miércoles, 16 de julio de 2008

Trabajo, The wonder years


¿Tienen ustedes un cuñao?
Se parecen bastante a los Sea-Monkeys. Ya saben, la persona que te los trae a casa te los vende como la última maravilla pero, en realidad, son un coñazo. De hecho, al igual que los famosos monitos acuíferos, los cuñaos pueden ser observados un rato como curiosidad pero, cuando se pierde la novedad y descubres que no son la bomba, comienzas a pensar en cómo deshacerte de ellos o en como torturarlos para entretenerte. Yo con el mío tengo suerte, es un Sea-Monkey del bien. No habla de fútbol más de lo necesario, no se empeña en demostrarte que es un manitas, se presenta y se va a su hora y no aprovecha cualquier instante para meterle mano a mi hermana. Se le agradece, conozco otros cuñaos y, yo mismo, he tenido que ejercer ese ingrato papel rodeado de gente que te mira diciendo: "¿Estás mancillando a nuestra pequeña, no es cierto, maldito cabrón?".


Mi cuñao es del fenotipo preguntón-soy una contradicción con patas: Dice que el mundo está mal hecho y que no entiende porqué hay que trabajar y levantarse pronto. Será porque trabaja como delegado de una empresa de Trabajo temporal. Me preguntó que cuantos trabajos había tenido en mi vida. Han sido muchos. Llevo currando desde los 16 y he sido: dependiente de video-club, agente de seguros, caddie, camarero, portero, pinchadiscos, recolector de tabaco rubio (en la finca de uno de mis tíos, una paliza irrecomendable a precios disparatadamente bajos), realizador, guionista, ayudante de producción, jefe de producción, decorador, operador de Efectos Especiales, profesor, animador, coordinador de una muestra de cine, redactor, jefe de sección, redactor jefe...


En todos estos años el mundo laboral me ha regalado algunas de las anécdotas más bizarras que me han ocurrido. Seguramente mi preferida sea la de mi primer trabajo de oficina de verdad. Me contrató, bueno un decir en estos tiempos, una pequeña agencia de publicidad que se dedicaba a hacer videos industriales, spots para teles locales, eventos y cosas así. La verdad es que conseguíamos que muchos de los anuncios de Movierecord parecieran hechos por Scorsese si los comparabas con nuestros curros.
El caso es que la agencia era tan mínima que sólo estábamos dos personas: el que se encargaba de los números y los clientes y yo que me dedicaba al asunto creativo. Los jefes eran los que editaban-rodaban-llevaban la cámara y nunca estaban en la oficina.
Después de una semana allí me di cuenta de que mi compañero de trabajo comenzaba a dar preocupantes muestras de no estar muy bien de la cabeza. Hacía cosas como estas:



-Autonombrarse DIRECTOR GENERAL y DIRECTOR FINANCIERO (Lo juro, se hizo unas tarjetas con el Publisher).
-Hablaba todo el rato por teléfono con sus colegas a los que transmitía sus inquietudes sobre los problemas de su “departamento” (o sea él) y, conmigo delante, que custodiaba la otra mesa, hablaba sin empacho de la desconexión que existía con el “departamento creativo” (o sea yo) con el que mantenía, parece ser, grandes diferencias. Decía cosas como “ya sabes, estos artistas” o “He invitado a los chicos de Creatividad a comer hoy y no veas, que personajes”. O sea, que el tipo flipaba y así gastaba su tiempo, me hizo gracia que se inventara su propia oficina Pin y Pon.
Decía que si parecía que éramos más daríamos una imagen de solvencia mayor. No le llevaba la contraria.

- El tipo, la verdad, no era una lumbrera y se hacía un lío con los ordenadores. Internet era todo un misterio para él y lo detestaba especialmente. Decía cosas como "mira yo estudio económicas en el CEES (remarcaba mucho eso del CEES) y allí todo el mundo sabe que eso del internet va a ser un bluff...no tiene utilidad práctica y es una pérdida de tiempo, la gente querrá seguir haciendo las cosas en papel, como toda la vida...".

- Como no le molaba mucho lo de internet y me veía todo el día trasteando decidió que me desconcentraba. Una mañana fui a encender el ordenador y no iba. Vaya. Alguien había sustraído el cable de la alimentación.

-"¿Me has quitado el cable del ordenador?".
-"Sí, es que estás todo el día en internet..."
-"Ya, pero es que internet entra por ondas (se lo dije así para que no se llevara el modem) y no por el cable de la electricidad".



Más tarde, días más tarde, no se le ocurrió otra cosa que llamar a un señor del soporte técnico para que le pusiera claves al ordenador y así restringirme el acceso al mismo.


-"Para escribir te apañas con un papel y un boli, como los de toda la vida, y cuando lo quieras pasar a limpio me lo dices y te lo conecto yo...".



Al poco rato se largó a una de sus misteriosas visitas a clientes, en realidad, se iba al coche a dormir (lo tenía aparcado en un descampado que se veía desde la ventana de la oficina) o a una tasca a tomarse unas cañas con un amigo suyo (volvía con los ojos chisposos y oliendo a birra, no puedes engañar a un chuzo como yo...), y me fui a su archivador donde, efectivamente, tenía un papel donde había escrito la clave.
Cuando llegó me vio utilizando el ordenador.

-"¿Qué haces?"

-"la verdad es que se me dan muy bien los ordenadores, hice un curso y soy capaz de desencriptar cualquier clave. Pongas la que pongas voy a descubrirla. el Pentium 100 no tiene ningún secreto para mí...".


Un día se acercó a mi mesa, tiró del cable del teléfono y se lo llevó. le pregunté que qué ocurría y me dijo:

-"He decidido que dos teléfonos son mucho dinero y que lo mejor es que llames desde el mío...".

