miércoles, 13 de octubre de 2010

Intercambio (Antonello Novellino y Antonio Quintanilla, 2010)



"Es un mundo extraño" (Laura Dern en Terciopelo Azul de David Lynch).

Travis Produce, la productora del amigo Carlos Clavijo, se embarcó el año pasado  en la producción de un cortometraje titulado "Intercambio".

Tras dar más vueltas que una peonza finalmente Carlos, y los dos directores Antonio Quintanilla y Antonello Novellino, consiguieron la financiación, reunir a un equipo, conseguir unos actores etc. etc. etc.

Las etapas de preproducción son unos días emocionantes. Emocionantes quiere decir que a la gente le dan ataques al corazón y siempre sale gente herida (normalmente por arma blanca, aunque también hay orgullos y egos que se destruyen) pero, en verdad, nada tienen que ver con un rodaje en condiciones en el que a cada segundo se escucha eso de "Bienvenido al infierno".

Sobrepasada la prueba moral y física que supone un rodaje y sobrellevadas las secuelas (gente que se despierta a mitad de la noche gritando "¡Otra toma!" o personas que sienten que su vida no tiene sentido sin que haya un bocadillo de tortilla de patata esperándoles encima de dos borriquillas a media mañana también está eso de que se te queda la mirada de las "1000 yardas" o, sea, que tienes la música de los caballitos golpeándote la perola durante días y solo quieres dormir) "Intercambio" fue acabada y comenzó otra interesante etapa llamada: ¿Quién quiere ver esta maldita obra de arte?.

Esa etapa no deja de ser también tortuosa y deshumanizada. Tienes que procurar que tu cortometraje llegue a todas las convocatorias posibles de festivales donde unos señores que saben mucho de esto (o, a lo mejor, que son parientes de un concejal sin nada que hacer o, a lo mejor, gente que no tiene nada que hacer) selecciona las que les parecen mejores para sus festivales.

El titular de este blog se encontró en su etapa en la que soñaba con hacer películas que, un corto suyo, fue seleccionado dentro de un festival de Cine Experimental. Con alegría me presenté en aquella celebración de lo moderno, de lo contemporáneo y de lo überguay descubriendo que la sinopsis que había entregado para ser incluída dentro de la programación había sido sustituída por un condescendiente texto en el que se advertía a los posibles espectadores de la pieza lo siguiente: "Comedia de temática adolescente  con buenas intenciones que reflexiona sobre el romanticismo urbano desde una perspectiva simpática y naïf".

Al conocer a los organizadores me encontré con la sorpresa de que me habían seleccionado por rellenar un hueco (¡No sabes lo difícil que es encontrar obras contemporáneas y experimentales a la altura!) y que me habían programado en una sesión en la que todas las películas eran video-danzas, cosas en blanco y negro grabadas en un video chusco donde los personajes repetían mucho cosas absurdas, películas hechas a la remanguillé tirando de los peores efectos estroboscópicos posibles y un largo etcétera de atrocidades (¡verás lo que vas a aprender de esta gente que está a la última!).

Con la sala repleta de personal (todos con pinta de ser los más tontos de Bellas Artes) me tocó salir a la palestra en un rarísimo cine-forum posterior junto a unos tíos austriacos que parecían los primos de los Kraftwerk y una videoartista que dijo que venía de grabar una rave y que se rascaba mazo. Preferí no preguntar.

Tras ello, y en los copazos posteriores, tuve el honor de recibir todo tipo de insultos como "me he reído con tu película pero es una chorrada" o "no esperaba encontrarme algo así, no niego que me he reído y que le ha dado un poco de frescura pero me ha resultado ramplona y comercial...una pena" y, finalmente, una palmadita en la espalda de los organizadores diciéndome: "Venga, que al menos has venido y lo estás pasando bien". Conseguí darles esquinazo cuando marchaban todos a un concierto de cantos esquimales o algo así y conseguí llegar al hotel para poder tirarme en el suelo y llorar y patalear hasta que me quedé dormido.

El caso es que a la tropa de Clavijo le ha ido mucho mejor que a mi y, seguramente, mejor que al resto de los cortometrajes españoles estrenados este año porque ya tienen en su cuenta 29 premios en todo tipo de festivales (nacionales e internacionales). El último, y más sonoro, el premio del público en el I´ve Seen Festival que organiza, entre otros, el actor Rutger Hauer. Para que vean que no me lo invento aquí les dejo el vídeo de la entrega del premio (recibido el viernes de la semana pasada) en el que estos muchachos decidieron regalarle a Hauer una paloma para agradecerle su trabajo en "Blade Runner".



"Intercambio" es un cortometraje que reflexiona sobre el totalitarismo desde un punto de vista crudo atacando el asunto desde una perspectiva realista : un pequeño pueblo ve como toda su producción de grano tiene que ir a las arcas del estado quedando sus habitantes sumidos en el hambre. Por desgracia el hecho no es política ficción y hechos como estos ocurrieron durante el mandato de Stalin. A partir de ahí "Intercambio" escarba en el monstruo de las dictaduras desde un punto de vista donde no hay cabida para el maniqueismo. Brutal y sincera, la narración desemboca en una reflexión que se aleja bastante de los habituales cánones de nuestro cine social y político: la pobreza y el hambre arrastran a la desesperación y a la consumación de actos terribles e inhumanos. Pero, por si fuera poco, se señala a los culpables y, allá a lo lejos, se trazan los elementos necesarios para que este tipo de actos se produzcan.

Y digo que se aleja de los habituales cánones de nuestro cine porque, en realidad, nosotros preferimos manosear un discurso que se parece sospechosamente a una clase de catecismo: la pobreza es digna y su existencia permite que la sociedad tome conciencia y se redima. Partiendo de ese sin sentido judeocristiano (implícito en la noción que lo moderno tiene de la injusticia social) preferimos regodearnos en una narración que tiene a la misma pobreza y a sus sufridores protagonistas como ejemplos de santidad y martirio pero nos obcecamos en no señalar a los culpables, ni siquiera allá a lo lejos en el horizonte.

Además de sus innegables valores técnicos y formales (la fotografía de Villarías, el trabajo actoral, el diseño de producción, el ímprobo trabajo de maquillaje y vestuario etc.) nos encontramos con una película cruda que, aparentemente construída en la ficción, nos llega como un sopapo documental.

Es una pena que el Ministerio de Cultura, pese a sus 29 premios, la haya tenido en poca estima y haya alcanzado la puntuación de "0" en el ranking en el que se otorgan los dineros públicos. Pese a la mala noticia que eso supuso para "Intercambio" no dejo de pensar que es una buena noticia para el cine español: si esta gran peli no ha recibido un duro es porque, sin duda, la competencia era muy buena. Habrá que estar atentos este año. Sin duda.

También es una pena que los éxitos de una producción española hayan pasado completamente desapercibidos para los medios de comunicación de masas de nuestro país. Sorprende cuando otros éxitos gastan tanta tinta y tantas tarjetas de memoria que "Intercambio" o que la nueva peli de Vigalondo o que lo nuevo de este o del otro casi pasen desapercibidas. ¿Saben que "Buried" de Rodrigo Cortés es un exitazo internacional? ¿A que no?

Y es una pena porque las películas serían una interesante industria. Las películas dan trabajo a mucha gente, y no me refiero solo a actores y técnicos, me refiero a conductores, taxistas, electricistas, economistas, administrativos, abogados, carpinteros, fontaneros, publicistas, diseñadores gráficos, trabajadores de la industria textil, modistos, sastres, peluqueros...por no hablar de que, indirectamente, generan beneficios en agencias de viajes, bancos, empresas de publicidad estática, medios de comunicación etc. etc.

Evidentemente no digo que la producción audiovisual sea la panacea pero, en realidad, en estos tiempos no nos vendría mal que unas cuantas industrias de este tipo se dedicaran a dar empleo. ¿no?

Es una pena que nuestras películas sean directamente las mayores damnificadas del momentos político y social que vivimos, que hayan sido elegidas como las cabezas de turco, como las víctimas propiciatorias y que, en un mundo informativo tendente a la extrema derecha, sean ignoradas. Por desgracia, los que deberían de estar haciendo patria, también parecen mirar para otro lado, quizás más interesados por otros mundos artísticos que, por desgracia, no están en este.

Les dejo pues con el recomendatorio de "Intercambio". Échenle un vistazo, si les apetece recomiéndenla a sus amigos y, por favor, no pierdan la oportunidad de decir que la han visto, de comentarla porque, con ello, quedarán ustedes como unas personitas informadas, que están a la última, que son capaces de descubrirles cosas a sus amistades. Háganlo de pasada, en plan, "¿Aún no habéis visto Intercambio? Pues es buenísima". Se van ustedes a convertir en los amos de la fiesta sin tener que pagarse ese curso de guitarra española que ofrecen en CCC. Bueno, a lo mejor no, pero sin duda habrán ustedes contribuído a que un emergente productor pueda seguir haciendo películas lo que, en el fondo, me hace recordar que cada vez que se hace una buena película un pobre desgraciado sale del paro.

Pueden disfrutarla aquí.

lunes, 11 de octubre de 2010

El día en que le recomendé a un premio Nobel que viera "Los Soprano"



Estaba en la FNAC con mi amiga Leonor comprando unos libros cuando me encontré con Thais. La  peruana había aparecido por casualidad en mi vida y como por ensalmo había desaparecido sin dejar rastro.  Era de esa gente que siempre tiene una frase genial en la boca, aunque siempre la recordaremos por un "¡Ay Diosito, sálvame!", una especie de plegaria que entonaba a la tercera o cuarta copa de ron, y por arrastrar detrás de sí una ingente cantidad de vivencias, anécdotas y personajes (entre ellas una peruana de ascendencia judía que andaba buscando un productor que le financiara un espectáculo de marionetas porno...algo sin igual, créanme) que, para mi, que apenas había salido de los límites de la Europa Sur eran algo impresionante.

Sin tiempo para demostrarle mi cabreo por su desaparición o pedirle alguna explicación la mujer aquella se me abalanzó  elevando otra plegaria ("¡Ay Diosito, gracias por poner al gordo de nuevo en mi camino!") lo que hizo que me sintiera como cuando Elmer el Cazador se encontraba con Bugs Bunny y este le decía eso de "¿Qué hay de nuevo, viejo?".

