martes, 2 de noviembre de 2010

Museo Coconut: ¿Lo primero era mejor?


Muy acertadamente Manos de Topo tituló a su segundo álbum “El primero era mejor”.

"Ortopedias bonitas", su primer largo, había sido un enorme éxito si tenemos en cuenta los parámetros artísticos de la banda y el lugar que un proyecto de estas características podría haber ocupado de no haber sido descubierto por una crítica musical entusiasmada con el hecho de apuntarse el tanto del descubrimiento de una rareza, tan extraña, en nuestro propio mercado.

Era inevitable pues que, tras este hit, el recibimiento de la segunda obra de Manos de Topo  fuera recibida con muchísima más frialdad no sólo porque el grupo ya no era una novedad a la que colgarle la siempre agradecida etiqueta de “revelación” sino también porque, de pronto, Manos de Topo era algo que estaba en boca de todo el mundo y, por lo tanto, ya no era ni tan raro, ni tan exclusivo.

Podría decirse, por ejemplo, que “El primero era mejor” era un disco que asentaba definitivamente el estilo del grupo o que canciones como “Lógico que salga mal” o “Eva Sannum” eran la certificación de que algo andaba muy bien  (o clínicamente fatal) en la cabeza del grupo pero, al parecer, lo que un año antes de era de un insoportable ingenio al pasar el tiempo no era más que una desesperante cucharada más de algo que ya se había probado con anterioridad. Al parecer ni siquiera rayar al mismo nivel puede considerarse como bueno.
Lanzados pues al ejercicio comparativo los críticos siempre suelen quedarse con el flechazo que tuvieron con las primeras obras de los artistas que les sirven después como medidor de calidad. La sensación de estar frente algo único y genuíno es tan perdurable que, bueno, suele lastrar cualquier trabajo posterior con un sincero: “El primero era mejor”.

Muy pocos apreciaron el hecho de que Manos de Topo estuviera tan agudo a la hora de elegir el nombre de su segundo álbum adelantándose a lo que las críticas, previsiblemente, dirían de este segundo trabajo. Es más, pareció sentar mal. Tan mal que muchos contestaron a la broma con un seco: “tienen razón”.  Comentario, que por otro lado, no deja duda de lo en serio que se toma la crítica así misma y que, aunque suele demanar autenticidad y principios, normalmente deriva en sus gustos tanto que es imposible saber como acertar por ser, muchas veces, tan permeable y variable como la moda de temporada.
Cuando Paramount Comedy se la jugó produciendo un programa tan raro como “La Hora chanante” nadie, ni siquiera dentro de la propia casa, podía haber calculado el impacto de la serie. De hecho, en un acto sin precedentes, “La Hora chanante” fue creciendo poco a poco sin más objeciones internas esperando a que, por fin, alguien se diera cuenta de su presencia.

La carrera como stand up comedians de Joaquín Reyes primero y de Ernesto Sevilla después era más conocida que el propio programa que vivía en la división de los que creían estar frente a un programa para “frikis” o frente a un programa hecho por gente que no tenía ni puta gracia.

Su entrega mensual permitía que la cadena repusiera muchos episodios y, poco a poco, el humor chanante fue tomando la atención de un grupo pequeño pero muy fiel de seguidores que repetíamos ya las consignas gambiteras e incorporábamos los giros de los personajes de “Testimonios” (Karpov, Gorbachov…).

De hecho en mi testimonial (y técnico)  paso por el programa (lo que seguramente me convertiría en una 
especie de Pete Best Chanante o en esos parientes lejanos de los famosos que escriben biografías sobre estos) se respiraba un ambientillo de libertad creativa tan agradecida como sorprendentemente rara. Creo que en menos de tres semanas repetí como 450 veces la frase “¿Pero esto, quiero decir, va a pasar?”. Y pasaba.

En 2004 una revista en la que yo trabajaba le dedicó el primer espacio largo (una doble que incluía un diccionario de términos “chanantes”) al programa. Llevaba dos años en antena y, curiosamente, en esa redacción había tres “fans” del programa. Como fans habíamos visto el programa crecer y sabíamos que conectábamos con el humor del mismo como muchos lectores que demandaban saber más del programa o, por ejemplo, muchos que nos escribían preguntándonos qué coño era aquello que habían visto en Youtube.

El interés de la prensa generalista por las actividades “chanantes”, hasta ese momento, había sido francamente pequeño o nulo y, aunque ya Joaquín Reyes, disfrutaba de cierto status de outsider y se adivinaba como una figura del humor patrio (Antena 3 incluyó un rarísimo especial de “LHC” en su programación navideña que no llegó a ninguna parte en 2003…por cierto un apreciadísimo esfuerzo por salir de la caspa habitual) parecía que les costaba salir adelante pese a que la incorporación de talentos como Julián López o Carlos Areces al equipo original aumentaba las fronteras del programa.

Cinco años después (2002-2007) y cuando parecía que Paramount Comedy había decidido echar el cierre tras un tiempo sin producir nuevos programas LHC era un hito, un fenómeno y sus componentes (en grupo y por separado) reclamados en todo tipo de producciones.

LHC se reconvirtió en septiembre de 2007 en Muchachada Nui  y, bueno, se notó que el equipo de humoristas estaba en la tostada. Quiero decir, de pronto, todo el mundo era un entendido en La Hora Chanante y todo el mundo parecía exigir el nivel de calidad presuntamente perdido del programa original.
Siempre me han dado ganas de preguntar: “¿Y donde cojones estábais vosotros cuando se estaba obrando el milagro?”. Quiero decir, daba la sensación de que todo el mundo había visto todos los programas desde el día en el que Joaquín apareció en pantalla imitando a David Hasselhoff en la azotea de un edificio madrileño.
Los índices de audiencia y, sobre todo, el éxito lento de LHC hablan por sí solos de este particular. Incluso, yendo un poco más allá, hablan del absoluto desinterés sobre un programa pequeño producido por una cadena temática. ¿Hacia donde estaba mirando la gente en ese preciso instante? Pues nadie lo sabe a ciencia cierta.

Sin embargo si era bastante revelador el hecho de que, de pronto, si lo agradecido unos meses antes era saberse de pé a pá los contenidos del programa lo que en ese momento se puso en boga fue tirar del caballo a Muchachada Nui entonando un certero: “El primero era mejor”.

El suavísimo impacto en la red del estreno de “Museo Coconut” en Neox ayer (no en audiencia, que la muchachada tuvo un 4´5) no deja dudas de que Reyes y compañía bien pueden felicitarse y decir eso de “Ya hemos llegao”. Sí, pese a haber trabajado en Paramount, La 2 y ahora Neox no me cabe duda de que el caudal de comentarios apunta a que ya se comienza a tratar al fenómenos Chanante como un ex fenómeno en toda regla y que, a partir de ahora, van a volar mucho más solos.   

Ya nadie quiere darse por sorprendido ante los chistes de estos cómicos y muy pocos están dispuestos a apreciar el hecho de que, pudiendo ofrecer un poquito más de lo mismo, los “Chanantes Nui” (¿?) se hayan arriesgado en un nuevo formato para ellos como es el de la sitcom.

Aprecio, en lo personal, que los dos primeros episodios de “Museo Coconut” me recordaran a “The Mighty Boosh” y, sobre todo, a las producciones británicas de BBC tanto en su puesta en escena como en su planteamiento. Agradezco el interés del grupo de Reyes por ir un pasito más allá en el actual panorama y de ser fieles a una idea y a unos planteamientos cómicos iniciales sin recaer en lo visto anteriormente que hubiera sido facilísimo.

“Museo Coconut” parece que no le va a cambiar la vida a nadie pero, sin duda, para muchos es una especie de hito esperanzador: demuestra que se pueden hacer cosas diferentes sin temor.

El viernes pasado hablaba con un buen amigo del momento en el que se estrenó “Acción mutante” (¡qué vejez la nuestra!) y de cómo nos tomamos aquel estreno como una especie de acto fundacional. A partir de entonces, pensamos, se harían más cosas, cosas más cercanas a nosotros. Luego la historia te atropella pero, bueno, no deja de ser interesante que se hagan cosas completamente nuevas.