Al día siguiente me presenté con uno que me apañó un vecino.

Otro día, delante de un charcutero al que le hacíamos los vídeos, me llamó a su mesa, que estaba como a dos metros y dándome una palmadita en el culo y hablándome como si tuviera tres años me dijo: “Sé bueno y tráenos unos cafés anda…”. Escupí en el suyo a la vuelta, me sentí una becaria acosada pero satisfecha.




El culmen de todos aquellos despropósitos se producía los lunes en los que enterraba el hacha de guerra durante un rato para traerme una coca-cola a mi mesa y contarme toda la retahíla de polvos que había echado durante el fin de semana. Llegué a pensar que, de una semana a otra, no se acordaba de lo que me contaba. La historia era la siguiente: llegaba a Pachá, se fijaba en una camarera, go-gó o "chica bien de no más de 20 años" (una pepera con minifalda y collar de perlas); las llevaba a casa en su coche y, en el camino, surgía el amor y el polvo. Ponía mucho énfasis en la frase siguiente: "tío, cuando la tenía en pelotas le pedí que se diera la vuelta y le di una tobita en el culo para comprobar el material...uffff...lo tenía como una roca...".


Creo que todavía conservo las REGLAS DE BUENA CONDUCTA, hechas en PUBLISHER (le molaba mazo ese programa). Me las leyó, eran como 20 y decían cosas como “Hay que llevar traje para dar buena imagen”, “No se pueden llevar vaqueros”, “Las ausencias serán notificadas por escrito a la DIRECCIÓN GENERAL con 72 horas de antelación “, “Hay que hacer inventario del material de oficina semanalmente”, “Los descansos serán de 20 minutos y se descontarán del sueldo”, “A todos nos gusta divertirnos pero no se pondrá música en horas de oficina”, “Hay que sonreir a los clientes, una sonrisa es un cliente contento” etc., etc….luego me las dio y me dijo “Firma”. Lo firme y me dijo “Si no las cumples tendremos que tomar medidas administrativas, avisado quedas”.




Como me aburría bastante decidí inventarme mis propios juegos:

-Me hice unas tarjetas donde ponía “EXECUTIVE SENIOR CREATIVE MANAGER”.
-Invitaba a amigos míos que se hacían pasar por personas interesadas en adquirir nuestros servicios y así pudieran conocer al personaje en cuestión. Algunos de mis amiguetes, los que tenían más morro, le sacaban al Director General unas copazas en el Pub de abajo donde siempre nos trasladábamos para cerrar los tratos millonarios.

-Salía con cualquier excusa (bolis, clips. tippex e, incluso una vez porque dije que había escuchado algo raro al otro lado) para visitar a las de la oficina de al lado (todas muchachas en edad casadera). Jamás he bebido tanto café de máquina.
-Iba a hacer caca y pis muchas veces, mucho rato, lo que le sacaba especialmente de quicio. Entonces llamaba a sus colegas (eran míticos, él los llamaba así) para preguntarles por las dimensiones exactas de la vejiga de un “artista”.
-Cuando el tipo desaparecía para ver a sus presuntos clientes me dedicaba a husmear en sus cajones encontré, lo juro, sus apuntes de Económicas (el tipo estudiaba eso por las mañanas) repletos como de poemillas a chicas de su clase, fotos de vacaciones pasadas (no sé que harían allí) y, jolgorio oh jolgorio, la mayor colección de tarjetas de puticlubs que he visto en mi vida.

- Me daba a leer cartas que mandaba a clientes. Normalmente con muchas y desastrosas faltas de ortografía. Le decía: "Está perfecto". Y seguía a lo mío.

¿Y a ustedes, los han puteado mucho en el trabajo?

4 comentarios:

Edu Galán dijo...

Trabajos jodidos a la par que puteantes a los que he sobrevivido:

- Papa Noël en Navidad (no añado más)
- Árbitro de fútbol (no añado más)
- Montador de cocinas (el noble cometido muebles, en suma)
- Redactor de notas de prensa para Ayuntamientos (¡Por orden del señoor alcaldeeee!)
- Pinchadiscos en bodas
- Pinchadiscos en cumpleaños
- Pinchadiscos en despedidas de soltero
- Pinchadiscos en bodas de oro (¡y de plata, oiga!)
- La dulce recogida de la manzana asturiana
- "Host" en eventos ("¿Qué tal está, Don Mariano?. ¿Le coloco en su sitio (de una hostia, pienso)?")
- Pegador de sellos para envios comerciales (¡al peso, oiga!)

Peor es robar,
Eduardo Galán

manu dijo...

no entiende porqué hay que trabajar y levantarse pronto
¿Contradictorio? Si no fuera por la p*t* hipoteca yo tampoco lo entendería.

A mi me puteaban más "fisnamente": acababa en la calle.

Slim Ferreti dijo...

Qué cabrón eres y qué bien lo cuentas. Me ha encantado. A ver cómo les digo yo ahora a mis amigos creativos que me gustan sus blogs, a ver.

Y para la grabación, mi trabajo más curioso – ¿lo sabías? ¿todavía éramos hermanos de armas entonces?- implicó visitar un antrazo de Antón Martín para alquilar un disfraz de Bugs Bunny que no se pondría ni un yonki del retiro para una sesión de fotos. Llegado el momento, cuando le comenté al fotógrafo/creador el genial concepto que teníamos para el shooting: "hay un mago, hay un yo vestido de conejo; cómo asocio, colega", me soltó: "Ya, pero eso era antes de saber que las fotos las hacía yo, ¿no?".

Señor Insustancial dijo...

la anécdota del conejo me cogió ya militando en otro ejército, creo, Slim...

Algún día contaré lo del americano y la patatita que también fue una gran anécdota laboral.

Un abrazo,
Señor insustancial