miércoles, 23 de junio de 2010

Libros y cosas, realidades y ficciones, alta y baja cultura


Leer "El Proyecto Williamson", una novela de Grisham, me ha llevado a atacar (por fin) la biografía que tenía en casa sobre Truman Capote escrita por Gerald Clarke. No tiene nada de raro: desde la página número 1 el libro de Grisham es un homenaje a "A sangre fría".

Siempre he sospechado que muchos autores de best-seller son unas almas cándidas. Es decir, carecen de la malicia que caracteriza a los autores consagrados y, por ello, sus narraciones no son una calculada estrategia comercial sino, más bien, la muestra de que nos encontramos ante un escritor o escritora con una cosmovisión más bien plana y un sentido de la vida trepidántemente peliculero.

Un día Fran me sorprendía contándome que la escritora de la saga de Crepúsculo, Stephanie Meyer,  es una devota mormona y que, posiblemente a causa de ello, había disimulado en tanto vampiro y en tanta bella damisela sus propias proyecciones sobre la sexualidad que, a su vez, conectaban con la imagen que tienen los adolescentes de todo el mundo.

Pues algo parecido le pasa a Grisham que en el epílogo de su novela (que va del caso real de un hombre condenado a muerte) se sorprende de dos cosas que llaman la atención: 

1. De que Williamson haya tenido un proceso injusto que lo llevó a vivir 25 años en el Corredor de la muerte de una prisión de Oklahoma. Y eso que el tío es abogado. 

2. De que sea "tan interesante escribir sobre procesos reales". Lo que demuestra que, siendo escritor de éxito, se puede pasar por encima de Capote, de DeLillo o de Zola, por ejemplo. 

Es decir, el escritor de Best-Seller se sorprende más que nada de la realidad. Por un lado de la de los tribunales de justicia y, por otro, de que no haya que inventar una historia para que esta sea atractiva ya que, la vida de algunas personas, se asemeja tanto a la literatura que es casi una vergüenza que nadie se la ponga en blanco sobre negro. 

El caso es que como "A sangre fría" lo tengo bastante leído me estoy engullendo la rica biografía de Capote, titulada en España "Truman Capote" (por si acaso alguien se pierde), que es un logro en sí, casi tanto como las novelas de Grisham: el reto de Grisham es hacer atractivo el mundo de la abogacía lo que necesita, ya digo, de unas grandes dosis de peliculerismo metido en vena porque no hay nada más aburrido que la abogacía (bien lo sabe el letrado extraterrestre Grom el Único) y el de Clarke es hacer atractiva la narración sobre la vida de un escritor que, en vida, se exhibió tan impúdicamente como pudo hasta el punto de que casi todo el planeta perdiera el interés por él en sus últimos años. Que quede claro que ambos lo consiguen sobradamente. 

Pese a todo la biografía de Capote no está exenta de sorpresas, la más grata para mi es que el escritor norteamericano comenzó firmando relatos breves de género. Sí, le iba el terror chungo y gracias a eso comenzó a publicar en revistas como Mademoiselle o Harper´s Bazaar. Lo que me ha hecho reflexionar, poco porque hace calor, sobre el dichoso debate sobre la baja y la alta cultura. 

Digamos que tengo una teoría propia: la denominada baja cultura apuntala el gusto por la gente por la alta cultura, es decir, si uno no escucha a Parchís es imposible que luego guste de The Beatles y, si no ha leído a Mortadelo y Filemón es casi imposible que algún día, sin tener una pistola sobre la sien, se le ocurra abrir un libro cualquiera. Para mi dicha división entre lo sublime y lo entretenido no existe y doy el mismo crédito a una novela firmada por Chabon que a un cómic de Entrialgo, a una peli dirigida por Resnais y a otra de Nacho Vigalondo. Si me pone el corazón contento y me da calorcillo en la tripa me chupa un huevo de donde vengan las cosas. 

Hace no más de una semana me encontré, por casualidad, con un escritor muy minoritario que se lamentaba de que la gente "estaba adocenada" y de que no les gustaban sus novelas. En parte tiene razón pero, lo cierto, es que escuchar comentarios como esos es como escuchar al frutero lamentarse de que, dos tiendas más abajo, hay un frutero a donde la gente sí acude a comprar. Es este punto en el que el artista se convierte en mercader: ofreces tus fruslerías y la gente opta por comprarlas en masa o no. Ni que decir tiene que el artista/mercader puede optar por vender otra mercancía de otra calidad y decidir si quiere pasar de los dramas decimonónicos a escribir novela histórica (tan asquerosamente en boga...dice el colega Toño que es porque la gente no quiere enterarse de lo que pasa y prefiere refugiarse en un pasado falso). 