"Que alegría verte, qué alegría Insustancialito, sufrí mucho porque dejamos de vernos...¿Tú sabes algo de dividís, verdad? ¿Sí, seguro que sabes de dividís, cierto? Ve ahí y ayuda a esa pobre gente que viene conmigo que no se entera de nada mientras me pongo al día con Leonor...que bueno que te vi Leonor, que tal todo, cuentame, anda Insustancialito, ve". 

Todavía en shock me dirigí hacia un matrimonio al que sólo veía de espaldas, acompañado por un chaval más joven. Trasteaban con unos DVD (dividís) en las estanterías de la FNAC. El hombre se giró y me quedé parado. Tieso. De corchopán. Esa "pobre gente" a la que mi amiga acompañaba y que, al parecer, no tenía algún problema con los DVD era, nada más y nada menos, que Mario Vargas Llosa, su mujer y uno de sus hijos. Desde la lejanía escuché decir a Thais un "Fíate de Insustancialito que es un gran amigo y sabe de todas esas cosas...¡además escribe como vos!".

-"Esto...escribo bastante peor que usted, la verdad".
-"Bueno, el día que lea algo suyo ya le diré...".

Mi diálogo interior en ese momento era "hostiashostiashostiashostiashostias". Nada más.

-"¿Me puede echar una mano con estos DVD?"
-"A ver si puedo, dígame". 
-"Pues que no dejo de oir hablar de esta serie y me gustaría comprarla". 

Era la primera temporada de Los Soprano. 

-"Es muy buena, es cojonuda". 
-"¿Y la puedo ver aquí, en España? Es que esto de los numeritos de los DVD, no me aclaro". 
-"Si tienen un 2 puede verlos aquí pero no en Estados Unidos o, creo, en Hispanoamérica. Para ver los que tienen un número 1 o cualquier otro número necesita un aparato que sea multizonal". 
-"¿Cómo?". 
-Pues un aparato que acepte los discos de cualquier país, que  los lea. Lo puede comprar en la calle Barquillo porque aquí no creo que los vendan". 
-"Sabe usted muchísimo joven. ¿Me puede decir donde comprarlos?". 

Al instante me vi apuntándole en un papelito, la cuenta de un restaurante, la dirección de una tienda de la Calle Barquillo donde se podían comprar reproductores de DVD que leían cualquier disco. Ni que decir tiene que la gente que pasaba alrededor de nosotros estaba pensando "Coño, mira que famoso será el tío ese que Vargas Llosa le está pidiendo un autógrafo". 

Luego ya le pude decir lo mucho que me gustaba como escritor, allí parado, en medio de la FNAC con un montón de gente sosteniendo libros  suyos para que se los firmara y él, bastante divertido, me volvió a dar las gracias y a decirme que perseverara en lo de escribir si es que me gustaba que él hacia lo mismo. Le pregunté por Pantaleón y por La Tía Julia y me contestó amablemente durante unos poquísimos minutos. Después nos despedimos también de forma muy agradable y me dijo que "vería la serie, a ver si era tan buena". Quedé con mi amiga Thais en vernos sin falta unos cuantos días después. Era puente y se quedaba en Madrid unos días antes de largarse a Líbano a no se que historia del ACNUR.

Siempre me ha interesado mucho más el Vargas Llosa "escribidor" que el Vargas Llosa "opinador". El Llosa opinador, ese señor empeñado en que sepamos su opinión sobre todo, no me mereció mucho respeto porque traicionó al primero. Es decir, la bibliografía de Vargas Llosa apuntaba a una revolución, era en sí un proyecto de renovación de los géneros literarios hispanoamericanos y aspiraba a cambiar para siempre el rumbo de la literatura en español cargándose las diferenciaciones entre alta y baja cultura y fortaleciendo así los lazos de los intelectuales con sus lectores.

El Boom de escritores hispanoamericanos supuso una revolución consciente y la necesidad de articular diferentes nacionalidades a través de una misma voz compartiendo una serie de valores y de raíces comunes donde se anudaran el indigenismo con la tradición literaria española dando así sentido a un mix, a una reinterpretación de una cultura rica, transnacional y sabrosamente criolla lo que hacía que, de un tirón, todo tuviera sentido. Al igual que en la rica cocina peruana la cultura hispana bien podía tomar los derroteros de convertirse en un cruce de caminos entre lo de ayer y lo de hoy, entre Uslar Pietri y Carpentier, Llosa y Montalbán, Márquez y Cervantes. Así fue.

De hecho, y siguiendo con el simil culinario, si en la cocina peruana se podían encontrar estas dos tradiciones y la aportación de la cocina oriental bien podía la literatura hispana agarrarse a otros moldes, a otros usos y a otros sabores sólamente por enriquecerse. En ese punto es donde Vargas Llosa emerge (de la mano de Borges) en un elemento aún más revolucionario que no es otro que la mezcla con otros estilos, en el interesante camino de llevar la tradición hasta nuevos lugares propios sin desmerecer a una novela por ser, por ejemplo, policiaca.

Es una pena que lo personal (el distanciamiento con Márquez) y en lo político (la absurda dicotomía entre Castro sí y Castro no) acabaran por obstaculizar este camino emprendido por Vargas Llosa que, aunque ha tenido escuela, no ha dejado de nacer un poco muerto ante el empuje de otras cuestiones menos literarias.

Contra Vargas Llosa no tengo otra cosa que el hecho de que se haya convertido en un escritor menos preocupado por escribir que por permanecer en el ojo público el mayor tiempo posible.

No concibo como un tipo tan inteligente, un tipo que siente la necesidad de ver "Los Soprano", sea capaz de apoyar sin dudas de ningún tipo a un candidato tan poco agraciado políticamente como Aznar. Es decir, no concibo como alguien puede apoyar a un tipo que, evidentemente, no ha leído nunca nada que haya escrito o ha tenido el menor interés en hacerlo. Es más, y en esto soy francamente malvado, no le concedo a Aznar ni siquiera la capacidad para entender nada que haya hecho Vargas Llosa ni siquiera leyéndolo.

Sí entiendo al Vargas Llosa "opinador", ese bicho político, que busca soluciones hasta debajo de las piedras, es decir, que cree que la economía de mercado puede salvar a Hispanoamérica. Vale, lo que no entenderé nunca es las razones que llevaron a Vargas Llosa, un derechista suave a la europea que siguió clamando contra Pinochet y contra Fujimori,  a apoyar a un partido tan anclado en la tradición y amante de los mismos rasgos de poder que quiso combatir en un momento determinado.

Si Jaime Baily me parece un "posturitas", un tipo que juega con los símbolos externos de la liberalidad de derechas diciendo chorradas. Y sólo chorradas. Si la deriva de escritores que sonoramente aparecieron en el mercado vendiéndonos un libro llamado "Coños" y que ahora parecen no haber salido de la sacristía me parecen aún más sangrantes por necios y reduccionistas no dejo de pensar en Vargas Llosa como un intelectual que clamó en un determinado momento por la injusticia (lean sus escritos en contra de la pena capital que sigue manteniedo vivos, lean sus crónicas sobre las dictaduras militares hispanoamericanas) y lo siguió haciendo en un momento en que Castro ya era todo un exceso.

Le achaco a Vargas Llosa haberse convertido en un escritor menos interesante o, a lo mejor, en un escritor menos feroz, menos incisivo, menos molesto, más integrado, más aburrido en algunos pasajes pero, que se "haya hecho de derechas", me hubiera parecido un pecado venial de haber seguido siendo tan buen escritor como lo fue antaño o como nos demostró en "La Fiesta del Chivo".   

Me alegro por el Premio Nobel concedido al Mario Vargas Llosa escritor y no al Mario Vargas Llosa opinador. Me alegro porque le hace justicia al otro genio de la generación del Boom hispanoamericano, ese que vendió muchos menos libros que García Márquez porque siempre fue mucho más difícil de leer (aunque les invito a leer "Pantaleón y las visitadoras" y "La tía Julia y el escribidor" para que rían a gusto) y que, sin embargo, convertía cada novela en una estructura preciosista, con un ritmo ideal para la narración, con unos personajes increíbles. Es por ese Vargas Llosa por el que me alegro.

Días después aquello volví a ver a mi amiga Thais. Fuimos a cenar a un restaurante mexicano (no al que normalmente frecuentábamos sino a "la panza es lo primero") a trasegar tequilas y a hacer la ruta de nuestra memoria que incluía el "Pepe Botella", el "Manuela", el "Fantasía" y "La Vaca Austera". Como tantas otras noches terminamos en el pequeño salón de su casa, casi de amanecida, tumbados en el sofá entre plegarias a ese Diosito suyo (ambos tan ateos sólo podíamos rezar a un Dios de pacotilla inexistente y caricaturesco) y el humo de la mota.

-"Ay no sabes Insustancialito el favor que me hiciste el otro día...mira que a lo mejor te lo puse difícil, ¿un poco solo, no?".
-"No, me encantó conocerlo, en serio".
-"Me dijo Mario que si sabes tanto de dividís como de escribir vas a ser grande...".
-"Cochina exageración la tuya".
-"Lo dijo, que lo dijo, Insustancialito, que quedó encantado".
-"Ya, ya...".
-"¿Y qué andas escribiendo ahora, dime? Cuéntame una de tus historias".

Y seguimos charlando un rato y le conté de esto y de lo aquello. Historias. Y me sentí, como siempre que estaba con Thais, como un escribidor, como un contador de historias.

Después no nos hemos vuelto a ver.

Nota del Insustancial: Si el boom literario encabezado por los escritores hispanoamericanos de los años 60 fue una revolución estética e ideológica notable que pretendía cambiar para siempre la historia de la literatura en español y también como motor de reinvindicación de la tradición literaria del continente frente a la pujante cultura anglosajona no fue menos interesante el trabajo que Ruben Blades, Willie Colom, Hector Lavoé y todos los músicos hispanoamericanos hicieron en los años 70 para sacar el folclore de todo el continente del mismo y hacerlo popular en todos los lugares del planeta. Por cuestiones meramente sentimentales "pincho" este "Telefonito" pero podría haberme decidido por cualquier tema grabado por Fania Records o por cualquier pieza de Paquito de Rivera o cualquier pieza de la Fort Apache Band.

jueves, 7 de octubre de 2010

La televisión es Palmariana



Les cuento una historia barroco-progre:

Allá por principios de los 70 mi padre daba clase por la provincia de Cádiz. Sobre las razones por las cuales mi padre, extremeño, se vio obligado a estudiar la carrera en la escuela normal de Pontevedra y a luego impartir clases en la otra punta de España es algo que se nos escapa a casi todos sus parientes cercanos pero, ahí está, el afán viajero del Padre Manson.