“Museo Coconut” es un trabajo todavía por hacer y, si no recuerdo mal, muy pocas series de TV consiguen alcanzar la perfección en las primeras emisiones. La sensación es que irá creciendo y que irá ofreciendo más. Eso es bueno. Que lo haga poco a poco también lo es.

Comparar este nuevo trabajo con lo anterior es completamente absurdo porque tiene muy poco que ver con lo visto hasta la fecha. Habrá que esperar. Por ahora lo que hay me gusta y me parece sujeto a los parámetros cómicos de los tíos estos que aterrizaron en Albacete.

No hay que pedir paciencia, ni una oportunidad. Eso sería ridículo. Cuando el humor se convierte en algo personal es muy difícil que sea trasladable y, si no te gusta, si no comulgas con este tipo de humor es mejor que veas otra cosa. La risa es un mecanismo fundamentado en un movimiento propio y muy pocas veces compartido. Así es “Museo Coconut”, un paso más allá. Veremos hacia donde nos lleva. A mi, por lo pronto, me gusta.   ¿Lo primero era mejor? No creo, era simplemente diferente. 

lunes, 1 de noviembre de 2010

Una historia en bicicleta (Ron McLarty)



En su faceta de actor sólo recuerdo haber visto a Ron McLarty una vez en pantalla. Hacía un pequeño papel en "Mensajero del futuro", esa película en la que Kevin Costner se empeñaba en reconstruir los pedazos de Estados Unidos tras una especie de episodio apocalíptico en la que los malos eran unos tipos vestidos de naranja capitaneados por un chiflado ex vendedor de fotocopiadoras que había hecho de un estúpido libro de autoayuda una especie de piedra fundacional para su reinado del mal.

La cosa vista así, incluso sale Tom Petty, tenía su gracia. No se, pero ni este título ni Waterworld me parecieron tan horrendas en el fondo...como decía Jim Carrey en "Un loco a domicilio": "Yo la vi y no me pareció que estuviera tan mal".

El caso es que Ron McLarty hacía un papel en "Mensajero del futuro", cosa que descubrí nada más ver su cara en la solapa de "Una historia en bicicleta" en la que se resumía su discreta filmografía y su exigua carrera como escritor.

Según ese mismo texto "Una historia en bicicleta" fue, en principio, publicada en formato audiolibro y la grabación cayó en manos de Stephen King que, al poco tiempo, la incluyó en un artículo donde indicaba que era una de las mejores novelas americanas y que, sin embargo, no podía leerse. El audiolibro no parece tener demasiado predicamento en nuestro país pero en los USA, un servidor de ustedes, se quedó maravillado ante una edición de "La sombra del viento" de Carlos Ruiz Zafón narrada por el autor barcelonés en un inglés de lo más yanqui...quede dicho que me quedé impresionado más que nada porque sigo sin hallar una explicación para el éxito de este autor.

El caso es que King, paisano de McLarty (ambos son del estado de Maine), dio a conocer esta novela tan clásica en su desarrollo y planteamiento como curiosa en su contenido. 

Smithy Ideson es un señor de 43 años que, básicamente, se ha convertido en una especie de desastre con patas. Alcohólico y fumador a duras penas mantiene un trabajo penoso como supervisor de una planta de juguetes (dato curioso: Peter Griffin, protagonista de Padre de Familia tiene un trabajo igual en las primeras temporadas de la serie) y tiene una existencia solitaria marcada por la desaparición de su hermana mayor Bethany. Bethany, aquejada de una extraña enfermedad mental, ha marcado la existencia de Smithy y la de sus padres convirtiéndola en un calvario. 

El último día de las vacaciones de verano los padres de Smithy tienen un accidente de coche en el que fallecen y, de pronto, se queda completamente solo. El día posterior al funeral, cuando está revisando unos papeles, descubre una carta del Ayuntamiento de Los Ángeles donde informaban a sus padres del hallazgo del cadáver de Bethany. Impulsado por un absurdo empuje Smithy decide montar en una vieja bicicleta que su padre le regaló en la infancia y salir a la carretera para cubrir el recorrido que hay entre Maine y Los Ángeles para recoger el cadáver de su hermana que descansa en una funeraria de Venice Beach. 

"Una historia en bicicleta" se convierte entonces en el recorrido vital del protagonista a través de su vida pero también en una especie de liberación personal que lo llevan a convertirse en una persona diferente a medida que avanza en su absurda empresa. 

Smithy, un antihéroe en todos los sentidos, tendrá tiempo en el viaje de dejar atrás su vida anterior en todos los sentidos y de reconciliarse con la única mujer que le ha hecho caso en toda su vida, su vecina Norma una diseñadora en silla de ruedas.

Por "Una historia en bicicleta" desfilan influencias tan raras como Steinbeck, Kerouack, Roth, Twain, Kennedy Toole y, seguramente, la fascinación por el naturalismo americano sombrío (eso que se llama "New American Gothic") que Stephen King retrató en "El cuerpo", aquel relato corto que se convirtió en la película "Cuenta conmigo" y que luego tuvo su continuación en algunas novelas del mismo autor. 

"Una historia en bicicleta" es, por así decirlo, la caricatura de los grandes viajes beatnik y también una especie de mirada cómica hacia esas narraciones sobre "triunfadores hechos así mismos". En este caso el viaje libera al protagonista de su alcoholismo, de su dejadez, de su obesidad (comienza pesando 143 kilos o algo así) pero también de todos sus fantasmas (su hermana, tan presente), de sus errores, de sus inseguridades (con las mujeres) y de su tristeza para llevarlo a alcanzar no una enorme y gigantesca meta sino, simplemente, en una persona normal y libre de prejuicios. 

Amarga y dulce, triste y cómica, la hazaña de Smithy Ide se nos revela como el relato antitético necesario para entender la historia americana de la postguerra pero, más allá, de ser una historia que pretende cargar al lector con las culpas de todo el recorrido insiste en mirar hacia adentro y en incidir en un retrato piadoso bastante alejado de la necesidad de tomar revancha sin perder nada de su ojo crítico.

Frente a la actual moda de la novela que se empeña de la deformación de los hechos históricos y que tiene como escenario alguna perdida civilización y como protagonistas a algunos personajes empachosamente característicos; frente a esa ridícula moda de la "caspa y espada", frente a la ñoñísima y maniquea búsqueda de códigos, griales, espadas mágicas y Dios sabe cuantos fetiches absurdos más y frente a todas esas narraciones que no buscan otra cosa más que trasladarles a todos ustedes la idea de que todo lo bueno, todo lo fantástico, todo lo interesante y todo lo molón tiene por narices que haber ocurrido en un tiempo pasado habitado por damiselas en apuros y hombretones con la cara llena de cicatrices les invito a pasearse por América del Norte a lomos de una bicicleta vieja conociendo la historia de Smithy Ide que, en una sóla línea de su narración esconde más aventura y más interés que en todos esos subterfugios literarios urdidos para decirnos que las cosas son como son y que no hay manera de cambiarlas.

jueves, 28 de octubre de 2010

Tea Party: Rednecks, pistolas y crucifijos.


Casi me caigo de culo leyendo ese pedazo de titular de EL PAÍS en el que un miembro del famoso Tea Party americano dice que quiere que los extranjeros les devuelvan los Estados Unidos.

Un guasón el cateto.

Imaginemos que sí, que los extranjeros les hacen caso y, de pronto, la China Popular (Donde Josep Lluis Carod Rovira sigue llamándose Josep Lluis Carod Rovira y no José Luis como se empeñan en decir los del Tintorro Party) decide arrancar las vías del tren que los inmigrantes chinos -en régimen de esclavitud-  pusieron allí por el siglo XIX. Imaginen, yo que se, que diversos países africanos comienzan a destripar los campos de algodón y tabaco de Virginia o que, digo yo, los europeos que trabajaron en el Proyecto Manhattan deciden desmontar las bombas atómicas. Ni que decir tiene que los del Tea Party mismo no tendrían más remedio que devolvernos Luisiana y que tendrían que renunciar a parte de Texas y de California para que fuera devuelta a sus legítimos dueños (mexicanos y españoles...entrarían en la zaga los franceses) porque si la cosa es que se les devuelva Estados Unidos como era Estados Unidos allá por la Guerra de la Independencia lo normal es que la cosa se circunscriba a los 13 estados fundacionales y que, incluso, Arizona o Hawaii fueran devueltos a sus legítimos dueños.

