martes, 16 de julio de 2013

Teoría del Diógenes ideológico y el avance en curva: Todos los hombres de Pedro J.



Si tuviéramos que dibujar uno de esos gráficos cronológicos sobre la historia de España deberíamos de pensar en abandonar la línea recta para abrazar la línea curva. No sé, a veces da la sensación de que vivimos en un país que es una montaña rusa. Nuestro destino es avanzar no sobre la autopista de la historia si no, más bien, del mismo modo que lo hace una vagoneta de una de esas construcciones de feria. Vivimos periodos cortísimos de verdadero avance que parecen, simplemente, la excusa para coger fuerza y acometer sin caernos por la fuerza de la gravedad en la siguiente elipse que nos hace retroceder, coger de nuevo velocidad, conducirnos por una nueva recta y otra vez a otra nueva elipse.

Esta forma tan curiosa de tomarnos las cosas hacen que, de algún modo, este sea un país que se toma con total normalidad las bodas homosexuales y, sin embargo, sigue discutiendo sobre la necesidad o no de incluir la materia de “religión” (religión católica, no nos hagamos líos) en sus planes de estudio. Somos un país con un enorme “Síndrome de Diógenes” ideológico, en un país desordenado en ese aspecto en el que nadie está dispuesto a tirar a la basura ninguna idea por descabellada, estúpida, retrógrada o ridícula que esta sea. “Si alguna vez la pusimos en práctica es posible que nos vuelva a servir” pensamos y, por tanto, nos vemos obligados a escuchar a cualquiera o a votar a cualquiera que pretenda, de una patada, devolvernos a la monarquía de Alfonso XIII o a la autarquía económica.

Posiblemente lo único que hayamos desechado sea instaurar la República. Eso no. Pero no descarto que el próximo ministro de educación se desmarque hablándonos de las virtudes del “krausismo”.

Esta idea de la montaña rusa y del “Síndrome de Diógenes” me han quitado el sueño este fin de semana en el que el diario “El Mundo” ha decidido acabar por la vía rápida con el Gobierno de Mariano Rajoy. La decisión ha sido aplaudida a izquierdas y a derechas. En medio se han quedado los pocos que, a estas alturas, siguen pensando en que fue buena idea votar a Rajoy (los habrá) y los que, de algún modo u otro, se hayan visto beneficiados por las políticas reformistas de este ejecutivo (también los habrá).

Los comentarios, las formas del periódico “El Mundo” a la hora de repartir la información a su coleto, las reacciones del pueblo soberano, este ambientito tan bueno que vivimos en general me ha hecho incidir en lo de “El Diógenes” y en mi “Teoría del avance en curva” (le he puesto ese nombre un tanto molón) más que nada porque me suena todo ha visto, oído y sentido. Yo esta situación ya la he vivido antes y ustedes (al menos los más mayores) también.

Pedro J. Ramírez es un declarado fan de “Todos los hombres del presidente”. La película, que narra los avatares por los que tuvieron que pasar Bob Woodward y Carl Bernstein para destapar el “Watergate”, debió de impactar mucho al director del periódico madrileño en su momento (la peli se estrenó en plena Transición, el 21 de octubre de 1976, él tenía 24 años) porque desde entonces su carrera se ha centrado en tres puntos fundamentales: reverenciar y potenciar el “periodismo de investigación” (mala etiqueta porque no hay periodismo que no necesite de investigación, aunque sea de la más tonta), buscar un “Watergate” y buscar un “Nixon” al que hacer saltar por los aires.

Digamos, bueno digo yo, que creo que Pedro J. ha entendido mal “Todos los hombres del presidente”. Por lo menos ha preferido no darse por enterado de todo lo que es decente y digno de admiración en dicha película. Ya de por sí la comparación entre estos dos periodistas del Washington Post, dicho periódico y Pedro J. y cualquiera de las cabeceras que ha dirigido es bastante ridícula. Comparen, miren las hemerotecas.

Seguramente la mayoría de las cosas que Pedro J. ha publicado en su vida con la intención de encontrar su “Watergate” y su Nixon jamás podrían haberse publicado en el Washington Post o, de haberlo hecho, habrían sido publicadas sin contener ni una sola de esas largas lecciones sobre el Estado y su uso con las que nos suele regalar las orejas el conocido periodista-empresario de los medios riojano.

