sábado, 25 de abril de 2009

Públicos cabrones







Por experiencia propia desconfío, profundamente, en la opinión de los estudios de marketing. He visto fracasar dos proyectos y zozobrar uno (que luego fue un éxito gracias al criterio de los profesionales que andaban al frente de la cosa) por culpa de eso que se llaman "pruebas de producto" y que, al parecer, se aplica con la misma alegría al sabor de un nuevo yogurt (bien hecho, pero no hace falta reunir a unos cuantos gañanes dentro de una sala de interrogatorios para saber qué opinan de un producto lacteo que sabe a mierda) que a la salida al mercado de una nueva revista.

Estos test se hacen de la siguiente forma: Una empresa especializada selecciona con unos criterios dignos de un oráculo (es imposible pensar que a veces lo hacen siguiendo los preceptos del famoso mago africano,"Buen Tún-Tún") a los que se les entrega un producto para que lo prueben y lo examinen durante unos días para, después, convocarlos a una reunión donde en compañía de otros potenciales consumidores puedan comentar los "pros" y "contras" de la cosa a vender. Como la gente no es tonta, ni siquiera los que son capaces de perder la tarde por una merendola y un cheque regalo de 30 euros válido para el Corte Inglés, cuando son introducidos en esa sala rápidamente caen en la cuenta de que las cámaras y micrófonos están ahí para algo y que, previsiblemente, detrás de ese enorme espejo de 4 x 6 metros hay gente que los observa.

En definitiva, pones en manos de un grupo de completos desconocidos (normalmente sin ningún tipo de formación ni académica, ni de la otra...hay que ver lo que a la gente le cuesta mantener la boca cerrada cuando come patatas fritas) todo el tejido humano y económico necesario que has necesitado para hacer un nuevo mando a distancia universal, una serie de televisión o un limpiamuebles. Tan descabellado como suena.

¿Por qué? Nadie quiere tener la responsabilidad única sobre un posible fracaso. Es mejor que, si la cosa sale mal, las culpas estén lo mejor repartidas posibles.

Trabajando en uno de esos proyectos (en el que fue un éxito) me encontré con un tipo llamado L. V. . V. es, posiblemente, uno de los profesionales más acojonantes que me he cruzado en mi vida. Uno de los días posteriores al lanzamiento de aquél pelotazo me fui a despedir de él y me lo encontré echándose un purito y bebiéndose una coca-cola en su despacho. Lo noté cabizbajo. Le pregunté y me contestó:

-"He hecho una cosa terrible, si mañana las cifras de venta no llegan a lo que he calculado es posible que me despidan".

V. había comprado casi el doble de papel del que necesitábamos para reimprimir dos o tres ediciones más sin tener en cuenta el criterio de los jefes. El mercado del papel es jodido y tiene que conocerse bien. Si haces acopio es posible que te lo comas con patatas pero, también, corres el riesgo de que si vendes como churros pierdas mucho dinero porque, de pronto, no queda ni una resma en el mercado o que, de pronto, los precios se hayan disparado...un lío que sólo V., al que vi acertar las ventas totales de una revista dos semanas antes de su salida a kiosco mirando la portada y algo de los contenidos, sabía desentramar.

Salí de la oficina cagado de miedo. Aquel tipo había tomado una decisión dejándose llevar por su simple olfato, por su criterio, por su experiencia. Muy raro en estos tiempos que corren francamente.

A la mañana siguiente V. era una leyenda y un héroe ya que sus optimistas previsiones habían sido rebasadas con creces. Imprimimos cinco ediciones de aquella revista si no recuerdo mal y se vendió hasta el último de los ejemplares. No nos faltó papel. En todo el tiempo en el que tuve el placer de trabajar con aquél tipo del puro y las corbatas "flamboyants" lo vi meter la pata muy pocas veces.