El caso es que mi padre se lo estaba pasando guay: en Cádiz descubrió el flamenco, el poker, se hizo colega de los Hermanos Rivera (los toreros) y parece ser que se estaba dando a la vida disipada que tanto en el norte como en su procedencia de interior le resultaba tan lejana. De hecho, de todas estas historias de juergas, francachelas y cachondeos no hemos tenido noticias en la familia hasta hace relativamente poco tiempo y siempre por testimonios indirectos de personas que lo conocieron cuando se estaba dando a la masacre festiva. Después ha sido un tipo bastante más muermo con momentos de esplendor como ya les contaré en otra ocasión.

Pues ahí tienen ustedes a mi padre, tan juerguista y tan progre, impartiendo clases en un colegio de Barbate (Cádiz) –Barbate es como nuestro Graceland porque “siempre hay algo que nos llama a ir a Barbate”- y un buen día uno de los compañeros de curro comienza a dar la barrila con el tema de las apariciones marianas de El Palmar de Troya.

Según cuenta mi señor padre en aquellos tiempos el asunto religioso y esotérico se puso de moda además de que comenzaba a notarse ese rollo de atracción inevitable hacia el rollito OVNI…es curioso pero, si lo piensan bien, ese tipo de historias suelen generarse con mucha fuerza en países que están a punto de abandonar un sistema dictatorial o que acaban de dejarlo. Sólo hay que pensar en la cantidad de noticias de carácter “Ikerjimenezco” que nos proporcionó la extinta Unión Soviética y de la rápida caída de los camaradas en las chuminadas del otro mundo amén del sincero estallido de devoción religiosa que les atenazó y que ahora no saben como quitarse de encima.

El caso es que mi padre, tan moderno y tan necesitado de experiencias (y me imagino que tan continuamente resacoso), se vio envuelto en un road trip de proporciones bíblicas: una excursión a la muy noble y muy leal villa de El Palmar de Troya para asistir a esas apariciones que la prensa decía eran una especie de experiencia sorbenatural donde los videntes, aquellos a los que la Virgen Santísima se les colaba dentro del cuerpo, hacían que bailara el Sol (algo que sigue asegurando Pitita Ridruejo sobre las apariciones marianas de El Escorial), tomaban la comunión directamente de las manos de Dios, hacían caminar a los paralíticos, recuperar el sentido a los locos…o sea, la hostia.

Para ya se fueron unos cuantos maestros. Mi padre lo cuenta más o menos así: “Aquello era deprimente, puff, un secarral con una mierda de olivo seco en medio. Una mierda vamos, se te quitaban las ganas…yo quería irme a ver al Cádiz que me había hecho socio y cuanto más rato estaba allí más ganas tenía de irme. Una mierda tú, un asco. Además no hacía más que llegar gente en autobuses, todos rezando y no hacían más que llegar ambulancias con gente con goteros en la nariz (sic) y personas en muy mal estado. Me acuerdo que había hasta un chaval con síndrome de Down. Pobrecito. La gente se arremolinaba al lado de dos crías y de aquel tío, el Clemente que estaba un poco más allá al lado de ese otro, de su novio, de Manolo ¿Te acuerdas que vimos la película? Pues nada, los que estaban haciendo negocio eran aquellos dos y el jeta del cura del pueblo que había puesto una especie de chiringuito donde vendían cerveza y refrescos. Encima todo carísimo. De pronto estabas allí y uno de aquellos decía “mirad para el Sol que baila, que baila”. Coño, como no iba a bailar, si se te estaban desprendiendo las corneas de mirar y, encima, con toda la solanera encima te quedabas gilipollas”.

Mi padre narra el momento anterior, quizás unos años antes, a que el conocido como Misterio del Palmar de Troya se convirtiera en un escándalo de proporciones bíblicas. Por si ustedes no lo saben, las presuntas apariciones marianas de esta localidad sevillana tienen una historia que, punto por punto, es correlativa con cualquiera de las apariciones marianas que se han sucedido desde finales del siglo XIX hasta nuestros días: niños que encuentran un lugar alejado de un pueblo donde se dan de bruces con la aparición, in person, de la Virgen que les traslada unos cuantos mensajes claramente apocalípticos que tienen que ver con el aligeramiento de las costumbres, la falta de rigor para abrazar los preceptos de la Iglesia, la falta de fe y, claro está, la advertencia de los malos rollos que eso conlleva como la condenación eterna. Comenzaron en 1968 y se extendieron en el tiempo hasta 1975.

Aquellas apariciones fueron aprovechadas por Clemente Domínguez y Gómez y Manuel Alonso Corral, pareja residente en Sevilla (uno cobrador de impuestos y otro abogado, los dos timadores) que urdió el plan de convertir al primero en un místico presentándose como tal en la localidad de El Palmar. Sin duda, la mayor preparación de estos dos individuos y el hecho de que inventaran un genial truco visual les permitió ir expulsando a las primeras videntes y quedarse con todo el negocio. Clemente entraba en trance y al momento la boca se le llenaba de una espuma blanca efervescente. Al abrir la boca se podía ver una hostia consagrada en la lengua…era un alka seltzer que tomaba subrepticiamente. Pero la cosa funcionó.

De hecho les funcionó también que convirtieron aquel pequeño timo en un timo a gran escala: con el tiempo ambos fundaron la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz consiguiendo los fondos de unos cuantos chiflados que consiguieron que el Arzobispo de Hanoi los nombrara obispos. Como el cuento no paraba tuvieron la ocurrencia de provocar un cisma con la Iglesia católica oficial y nombrar a Clemente, Papa. Recibió el nombre de Gregorio XVII. Desde entonces todo tipo de escándalos (curiosamente no tan diferentes de los que atesora la Iglesia de Roma) han acechado a esta simpática orden que tras la muerte del primer Papa nombró a Manuel Alonso como sucesor bajo el rimbombante nombre de Pedro II.

Si les interesa la historia además de mucho material literario les recomiendo la versión cinematográfica de los hechos titulada Manuel y Clemente. Es una gozada.

Sobre literatura sobre el tema vale la pena que intenten retrotraerse a los tiempos en que muchos himbestigadores de lo oculto le dedicaron crónicas francamente creíbles sobre la naturaleza completamente real de estas apariciones y la simpar bonhomía de estos dos personajes y de todos los videntes allí convocados. Luego, como suele ser habitual, ninguno de ellos ha querido retractarse de sus palabras.

El caso es que mi padre, francamente aprensivo, por fin consiguió hacer desistir a sus compañeros de quedarse más tiempo en aquel lugar. Los 120 kilómetros que separan Sevilla de la costa no son los mismos de la actualidad y se podían tardar sus buenas tres horitas en cubrirlos por completo.

Cuando iniciaron la marcha, comenzaron a notar que el conductor se ponía de lo más raro y que estaba todo el rato hablando del tema, de lo mucho que le había impactado, de lo cerca de Dios que se había sentido. Mi padre, que tiene una fe ciega en una estúpida teoría que tiene que ver con los presuntos efectos que el sol tiene sobre la cabeza de las ovejas (aunque ya desconfía un poco sigue pensando, al igual que su tío Juan, que las ovejas no pueden estar demasiado tiempo al sol porque se “amodorran”, es decir, se vuelven gilipollas…lo que es una explicación que ha quedado un poco atrás cuando todos conocemos ya el Síndrome de Creutfelz-Jacob o “Síndrome de las vacas locas”) es el mismo que tiene sobre los humanos achacó durante años lo que ocurrió a continuación con el calor que habían pasado y que estaban pasando todos metidos en un 850 con las ventanillas abiertas….

De pronto el conductor comenzó a aminorar la marcha y a decir “la veo, la veo, la veo…” al principio bajito y despacio y a medida que pisaba el acelerador más alto y más rápido. El caso es que el coche comenzó a salirse de la carretera y a ponerse en dirección a unos árboles que sólo la pericia del copiloto (mi padre, a esas alturas estaba ya intentando abrir a cabezazos el cristal trasero para saltar del coche en marcha) consiguió pisar el freno y que el posible choque mortal quedara en un golpecillo en el parachoques y un susto.

Mi padre cuenta aquello más o menos así: “Yo lo que tenía ganas en ese momento era de salir de allí atrás como fuera y luego de sacarlo del coche a gorrazos. Qué cabrón. El tío aquel decía que había visto a la Virgen, ¡A la Virgen! Que si XXXXX no da un volantazo claro que vemos a la Virgen, coño, y a San Pedro y a la Corte Celestial porque hubiéramos cascado. Yo tenía ganas de matarlo, de verdad. Pero eso fue culpa del calor, que le dio en la cabeza…y encima me quedé sin ver al Cádiz…que me había hecho socio del Cádiz…para ver fútbol porque yo soy del Madrid pero el Cádiz me cae muy bien…bueno, el caso es que volvimos más tranquilos, paramos en una venta a tomar algo y parece ser que se calmó un poco. Yo no quise volver a un sitio así, en la vida. Había hasta un niño con Síndrome de Down. Pobrecito. ¿A quien se le iba a ocurrir la cabronada de convencer a unos padres analfabetos de que su hijo iba a curarse por irse a un secarral? Qué gentuza, de verdad, qué gentuza. Pero lo mejor no es eso, es que el tío aquel, el de “la veo, la veo, la veo” años después dejó el magisterio y se hizo cura de El Palmar, de los de El Palmar, se metió en el seminario que tenían en Sevilla”.

Desde entonces mi padre no volvió a pisar un lugar así e, incluso, declinó varias ofertas para unirse a varios grupos de avistamiento OVNI que montaban. Es más, cuando vivíamos en Catalunya (Palafrugell, Girona) tampoco quiso unirse a ninguna de esas reuniones hipermodernas de gente que hablaba de chakras y de reyki y de piedritas mágicas y de echarle maldiciones a Franco para que cascara antes.

En lo que siempre hemos estado de acuerdo es en que el caso de Manuel y Clemente, los fundadores de El Palmar, son una prueba inequívoca de que todos somos muy capaces de comernos una mierda enorme aunque el aspecto que tenga por fuera tenga la peor pinta posible. Evidentemente El Palmar de Troya era un timo, incluso antes de que aquellos dos señores sevillanos lo capitalizaran y lo exprimieran ya era un engaño gigantesco. La diferencia es que unos sólo vieron la posibilidad de venderles coca-colas a los incautos mientras que otros supieron maximizarlo hasta poder construir una basílica, la actual, que es más grande que la de San Pedro en Roma. Una inversión alta pero que no tiene más objetivo que el de atraer a más incautos a las cercanías de El Palmar para que sigan llenando las huchas petitorias.