Lo interesante de “Todos los hombres del Presidente” y de lo que Pedro Jota parece no darse cuenta es de que, en el fondo, es una película sobre lo difícil que es publicar una verdad. Si no estuviera basada en un hecho real (y por tanto no supiéramos de su desenlace y de las consecuencias que tuvieron aquellos reportajes) seguramente disfrutaríamos mucho más de lo interesante que resulta el hecho de saber que Woodward y Bernstein son dos periodistas honrados y currantes que tienen una noticia verídica y terrible que sería capaz de acabar con la presidencia de un pájaro de mal plumaje cono Nixon pero que, para nuestra desesperación, se enfrentan a una maquinaria empresarial y profesional que, todo el rato, les pone todo tipo de trabas para no llevar esa noticia a portada.

¿Y cuáles son las razones? Pues no residen en que los propietarios del Post estén a partir un piñón con Nixon y que sean unos malvados conchabados con el poder (algo que desgraciadamente sí se ha convertido en el elemento principal de las películas sobre periodismo) si no que quieren, simplemente, ser fieles a la verdad. Necesitan que los hechos no vengan solamente de un solo testigo (en este caso uno llamado “Garganta profunda”, un nombre que nos retrotrae a la película porno más famosa de su época) si no que sean verificados hasta en los puntos más bobos.

¿Y por qué? la pelea del Washington Post (“los rojos de más allá del Potomac” los llamaba el primer vicepresidente de Nixon, Spiro Agnew, primera víctima del escándalo que fue sustituido luego por Gerald Ford) con la administración Nixon era ya lo suficientemente ruidosa como para jugarse su prestigio frente a aquel macarra publicando no ya una falsedad (eso nunca) si no cualquier cosa que no pudiera ser verificada, por lo menos, por dos fuentes diferentes y contrastadas independientemente. Ya ves, qué caprichosos. 
Todo esto lo borró Pedro J. de su mente y se centró en la parte más sorprendente para un periodista de 24 años, ciertamente ambiciosete, criado en una dictadura militar sanguinaria, de cierto pensamiento conservador: los periodistas, en una democracia, podían cargarse a todo un gobierno.

Eso ha sido lo que más ha unido a Pedro J. con “Todos los hombres del presidente” y, claramente, ha dirigido sus pasos profesionales convirtiendo sus periódicos no ya en medios de comunicación si no en maquinarias propagandísticas dirigidas a cubrir las necesidades de algunos interesados y sus intereses cuando no en satisfacer ciertas rencillas personales.

Pedro J. ha servido con alegría a muchos interesados de manera directa o indirecta: desde ex banqueros delincuentes a policías corruptos, desde aspirantes a presidente a jueces apartados de los juzgados por prevaricación. La lista no se resume solo ahí. Es corta pero exquisita.

Pedro J. nunca será Woodward y Bernstein porque se reúnen en su persona todas las figuras posibles que permiten la publicación de una noticia: dueño (casi) del medio, director del mismo y periodista. Incluso, si hacemos caso a su última visita a los juzgados, también fuente.

Sería por la primera entrega del “Caso GAL”, la que Pedro J. hizo todavía como director de Diario 16, cuando cayó en la cuenta de que la verdad, la publicación de la verdad no era suficiente para tumbar a un gobierno. En este caso el del Nixon preferido de Ramírez, Felipe González. Otro menos ambicioso se hubiera conformado con publicar lo que podía confirmar y tener paciencia. Me imagino que la pasividad de la sociedad española ante este caso (por diversas razones conocidas y algo largas de explicar) provocaron esa primera caída del guindo.

Desde entonces Pedro J. ha forzado muchas veces la máquina, lo había hecho con anterioridad, demostrando mala praxis profesional. Desgraciadamente está siempre abocado a mezclar lo que tiene con lo que quiere sugerir o ya piensa de antemano. De todos los casos “Watergate” de Pedro J. no hay ninguno que, en su narración, no venga a corroborar todas las teorías y/o suspicacias de Pedro J. con el tema en cuestión.