Explicar el best-seller siempre es feo, de hecho muchos escritores de novelas de este tipo siempre huyen de las complicaciones de explicar su proceso creativo. Al ser, hace algún tiempo, requerido a hacerlo el escritor Carlos Ruiz Zafón arguyó que "la literatura es como el primer beso y que es mejor no explicarla". Una respuesta estúpida que, sin embargo, compartirán otros escritores que, negándose a decir, cosas como "escribo así porque veo las cosas así" o "escribo así porque creo que las cosas son así" se refugian en contestaciones cursis que, me imagino, conectarán con una parte enorme del público. 

No es de extrañar pues que "El proyecto Williamson" sea el primer libro de Grisham en el que el autor vuelca ciertas pasiones personales (entre ellas un conocimiento académico del beisbol que le ha llevado a escribir sobre un ex jugador de las ligas menores metido en problemas o que sea un firme defensor de la abolición de la pena de muerte) y, también, en el que abre los ojos ante la realidad que sus estereotipados personajes -tan del gusto de Hollywood que se apresura a comprar los derechos de todas sus novelas- parece que hasta hace poco le nublaban. Mi estúpida recomendación es que la lean si es que se aburren en este largo verano que tenemos por delante...y que le den una oportunidad a Truman Capote. 

Sobre esto de la cultura decía hace poco Fran Nixon que es algo que no interesa en España. No puedo estar más de acuerdo con él. Las culpas son compartidas: la clase política da mucha pena y nunca ha hecho nada por que se críe cierta vida cultural como una de las formas de ocio alternativas al alcohol y las vaquillas de las fiestas patronales y, por otro lado, nuestra visión de la vida está todavía instaurada en la cuartelera noción legionaria de que hay que perseguir con gritos e insultos a cualquiera que muestre un libro por la calle que hemos heredado de franquismo y que mamamos todavía gracias a este postfranquismo tan alargado y activo que revivimos en estos días. 

Si para ser un escritor de best-seller hay que, necesariamente, quitarse de los hombros la caspa de la realidad no es más cierto que para ser político también lo es. Hoy mismo el Senado, entre vítores, instaba por mayoría al Gobierno a impulsar leyes que obligaran a las mujeres musulmanas a no llevar ni velo, ni pañuelo, ni burka dentro del territorio nacional con la excepción, claro está, de su domicilo. Es decir, se obliga a un grupo de personitas a vivir su religiosidad en la intimidad de su hogar...devolviendo la pelota al otro lado del espejo nos encontraremos una situación calcada a la que se vive en regímenes tan democráticos como Arabia Saudí donde se obliga a la gente que no profesa la religión islámica a no mostrar ningún símbolo religioso que los identifique de forma pública y, llevados a la otra punta de la Historia, nos encontraremos con unos romanos llevando a los cristianos al Circo antes de que estos pudieran decir "Virgen santísima". Y digo lo de ser peliculero porque, imagino, que hay mucha gente que tiene una visión de España (o de Cataluña o del País Vasco, que también han apoyado el requerimiento) donde las señoras van con la falda debajo de las rodillas y rezan el rosario y los hombres pierden el tiempo charlando de cosas de hombres y fumando estupendos puros en las estancias del Casino de la ciudad. 

Digo yo que si quieren hacer cosas sublimes y ser recordados deberían de intentar mancharse un poco de la realidad y no inventarsela o intentarla modificar. Creo, firmemente, que nos sorprenderíamos de los resultados. 

Nota del Insustancial: Creo que es evidente por lo que he elegido el tema de Fangoria titulado "Eternamente inocente", en cierto modo Alaska/Fangoria representa, a mi modo de ver, esa visión algo peliculera y eternamente a la moda ( o a remolque de ella) en la que el artista obvía cualquier conciencia sobre sí mismo y se muestra ante su público de una manera completamente desligada de cualquier concepto o noción de la realidad. No creo que sea petardismo.  

4 comentarios:

Eladio dijo...

Hay padres que aún me miran raro cuando les digo que sus hijos deben leer y, si no tienen costumbre, los cómics son un buen comienzo.

Es decir, lo que tú mencionas de alta y baja cultura aún sigue estando en los corazones de la gente: "¿mi chico se va a culturizar leyendo un cómic? Mmmmmm..."

Señor Insustancial dijo...

Hola Eladio,

Es una pena que estas cosas ocurran pero en España seguimos empeñados en hacer dicha diferencia. En realidad no le prestamos atención a la cultura en general.

Un saludo y gracias por pasarte por aquí.

Concha dijo...

La abogacia no es necesariamente aburrida

Señor Insustancial dijo...

Hola Concha,

gracias por venir.

Pues no tengo ni idea pero si tú lo dices habrá que creerte.

Un saludo.