sábado, 2 de agosto de 2008

La bueno, si raro...dos veces bueno.


Ayer vi por fin Tristram Shandy: A cock & a bull Story. Tres años han pasado desde su presentación en Cannes y uno desde su estreno en España donde cosechó un sonoro fracaso de taquilla. He estado despistadísimo.
Pues el caso es que ayer, por fin, gracias a esta santa página pude verla on line, eun una versión más que aceptable. Qué quieren que les diga, es de esas películas que le reconcilian a uno con el cine. Espero pillarla pronto en DVD para poderla ver en pantalla grande y en versión original. Yeah.

A este paso Winterbottom se va a convertir en uno de los mejores directores de la historia, sin discusión. Fuera de la aburrida cadencia de otros directores, que tardan de cuatro a cinco años en preparar una película, el inglés trabaja con presupuestos reducidos, un equipo de rodaje guerrillero y es de los pocos que se atreve a rodar en vídeo sin ponerlo como una justificación para hacer una película experimental. En realidad no lo necesita, cada paso de Winterbottom se hace cada vez más interesante y ha demostrado que es capaz de rodar películas comerciales (A mighty heart, con Angelina Jolie) y darles todo el peso de las películas de autor. Esa inmediatez a la hora de rodar le permitió rodar dicha película, la historia del secuestro de Danny Pearl por parte de Al-Qaeda a través de la historia de su mujer Mariane Pearl, con una distancia y una tensión impresionantes.


Tristram Shandy me ha recordado pertinazmente a La Noche Americana (1973) de Truffaut o a State and Main (200) de David Mamet en tanto en cuanto es, en realidad, un película que va de como se hace una película y, seguramente, por chiflada a Dulce Libertad (1986) de Alan Alda. La historia es el intento de adaptar la novela homónima a la gran pantalla para, al final, hacer una reflexión sobre como contar historias. Parece complicado pero, la verdad, es tan divertida que te cae directamente al estómago sin ningún problema. Lejos de ser una reflexión sobre la realidad, cosas de Truffaut; una mirada descabellada a las superproducciones de Hollywood (Mamet) o una sátira Winterbottom se centra en ridiculizar al mismo mundo del cine comenzando por los actores (Ron Brydon y Steve Coogan), los productores (que reconocen que se han metido en la película porque les hizo gracia una absurda escena que desaparece del montaje final) y, sobre todo, hacer un sentido homenaje a la figura del guionista, del equipo técnico y del director que, por una vez, no son retratados como unos tiranos. Mola.


Desgraciadamente en nuestro país las bromas de sobre Brydon (que tiene fama de ser uno de esos actores del método, chiflados por su propio ego pero que, sin embargo no tiene empacho en autoparodiarse) o de Steve Coogan (conocido en el Reino Unido por su papel para la BBC en la telecomedia Alan Partridge) no se pillarán mucho en España debido a que sus trabajos no han sido debidamente exportados.

Coogan aceptó el papel de Winterbottom (en realidad el actor es el fetiche de Winterbottom que ya lo hizo protagonista en 24 hour party people) cuando su popularidad estaba bajo mínimos en su país debido a una serie de escándalos sexuales y de drogas. Perseguido por la prensa amarilla decidió aceptar papeles en Estados Unidos (Inglaterra ha exportado últimamente lo mejor de su talento desde Ricky Gervais a Damian Lewis pasando por Hugh Laurie) donde sus problemas con las faldas y, sobre todo, con la farlopa lo han hecho desistir parcialmente de triunfar en los USA.

Se le echa la culpa de la recaída en las drogas de Owen Wilson y se apuntó que fue la última persona que estuvo con él antes de que este hiciera una fallida intentona de suicidio. En lo laboral su talento sigue intacto, gracias a Thor. Aquí un trocito del Alan Partridge Show que lo hizo famoso.






Winterbottom es uno de los directores que mejor, y más raro, narra. Así la vitoreada 24 hour paty people (una de las películas preferidas de este insustancial) contaba con tino la historia de Tony Wilson un chiflado presentador de televisión de medio pelo (hace un pequeño papel en Tristram Shandy interpretándose a sí mismo) que, sin embargo, fue capaz él solito de descubrir a Joy Divisio, Certain Ratio, Durruti Column, dirigir como nadie el talento del productor musical Martin "Zero" Hannet y parir aquella chorrada llamada Madchester y su movida descubriendo a Happy Mondays y fundando el mítico Hacienda donde tocaron los mejores grupos de aquella época desde The Charlatans a Stone Roses o Flowered Up.



También fue el productor de New Order. Un peliculón que ninguna persona de bien debería de perderse y que capta a la perfección la caótica vida de un tipo caótico metido en una carrera hacia el caos, la gloria y, finalmente, el olvido.

Pero, sin duda, además de su magnifica capacidad para hacer renacer talentos perdidos y conseguir que sus historias tengan el tempo perfecto para sumergirnos en la vida de sus personajes, lo que más me ha atraído siempre de Winterbottom es su capacidad para transmitir emociones. Unas veces dulces y otras veces amargas.




Ahí está 9 canciones, un acercamiento a la historia de amor fugaz de una pareja (americana ella, inglés él) que dura, justamente, nueve conciertos y que tiene como hilo conductor la manida: "Drogas, sexo y rocanrol". Directamente pornográfica, 9 canciones, consigue que sus escenas de sexo transmitan toda la intimidad de una pareja y de como esta intimidad va cambiando cuando más se van conociendo. Seguramente nadie ha sido capaz de captar también los malos y los buenos rollos que se producen en horizontal o sea, que consigue que el sexo no sea algo gratuíto y que se convierta (junto a la música) en el motor de la historia. Lo dicho, un puto genio.

2 comentarios:

Miss Fruslerias dijo...

Muy acertado homenaje a uno de los mejores directores de mi harén particular, le agradezco las alabanzas como si fuese mi hijo.
Para mi gusto el más prolífico, heterogéneo, original y divertido jovenzuelo que pulula dejando huellas entre pisadas de dinosaurio.

Anónimo dijo...

Solo puedo estar de acuerdo con usted. A mi Winterbottom me sulibeya (que verbo más interesante).

Un saludazo enorme desde el domicilio donde me encuentro confinado,
A.