Cada vez que enciendo la tele me acuerdo de Clemente y de los chiflados de El Palmar. A diario, y con más insistencia si cabe en los últimos días, acudimos a un nuevo milagro, un milagro diario más grande aún que darle de comer a una hambrienta multitud con apenas una lata de sardinas y un chusco de pan.

Ese milagro tiene un nombre: Belén Esteban. Dos cadenas nacionales (Telecinco y Antena 3) alimentan sus programas de mayor audiencia gracias a la vida de una mujer completamente vulgar. Y no me refiero a su forma de hablar, a su escasa preparación académica o a lo parvo de sus actividades sociales sino a que Belén Esteban es una persona completamente normal-normalísima (una nomenclatura que usa mucho mi padre).

La fascinación que provoca la vida de la ex novia de un torero no puede nacer más que de la intensa necesidad de las estrellas mediáticas por alejarse todos los días, un centímetro más, de la realidad. Es Rosa Pereda, en El País, la que ayer mismo se unía al carro de los creyentes en este milagro con un artículo en el que describía su fascinación por el personaje con una frase que también se repite mucho “Belén Esteban tiene algo”.

Ese “algo” es la fascinación real o impostada (más bien creo que impostada o autoimpuesta) por lo que muchas personas creen un estilo de vida tremendamente lejano y, por tanto, exótico y excitante.

Curiosamente, los mismos mecanismos que han mantenido vivos los espectáculos de freaks hasta nuestros días, son los que impulsan este milagro mediático. Fíjense si no en la adopción de Joseph Merryll, El hombre Elefante, por parte del doctor Treves en el Siglo XIX. El buen doctor, un hombre compasivo al parecer, se sintió fascinado en primera instancia por la enfermedad (Síndrome de Protheus) de Merryll pero, tanto para él, como para los demás miembros de la alta sociedad inglesa que lo visitaron lo más sobresaliente no es que fuera un ser humano completamente deforme. No. Lo interesante de Merryll es que, pese a ser pobre como una rata y no haber recibido apenas educación, leía y escribía de forma notable y había criado una sensibilidad estética y ética que los dejó completamente atónitos.

En otros términos, y por asuntos mucho más chabacanos y menos de letras, la fascinación que el personaje de Belén Esteban produce sobre sus jefes tiene un carácter francamente parecido pero, en este caso, con haber encontrado a una persona que, casi sin formación y sin haber recibido más que una educación básica, es capaz de conectar con (a su entender) millones de personas todos los días.

Cuando los medios de las tripas y el corazón señalan a Belén Esteban como “La Princesa del Pueblo” lo hacen, claro está, con una medio sonrisa sardónica en la que les blanquea la piñata y, bueno, en cierto modo saben que semejantes epítetos les sirven para vender más coca-colas y más refrescos a los incautos pero también satisfacen la necesidad de los que creen a su altura y que también fingen estar lo suficientemente alejados de las vidas de los extrarradios como para mostrar esa extraña fascinación por un personaje como Belén Esteban.

Como el amigo aquel de mi padre, algo que comenzó como una cuchufleta entre cuatro maestros de provincias que querían emprender un Magical Mistery Tour sureño, poco a poco hemos visto como esta presunta tormenta de verano (la capacidad de resistencia de Belén Esteban en un medio televisivo que necesita devorar historias todos los días es francamente admirable) se iba agrandando, creciendo más y más hasta el punto de poner a luchar a dos cadenas nacionales (aunque las otras se nutren también del milagro en mayor o menos medida) y hasta el punto en el que más de un incrédulo, más de un escéptico y más de un ateo que no cree que la televisión tenga que girar alrededor de un solo personaje comienza a despertar como un absoluto creyente y acelera y acelera contra el árbol de la estupidez diciendo eso de “la veo, la veo, la veo”.

Sin duda este tipo de programación no es más que un cisma de la televisión convencional, una televisión palmariana, un insulto a la inteligencia pero, sin duda, el truco es tan burdo que seduce a cientos de miles todos los días que acuden al milagro de la multiplicación de algo insignificante que les es devuelto en forma de debates, reportajes, comentarios, mesas, charlas, coloquios, imágenes difusas, cotilleos y un sinfín de personajes secundarios que alimentan, como los apostoles, puntos de vista cada vez más sorprendentes, más retorcidos, más milagrosos.

Como la Basílica del Palmar todo parece ser una broma, un pequeño timo, que se ha ido poco a poco descontrolando hasta coger una pendiente peligrosa.

Ahora sólo nos queda saber cuanto más va a durar todo y cuál será la próxima revelación.

Nota del Insustancial: "La televisión es nutritiva" es uno de los himnos a la Tecnología del grupo Aviador Dro que, no sin cierto optimismo, preconizaban desde comienzos de los 80 con un futuro donde los aparatos electrónicos y los avances en el campo de las ciencias nos harían evolucionar hacia otro tipo de especie que fuera mitad máquina y mitad ser humano. Pese a que el cuento sonaba bien lo cierto es que se ha convertido en justamente lo contrario. En todo caso es una gran canción.

martes, 5 de octubre de 2010

El espíritu del golfista más raro del mundo


Pensábamos que era un tío raro. Era de esa gente que, pese a ser tremendamente normal, tiene algunos rasgos que te inquietan. En su caso era un bigotillo fino y bien cuydado y otra cosa. Una cosa que estaba en lo profundo de su ser y que te desconcertaba por completo. Había codazos de "mira que raro es" cada vez que venía a vernos y comentarios de "mira que tío más curioso" cuando alguien colgaba el teléfono después de haber hablado con él o después de leer un e-mail suyo.

Quizás todo se debiera a que era una persona poco punzante y mansa. Educadísimo, atildadísimo...no es que fuera la alegría de la huerta pero era un tipo afable.

La vida de aquel colaborador consistía en moverse de un lado a otro, en andar, en ver gente, en frecuentar cualquier espacio público, en encontrarse con este y con aquel. Un reflejo de otros tiempos en los que los periodistas hacían su vida en la calle casi por completo. Lo bueno de ese tipo era que parecía conocer a todo el mundo y, cuando nos encontramos en Barcelona, me di cuenta de que podía ir a cualquier parte porque en todas partes lo conocían y parecía no tener enemigos.

Yo siempre me lo imaginaba como uno de esos personajes secundarios de la biografía comiquera de Boldú o como uno de los muchos compinches de los periodistas mayores que conocí años después y que parecían haber llevado una vida vibrante como el fotoperiodista Cesar Lucas. Me lo imaginaba de boites, alternando con la gauche divine, haciendo esas crónicas festivas y noctívagas consistentes en, básicamente, salir de noche y conocer y saludar a este o aquel.

Lo que más me gustaba del colaborador este era que siempre tenía temas, siempre tenía personajes, siempre podías rellenar con sus contenidos. Quizás el mayor handicap era que le costaba hacer preguntas bordes o incisivas y había que pincharle y decirle hazle esta o esa pregunta a este maromo que nos interesa que hable de esto o de lo otro. Lo visualizaba muchas veces repasando con el dedo la lista de preguntas, sentado al lado de la estrella de turno excusándose segundos antes de soltar el preguntón: él era así, un tipo majete que prefería no cerrarse puertas. Ya digo que era un reflejo de otros tiempos, de otra forma de hacer las cosas.

El caso es que andábamos cerrando un número. Leche. Los cierres solían ser criminales en los primeros tiempos y estábamos acostumbrados a vivir en el ambiente que retrata Carlos Giménez en Los profesionales es decir, mucho trabajo nocturno en medio de un ordenado caos (chistes, birras, carcajadas, salidas de tono y mucho trabajo...aunque parezca mentira). A veces da igual el tiempo que le eches a las cosas porque si quieres que queden bien nada parece suficiente. Al menos todavía se podía fumar. Un editor inglés nos visitó una vez y me vió escribiendo en el teclado mientras sostenía un cigarrillo encendido entre el dedo índice y el corazón. Se echó a reir diciendo que sólo había visto trabajar así a gente mayor con la que había trabajado en sus comienzos. En Europa hace años que no se podía fumar en las oficinas.

Bueno, pues necesitábamos una entrevista y a alguien le había parecido bien que fuera una entrevista con un deportista. En el primer número habíamos tenido bastante éxito con una entrevista a un futbolista y alguien quería repetir. Digo alguien porque esa es una de esas sugerencias que flotan en el aire pero que nadie acaba por asumir que sea suya cuando se acerca la hora del cierre y tienes todavía dos páginas en blanco. "¿A quién se le ha ocurrido esto?" decía el redactor jefe. Sin respuesta. Miramos en la nevera que es el gancho donde se cuelgan todos los temas intemporales y los que no han salido del todo bien. Mal asunto. Si un tema es intemporal y no tiene fecha de caducidad quiere decir que ya ha nacido un poco muerto o sabido ("20 cosas que hacer cuando te quedas soltero", "Las chicas más sexys que trabajan en bingos", "Aprende como tu novia te pone los cuernos"...) o que no ha quedado lo suficientemente bien aunque, a la hora de ejecutarlo, pareciera una buena idea. Nosotros teníamos una amplia nevera, temas de las ediciones de la revista en otros países de los que sólo había que tirar para traducir.

Por alguna razón este recurso nos parecía facilón. Queríamos imprimir nuestro sello en cada página y hacer un buen trabajo. Así era la cosa. Siempre te recomiendan que te conviertas en un mercenario pero, lo normal, es que si te gusta lo que haces te acabe por nacer la conciencia de que tienes que hacerlo lo mejor posible. A nosotros las horas de redacción, ese ambiente de "los profesionales", nos había unido alrededor de esa idea. La verdad es que había mucho potencial para hacer las cosas bien: ¿Por qué simplemente copiar?

Rendidos miramos en la nevera y nada. No había nada. Entrevistas con personajes poco conocidos en nuestro país como jugadores de cricket o de futbol australiano.

Menos mal que sonó el teléfono y allí estaba el colaborador.