Ya llevando la cosa hasta su normal extremo (ya que hablamos de extremistas estúpidos) concluiríamos que, a lo mejor, los del Tea Party deberían de pensar en devolver esos territorios históricos a sus legítimos dueños que no son otros que los indios americanos y volverse a Europa de donde salieron una vez.

Quizás estos gañanes que orgullosamente llevan camisetas donde ponen "Educated by FOX" ("Educados por la FOX"...que es lo más cercano a decir que todo tu corpus intelectual lo aprendiste en la "Universidad de la calle") hayan sido adiestrados ("By Fox", claro) en la idea de que son la monda lironda, la pera limonera y que, claro está, han estado ahí siempre.

Lo cierto es que el Tea Party da bastante miedito. Estados Unidos es un país joven y en recesión económica lo que, evidentemente, es caldito de cultivo para este tipo de exabruptos nacionalistas. La Administración Bush (esa reunión de sátrapas) ha manejado el país como si de una manada de búfalos asustados se tratase haciéndolo correr por la verde campiña a su antojo azuzando el miedo al mundo exterior. Es fácil decirle a la gente: "Mirad como estábamos en 1950 y mirad como estamos ahora". Y cuando quieren decir "mirad como estábamos en 1950" quieren decir que vivían en un país donde existía la segregación racial, donde las rigurosas leyes "anticomunistas" pusieron al país patas arriba y donde una pacatería que parecía a simple vista inocente salvaguardaba a la clase media de la injerencia ideológica externa. Es fácil pensar, claro está, en que la América de postguerra era una potencia económica y que la actual navega en unas aguas mucho más inciertas que aquellas más que nada porque se enfrentaba con una competencia inexistente y destruída por la II Guerra Mundial.

Ponte tu a explicarle a estos tipos armados hasta los dientes que el sistema de impuestos de aquella época preveía unas retenciones de hasta el 90% para las empresas más grandes (sí, del 90%) lo que permitió el desarrollo de las economías medias y que todo el trabajo en política social se ha ido recortando debido, sobre todo, al trabajo de macarras como Nixon primero, Reagan después y, finalmente, por Bush Jr.

Se les podría explicar a los del Tea Party que viven en un país que, lejos de ser una unidad de destino en lo racial, se ha alimentado del talento mundial siendo lo suficientemente listo como para convertirse en el refugio de la clase intelectual perseguida por el nazismo o el comunismo; que sus logros deportivos se deben a la herencia esclavista y que su famosa Guerra de Secesión fue algo más que una lucha por la liberación de esclavos. Más bien fue una guerra por la cohesión de la Industria del Norte y la materia prima del Sur y que, nada de esto hubiera sido posible, si no hubiera sido por la feroz aunschluss encubierta que supuso no solo el arrebatamiento de tierras a sus dueños (los nativos), sino también a una contínua y perseverante campaña por la ampliación de fronteras de norte a sur finalizando, como ustedes saben, en la toma de control sobre el Caribe. Por si esto fuera poco los patriotas del Tea Party no entenderán jamás que el café, el azucar, el plátano o la piña que consumen (o el petroleo) es más barato allí que en su país de origen por el saqueo que su país ha hecho de ese amplio patio trasero llamado Hispanoamérica.

Cuando puedes coger todas estas explicaciones y reducirlas a una simple frase ("America es nuestra y nos la tienen que devolver") te ahorras un montón de problemas. Claro.

Hace unos pocos años las noticias sobre esta extrema derecha norteamericana se circunscribían a las milicias Blancas, a esos grupos supremacistas sureños, a ese remedo de Klu-Klux-Klan que parecía cosa del pasado. Esos desdentados agarrados a sus pistolas, encabronados con la idea tramontana de que había una conspiración a nivel mundial que ligaba al FBI con la Casa Blanca y, por ende, con los comunistas y los judíos nos parecían una guasa. Un "como te pasas, chaval" que de cuando en cuando salía de los pantanos para volver reptando a ellos en unos pocos meses que se está haciendo cada vez más visible y cada vez más fuerte. Sin cabeza conocida, excepto Sarah Palin y alguno más, esta ola de rednecks empobrecidos y asustados ha dado la cara por fin y, cuidadito, porque esta vez sí tienen quien les preste el dinero. Al parecer Karl Rove, antiguo advisor de Bush, es uno de los promotores del asunto; cuentan con una estupenda base mediática (Fox, curiosamente presidida por un australiano llamado Rupert Murdoch) y están despertando todos los fantasmas de la cara más asquerosa de la Metrópoli.

Esta América que no ha oído hablar de la HBO, que no sabe quién es Twain o que no vería con malos ojos que se colgara a todos esos liberales neoyorquinos que tanto adoramos por estos lares parece estar dispuesta a llegar hasta sus últimas consecuencias siguiendo los que, hasta la fecha, eran los chiflados idearios del conocido como Partido Libertariano fundado por Ron Paul. 

¿Y qué quiere Ron Paul? Pues básicamente que se vuelva a lo básico: una organización territorial con menos fuerza federal, la reducción total de los impuestos (esto es obsesivo) y, claro está, la "total libertad" para que cada estado, pueblo o individuo decida en plan "Far West" cómo quiere aplicar las leyes en su propiedad. 

¿Se acuerdan ustedes de aquella patraña-documental llamada Zeitgeist? Pues estaba patrocinada por el ala espiritual de los Libertarianos ¿Leen ustedes todas esas absurdeces sobre que el dinero es deuda y cosas semejantes? Pues sepan ustedes que son insidias lanzadas por los mismos libertarianos ¿Quieren ustedes saber quién opina que Dinosaurios, seres humanos y entidades interplanetarias coexistieron en un feliz pasado del que no distamos más de 2000 años? Pues estos mismos chiflados. 

Descontrol armamentístico, fervor religioso al más puro estilo talib, paletismo, nacionalismo feroz...¿Qué? ¿Acojona, verdad? 

Pues pónganse ustedes a explicarles a los del Tea Party que los mismos que los patrocinan son los que han llevado a su país a la ruina y que, paradójicamente, son más ricos ahora que cuando comenzó la crisis...ya verán lo que les contestan: "Que la culpa es tuya, tuya y nada más que tuya, extranjero de mierda". 

La verdad es que lo mejor es darles la razón y devolverles esa América que tanto anhelan, es posible que el 99% de ellos sean devorados por los osos y, el resto, masacrados en plan Little Big Horn. America Über Alles!.
Aunque, esperen porque, a lo mejor todo esto también podríamos aplicárnoslo a nosotros mismos. Sumen.

Nota del Insustancial: Dead Kennedys es uno de los grupos punks más importantes de los Estados Unidos. Su "California Über Alles", tema incluído en el LP "Fresh fruit for rotten vegetables" (1980), era una crítica al entonces Gobernador de California Jerry Brown pero también  al "californian way of life" que promovía ya por entonces una especie de dictadura de la estética, el ejercicio físico y la sonrisa permanente. Jello Biaffra, cantante de la banda, es un activista que emplea la maquinaria del absurdo para continuar una batalla absurda contra los poderes fácticos de su país. Actualmente sigue tocando con los Guantanamo School of medicine...ya pueden ustedes hacerse una idea.

viernes, 22 de octubre de 2010

Tenemos que hablar de Kevin (Lionel Shriver): mitos sobre la maternidad y la pedagogía. Cuando los hijos se vuelven unos cabrones



En la primavera del año pasado me encontré en el centro de Madrid con una antigua profesora. Si la saludé fue porque, en el pasado, se portó francamente bien conmigo y le guardaba mucho cariño. Era una tipa estupenda. El caso es que, como los temas se agotan, le pregunté por su marido y por su hijo. Y contestó "Mi marido está de maravilla pero, sinceramente, nuestro hijo nos ha decepcionado. Es un desastre que tiene un trabajo muy malo y mal pagado, no se, es como si hubiéramos fallado con él, hace tiempo que hemos decidido que lo mejor es que vaya a su aire. No vive, sobrevive".