Valga como ejemplo el tratamiento informativo que “El Mundo” dio de los atentados de 11 de marzo de 2004 en Madrid. Si, en un principio, demostró ser un zorro de la información negándose a publicar la tésis gubernamental (“Ha sido ETA”, curiosamente “El País” picó) por no fiarse de la insistencia del ejecutivo en la autoría de la masacre (esto si le hacemos caso a su testimonio y desdeñamos el de otros observadores que dirían que no lo publicó porque pensó que eso perjudicaría a Mariano Rajoy de cara a las elecciones del 14-M en cuanto la gente se preguntara si era de recibo votar al representante de un partido que había provocado ese fallo de seguridad) el tratamiento posterior abrazó las peores tesis conspiranoicas. Ya saben: el golpe de estado provocado por la connivencia ETA-Policía-Guardia Civil-Zapatero-Rubalcaba para hacer pasar a Aznar por tonto y, de paso, ganar las elecciones.

¿Sintió en aquel momento Pedro que le había fallado a sus amigos? ¿Qué esos días había sido demasiado cauto? ¿Qué no había calculado bien sus acciones? Es posible. También es posible que cayera en la cuenta, informes de marketing y estudios de mercado mediante, que el 11-M era una historia jugosa, con muchísimas aristas, con muchísima carne pocha para vender en la portada y, de paso, hacerle un poco de agujero a ZP. Todo es posible.  En el fondo se trata de cumplir dos objetivos: a) el comercial b) El ideológico.

Desde que tenemos memoria hemos visto a Pedro J. estár en el ojo de todos los huracanes, ponerse al servicio de todos los ejércitos que iban al frente. Nunca ha salido indemne, siempre ha parecido dañado, siempre ha conseguido alguna victoria pírrica y, la mayoría de las veces, se ha estrellado estrepitosamente con todo el equipo. Una desgracia, tanto trabajo al servicio del bien nos hubiera hecho un gran servicio.

Es Pedro J. un hombre con una misión. Una misión metida en la cabeza: hacer presidentes. Esto es así. Sus teorías no son de muy hondo calado: difícilmente es posible sacarlo de la tesis de que lo que mejor le viene a España son los gobiernos de concentración. Un poco como aquel papelito que se sacó el General Armada del bolsillo en el 23F en el que proponía una especie de Estado presidido por él pero con un Consejo de Ministros que representara a todas las fuerzas y las sensibilidades de España. Recordemos que Pedro J. fue uno de los entusiastas impulsores de aquella Asociación de Escritores y Periodistas Independientes (AEPI) que reunió bajo aquellas siglas a un variopinto club de gacetilleros, plumillas, columnistas e intelectuales de toda índole que, antes de que no se larvara en su seno aquello de la "Vía republicana" del abogado García-Trevijano (personaje sui géneris donde los haya), ofrecía como solución un pacto Nacionalistas Buenos-Anguita-Aznar.  

Eso, directamente, es la solución de fondo que venimos arrastrando desde la Transición y que nos hace avanzar en elipses y representa nuestro “Síndrome de Diógenes” ideológico y colectivo. Esa ilusión de que podemos caminar todos de la mano aunque sea hacia la destrucción. Hacia la debacle, sí, pero todos juntos. 

Tiene ahora Pedro J. un nuevo Watergate entre manos. Esta vez se lo ha entregado Luis Bárcenas. El tipo que negó por activa y por pasiva la existencia de la “Trama Gürtel” publica ahora la contabilidad B del Partido Popular que, en el fondo, es una certificación de la propia trama. Es un caso con tantas ramificaciones como Watergate, tiene muchos de sus componentes: tráfico de influencias, financiación ilegal…

Es una pena que sea Pedro J. la persona que tiene a Luis “El Cabrón” Bárcenas en su equipo trabajando como confidente estrella. “El Cabrón Garganta Profunda” podíamos llamarle. Es una pena porque “El Mundo” es un periódico dañado al que hemos visto muchas veces naufragar en su trabajo, es un diario que no tiene miedo a publicar sin mirar lo que publica, que no tiene ese deseo por informar si no que desea mucho más manejar los hilos.

Desgraciadamente la segunda tanda, tras los pantallazos, ya deja atisbar el interés de Pedro J. por servir a otros intereses publicando sin comillas algunas elucubraciones que podrían o no haber llegado a oídos de los periodistas encargados de la investigación. En realidad no es nada, es una ración de literatura a la espera de otro montón de revelaciones si es que las hay.

Más allá de eso Pedro J., de manera torpe, comienza a abogar por la presencia de Gallardón como hace unos días hizo con Esperanza Aguirre. No le cae bien Rajoy, no porque sea su Nixon, si no porque en algún momento Don Mariano comenzó a caerle mal, a lo mejor porque parece que Rajoy no escucha mucho a la gente que no pertenece a su círculo de confianza y porque su estilo de hacer las cosas no es el mismo que el de Aznar que siempre ha parecido más permeable.