-"Oye, que me voy a Shanghai".
-"Pues muy bien...traeme un bol de sopa de perro".
-"Ya, lo traeré".
-"O mejor, una de esas bailarinas que tiran pelotas de ping pong con el bandujo".
-"Vale...pero, a ver, céntrate. Que me voy porque se hace un torneo de golf y voy a cubrirlo. ¿Quieres un reportaje?".
-"Esto...¿Pero juegan desnudos? ¿es una competición hombre vs. mono?
-No, es un campeonato normal.
-Es que si es golf normal no. ¿No tienes nada con un deportista que me puedas apañar?
-Hombre, allí van a jugar algunos de los mejores del mundo.
-¿Sabes si va a jugar Miguel Ángel Jiménez?
-Sí, pero es que ese lleva unos años muy malos...
-Da igual, quiero una entrevista con Miguel Ángel Jiménez. Hazla, venga.
-¿En serio?
-Si, pero la tienes que hacer a toda hostia y mandármela a toda hostia.
-Vale, vale...¿Se lo has dicho al redactor jefe?
-No, pero seguro que está conforme...
-Quieres que hable con él...
-No, no, no. Tranquilo.
-Es que tengo que publicar algo que si no...
-Que sí, tranquilo.

Si el colaborador me pedía tanta certificación para la entrevista era por dos razones: no se cobra lo que no se publica aunque esté requerido y porque ha sido invitado al evento por una agencia de prensa que sólo gasta dinero en un billete, en un hotel y en unos cuantos gastos si se cerciora de que la información va a ser publicada, es decir, si no publicas nada tras haber abusado de su cuenta de gastos es posible que te tachen de por vida de su lista. Desgraciadamente las cosas se hacen así hasta donde yo tengo conciencia. Muy pocas publicaciones corren con los gastos de una aventurilla tipo "oye, que me piro quince días a la selva a ver que encuentro que me han dicho que hay una tribu muy curiosa". En defensa de esta y de otras publicaciones donde he trabajado quiero decir que siempre se han fiado de sus trabajadores de plantilla y han abonado religiosamente billetes y hoteles si existía la posibilidad de hacer un buen reportaje.

El caso es que el redactor jefe no tenía ni idea de mi encargo. Glabs. Bueno. Segunda parte.

-Oye, que le he dicho al colaborador que nos traiga una entrevista de Shanghai.
-¿Shanghai? ¿Una de esas tías que lanza bolas con el toto? ¿Un chef que cocina platos con perro? ¿Un adiestrador de monos? ¿Jackie Chan?
-No, como andamos buscando un deportista le he encargado una entrevista con Miguel Ángel Jiménez.
-¿Miguel...Quién? A, ver, Insustancial-Ito...
-Un golfista profesional. 
-Hijo mío, ha sido decir "golfista profesional y me he quedado traspuesto. Dilo otra vez.
-Golfista profesional
-zzzzzzz ¿no ves? Me duermo. Al menos jugará desnudo.
-No, es de Málaga y fuma puros.
-¿Lleva fotógrafo? 
-No hay que pillar foto de agencia. 
-Te odio. 
-Ya. 
-Enséñamelo. 

Me puse al ordenador y le enseñé una foto de Miguel Ángel Jiménez. Alias "Er Pisha". Nacido en Churriana (Málaga). Pelo largo y rizado rubio en plan Harpo Marx, fumándose un puro como Fidel Castro.

-¿Ese pelo es suyo? 
-Sí. 
-¿Y fuma puros cuando juega? 
-Entre hoyo y hoyo.
-Vale, te sigo odiando. 
-Y yo. 



 
Miguel Ángel Jiménez es de esos deportistas de antes. De cuando los deportistas en España nacían un poco por generación espontánea y en medio de las condiciones más adversas: como Severiano Ballesteros, Chema Olazabal, Manuel Piñero y un largo etcétera de golfistas profesionales Jiménez no conoció una escuela de golf como tal y entró en contacto con este deporte en la forma en la que entraban en contacto con este deporte la gente pobre, es decir, vivían cerca de un campo de golf donde trabajaba algún familiar y entraban a trabajar allí como caddies. Es decir, llevando la bolsa con los palos, recogiendo bolas en el campo de práctica y matando los tiempos muertos entre cliente y cliente jugando al golf. 

Mi padre trabajó durante años en una escuela que estaba dentro de un campo de golf. Sus alumnos eran los caddies, chavales que se querían sacar el graduado escolar mientras curraban. El título de EGB era una de la única titulación que se le pedía antes a los que querían emprender una carrera como profesionales del golf y también un entretenimiento estupendo entre cliente y cliente. Es decir, mi padre impartía clases a unos alumnos que, de pronto, tenían que largarse a currar y dejar la cosa a medias. Es por eso que me imagino bastante bien por lo que tuvo que pasar Miguel Ángel Jiménez y otras de las grandes estrellas de nuestro golf. Que nuestro país, donde el  deporte de la pelotita y el palo ha sido básicamente algo elitista, haya alumbrado a la mayor estrella mundial de todos los tiempos, Severiano Ballesteros, tiene tanto que ver con la casualidad como con la propia forma de jugar del cántabro: aprendió a jugar en una playa con un palo viejo acompañado de su hermano, un terreno donde había que golpear la bola fuerte. Luego sólo tuvo que retener esa primera experiencia en su cabeza y seguir jugando así toda la vida aunque lo hiciera sobre la impecable superficie del Club de Augusta donde los bunker, las trampas de arena, ni siquiera utilizan arena sino un caro y exquisito polvo de mármol. 

Jiménez ha ganado ayer la Ryder Cup siendo nuestro único representante en el equipo tras el bajón de juego de la nueva generación golfística. Lo ha hecho como es él. Como un tipo raro y fuera de onda, demostrando un juego duro y alegre. Un poco como es él que es de corazón rojo (votante socialista, al parecer) en un mundo que parece un coto privado de conservadores. Por si las moscas conduce un Ferrari. Otra contradicción. O quizás algo que se ha querido comprar porque como ha dicho en alguna ocasión "lo ha ganado sin robarle a nadie".

La Ryder Cup es una de las pocas competiciones golfísticas donde se juega por la honra: Una selección europea y una selección de jugadores norteamericanos se enfrentan cada dos años (una vez en Europa, una vez en USA) para medir sus fuerzas. Sin dinero de por medio, sin cheques, sin nada más que el placer de jugar por jugar, por batir al contrincante. Todas las selecciones europeas quieren desquitarse delante de los americanos porque son los que tienen el circuíto más potente, el más rico, el más grande y los americanos quieren patear a los europeos porque no conciben que un juego como este haya sido una cosa inventada por pastores escoceses. Así de sencillo. Simple y llana mala hostia. Es por eso que cada Ryder se convierte en un combate abierto y en una escaramuza previa: Si se juega en Europa se elige un campo corto y cabrón lleno de curvas, de trampas, que premie lo técnico y el trabajo en equipo donde somos superiores. Si eligen los americanos se decantan por un campo largo, plano, donde triunfe un golf de golpes largos y sin concesiones. Da igual que del lado europeo jueguen tipos que le pegan fuerte o que del lado norteamericano esté un tío como Tiger Woods que es muy técnico, que es el puto amo. Siempre se elige lo peor para el rival. 

Jiménez ha hecho una gran Ryder pese a que no contaba. Lejos quedaban sus años de triunfo donde demostró su mejor golf y en los que, paradójicamente, fue apartado de la Ryder por su amigo Severiano Ballesteros. Corría el año 97 y la Ryder llegaba al Campo de Valderrama, un campo que Jiménez conocía a la perfección pero...Ballesteros eligió a Garrido (otro grande) y le pidió a Jiménez que le hiciera de co-capitán porque conocía ese campo a la perfección. Aceptó el asunto y se dedicó a lo suyo. Lo hizo muy bien y se llevó el abrazo de todo aquel equipo que sabía que había renunciado a jugar.

Carismático hasta decir basta Jiménez está presente incluso cuando su juego es peor. El golf es un deporte muy cabrón. Consiste en meter una pelotita en un agujero que está a varios cientos de metros sorteando lagos, árboles, trampas de arena  y, sobre todo, sorteándote a tí mismo...es un juego donde tienes que estar mejor de coco que de cuerpo. Es pura técnica. Un deporte ligero físicamente pero de gran carga mental. Un día puedes estar muy bien y que pasen tres meses hasta que recuperas tu forma de jugar. Es por eso que entre los golfistas hay gente tripona que parece que acaba de salir del pub.

Hace unos años, uno de esos tripones, John Daly (americano) ganó un par de torneos grandes. Mataba el stress, según sus palabras, jugándose los beneficios de los torneos en el casino más cercano y bebiendo como un hooligan. Es de los pocos golfistas a los que se ha visto por televisión echándose un pitillo antes de golpear una bola determinante. Muy mal de pasta y teniendo que asistir a reuniones de alcohólicos anónimos, jugadores anónimos y forums del control de la ira Daly se vio obligado a hacerse el circuito americano viajando en una autocaravana en plan gitano, cabra y trompeta. Era puro show, un show a veces triste (tenía ataques de cólera sino jugaba bien y era palabrotero hasta decir basta) pero un show en toda regla. 

Jiménez mata el stress comiendo sardinas en Málaga y fumando puros, alejándose de la figura del golfista tradicional. Un genio. Con 46 años todavía tiene golf en los brazos pero parece que se aburría ultimamente y tenía un golf intermitente que ha ido apareciendo con más fuerza y persistencia cuanto más grandes son los comentarios alrededor de su posible retirada. Este año ya ha ganado tres torneos (tiene 11 de los 18 torneos que se celebran en Europa) y la Ryder Cup.

El malagueño siempre será uno de los nuestros. Con sorna recibió ayer las felicitaciones de Colin Montgomery que prefirió no poner demasiado peso sobre sus hombros pese a que ayer se zampó con patatas a Watson e inició la remontada europea. Él, a su bola, se paseaba por el campo galés llevando la bandera europea colgada al cuello como si fuera una capa, de pie, sin nerviosismo aparente, esperando que los puntos cayeran uno detrás de otro. Al final se le veía alegre porque hace dos años los americanos nos hicieron puré en un campo criminal llamado Valhalla (con unos hoyos 13, 14, 15 y 16 que eran una trampa mortal) y porque este torneo le vale para revindicarse como uno de los grandes del golf pese a no contar nunca demasiado -aunque sus números son increíbles- y pese a ser un golfist atípico como los golfistas atípicos y geniales que hemos tenido en nuestro país. Lo de Jiménez es el triunfo de lo raro sobre lo convencional, de lo extraño sobre lo establecido.