Aquello me dejó completamente frío. Creo que se me notó porque, después de aquella frase, mi antigua profesora se despidió a toda prisa y yo no tuve ningún interés en retenerla ahí después de hacerme una tan brutal y sincera afirmación. Pensé que, ni mucho menos, aquel discurso estaba preparado y que, por lo que fuera, de pronto aquella tonta pregunta le había disparado un arrebato de sinceridad que podría haberse ahorrado con el "pues bien" evasivo que se le suele regalar a los casi desconocidos. No lo hizo y creo que, de pronto, aquella respuesta la sobrepasó o, de pronto, sintió que había hecho un comentario que de ningún modo parece aceptable.

Después me he enterado que el problema del chiquillo en cuestión no tiene que ver con que sea yonki o que, de algún modo, lleve una vida vergonzante simplemente es que, de algún modo, había traicionado las expectativas que sus padres habían puesto sobre él.

Aquello me sobrecogió porque uno nunca se acostumbra del todo a escuchar a un padre hablar mal de un hijo en público y, seguramente, es todavía un asunto tabú el que las madres se despachen con tanto desánimo a propósito de su grey. De hecho, normalmente, incluso los padres de los peores cabrones de la historia siempre acaban por justificar de algún modo la conducta de sus hijos frente a los extraños. "Era buen chico, pero un poco impulsivo", "era un muchacho maravilloso pero influenciable".

El dolor por la conducta de la descendencia suele ser algo que, principalmente, suele mostrarse sólamente en privado. En cierto modo, en esa justificación, existe el anhelo de que alguna vez la muchachada se redima y comience a comportarse delante de las visitas.

Se habla mucho del instinto maternal. De hecho una gran parte (por no decir) de la humanidad tiende a hablar de esos instintos basándose en todo tipo de argumentos físicos, biológicos, sociales, antropológicos...si miramos en el fondo de nuestro corazoncito comprobaremos que la mayoría de los argumentos suelen ser literarios, pueriles y, la verdad, francamente machistas. Suelen ser interesados, es decir, la mujer tiene un papel predeterminado por su físico y su psique que la empuja a cuidar el nido, ergo, no debería de moverse del nido y respetar el papel de cazador-recolector del hombre y, cuando lo traiciona, se siente mal, desplazada e inutil. No es algo que me invente yo, échenle un vistazo a toda la información que recorre el país estos días sobre las ministras, especialmente sobre Leire Pajín, y se darán cuenta de que gran parte de los delitos que se le achacan son vistos como execrables en una mujer pero ciertamente aplaudibles cuando los comete un hombre. Reconozcamos que el hecho de que las mujeres salgan de casa a trabajar o a buscarse una carrera suele, todavía (Madre de Thor, todavía), cierta picazón. Se suele ver a esa dama, en cuestión como una especie de monstruo que ha renunciado a representar un papel prototípico que, ríanse a gusto, la biología le marca. Parece que las mujeres no tuvieran otra opción para realizarse que el de convertirse en madres o, por el contrario, optar al papel de bruja despiadada y castradora...

Fíjense ustedes en las ampollas que levanta cualquier relato escrito por una mujer, incluso cualquier declaración, en la que se le ocurra decir por ejemplo que sus hijos les parecieron feos, que la maternidad le pareció una tortura y que, de verdad, que no le gustaría repetirlo más.

En "Tenemos que hablar de Kevin" su protagonista, Eva Katchakourian, nos va narrando a través de unas cartas que envía a su marido sobre los días en los que decidieron tener un hijo, las motivaciones absurdas que les llevaron a tomar esa decisión cuando ambos disfrutaban de una vida plena y, sobre todo, el error mayúsculo que supuso tal decisión.

Ni que decir tiene que lo primero que piensas es "vaya, bruja egoista". Sí. Lo piensas. Piensas que es imposible que esa mujer exprese esas dudas sobre la maternidad con tanta frialdad. Luego te enteras de por qué: su hijo Kevin entró un día en un Instituto y mató a 9 de sus compañeros. Sin más.

A través de una estructura epistolar Eva Katchakurian nos va contando como pasó de convertirse en la escritora de guías de viaje y luego en la dueña de su propia editorial a una víctima de un hijo rematadamente cabrón que demuestra todos los rasgos de un psicópata de libro. Nos cuenta como la relación con su pareja, un americanote enamorado de América que se dedica a localizar escenarios para publicistas, se va diluyendo entre una nube de pañales sucios (el muchacho, simplemente por placer, se está cagando y meando encima hasta los seis años), una serie de dolorosos enfrentamientos con amistades y vecinos y un sin fin de salvajadas de las que, su primogénito, es único protagonista.

Esta novela, que tiene todos los ingredientes del desánimo del protagonista de "Pastoral Americana" (Philip Roth), es fría hasta el mareo. Te deja tieso. Sobre todo porque descubres que la protagonista está completamente sola no ya ante un bicho malo sino ante su propio marido que, por una serie de cuestiones más folclóricas que éticas, decide ponerse en todo momento al lado del muchacho. Ya ven, el padre de familia cree que, de verdad, su señora está loca y que ni siquiera los hechos (y es que el niño créanme es un hijoputa) van a hacerle dudar, ni por un instante, de que su familia es completamente modélica. En cierto modo, su forma de sufrir es otra completamente distinta pero igualmente dolorosa.

"Tenemos que hablar de Kevin" se revela como una novela triste y negra que pone de manifiesto los engaños y las trampas que nos tragamos a costa del ideal de familia pero, sobre todo, pone el dedo en la llaga de algunas cuestiones ocurrentemente dolorosas como, por ejemplo, el creciente uso de una especie de pedagogía que parece sacada de libros de autoayuda, una cierta extensión de los mitos expandidos por ciertas revistas y, en definitiva, una especie de mala digestión de los principios básicos de la educación de los pequeños gañanes.

La narración del infierno de Eva sirve a Lionel Shriver, su autora, para repasar el "anonadante" fenómeno de las matanzas de Instituto que se han producido en los Estados Unidos haciendo un especial hincapié en los porqués (tristemente sin respuestas claras) pero poniendo bastante énfasis en las estúpidas medidas que se han tomado para intentar atajarlo. Toda una red de guardias de seguridad, detectores de metales, líneas de delación anónimas (hicieron aumentar el número de avisos en época de exámenes) y toda una red de falso apoyo psicológico y tutelar que, como sabemos, ha provocado la eliminación del estudio de la poesía del periodo romántico (al parecer a algunos Shelley les da ganas de asesinar), la expurgación de novelas góticas de terror, la expresa prohibición de vestir de cierto modo, la persecución absurda de parte del alumnado y toda una serie de medidas pacatas que, al parecer, han tenido como efecto más inmediato que a Marilyn Manson lo miren francamente mal. 

Shriver, de un modo directo, llega a la conclusión de que los adultos se sienten indefensos ante la falta de comprensión que tienen de la vida juvenil (y sus arrebatos) y que han decidido eliminar esa diferencia más como una medida preventiva para su autoprotección que para la protección de un alumnado todavía sin edad penal a la que se le permite, por ejemplo, adquirir todo un arsenal bajo las ya conocidas alusiones a la Constitución. 

Es más, Shriver incluso se permite ir un poco más allá y comentar de pasada la absoluta falta de sentido común que anima todos esos homenajes póstumos, esas ferias del dolor donde los adolescentes pueden sentirse "víctimas" independientemente de que hayan sufrido alguna vez la tragedia (Es absurdo pero, en los USA, un alto porcentaje de los estudiantes de instituto que dijo sufrir  stress postraumático por los hechos de Columbine vivía a miles de kilómetros de distancia...eso no fue óbice para que muchos centros montaran mesas redondas y ceremonias de esas de sentirse mal) lo que para la autora pone de manifiesto que, como tantas otras veces, ciertos padres proyectan sus inseguridades sobre sus hijos viviendo a través de ellos su propio pánico. 

En definitiva esas medidas y esas ceremonias son vistas por la autora como una extensión más de la mala educación dada a los muchachos, del alto grado de pleitesía que se rinde en esta sociedad de hijos únicos a esos chiquitines sobre los que los matrimonios burgueses ponen todas sus esperanzas evitándole cualquier tipode sufrimiento. El niño es, y no de un modo figurado, el auténtico Rey de la Casa del que se espera que en el futuro deslumbre al universo con su presencia, de que sea un Mozart, un Obama, un Rouco Varela...y ese pretendido fulgor de la presencia infantil no permite, muchas veces, ver a sus padres la verdad.