El año pasado estuve implicado en el lanzamiento de un proyecto editorial que se ha quedado en nada y que tendrá que esperar a la finalización de esta asquerosa crisis para ver la luz. Es posible que, cuando queramos lanzarlo, tengamos que regalarlo en DVD porque las imprentas ya habrán desaparecido. La única premisa que puse para embarcarme en el proceso fue no recibir ni una influencia externa de nadie que no perteneciera a la redacción. Suena ridículo pero no quiero tener que discutir con el amigo de alguien sobre el tipo de letra que ha elegido el Director de Arte o meterme en una pelea sobre si los temas de portada son lo suficientemente interesantes con el primo segundo de un comercial que, al parecer, es un lector potencial. Así fue...una pena que uno de los socios fuera, por decirlo de una manera muy suave, un ser humano defectuoso en todos los aspectos. ¿He dicho ya que todos queremos que el fracaso sea colectivo y el triunfo personal? Pues eso, yo también tiro balones fuera.

Lo normal es que preguntemos a las personas equivocadas o que nos dejemos llevar por las vibraciones de eso que se llama masa. Un error que sabían, incluso, los escritores del Siglo de Oro español que comenzaron tratando al público como "avisado" (por "culto") o "egregio" para acabar hablando de "muchedumbre vociferante" o "desocupada". Entre unos adjetivos y otros ocurrió que la Imprenta se hizo cada vez más famosa, el público más grande y, por lo tanto, más vulgar si se me permite llamar "vulgar" al público. No al de aquí, que sería imperdonable.



¿Qué loco podría querer escribir o dirigir o inventar teniendo en cuenta los criterios de alguien completamente "vulgar" contraviniendo la norma de que lo "bueno" es simplemente "bueno para todo el mundo"? ¿Alguien puede imaginarse qué hubiera sido de nuestras vidas si Cervantes le hubiera preguntado a los jaques del mentidero de la Calle del Pez sobre si el tema de su Quijote era acertado? ¿Si el inventor del chupachups Kojak se lo hubiera dado a probar a su suegra diabética? Pues seguramente que nos habríamos quedado sin dos cumbres de la cultura mundial. Nada más y nada menos.
Recuerdo una vez, en uno de estos test que un chico, al presentarse dijo: "Me llamo Periquín (nombre ficticio) y trabajo en prensa". Horror. Se les había colado ¡Un periodista! Bueno, luego con la charla descubrimos que, en realidad, Periquín tenía una furgoneta con la que distribuía el fallecido diario Metro. Aquello no fue óbice para que se declarara "un casi experto en la materia porque leo un periódico, muy bueno por cierto, todos los días" y que se dedicara a dar a los otros muchachos de la reunión una clase, y por extensión a nosotros, sobre "la importancia de poner titulares que entienda la gente llana como nosotros" y luego se lanzara a una defensa del criterio de selección de noticias del diario "Qué"...al parecer era también lector de la competencia. Sobre esas espaldas y sobre muchas otras depositamos una vez una inversión de entre 1 y 3 milloncejos de euros que se consumieron como estopa. En realidad las culpas también aquí están divididas pero, ciertamente, ver como el empuje, el primer espíritu, el enfoque, la filosofía que tú quieres aplicar a lo que haces se va viendo retocado y pervertido por un tipo que, aunque tú te quedes en paro, seguirá con su vida como si tal cosa, no puede ser más frustrante.

Todo vale con tal de que lo que haces sea entendible incluso para el más tonto de los tontos (un monstruo infernal que recibe el nombre de "Super Cretino") parece ser que es el Santo Grial de todo lo que producimos. Un pálido reflejo comercial que, además ha de ser vendido con muchos "¡Yeahs!" y otras onomatopeyas para que resulte atractivo.

