jueves, 10 de junio de 2010

El chulo y la baba (Recuerdos del pelo largo)


Si hay algo que me de miedo, más que los zombies o Nati Mistral, son los chulos. Hay muchos tipos de ellos: hay chulos de pueblo que se empeñan en zurrarse con los forasteros o en hacer que estos no se liguen a las muchachas de la localidad; hay chulos al volante que hacen la vida imposible a los otros conductores o que los retan en los semáforos, hay chulos de gimnasio y de piscina que sacan músculo delante de las nenas y solo se meten en el agua si es para regalarle a algún pobre pardillo una aguadilla, hay chulos de pasillo de instituto, hay chulos de putas...pero, sin duda, hay un chulo que reúne todas las bondades mentales de los chulos del mundo, un überchulo castigador y postinero que, para la desgracia de la capital, arraiga con fuerza en sus barrios y sus plazas.

Hace muchos años iba de camino a encontrarme con un amigo cuando me di cuenta de que no tenía tabaco y se me ocurrió entrar en una cafetería. Mi colega vivía en plena calle Lagasca, barrio bien de Madrid conocido por ser parte de lo que en los 70 y 80 sus propios vecinos llamaban "La última Zona Nacional", y el establecimiento era fino y de postín de esos en los que el camarero te llama de usted y te ponen un platito de almendras fritas para acompañar la bebida a cualquier hora del día. 

Bajé las pequeñas escaleritas del local que estaba casi vacío y le pregunté al camarero que si tenían máquina de tabaco. Desde el fondo de la barra apareció un señor que llevaba una maleta de limpiabotas para decirme "sólo tengo rubio americano y de nacional tengo habanos pero, si se queda a tomar la copita, salgo y le compro lo que usted quiera". Cuando iba a pagarle el paquete de Winston me di cuenta de que dos clientes del fondo de la barra, los únicos, comenzaban a reírse como unos posesos. "Nene, ponle una copa a la señorita que invito yo...que aunque sea fea, tendrá sed" dijo el hombre ante la sonrisilla forzada del camarero. Como soy de lento proceder saqué el dinero de los bolsillos y se lo fui dando al limpiabotas sin entender la gracia. "Ponle una copita a la nena, hombre" decía uno de ellos "venga, venga, dile que qué quiere tomar". 

Cuando la transacción comercial estaba a punto de finalizar el camarero se acercó y me dijo "que esos señores dicen que si se toma usted algo, que ellos invitan". Todavía flipando le dije "No gracias, es que he quedado". El camarero se dirigió a los dos guasones con un gesto de negación pero, antes de que lo hubiera terminado y ya cuando estaba dando la vuelta para irme me llamaron desde el fondo "oye tú, guapa". Como soy gilipollas me giré para encontrarme con dos tipos requetefinos peinados para atrás que con inconfundible garbo y pestuza alcohólica de calidad me miraban con la babilla del vermouth todavía recolgándole de la comisura de los labios. "¡Anda, si es un tío! ¡Pero como llevas el pelo largo pensábamos que eras una chica!". Las risotadas de los dos y un comentario tipo "una tia con barba, mira qué gracia" me paralizaron y me quedé allí en medio como un pasmarote aguantando el chaparrón que del pelo pasó a los pantalones rotos, después a los tirantes que llevaba, a la camiseta de Nirvana, a la camisa de cuadros, a la chupa...tras el chorreo conseguí reaccionar hasta que el que llevaba la voz cantante se acercó mucho y comenzó a llamarme "maricón" y a decirme que como me atrevía a llevar botas militares sucias porque aquello, al parecer, insultaba al ejército en pleno.

Aturdido por aquel enano de pelo grasiento y chaqueta hortera al que el sudor se le caía por las sienes y por las sobaqueras no podía hacer nada más que aguantar el improperio vacilón y llevarme una generosa muestra de su saliva pegoteada por toda mi pechera. "Si es que dejáis entrar a cualquiera aquí joder, que este es un guarro, un rojo de mierda que viene aquí a reírse de nosotros, coño...que este tiene cara de no haber conocido a su madre, hostias, ¿verdad, guapa? ¿verdad?".

"¿Ya me puedo ir?" le dije al colega que siguió gritándome hasta la puerta de la calle como uno de esos perros pequeños que dan ladridos molestos. Ya en la calle y desde la puerta el tío siguió con la cháchara y entonces me giré y le dije gritando "¿Pero tu no te das cuenta que no tienes ni media hostia, facha de mierda?" y avancé un solo paso. Al chulo se le puso una mueca de terror en el rostro y se metió corriendo en el bar cerrando, lo juro, la puerta con su propio cuerpo temiendo, quizás, que me hubiera dado la ventolera sanguinaria bolchevique y se me hubiera ocurrido, de pronto, convertir aquella cafetería de postín en un la masacre de los Romanoff.

Cuando me alejaba por la calle arriba y había caminado unos 30 o 40 metros el chulo salió de nuevo de su madriguera para gritarme "¡Mierda! ¡Payaso! ¡Ven si tienes huevos que te voy a rapar la melenita!" y añadió algo que me llegó al alma y me hizo rendirme a su persona: "¡Peluquera, que eres una peluquera!".

Aquel chulo se parecía bastante a este chulo de aquí....
   


Y uno piensa que vivimos malos tiempos si se permite que los chulos vuelvan de sus cavernas para hablarle así a la gente desde medios de comunicación que se las dan de serios, caballerosos y, sobre todo, de píos. La baba inconfundible del chulo, aquejado de una especie de rabia perruna, es lo que me da miedo, esas bocas sucias y la sensación de que, tarde o temprano, vas a tener que defenderte de uno es lo que me da pánico.

Por ciero, otra reflexión: entiendo que este señor no se hace pajas y que no ha practicado nunca sexo oral...es posible que eso explique su mala hostia.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Chapó... Poco más queda por añadir. Si acaso, que por lo visto el chulo éste ha pedido disculpas compungido. Pero eso no cambia nada. Como en el chiste del escorpión, está en su ser. No hay dios (aunque sea el católico) que pueda cambiar los genes.

Noelia Jiménez dijo...

Es tremendo e insultante, pero no sólo por lo que dice el contertulio, sino porque el director del programa no le pare los pies.