Mientras tanto, y es sólamente a título personal, miren ustedes a su alrededor y díganme que no es escalofriante la pasividad ridícula con que todos esos papuchis y mamuchis demuestran cuando el vástago en cuestión se pasea en bolas por la casa como un Adán ("está en esa etapa"), se dedica a decir con maravillosa lengua de trapo eso de "mamá es una puta" ("tiene mucho vocabulario"), da patadas a las visitas ("lo hemos apuntado a Tae Kwon Do porque apunta maneras"), se caga en los rincones ("no le hagas caso, sólo quiere llamar la atención, sigamos comiendo...ya se que estamos en tu casa pero ahora lo limpiamos") y hace otras tantos actos de terrorismo infantil que siempre son justificados con una beatífica sonrisa y algún pasaje aprendido de carrerilla en una de esas revistas de psicología o en esos libros titulados "Tu pequeño cabrón y tu: guía para criar al perfecto bastardo" o "Aprende a bregar con su psicópata enano mientras te realizas" o "Lista de los 2000 traumas infantiles que tu hijo puede contraer si no le das lo que quiere a los 30 segundos de haberlo exigido". ¿No da la sensación de que muchos papás no reconocen la diferenciación de espacios entre adultos y pequeñines?

Les invito a pasearse por la vida de las familias de la neoburguesía y a conocer mejor a sus pequeños Demian. Francamente interesante. Espero que el sarcasmo, las apreciaciones y la mala leche de su autora no les produzcan mareos o, lo que es peor, unas ganas enormes de no procrear. Advertidos quedan.

NOTA del Insustancial: Les advierto que conozco a padres maravillosos que tienen una progenie para enmarcar...pero es que eso no vende tanto.

miércoles, 20 de octubre de 2010

"A Serbian film" (Srdjan Spasojevic, 2010): sobre el compromiso artístico y las formas que hay de retratar lo bueno y lo malo. Diferencias entre lo correcto y lo incorrecto.


Ayer mismo, con el poder de sintetización alemán* que caracteriza a este blog, se les abrasaba a ustedes con el significado y el significante de la música pop y como, lo que nace con una intencionalidad simplemente estética puede al ser entregado al público convertirse en todo un discurso muchas veces entendido desde perspectivas completamente nuevas y novedosas enfrentándose a una relectura feroz que, muchas veces, lo aleja del objetivo primigenio de su creación.

En el asunto flotaba, creo yo, mi repudio hacia eso que se llama “compromiso”.

“Compromiso” es un término asqueroso que, como todos los términos que se manosean, acaban por no tener ningún sentido.

Más allá de lo que entendemos por “artista comprometido” (digamos, por ejemplo, un artista que es nombrado embajador de buena voluntad de UNICEF o que pone su rostro en una campaña de Amnistía Internacional o participa activamente en el salvamento de ballenas varadas en la costa) existe ahora la percepción terrible de que la obra del artista tiene que estar comprometida con unos valores que se entienden como buenos (los que sean) y que la conciencia artística tiene que estar, en cierto modo, regida por una especie de conciencia del bien común. Es decir, aunque no los comparta, el autor tiene que responsabilizarse públicamente sobre las repercusiones que su obra va a tener sobre la sociedad y hacer una especie de examen de conciencia previo antes de llevarla a cabo haciéndose todo tipo de cuestiones morales y, más o menos, testando si esta aportaría algo a la sociedad en general. De no ser así, por tanto, el artista debería de ejercer una especie de censura previa para evitar males mayores.

La polémica un poco burda que la película “A Serbian film” (Srdjan Spasojevic, 2010) ha provocado tras su paso por Sitges viene que ni al pelo para hablar de todo este asunto.

Una airadísima crítica del diario El Mundo recogía de forma bastante explícita algunas de las escenas más fuertes de la película. De ellas se hacía eco Concha García Campoy en su tertulia de por las mañanas de esta forma. Vean y juzguen.


Es casi todo espeluznante ¿Verdad?

Cinco periodistas alrededor que, indisimuladamente, piden explicaciones por la exhibición pública de una película y, más espeluznante aún, sentenciando sobre lo que es bueno ver y abogando a la responsabilidad y la sensibilidad primero de un director de cine serbio y, luego, claro está señalando con el dedo al director del Festival de Sitges, el muy buena gente Ángel Sala.

Suena mucho más divertido el asunto cuando Nacho Vigalondo se hace eco en su blog del asunto sentenciando, con muchísima razón, que hay una diferencia básica entre la ficción retratada por “A serbian film” y el material pederasta que se intercambia en la red.

Mucho mejor es el comentario del director cántabro cuando asegura que le parece absurdo que en el propio debate los propios contertulios salven de la quema moral a un título tan bestiajo como “Saló o los 120 días de Sodoma” que tiene un contenido aún más brutal pero que, al parecer, sí tiene derecho a ser exhibida por estar firmada por Passolini.

Concha García Campoy, que es uno de los destacados miembros de la ya algo pesadita Generación de la Transición, hace lo que actualmente está muy de moda hacer entre los periodistas que no es otra cosa que sermonear. Y sermonea porque les dejamos sermonear y, también, porque como la propia presentadora deja bastante claro en su blog cree estar en el poder de la verdad absoluta y, lo que es mejor, se permite el lujo de pensar que la generación posterior a la suya (este grupo de, al parecer, lamentables paniaguados que no hemos vivido el Franquismo) tiene que ser dirigida y, claro está, educada en no se muy bien que retorcido ideario moralista, que no moral.

No hay más que echar un vistazo para que quede constancia de que, no solo no se baja del carro, sino que además se atribuye la suficiente carga de conocimiento y visión panorámica adulta como para dirigirse a Nacho Vigalondo del modo más paternalista posible señalando que “utiliza una pedagogía muy básica”.

Bien, si ustedes le echan un vistazo al texto se darán cuenta de la cantidad enorme de contradicciones con el que está hilado y la muy ramplona y pobre explicación de la polémica que da la periodista pero, no sólo eso, sino que contradiciendo un poco los límites de hasta donde llega el ejercicio del periodismo se alegra por la discordia que ha sembrado pese a que, para ello, haya tenido que utilizar unos métodos que salen directamente del periodismo más amarillista posible y que tienen que ver con deformar la realidad para que los hechos aparezcan retratados desde el punto de vista más viscoso posible.

A la lista que tenemos de “titos y titas regañones” entre los que estaban el Tito Marías, el Tito Prada, el Tito Pérez-Reverte y alguno más tenemos que añadir ahora a la Tita Concha a la que parece que no le tiembla el pulso para denunciar algo, aunque sea de oídas.

Francamente, entiendo que a la Campoy como ciudadana despistada que se está tomando un café por la mañana leyendo la prensa le espante la temática de “A Serbian film”, no me cuesta imaginarme a la periodista mojando una galleta María en el tazón mientras lee la crónica sobre Sitges y, de pronto, que su cara se quedara congelada con la galleta humedecida y blandurria en la mano a medio camino entre la taza y la boca mientras que ella leía la noticia completamente anonadada. Yo, que soy muy partidario de que no incluir titulares que te jodan el desayuno, creo que soliviantar al personal y calentarlo ya de buena mañana es fatal para los que vamos en el Metro todos los días y, de verdad, lo entiendo. Más que nada porque la crónica también es amarillenta y se regodea en las peores escenas del film. OK, hasta ahí la labor de la ciudadana despistada: cagarse de miedo. Flipar. Alucinar.

Es entonces cuando la ciudadana Campoy tiene que dejar paso a la Periodista Campoy que, ya desayunada, tiene el cometido principal de separar el grano de la paja e informarse para informarnos.

Es decir, si una noticia te llama la atención, lo normal es llamar a los críticos que el periódico de tu grupo mediático tiene en nómina y preguntar: ¿Esto es verdad? Cuéntamelo que, a lo mejor, tu tienes más gracia. Después llamar al propio director del Festival para que te explique el asunto y, después, valorar si vale la pena levantar la perdiz.