Ante este fenómeno los que realmente quieren ver, leer o escuchar e, incluso, los que desearían unirse a este primer grupo se encuentran con que nadie, en realidad, se está dirigiendo a ellos. Como fan de la ración de "oreja a la plancha" (a ser posible con salsa brava por encima) reivindico mi derecho a participar de lo popular, de lo que es sublimemente patatero, de mi dosis de "Callejeros", de las novelas de Corín Tellado o Marcial Lafuente Estefanía; siempre he pensado que era erróneo pensar en que lo popular por serlo, era por definición malo pero, en los últimos tiempos, me encuentro con que ya ni siquiera se intenta capturar la atención de la media nacional si no que ya se pelea por alcanzar la atención de los que están por debajo de la misma ahuyentando no ya a los que leen a Lem, Chateubriand o Virgilio si no a los que, en un futuro, podrían estar interesados en recibir algo más que mensajes directos o directamente pochos.


Mientras que no comprendamos que "hablarle a todo el mundo" no es dejar de hablarle a otro tipo de individuo/individua un poquitín más formado es posible que sigamos empeñados en entregarle nuestro trabajo a unos cuandos desocupados que, en realidad, jamás van a consumir ninguno de los productos que se les dan a probar ya sea por desinterés o porque se conforman con muy, pero que muy poco, estando sus necesidades básicas ya perfectamente atendidas. Es como aquella vez que un cómico en ciernes, estando encima del escenario, recibió una clase gratuíta por parte de un grupo de trabajadores de los seguros a los que su monólogo les estaba pareciendo "malo". El cabecilla se levantó y le espetó al tipo: "Eres muy malo, macho, cuenta cosas, que yo pueda entender joder, cuéntame algún chiste". No es que no se estuviera riendo nadie, no es que la actuación estuviera resultando un fracaso, simplemente es que al tipo me parecía que era buen momento para dar su opinión. El cómico se quedó mirando al tipo y le dijo: "Lo haré cuando yo pueda ir a tu oficina y decirte como tienes que vender seguros". El hombre no contento con la explicación y viendo que el personal se había reído, fuera de sus casillas gritó: "Sí, hombre, después de quince años vendiendo seguros me vas a decir como hacer lo mío, listo". Al parecer hay trabajos que sí permiten la intromisión de extraños al medio y otros no. ¿No resulta francamente chocante? Tratarnos a todos como si fuéramos Peter Griffin sale muy caro. Así nos luce el pelo.

3 comentarios:

Paria dijo...

Uno pensaría que con la fragmentación del mercado habría más sitio para cosas que no buscasen un público mayoritario (En teoría porque ya no existiría)...Pero miras la tele española por ejemplo y te deprimes con el producto nacional. Tiene que ser chungo para un guionista de pongamos Globomedia tener que cortar todas las series por el patrón de los Serrano y meter cientos de personajes de todas las edades para captar público y hacer tramas ridículas de vodevil y escribir diálogos simples y explicativos que no dejen lugar a la imaginación (Como si la gente en España no entendiera House o algo). Supongo que tiene que ser desesperante para los que vivís de ello.

mujer insustancial dijo...

NO te lo vas a creer... pero la semana pasada maté a una ardillita...

Soy una asesinaardillas!!!! No merezco vivir!!!!

Señor Insustancial dijo...

Hola delincuentes,

Paria,
Más que falta de ideas hay una especie de reticencia generalizada a creer en que algunas apuestas arriesgadas pueden funcionar. En realidad no es que no haya calidad es que queremos ocupar la mayor cuota de mercado posible y jugamos a asegurar. Una pena.
Y sí, es desesperante.

Mujer Insustancial,
Eres una criminal, ya sabes que sería una ardilla con un plan, un plan de vida, una cosmovisión y una forma de entender las cosas...un bicho necesario. Como ser humano puedo perdonarte me va a costar más hacerlo como amante de las ardillas pero lo haré. Estoy seguro de que hubo una reacción de peso y que A)la ardilla aprovechó para suicidarse B)lo hiciste en legítima defensa C) Era una ardilla con un plan, sí, pero con un plan nazi y eso no está bien.

Un abrazo para usted y un besazo para usted.