Miguel Ángel Jiménez quizás tenga una página discreta en la historia del golf, posiblemente no sea recordado como uno de los 10 o 20 mejores jugadores de todos los tiempos (Ballesteros, Tiger Woods, Jack Nicklaus, Nick Faldo...) pero, sin duda, su espíritu, su forma de ver este juego, de reducirlo a un entretenimiento, de teñirlo de humanidad, de meter a capón la sonrisa en un juego serio, de insertarle algo de gracia es la mayor de sus aportaciones. Fuera de las declaraciones rimbombantes de grandeza y gloria, de ese aburrido ganar por ganar, del juego mecánico y sin alma, de la tradición inglesa, de la furia norteamericana haya un discurso como el de Jiménez que pone los pies en la tierra y que es capaz de embocar un albatross a 209 yardas (es decir, meter la pelota en dos golpes en el hoyo en lugar de cinco) en un torneo o en sacar una bola golpeándola contra un muro a espaldas del hoyo como hizo en el pasado British Open. 

Pese a que dicen que está mayor yo todos los años creo que Jiménez, el tipo del puro, ganará por fin un Masters de Augusta o levantará un PGA o un British. En 1986, cuando Jack "El Oso" Nicklaus parecía estar para el arrastre y partía desde las peores posiciones posibles fue capaz de ganarle en Augusta a un Ballesteros en plena forma que parecía que iba a volver a ganar la dichosa chaqueta verde. Tenía también 46 años y también decían que se estaba retirando. Todos los años espero que emerja el golf de Jiménez, ese rollo tranquilo, que sea capaz de ser genial durante los cuatro días de uno de esos torneos que se le resisten. Al fin y al cabo se lo merece aunque sólo sea por ponerle un poco de color a la historia. 

Estoy seguro de que, cuando comenzó a jugar todo el mundo se fijaba en sus pequeñas rarezas, como nos fijábamos nosotros en las de el colaborador aquel del bigotillo, es posible que todo el mundo dijera que qué raro era, pero ahí estaba, siendo un misterio, sin saber si lo hará bien o lo hará mal pero llevándose de maravilla con todo el mundo. 

En el fondo, para escribir y para jugar al golf, sólo tienes que tener ganas, no desesperar e ir poco a poco. Quizás no tengas un puesto reservado entre los grandes pero, al menos, siempre podrán decir que lo pasaste bien haciendo lo que te gustaba y que lo hiciste como pensabas que había que hacerlo.

Nota del Insustancial: Era inevitable elegir "Un buen día" de Los Planetas como banda sonora para esta entrada dedicada al golf aunque sólo sea por la temática de su vídeo clip. Más allá de eso Los Planetas son de esos grupos que cuando vas a verlos en directo nunca sabes lo que te vas a encontrar lo que tiene mucho que ver con el tema tratado.

domingo, 3 de octubre de 2010

Soltando al hurón (felices e ignorantes)


En El País de hoy se habla del caso del matemático ruso Grisha Perelman. Un genio que decidió retirarse después de resolver la Conjetura de Poincaré en 2002 y que, desde entonces, ha renunciado a varios honores y, sobre todo, al millón de dólares que el Instituto Clay le quería regalar por su trabajo. 

Al parecer Perelman vive como un ermitaño urbano y se le puede ver un poco sucio y vestido con ropa vieja en los alrededores de su apartamento del que apenas sale para pertrecharse de lo necesario. El artículo equipara, en cierto modo, la conducta esquiva del ruso con la que mantuvo el ajedrecista Bobby Fischer tras retirarse de la competición mundial en 1975 cuando debería de haber defendido su título de campeón frente al ajedrecista Anatoly Karpov.

En realidad las únicas similitudes entre la historia de Perelman y la de Fischer no llegan más que ahí: ambos abandonaron la práctica pública (no creo que el americano dejara de jugar al ajedrez en la intimidad de su retiro y que Perelman tenga alguna dificultad para seguir investigando en el campo de las matemáticas) jóvenes y en pleno éxito y que, desgraciadamente, han sido fotografiados vistiendo fuera de los dictados de la moda y careciendo de cierta higiene personal.

De hecho Perelman ha optado por callarse desde hace ocho años y Fischer no paró de hacer desafortunados comentarios durante su vida y protagonizó algunos escándalos lamentables.

A ambos, eso sí, se les achaca la posibilidad de ser enfermos del síndrome de Asperger, un tipo de autismo que, al parecer, es el culpable de la genialidad de cientos de personajes famosos de las ciencias y de las artes (desde el actor Dan Aykroid hasta Newton pasando por Bill Gates, Syd Barret o Tim Burton). 

Es decir, el Síndrome de Asperger es una enfermedad (aunque se pone en duda si lo es) que afectaría sólamente a las personas que destacan en algún campo. ¿Es molón tener Asperger? Bueno, al parecer sí, o al menos, es una justificación ideal para leer la vida de los genios. Si te dedicas a resolver complicados enigmas matemáticos y llevas zapatillas de deporte con traje y eres un poco tartaja no es que detestes los zapatos y te dediques a las matemáticas es que, seguramente, tengas Asperger. 

De hecho, he conocido a algún autonombrado genio que me ha confesado tener esta enfermedad o, al menos, algún tipo de autismo leve como signo inequívoco de su elevado estatus intelectual y sus pésimas habilidades sociales. En este caso concluiremos que sí, que tener Asperger es molón pese a ser un poco molesto para la gente que te rodea que, bueno, si saben que eres rarito te entenderán mucho mejor.

En el artículo de El País, por tanto, se ponen de manifiesto algunas de los prejuicios que tenemos hacia la gente inteligente: viste mal, es aburrida, no le gusta la gente, tiene actitudes antisociales y, todo esto, por culpa de tener esa dichosa enfermedad que tiene la gente lista o, peor, de ser demasiado inteligente lo que es, en definitiva, un obstáculo para tener una vida normal.

Al parecer lo que es inconcebible es que Perelman (o Fischer) no disfrutaran de sus logros. Es decir, que su noción de la fama y la popularidad no fueran las aceptadas universalmente. Si Perelman, por ejemplo, después de resolver la Conjetura de Poincaré se hubiera retirado igualmente pero hubiera aceptado todos los honores, hubiera concedido todo tipo de entrevistas y, finalmente, aceptado el cheque extendido a su nombre por el Instituto Clay y reconvertido esos fondos en trajes, bañeras y una casa de diseño seguramente sería señalado como un excéntrico pero no como alguien que, al parecer, está como una regadera. Más que nada porque lo único que ha hecho Perelman ha sido borrarse del asunto público y permitir ser fotografiado con ropa de mala calidad y con el pelo revuelto (dice el artículo que como un vagabundo). En realidad Fishcher, que se hizo arrancar las muelas porque creía que el KGB le había introducido micros entre otras lindezas, sí dio señales de tener el hilo musical de El Corte Inglés sonándole todo el rato dentro de la cabeza. Perelman ni siquiera. 

En Público, hoy también, Umberto Eco denunciaba que un periódico italiano había sacado una noticia sobre él titulada: "China está cerca". El texto, acompañado de una foto en la que se le veía comiendo en un restaurante chino, versaba alrededor de eso, de que estaba comiendo en un restaurante chino. A partir de ahí el texto, firmado por "redacción" que es un sinónimo tristemente extendido últimamente en la prensa, trataba de sembrar dudas alrededor de Eco, nada más. El asunto trataba de advertir del peligro de que un conocido izquierdista estuviera comiendo en un restaurante chino como símbolo inequívoco de que la invasión de la economía del país de Mao estaba, como Hanibal, ad portas.  Amargamente, el semiólogo, se quejaba de la proliferación de este tipo de textos alarmistas que no tienen otro interés que sembrar dudas sobre ciertas personas. Dudas un tanto peligrosas en un país gobernado por Silvio Berlusconi.

No digo que el artículo sobre Perelman persiga crear dudas sobre el matemático pero, lo cierto, es que desde un punto de vista informativo es completamente irrelevante: la única noticia que hay del Planeta en el que habita Perelman es que no hay noticias y publicando un artículo de este tipo no saltamos una de las máximas periodísticas que antes estaban vigentes y que reza inequívocamente como "no news, good news" ("no hay noticias, buenas noticias").

De unos años a esta parte nos hemos acostumbrado a que la prensa sea tremendamente moralista, a que genere opinión o, peor, a que cuando es capaz de lo anterior emita opiniones que comparten sus lectores pero, sobre todo, nos hemos acostumbrado a que los medios de comunicación se conviertan en una especie de controladores de la actividad pública (o de la carencia de la misma) de todo tipo de personajes. 

Es lo que yo llamo "soltar al hurón". Cuando todavía era legal el uso de hurones para la caza tuvimos en casa varios de estos simpáticos bichos, bueno, simpáticos cuando estaban en casa porque, adiestrados para la caza se convertían en un bicho de lo más violento. La forma de cazar era simple: se introducía al animal dentro de una conejera y se colocaba una pequeña red en la salida de la misma. El tranquilo conejo, al descubrir que tenía una visita no deseada, salía corriendo hacia el exterior y se metía en la red. Fácil, limpio y sencillo. Detrás del hurón y del pobre conejo siempre salían dos o tres más por diferentes salidas provocando una singular estampida de bichos.

Escribir artículos de este tipo (y este no es, ni mucho menos, tan doloroso y no utiliza unos métodos tan crueles) sólo tiene como objetivo generar esa estampida. Medios mucho menos serios que El País usan desde hace demasiado tiempo a hurones travestidos en incómodos señores y señoras con micro en ristre que se dedican a introducirse en la madriguera del famoso con el único objetivo de que este salga corriendo frente a las cámaras y así poder adjetivarlo en la huida con preguntas capciosas: ¿De qué huye? ¿Por qué huye? ¿Qué hay de malo en contestar dos preguntas? ¿Qué llevaba en la huida? ¿Qué escondía? ¿No iba demasiado rápido? ¿No iba un poco sucio? ¿No es raro que se comporte así? ¿A donde va? ¿Con quien? ¿No es extraño ese comportamiento? ¿Tiene miedo de algo? ¿Es esa huida un símtoma de que está mal de la cabeza? ¿Si está mal de la cabeza será porque tiene Asperger o porque bebe o toma drogas? ¿Y si bebe y toma drogas y todo a la vez?