El director de “A Serbian film” no tiene que hacer el ejercicio previo de valorar si moralmente o estéticamente o ideológicamente su obra vale la pena, si puede llevarse a cabo. Nein, nein, nein. Lo diré en palabras de Santiago Segura, amigo del marido de Concha García Campoy y con el que debe de haber compartido dos o tres cenas por lo menos, cuando le preguntaron por si no le daba corte que, a lo mejor, alguien se tomara en serio al personaje principal de su cortometraje “Evilio” (una especie de vagabundo que secuestraba jovencitas y las mataba si no contestaban a sus preguntas correctamente…vaya, jovencitas, violencia, sangre, secuestro…vaya…) y que dijo algo así: “bastante tengo yo con escribir el guión y rodar mis peliculillas como para preocuparme por lo que va a pensar la gente”.

El compromiso del artista siempre debería de recaer sobre lo que hace mientras que el del periodista debería de recaer, única y exclusivamente, en informar. Es decir, en ajustarse lo más posible a la realidad, en no engañar a nadie o, por lo menos, en no soliviantar a la gente o asustarla o calentarla o, lo que es peor, acojonarla (como ocurre actualmente en el 90% de los telediarios donde cada noticia parece indicar que vivimos en la peor parte del Bronx). Lejos de la labor de informar quedan la de educar y, por descontando, exhibir una pobre pedagogía para diferenciar lo que está bien de lo que está mal que, por otro lado, como tantas lecciones suelen darse sin el consentimiento de los propios oyentes/lectores/telespectadores.

Mucho más obsceno que “A Serbian film” resulta la innata capacidad que muestra el ejercicio periodístico de sentenciar incluso antes de haber visto la dichosa película.

Pese a todo la Ciudadana y la periodista Campoy siguen enrocadas en su posición diciendo que “no está mal” (es decir, es un derecho inalienable) el decir si a uno las cosas le han parecido bien o mal. Pues no, puesto que el compromiso del periodista no es sentenciar sino describir la realidad.

Esto de describir la realidad es algo que se le exige mucho últimamente a los artistas, que plasmen la realidad, que nos la cuenten, que se impliquen, que se mojen, que discurseen…pues no, sinceramente, no es labor del cineasta plasmar ni una micra de la realidad que lo rodea, ni siquiera implicarse en ella si no quiere y, mucho menos, tiene que convertirse en un responsable de las tensiones, convulsiones y comentarios que de su obra se produzcan.

En cierto modo el artista decir “ahí os dejo esta cosita a ver que os parece” y luego, si quiere, diluirse.

No estoy en contra del artista comprometido, tampoco del artista que transmite un mensaje, es más, la mayoría de las veces agradezco estas posturas y me parece bien que las personas pierdan su tiempo y den la cara por esta u otra causa. Me parece bien que protesten en contra de la guerra, que escriban canciones que cambien conciencias, que rueden películas que denuncien hechos terribles, que tomen una postura, que hagan tomar conciencia al personal pero, sinceramente, esa es una opción entre muchas otras y nada más.
Lo más curioso de este debatito pequeño es que, en realidad, “A serbian film” es una película de género que quiere hacer una especie de retrato alucinado de la situación que se vive en Serbia. Es decir que, en definitiva, Spasojevic no sería más que un artista que ha tomado conciencia y que se encuentra comprometido con el hecho de retratar los males que asolan a su país. El problema es que, al parecer, ha elegido una forma poco adecuada de hacerlo. Claro.

La cosa va de un ex actor porno que es contratado para una última película, una especie de porno experimental. Los paralelismos con la realidad, están pespunteados con gracia dentro de la narración, es más, el tipo que produce y dirige el cotarro es un psicólogo (Radovan Karadzic, criminal de guerra, era psiquiatra) y por la narración se van entreviendo los males que aquejan a la actual Serbia y, como no, una especie de lectura asilvestrada de los fantasmas del nacionalismo y, por ende, de la manipulación que se hizo de la población para que, como el protagonista de la cinta, acabara asesinando, violando y matando no ya en nombre del cine (la obsesión de este malo es el cine) sino en el nombre de algo tan etéreo como el concepto de patria. Mucho habría que hablar también sobre la estructura de la película (una especie de relectura de la también excesiva y muy mostrenca “Irreversible”) y del final de la misma que no les reventaré por si acaso ustedes se atreven a verla. Desde aquí les advierto: es más un thriller que otra cosa y, sí, es una película que no es apta para estómagos sensibles pero, la verdad, asistimos con enorme pasividad al horror de manera diaria (un horror completamente real) y eso parece hacernos menos daño que una película.


No se me escapa que el tema de los Balcanes es un tema sangriento, violento y con un trasfondo tétrico gigantesco que, para nosotros, espectadores del conflicto bien puede ser algo inentendible desde la distancia. Se me escapan sin embargo, y por completo, los efectos colaterales que la población de Serbia y de los otros países implicados en el conflicto viven día a día, del terrible awakening que debe de suponer despertarse en un país roto por la guerra y que ha nacido tras una historia brutal de genocidio.

“A serbian film” me ha resultado una vomitera, no se si una vomitera buena de esas que te dejan dormir tras un buen empacho, pero sí me da la sensación de que es una película concebida como elemento exorcizador de muchos fantasmas. Fantasmas que su autor ha decidido retratar en forma de notable película de terror, de viaje alucinado por el pasado implicando a la pornografía, a la familia, a la chaladura colectiva y pasajera que provocan un cocktail de drogas de diseño o un buen chute de terrorismo institucional.

No es cosa de dejar atrás tampoco el hecho de que la película que se está rodando dentro de “A serbian film” es algo que va a venderse al extranjero, para que sea disfrutado por un público ajeno que, en palabras del malo de la cinta (Vucjick se llama el amigo) “devora todo lo que tiene que ver con las víctimas”. Dice él mismo que las víctimas es lo que más vende, que es el mejor objeto para ser exportado. Interesante. El director postula, no sin cierta razón, que Serbia exportó un horror televisado que fue digerido por el planeta entero con alegría y que, como todo lo que se ve por televisión, parece rodeado de un halo de irrealidad. Es interesante que todo esto, todo este asunto, se haya disparado por la incapacidad que a veces demostramos por discernir entre lo real y lo ficticio.

Sería sin duda haber hecho una película de buenos y de malos. Spasojevic ha decidido hacer una película sobre un puñado de hijos de puta. Unos hijos de puta que, como ustedes y como yo, navegan todos los días en la difusa frontera que hay entre lo correcto y lo incorrecto. Es posible que estemos ante una peli que evalúa entre los diferentes niveles de "hijoputismo" sin entrar en la tarea de dividirlos pero, también, incidiendo en el terrible hecho de que, de un modo u otro, todos podemos ser tentados por la maldad (aunque esta se aparezca de modo evidente) y participar de ella de un modo activo o pasivo.

Es también posible que el director serbio haya prescindido de ese discurso de "somos una nación dañada y psicológicamente al borde del colapso" y lo haya suplantado por uno más directo que vendría a decir algo así como "A Serbia le dieron por el culo, tenemos el culo abierto y, por desgracia, ha habido tal lío que no sabemos quién es culpable de darle por el culo a quién, quién recibió más y quién dio menos o viceversa. El caso es que estamos hechos un lío y francamente mal de la mollera".

En definitiva “A serbian film” es el intento de un director de cine por transmitirnos cosas, por transmitirnos cosas desde una perspectiva personal, sin censuras previas, sin intentos por moralizar. “A serbian film” es una película de terror, un asunto de género, una peli de la que se va a hablar un montón y que, no me extraña, vendrá precedida de una polémica enorme y se estrenará bajo una terrible presión mediática. El horror balcánico, como el del Tío Creepy, llama a nuestra puerta de nuevo. No esperen una película al uso de las tantas y tantas que se han hecho sobre la Guerra de Los Balcanes, no esperen piedad o misericordia. No. Ahora tienen la oportunidad de disfrutar de un análisis artístico del asunto, de verlo desde otra perspectiva completamente nueva. De eso se trata el compromiso del artista ¿no? De ofrecernos algo, de entregarnos materia con o sin mensaje. Esta es una película que divaga sobre lo correcto y lo incorrecto, sobre la delgada línea que hay entre verdugos y víctimas.Nada más. El ruido lo ponemos nosotros.

