiento paralelo al Chanantismo.

De las fechorías cometidas en todos estos años, del lado oscuro, del insulto a la autoridad, la violación de las más mínimas formas de comportamiento y etiqueta etc. no diré nada porque las he de decir en su (nuestra) defensa que nunca hemos sido condenados o ni siquiera imputados en ninguna de las causas abiertas.

Se jodan los municipales, que decía aquél.