Cada una de esas preguntas obtiene, a su vez, una conjetura creada por un observador (colaborador le llaman ahora aunque, en realidad, deberían de llamarlo "colaboracionista") que ocupa tiempo y espacio en medios a precios irrisorios y que, a su vez, sirve para extender otras conjeturas, hacer otras preguntas que, a su vez, son contestadas por otros observadores de la realidad que, esta vez, apoyan sus conjeturas en testimonios de observación etc. etc. etc.

En un mundo tan ruidoso como este el silencio nos llena de terror. Si permaneces en silencio, básicamente, la cagas. La decisión de Perelman de dejar de existir públicamente no es tomada como una solicitud de no ser molestado (por razones que pueden ser tan sencillas como estar agotado o de tener cierto pudor) sino como una invitación a, en términos matemáticos, despejar su incógnita. Si para Perelman descifrar la complicada Conjetura de Poincaré fue un reto que, sin duda, lo apasionó no dejar de ser interesante que, paradójicamente, él mismo haya construído la Conjetura de Perelman que, para los que no saben nada de matemáticas, se ha hecho tan atractiva por contener todos los elementos que se necesitan actualmente para publicar historias: misterio, gotas de malditismo, silencio...

Si ahora, en este mismo momento, estamos acostumbrados a que el famoso se exhiba diariamente tanto porque quiere exhibirse (Belén Esteban echando a su marido de casa, Angelina Jolie en misión pastoral para UNICEF, Javier Bardem en una rueda de prensa promocionando una película) lo cierto es que si el famoso decide no ser famoso esto nos indica que algo no anda bien. Es más, los medios más preparados para la caza, los que cuentan con más hurones, suelen invocar al sacrosanto mandato no ya solo de informar en total libertad (un argumento tremendamente torticero) sino de que si no se coopera convenientemente con este mandato se está atentando contra este derecho inalienable y se está recortando la libertad de presa e información. El argumento es tan claro como falaz: usted tiene que abrirme las puertas de su privacidad para permitirme que yo haga mi trabajo. Es decir, el derecho a la privacidad es siempre menor al derecho de información algo francamente falso si tenemos en cuenta de que, en la mayoría de los casos, las vidas investigadas no son las de personas que ostenten cargos públicos o se dediquen a actividades delictivas. Y, en todo caso, dudo mucho de que un cargo público tenga que abrir las puertas de su casa de par en par para que veamos su vida cotidiana si es que no hay sospechas de que en su water cuelga un cuadro de Miró...y esto, en todo caso, sería una actividad más propia de un juzgado que de un medio de comunicación.

Pero, además de toda esta perorata sobre si en realidad la palabra "ética" no exista formalmente (lo dice uno que ha forzado los límites semánticos de esa palabra muchas veces en el ejercicio de su vida profesional, que uno no es un santo aunque le hubiera gustado aspirar a tal título y ser un Woodward&Bernstein redivivo), lo que flota sobre el texto de Perelman es una sencilla idea: el que es listo no sabe vivir y es, por tanto, no un excéntrico sino un idiota peor que usted y que yo (más como yo, créanme), el que es listo vive al margen de la felicidad infinita que a cualquiera de nosotros asocia no ya a recibir galardones sino a que un Instituto norteamericano decida recompersarnos con un millón de dólares. Lo que extiende un mito: la ignorancia es felicidad y si tienes la cabeza llena de ideas lo normal es que te conviertas en un tipo raro. Un consuelo para los que, intelectualmente, no levantamos dos dedos del suelo y sí sabemos disfrutar de la mandanga. 

Si Perelman hubiera estudiado más en la Universidad de la Vida (que no extiende títulos oficiales) seguramente sabría haber puesto a buen recaudo ese milloncejo y habernos dado la tranquilidad de saber que se lo está gastando en cosas útiles. Si Perelman (o Pynchon o McCarthy o...o los muertos Fischer y Salinger) concedieran más entrevistas a lo mejor sabríamos que sus vidas no tienen interés, que sus hijos son feos, que sus esposas son aburridas, que su vida es un coñazo y podríamos tranquilizarnos con otra idea aún más estupenda: son listos pero no han sabido tener una vida a la altura de sus logros, una esposa con curvas y apetencias de actriz porno, unos hijos singularmente atléticos, una casa espaciosa con Thermomix y TDT...son unos mierdas por mucho que sean grandes profesionales.  

Por encima de otras valoraciones: la ignorancia nos vacuna contra la infelicidad o, por lo menos, contra la necesidad de rebuscar más allá del convencionalismo. Nos ayuda a integrarnos (y no a ser unos apocalípticos como decía Eco) y a pasar mejor el trago.
Le pregunté una vez a un hombre muy sabio sobre su renuencia a aparecer en los medios, a estar más activo públicamente, a volver a publicar cosas más comerciales y me contestó en esos términos: "No doy conferencias porque me aburren soberanamente y no tengo la necesidad de explicarme. Mi discurso está en los límites de lo que escribo. Y, sobre escribir más, te diré que es que siempre he considerado que soy un poco vago".

"Vaya, es un vago", pensé. Y me quedé mucho más tranquilo. En el fondo, era un poco como yo.

Nota del Insustancial: Antonio Galván es un músico que se esconde bajo el nombre de Parade. Sus canciones acercan a la ciencia de un modo sentimental extendiendo, a su manera, el mito romántico del científico algo que, en los tiempos que corren, no es muy habitual. Suena fantásticamente bien. Su disco "La fortaleza de la soledad" (2009) es francamente bueno. Que disfruten.  

miércoles, 29 de septiembre de 2010

La contradicción de Roy Cohn


Roy Cohn fue un abogado que, en la década de los cincuenta, se hizo famoso por ser la persona encargada de llevar a la cámara de gas al matrimonio Rosenberg.

Lo tenía todo a su favor: el matrimonio era judío y era fácil azuzar levemente el antisemitismo en la sociedad americana de los 50 donde todavía imperaba (de forma más intensa que en la actualidad) la idea de que EEUU es un país construído por y para hombres blancos temerosos de Dios. Los Rosenberg además estaban acusados de ser comunistas y de haber pasado a la URSS toda la información necesaria para construir la bomba atómica con lo que también podía agrandar un poco la cada vez más extendida creencia de que los rojos estaban llevando a cabo una silenciosa pero fructífera invasión que tenía como objetivo destruir el país desde dentro. Cohn jugó bien sus cartas y fue capaz de conseguir, sin demasiado esfuerzo, una condena a muerte. Hizo el trabajo sucio que, se entiende, una democracia no debe hacer: instigó a testigos, forzó testimonios, amenazó a diestro y siniestro y se le permitió excederse en todas y cada una de sus funciones. 

El Gobierno buscaba desesperádamente dar una lección ejemplarizante a los simpatizantes de la otra superpotencia y, sobre todo, encontrar a dos víctimas propiciatorias que maquillaran un poco el hecho de que los dirigentes norteamericanos tenían una deficiente seguridad que les hacía incapaces de mantener sus secretos bajo llave. 

Roy Cohn buscaba desesperádamente hacerse famoso y poderoso (sobre todo lo primero) y no tuvo empacho en interpretar el papel de baluarte de las libertades, un papel incómodo que, a veces, te fuerza a romper las reglas del juego e ir un poco más lejos diciendo eso de "sí, vale, se que lo que estoy haciendo no es muy limpio pero, en todo caso, esto no es más que un mal menor".

La  Guerra Fría fue ideal para Cohn. Es posible que, para entender esta etapa, haya que tirar de la anécdota que se cuenta en el estupendo Los hombres que miraban fíjamente a las cabras (Jon Ronson, Ediciones B) en el que un funcionario de la CIA informa a un superior de que sería bueno comenzar a gastar fondos públicos en el desarrollo de planes que tuvieran como objetivo investigar en el campo de la telequinésis y la telepatía porque los rusos les estaban tomando ventaja en el asunto. Al preguntar el superior sobre cómo los rusos estaban haciendo algo tan raro el funcionario le cuenta que, cosas del destino, fue la propia CIA la que inventó el bulo de que estaba desarrollando este tipo de investigaciones para poner nervioso al rival y que este, se lo había tomado tan en serio, que decidió tirar para adelante. 

¿Era verdad que los rusos estaban llevando a cabo una secreta invasión, una infiltración en la sociedad americana con el objetivo de predisponer a las masas a favor de Stalin o, peor, de instalar alguna vez a un niño educado secretamente como un bolchevique para llegar a la Casa Blanca y abrirle la puerta de par en par a los bolcheviques? ¿Era posible que esto no fuera más que una artimaña propagandística que se les había ido de las manos a todos pero que, había sido tan bien extendida, que ya era imposible discernir entre lo que era verdad y lo que era mentira?

Pues eso parece. El caso es que el pánico era tal que, la administración americana, no tuvo empacho en como dijo Malcolm X sobre el asesinato de Kennedy: "Poner a las zorras a cuidar del gallinero".

Tras el juicio a los Rosenberg Roy Cohn llamó la atención del director del FBI, Edgar Hoover, que se lo recomendó expresamente a Joseph R. McCarthy. 

Los tres fueron las zorras que cuidaban del gallinero: Hoover se hizo famoso por mantener una de las redes de espionaje de ciudadanos más amplias e intensas de Occidente llevando a veces sus métodos a lugares donde ni la STASI se atrevió a llegar convirtiéndose en la oreja de América y centrándose en cualquier personaje que resultara de algún modo incómodo. Gracias a Hoover, que convirtió al FBI en una especie de "Sálvame", conocemos al dedillo la vida sentimental de la familia Kennedy, los devaneos amorosos de Luther King, la lista completa de actores y actrices homosexuales y un sinfín de cotilleos sobre Elvis y otros personajes públicos que, poco a poco, fue filtrando sin demasiada piedad. 

Detrás de ese alegre oreo de los trapos ajenos se esconde, claro está, un denodado intento por controlar al personal pero, también, la necesidad imperiosa de esconder los trapos propios como el hecho de que era gustoso de vestirse de señora (algo que hacía en la estricta intimidad) y de mantener una larga e, imagino, deliciosa relación con  Clyde Tolson, un director adjunto del FBI. Curiosamente a Tolson le fue entregada la bandera que cubría el ataud de Hoover (algo que sólo se hace con la familia o con la viuda) lo que se interpretó como una póstuma salida del armario. Cuando Tolson murió, por cierto, fue enterrado a muy pocos metros de Hoover.