Nota del Insustancial: (*) "Sintetización alemana". Un profesor de filosofía de mi instituto decía, jocósamente, que los alemanes eran los únicos capaces de escribir una "Pequeña introducción al estudio de la letra L" y que esta tuviera una extensión de 40 tomos. Desde entonces me atribuyo esa interesante capacidad. 

Nota del Insustancial 1:  Disculpen, como siempre, la extensión insoportable de estos dos últimos post.

Nota del Insustancial 2: Mañana intentaré volver por la senda de lo que es sólamente bueno y bonito. Aunque, la verdad, no les prometo nada.

Nota del Insustancial 3: Si escarban un poquillo y miran a la derecha encontrarán una frase del dibujante Miguel Ángel Martín (perseguido siempre por la polémica) donde hallarán una interesante conseja sobre lo políticamente correcto.

martes, 19 de octubre de 2010

Señora azul y algunos apuntes sobre el pop musical, la cultura popular y la búsqueda de significado



Cuatro músicos españoles intentaron ser un día algo así como los "Still, Crosby & Nash" o, quizás, los "Still, Crosby, Nash & Young" del panorama nacional.

Ellos, uniendo dos nombres de sus componentes y dos apellidos, formaron "Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzman". La verdad es que, al igual que el combo norteamericano, eran una especie de superbanda: Juan Cánovas había tocado la batería en Los Módulos y en el menos reconocido grupo instrumental Franklin (una suerte de banda de rock americano progresivo), Guzmán y Rodrigo habían sido miembros de Solera (una banda de un sólo disco con muchísimo éxito y con un tema titulado "las calles de París" que fue un hitazo en el mercado hispanoamericano) y Adolfo había sido guitarrista de Los Ibéricos. Por contra ellos más que unos artistas (y sólamente artistas) eran unos currantes de la música que siempre tuvieron otras ocupaciones como productores o músicos de estudio.

C.R.A.G. fueron quizás la primera banda española en hacer pop para adultos haciendo confluir sensibilidades tan dispares como la folk o el rock americano, algo de psicodelia, algo de sinfónico, algo de The Beatles, algo de Beach Boys...en cierto modo la formación se posicionó en una tierra de nadie entre las bandas abiertamente experimentales y las directamente comerciales. Un lugar raro e inclasificable que siempre resulta peligroso más que nada porque, ante la falta de una etiqueta la gente suele ponerse francamente nerviosa.

Para explicar lo que digo lo mejor es echarle un vistazo a "Señora Azul", uno de los hits de la banda cuyo significado sigue todavía hoy siendo un enigma. Es más, incluso su título, por cuestiones fonéticas, siempre ha creado controversia: ¿Les pasó a ustedes como a un servidor que durante una gran parte de su vida pensó que la canción se titulaba en realidad "Señor Azul"? Pues es bastante más común de lo que se creen.

De hecho, fue el propio Juan Cánovas (con el que trabajé durante unos meses en la producción de un musical) el que me sacó de mi error cuando, charlando un día en una comida, alguien sacó a colación la canción y escuché de él mismo comentar la gracia de que mucha gente no supiera bien el título.

Con Cánovas, gran tipo, fue con el que charlé muchas veces sobre C.R.A.G. pero más que sobre su paso por la banda (un paso relativo porque siguen ofreciendo conciertos de manera intermitente...aunque sin la participacíon de Rodrigo) sobre el paso del propio Cánovas por el panorama musical español, sobre personajes concretos, discos concretos y, sobre todo, algo que me ha interesado siempre un montón: como se componía, qué trabajo se hacía...

El caso es que, si no recuerdo mal, ni siquiera el propio Cánovas me dio nunca una explicación muy exacta del contenido y la intencionalidad de "Señora Azul", es decir, que me contó que era una especie de declaración de intenciones frente a los críticos, o posiblemente, frente a la falta de entendimiento que siembre existe entre los críticos y los artistas. Ni que decir tiene que, como en la actualidad, muchas grandes formaciones de la época pasaron sin pena ni gloria ante los medios de comunicación de país y que, adrede, fueron completamente ignorados o casi ignorados provocando que grandes proyectos musicales dieran con su culo en el olvido.

Pero, lo que me resultaba más curioso, era que me daba la sensación de que cada miembro de C.R.A.G. tenía una idea completamente diferente de la interpretación que había que darle a "Señora Azul" y que, las declaraciones alrededor de la misma, habían ido mutando con los tiempos no ya solo desde el seno de la misma banda (entre los que se encuentra uno que compuso aquel jingle que el Alianza Popular utilizó para las elecciones europeas, autonómicas y locales del año 87 con un estribillo que decía "Porque corren buenos tiempos/ Alianza Popular" con la música de "The Final Countdown" de Europe y otro que aparecía regularmente en los mítines del PSOE de Madrid para ofrecer un concierto) sino también entre los oyentes que la han ido reinterpretando según pasaban los años.

La lista de interpretaciones más popular parece esta:

1. La canción es una crítica a la crítica musical.
2. La canción es una crítica al Franquismo.
3. La canción es una crítica a la gente que critica a los demás.
4. La canción es una crítica al conservadurismo reinante.
5. La canción es una crítica a la Falange.

Seguramente tendremos que esperar a que los propios miembros de C.R.A.G. se reúnan para ofrecer una rueda de prensa conjunta y explicar el significado de la misma. Pero, cuidado, porque también es posible que los propios músicos no se acuerden bien de las motivaciones que les llevaron a grabar un tema como este ¿No?

En estos días se ha inaugurado en Madrid una exposición sobre el fotógrafo Guy Bourdin, una muestra de 75 fotografías de este señor francés que destaca por estar entre los mejores foteros de moda de la historia. En un telediario, creo que el de La Sexta, la redactora comentaba que esperaba que la reunión de este trabajo ofreciera a los asistentes el verdadero significado de la obra de Bourdin y, sobre todo, del mensaje que había estado intentando transmitir.

Ya ven, necesitamos un significado para quedarnos tranquilos. Algo a lo que agarrarnos intelectualmente, una etiqueta.

Pero, ¿Puede una fotografía de moda transmitir un mensaje? ¿Una ideología? ¿Una cosmovisión? ¿Una declaración de intenciones?

Aquí les ilustro lo que mi amigo, el estilista Cesar del Olmo dijo cuando me quejé de los colores de una editorial de moda: "Este año se lleva el rosa para los tíos y si no te gusta el rosa o no te sienta bien, pues mira, lo vas a pasar mal". Punto.

La fotografía de moda, como otras fotografías, no tiene por qué tener una carga más allá de la estética. Si así fuera, sería incontestable pensar, que si uno le echa un vistazo al catálogo de moda de la temporada otoño-invierno 2010 de El Corte Inglés tendríamos un testimonio exacto de lo que es El Corte Inglés. No es así. vean como ese catálogo de ropa va cambiando año tras año y que los grandes almacenes siguen dedicándose a lo mismo.

La conciencia estética está, muchas veces, completamente ausente y vive paralela a los condicionamientos del momento. Es más, cuando la conciencia estética se globaliza y pasa de ser algo que sólo exhibe un pequeño grupo a popularizarse por completo, descubrimos un proceso de absorción que se hace sin más fracturas y que, simplemente, se acepta o se modela para que sea aceptado por la mayoría. Las crestas de color naranja y los imperdibles punk comenzaron a popularizarse por medio de una serie de diseñadores con la etiqueta de underground, como Vivienne Westwood, y pese a la ruptura que supusieron (tanto con lo anterior, como con lo posterior) acabaron asentándose entre la población y a formar parte de las colecciones de las grandes cadenas de ropa.

¿Tiene por tanto "Señora Azul" que tener un significado que debiéramos conocer? Vale, ya hemos hablado de que es algo que nos inquieta, lo desconocido nos molesta profundamente.

Y si nos molesta y nos inquieta es porque, por un lado, alguna vez hemos sido estafados desde el punto de vista cultural, político o religioso. Si vamos a perder el tiempo escuchando algo, si vamos a perder el tiempo en dedicarnos a algo (aunque sea muy poco) necesitamos sentirnos reconfortados por el hecho de que ese esfuerzo es en aras de algo que vale la pena.