A lo mejor Pedro J. sueña con la renuncia de Rajoy y la subida al poder (previo paso por el Congreso, apoyado por la mayoría absoluta parlamentaria del grupo Popular) de cualquiera de los dos políticos de derechas en activo que parece que está dejando fuera de la quema: un ministro de justicia que no se ha quemado mucho y que podría ser del gusto de Europa y de la derecha española. Espe tendría que esperar para postularse como Presidenta mientras tanto, volver oficialmente a la política nacional, dar el “sí quiero”. Por ahora no es parlamentaria.

Después la salida honrosa para Rajoy: un indulto al estilo Ford a Nixon. Un borrón y cuenta nueva. Después silencio informativo o una nota romántica de “El hombre que siempre fue honrado pero blando, que permitió que el partido se llenara de víboras y que se sacrificó por la causa”.

De lo que estoy seguro es de que Pedro J. ya lo tiene todo en la cabeza, es normal, avanza en curva y tiene Síndrome de Diógenes ideológico. No puede salir de ahí. Seguramente sueña con un gobierno de concentración nacional “a la derecha” donde estén representadas todas las sensibilidades peperas en un mismo ejecutivo. Nada de sectarismos tipo Rajoy de colocar solo a sus fieles colaboradores. No, algo más tipo “Aznar-primera legislatura” donde tuvo que cargar con los de Fraga, con los descontentos y con los suyos. Eso sí que le gustaría.

Yo me voy a permitir un atisbo de modernidad, me voy a quitar el traje de torero por un instante y voy a decir que lo mejor, de lo mejor, sería dejar todo esto en manos del juez, no tocarle mucho las narices, no incordiar, no andar manoseando las pruebas del caso, no andar por ahí mezclando intereses con información. Que parece claro que Bárcenas robó, que lo hizo en connivencia con los altos cargos del PP, que todo Cristo estaba enterado en Génova de todo el asunto, que tiene que haber dimisiones, que tienen que abrirse causas, que todos los implicados tienen que pagar pero que hay mejores maneras de demostrarlo y mejores objetivos que cumplir como, por ejemplo que este sea un país que reflexione sobre sus instituciones, sobre el papel que jugamos como ciudadanos de un estado de derecho, de una democracia, de nuestro grado de participación y de implicación.


No sé, es todo una locura pero a lo mejor funciona por esta vez y podemos encontrar la línea recta y quitarnos de encima algunas cosas que ya no necesitamos, que no funcionan. Sé que es simple, que la línea recta es un rollo, que no tiene mucha emoción pero creo que ya estoy un poco mareado de la atracción, que comienza a aburrirme este olor a viejo y conocido, que ya no tiene mucho interés, que me aburro mucho pero no porque no sea español es porque me estoy oliendo que no va a terminar bien, que veo muchos nombres unidos al fracaso, que no va a haber nada que celebrar al final del viaje. Echen cuentas, díganme cuantas penas de cárcel completas, cuantas cabezas de verdad importantes rodaron en todos esos Watergates tan apresuradamente montados. 

5 comentarios:

Fer dijo...

Como siempre es un placer leerte. Pero quiero hacerte un apunte; el presidente o presidenta no tiene que ser un parlamentario. Es elegido por ellos pero no tiene que ser uno de ellos. Me temo que seguimos teniendo "la amenaza fantasma" de doña Espe...

Fer dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

bien el artículo, pero me gustaría que te mirases quien era Diogenes... y el mal uso que se hace de un hombre austero que vivía con lo mínimo.

proeresio dijo...

Le doy la razón al señor Anónimo. Estoy bastante cansado de ver cómo se ensucia el nombre de Diógenes.

Para mí, un aristócrata de la pobreza y uno de las pocas personas en la historia con fibra, sangre e identidad propia (por si le interesa, en esta entrada de mi blog comento este asunto http://lamascaradelvacio.wordpress.com/2012/08/19/diogenes/).

El resto del artículo me ha gustado.

Anónimo dijo...

La AEPI fue idea de Trevijano, movida por el. Pese a que no guste Trevijano es la figura politica mas importante desde hace tiempo. Siendo conservador y liberal es uno de los principales opositores que ha habido contra el regimen. Escribe novelas mejor.