Por su parte Joseph R. McCarthy era un paleto con cierta maestría en el arte de la demagogia que se presentó frente al pueblo americano como un patriota que no tenía miedo en usar las mismas armas que se le intuían al enemigo soviético para ponerlas al servicio de un fin mayor. Esto es, el colmo de la demagogia que consiste en instaurar un reino de Terror para luchar contra el terror. A McCarthy le debemos eso de ser el inventor de la "Caza de brujas" y su lista negra y, como no, de acuñar el término McCarthismo con el que definimos en la actualidad cualquier maniobra política que tenga como objetivo la persecución ideológica de un colectivo concreto utilizando todo tipo de elementos de presión a su alcance.

Las razones de McCarthy para ello hay que buscarlas en un tío bastante poco inteligente que creía, claramente, en lo que predicaba un discurso sencillo (America está invadida por judíos y rojos) que llegaba con claridad cristalina a la masa que, básicamente, pensaba en los mismos términos que él. Huelga decir que el senador tenía también algunos muertos en el armario como una cierta incapacidad a estar sereno más de dos horas al día, un matrimonio de acomodo (de esos de fugaz resolución como los que se vieron en el PP del primer mandato Aznar y que tantas y tantas leyendas han alimentado) y el creerse plenipotenciario e intentar presionar al ejército con una historia de unos contratos y, lo que es peor, iniciar una especie de cruzada personal contra cualquiera al que se le ocurriera criticar su gestión. El caso más sangrante es el que le llevó a enfrentarse directamente contra el periodista de la CBS, Ed Murrow, al que se le ocurrió dedicarle un programa especial en el que denunciaba su gestión. Este asunto estuvo bastante bien retratado en Buenas noches y buena suerte, aquella película de George Clooney donde se recogía este emocionante discursillo de Burrow. Aquí.

El caso es que Cohn deslumbró a Hoover, un hombre con poca tendencia a dejarse impresionar, y al propio McCarthy que fue automáticamente seducido por las buenas formas del siempre bien arreglado Cohn al que le perdonó, incluso, el hecho de ser un señorito bien de New York y judío. 

Ambicioso, y algo torpón con sólo 24 años, Cohn se vio de pronto en medio del lugar donde pasaban las cosas importantes: en la Comisión de Actividades Antiamericanas. Ese aquelarre de confidentes y acusados montado por el Senado Americano para lanzarse a la ávida caza del comunista. ¿Los métodos? Los mismos que le hicieron famoso en el Juicio contra los Rosenberg y, además, las cámaras. El delirio de las cámaras, la atención mediática necesaria para ser querido y aceptado por todos, lo más de lo más. 

De pronto Cohn descubrió que podía poner a Hollywood, a todas esas estrellas que se pavoneaban por los escenarios de medio mundo, bajo su bota. Vamos, el sueño de cualquiera. ¿Se acuerdan de aquella amenaza de Gómez de Liaño en los tiempos en que los jueces eran estrellas mediáticas de "hacer que todos esos hicieran el paseillo" para referirse a políticos y gentes del grupo PRISA confesada a Baltasar Garzón en medio de una comida? Pues la misma satisfacción recorrió el espinazo de Roy en aquellos instantes. 

El problema es que los que había decidido que fueran sus secundarios de lujo, sus vírgenes de camino al sacrificio no parecían estar por la labor de hacerle la pelota y, en un clima cada vez más cargado, comenzaron a aparecer las primeras preguntas sobre la idoneidad de maltratar públicamente a la ciudadanía. 

Es más, comenzaba a dar la sensación, de que todo aquello del Comité se estaba convirtiendo en una pasarela de egos descontrolados que ya no se paraban sólamente en investigar a sujetos (la mayoría de las veces sentados ante la comisión por haber sido delatados por compañeros o, en algunos casos, por haber apoyado al Comité de Ayuda a la República Española) por sus actividades políticas sino que también se les invitaba a declarar sobre su vida privada...y estas son las cosas que, a la gente, comenzaron a no gustarle del joven Cohn porque, bueno, uno podía estar seguro de no ser un cochino comunista pero de lo que no estaba nadie seguro es de que su vida fuera lo suficientemente recta como para no llamar la atención de estos, a priori, defensores de las buenas maneras.

No fue eso, sólamente, lo que hizo patinar a Cohn (el ser un cotilla desmedido) sino algo, curiosamente, que a todo el mundo (Gobierno y Sociedad) le pareció más sangrante: en 1953 Cohn convenció a McCarthy de contratar como asesor a un viejo amigo llamado G. David Schine. 

Schine y Cohn eran amantes. En 1954 Schine fue llamado a filas y Cohn, con ayuda de McCarthy, comenzó a presionar al ejército para que su colaborador no tuviera un destino demasiado duro, para que no hiciera demasiadas guardias y, sobre todo, para que bajo ningún concepto fuera destinado a una base fuera del territorio norteamericano (Japón, Alemania...). La presión de Cohn comenzó con algunas llamadas a los mandos directos de Schine y, al ser despreciado, comenzó a llamar directamente a los que cortaban el bacalao bajo la amenaza de comenzar a dirigir los esfuerzos del Comité que practicamente dirigía hacia las Fuerzas Armadas y liar "enorme petate". 

El caso es que alguien dijo basta, ese alguien fue el secretario de defensa, y se instauró un comité para dirimir cuáles habían sido los métodos utilizados por McCarthy y Cohn contra el ejército. En franca caída McCarthy dejó las cosas correr y Cohn, temeroso de que se supieran las verdaderas razones de semejantes desvelos hacia su compañero de trabajo decidió largarse de nuevo a New York donde comenzó a trabajar como abogado. 

Como suele ocurrir con estas cosas, y es algo de interés, al pueblo americano no le importó que estos tres personajes pisotearan las libertades, hicieran un uso perverso de sus cargos y, más o menos, dejaran tras de sí una forma algo extraña de entender la defensa de las instituciones (ahí está Guantánamo, ahí están las operaciones encubiertas de la CIA en Europa en los años 70, ahí está la Puerta de Alcalá...) pues todo el mundo percibió, como se percibió tras el 11-S, que era necesario perder un poco de terreno y de libertad para combatir una amenaza que, en definitiva, no es otra que perder terreno y libertad pero, eso sí, lo que no le hizo gracia a nadie es que se descubriera que el inmenso poder que aquellas personas habían acumulado y que tenía que estar dirigido a ponerlos a todos a salvaguarda de convertirse en un distrito postal de Minsk fuera malgastado en fruslerías como hacerle la mili más agradable a un noviete. 

Curiosamente, en la práctica privada de la abogacía, Cohn fue defensor de mafiosos y de tíos sin escrúpulos quizás pensando que si había fracasado en su carrera por ser famoso y querido posiblemente tendría la oportunidad de ser famoso y odiado además de devolverle a todos esos gañanes incapaces de entender el fin último de su misión todo el mal y la vergüenza que le habían procurado. No es de extrañar que el siempre volatil y estúpido Roy Cohn fuera investigado por asuntos monetarios y que pese a que pensaba que una vez fue el tío idoneo para decirle a los demás lo que tenían que pensar fuera incapaz de caminar recto y no salirse de los términos de la ley algo que parece una industria imposible para alguien al que se le permitió disfrutar de los placeres de estar por encima de las mismas leyes que juró defender.

No es de extrañar que la penúltima aparición en los círculos políticos de Roy Cohn fuera asesorando a Richard Nixon, uno de esos tipos que como Cohn, Hoover y McCarthy pensaba que siempre es necesario tener una nutrida agenda de fulleros y mangantes sin escrúpulos que hicieran el trabajo sucio ese de bajar a la cloaca. Ni que decir tiene que la leyenda política cuenta que Cohn asesoró, años más tarde, a Reagan que lo llamó a su lado cuando el simpático actor-presidente comenzó a tener pesadillas sobre la amenaza comunista aunque, anteriormente, también se dice que fue uno de los cerebros que desestabilizó a Jimmy Carter negociando con el gobierno iraní la puesta en libertad de los rehenes norteamericanos que el régimen de Jomeini había secuestrado en el asalto de la embajada en Teherán sólamente si Reagan ganaba las elecciones. Qué delicioso sátrapa.

Como todo en la vida de Cohn fue contradicción, en grado sumo, quizás la lucha de un hombre contra sus propias pulsiones (esa lucha que tanto recomienda la Iglesia Católica) el abogado tuvo una intensa y poco precavida vida amorosa que lo llevó a contraer SIDA -lo más grave- y dicen que a gastar una ingente cantidad de dinero en ropa, lujazos, fiestorras y, imagino, dislates de rajá hindú. Murió completamente arruinado (perseguido por Hacienda) y su cuerpo descansa en un cementerio municipal de lo más corriente.

La compleja personalidad de Roy Cohn (un cuadro formado por un judío que alimentó el ansitemitismo, un homosexual que persiguió homosexuales, un delincuente que trabajaba persiguiendo delincuentes...) se ha convertido en obsesión y referencia de escritores tan dispares como Vonnegut o Chabon, su vida fue encarnada por James Woods en Ciudadano Cohn y por Al Pacino en Angels in America amén de que su presencia ha sido determinante para entender los avatares de las políticas llevadas a cabo por las diferentes administraciones que estuvieron en la Casa Blanca durante la Guerra Fría como un ejemplo de sus excesos. 

En el fondo Cohn consiguió su objetivo, ser famoso incluso después de muerto, y su legado político y personal bien podría haber inspirado esta acertadísima frase de esa otra zorra llamado Henry Kissinger: "Hay asesores que es interesante tener cerca para que te den su opinión y hacer justamente lo contrario".  

 Nota del Insustancial: en 1970 Waldo Salt recogía el Oscar al mejor Guión adaptado por su trabajo en "Cowboy de medianoche" (1969, John Schlesinger). Toda la troupe de Hollywood se levantó para aplaudir al guionista que había formado parte de la dichosa lista negra impulsada por el senador McCarthy. Pese a que se nos suele contentar con el pensamiento-caramelo de que la censura, de algún estúpido modo, sirve para que los artistas sean más ingeniosos a la hora de hacernos llegar su mensaje y cosas parecidas lo cierto es que Salt (como Trumbo y como tantos otros) tuvo que malvivir trabajando bajo seudónimo en muchos casos en producciones de segunda categoría. Como ejemplo: Waldo Salt escribió desde su recuperación "Cowboy de medianoche", "Serpico" (1973, Sidney Lumet), "El día de la langosta" (1975, John Schlesinger) y "El regreso" (1978, Hal Ashby) que le supuso otra estatuilla. "Everybody´s talking" era el tema principal de "Cowboy de medianoche" cantado por Harry Nilsson...