¿Han escuchado "Ojalá" de Silvio Rodríguez? Es una canción que, también, produce bastante controversia, por lo menos, entre los progres. Hace ya muchos años, una pandilla estábamos reunidos y del radiocassette salía la dichosa canción. Para mi es una canción que va de cómo te sientes después de una ruptura, un asunto de encajar mal el golpe, una cosa amarga que ocurre cuando alguien que te importa mucho (hasta el punto de pensar que ni la luna puede salir si no es por ella/él y que la tierra le besa los pasos) se larga y a quien esperas que, alguna vez, se sienta como tu te sientes en ese preciso instante.

Pues alguien de ese grupo dijo que la canción estaba dedicada a Franco y a Pinochet y que, era evidente, que Rodríguez esperaba que a ambos se los llevara un disparo de nieve "para no verlos tanto, para no verlos siempre, en todos los segundos, en todas las visiones". Aunque aquello me produjo risa luego he escuchado a más gente aludir al significado secreto de "Ojalá" como algo unido a la crítica de todos los totalitarismos y, claro está, hace poco que escucho a los nuevos cachorrines de la progresía decir que "Ojalá" es una canción en contra del Castrismo que Rodríguez escribió para castigar al régimen de forma velada.

El recorrido de "Ojalá", por lo tanto, iría también con los tiempos: una canción de amor que se convierte en una canción en contra de los totalitarismos hecha desde Cuba y, en estos tiempos en los que se mira tan mal a Cuba, nos encontramos con que mucha gente declaradamente de izquierdas prefiere tragarse el cuento de que es una canción hecha contra Castro para poder seguir escuchando a Silvio Rodríguez sin sentir que, de algún modo, está apoyando el Castrismo.

En todo caso nadie que mantiene esa teoría en público es capaz de explicar porqué Silvio Rodríguez pensó que Franco, Castro y Pinochet eran los dueños de una "mirada constante, una palabra precisa, una sonrisa perfecta". Y, mucho menos, porqué Silvio Rodriguez deseaba  "ojalá que la lluvia deje de ser milagro  que baja por tu cuerpo".

Pero es que "Señora Azul" no deja más que resquicios a la duda y, si ustedes la escuchan con atención, se darán cuenta de que es capaz de encajar en cualquiera de sus explicaciones populares y, lo que es mejor, puede incluso encajar en predicciones futuras. Por internet ya pululan vídeos con fotos de Esperanza Aguirre y la cancioncita, es decir, "Señora Azul" es tan buena que se acomoda a los tiempos y también sirve para definir a un personaje 36 años después de haber sido compuesta. De hecho es que puede ser achacada a cualquier persona fastidiosa que ve los toros desde la barrera o que se empeña en dibujar una realidad diferente a costa de ser sentenciosa.

En realidad creo que "Señora Azul" es toda una lección sobre gran parte del parte del pop porque el pop, como casi todas las artes que persiguen en primer lugar la plasmación de cierto grado de belleza, no necesitan una declaración de intenciones para ser disfrutadas y, en cierto modo, al sólo querer trasladar un cierto estado de ánimo (en este caso un enfado con alguien, o una ruptura o un que bien me va contigo y que hermosa se te ve) no necesitan una carga ideológica que las sustente.

Y ahí, creo que está la complejidad del pop: saber hacer algo bonito que sólo tiene utilidades sensitivas y, que pese a no trasladar nada más allá de unas cuantas imágenes, es capaz de predisponernos el ánimo y, lo que es mejor, tocarnos cinco o seis botones de la cabeza y predisponernos también a realizar un ejercicio intelectual que nos lleve a preguntarnos qué escuchamos en realidad y, sobre todo, si conecta con nosotros a más de un nivel.

El logro de cierta parte del pop es, a mi entender humildísimo, ser capaz de trasladar las grandes cuestiones de la vida a los rincones más pequeños de la misma, de extender ideas y de hacerlo bien. Lo bueno del pop es que si es bueno parece un entretenimiento leve concebido por mentes complejas. Sin duda, el background sónico e intelectual de C.R.A.G. y de algunos músicos de su época era, por extensión, más grande que el de Formula V, Los Diablos o Los Brincos y eso les permitía escribir algo un poco más complejo, enrevesado y otoñal.

Puedes decir muchas veces "te quiero", claro, pero la gracia consiste en hacerlo con gracia. Puedes decir muchas veces "A la mierda" pero siempre está bien que puedas hacerlo de manera interesante y, sobre todo, por un instante puedes permitirte dejar de ser adulto. No me cabe duda que Los Planetas, Manos de Topo, Love of Lesbian, Francisco Nixon, Nudozurdo y todos los grupos que ustedes quieran meter en el saco de lo pop y de lo indie pertenecen a una escala de músicos que provienen de unas influencias más lejanas pero que, sin duda, son capaces de traducirlas a un idioma más universal. A veces, incluso, prescindiendo de un mensaje intelectual profundo. Lean ustedes a Ricardo Vicente o a Francisco Nixon hablar en sus blogs sobre pintores del siglo XVIII, sobre escritores como Borges o a Jota Planetas comentando la discografía de Morente o escarbando en los padres del nuevo flamenco y se darán cuenta de que esas influencias están ahí, aunque sea en forma de, paradójicamente, ausencia.

No me cabe duda de que, para escribir canciones que dicen "te quiero" (al menos las canciones que a mi me gustan y que dicen "te quiero") se necesita un poquito de todo esto. Aunque sólo sea para darme cuenta de que conecto con los tíos que están detrás de la guitarra y que pertenezco a una sensibilidad más amplia. Incluso me siento reconfortado si alguien me cuenta la misma historia desde un punto de vista nuevo o, a veces, me cuenta una historia diferente desde la perspectiva de siempre.

El pop permite eliminar el mensaje y, con él, la carga de análisis que todo mensaje conlleva. Nos permite disfrutar mientras somos receptores inconscientes de un corpus cultural y eso ya me tranquiliza. El pop, a veces, puede concebirse sólamente como un discurso estético, como un entretenimiento, como una plasmación de imágenes consecutivas que sólo esperan llamar tu atención lo que siempre depende de que estén bien hechas. Una buena canción pop es como un gran arbol bajo el que uno se puede sentar simplemente a resguardarse del sol sin pensar demasiado en nada, en medio de una caminata. Una buena canción pop es un McGuffin, una pequeña engañifa para soportar mejor la trama de la vida diaria. Una buena canción pop es, en definitiva, dos rebanadas de pan de sandwich que puedes rellenar de lo que quieras...otra cosa es que el pan sea bueno y que el relleno sea el correcto. Por contra una mala canción pop sería uno de esos sandwiches de máquina rellenos de esa cosa espesa que sabe a algo indescifrable que la etiqueta dice que es "ensalada de atún".

Una buena canción es un pinball que entretiene y que, además, siempre esconde la posibilidad de sacarle una bola extra.  

sábado, 16 de octubre de 2010

Las mujeres primero (Marcos Borregón, 2010)


(Foto tomada del blog xavisuescun.blogspot.com) 

El amigo Marcos Borregón ha finalizado "Las mujeres primero" un documental sobre el programa de microcréditos para mujeres que la ONG "Amigos de Tara" está desarrollando en India.

La cosa le ha quedado tan interesante y tan bien hecha como "Soy Meera Malik", su anterior cortometraje documental que estuvo nominado a los Premios Goya y que resultó la sorpresa de su año pese a no alzarse con el premio finalmente, y persigue el mismo objetivo: concienciar. Esta vez, utilizando testimonios más directos y usando varias voces.

Sin discurso moralista de fondo Marcos, que es cooperante de "Amigos de Tara", va desentrañando el trabajo de esta y va bosquejando el ideario de esta organización que persigue el asentamiento de bases económicas, sociales y educacionales que garanticen el futuro de India desde un punto de vista más directamente informativo y menos cinematográfico.

Mi reflexión después de verla es que está bien que haya gente que echa una mano por el mundo pero, sobre todo, da mucho gustito saber que es gente que lo hace de forma inteligente.

Pueden ustedes verlo aquí. 

Si quieren ustedes saber algo más sobre las actividades de "Amigos de Tara" pásense por aquí.